Daniel Freidemberg

 

? Lo primero que se me ocurre decir sobre mi poética es que no la tengo, o apenas tengo una cierta cantidad de pautas mínimas y no bien definidas. Pero no es cierto, la tengo, es imposible no tenerla. Siempre alguna legalidad decide la organización de un poema y algo de esa legalidad puedo advertir en los poemas que escribo, de lo contrario no los consideraría poemas ni, menos aun, los daría a leer. Lo que sí es cierto es que, con los años, uno empieza a darse cuenta de que no elige su poética, en el sentido de que no puede calcularla, preverla, programarla, o, más exactamente, la elige pero sólo en parte. Cada vez más, cuando lo que a uno le importa no es añadir al mundo reiteraciones clonadas o malas copias de lo que ya existe sino hacer poesía, la propia poética es algo que uno descubre más o menos extrañado en los textos que escribe (“así que yo dije esto”, “así que yo encontré este modo de decirlo”) o en lo que otros, lectores o críticos, encontraron en ellos.

? Algo a descubrir: la propia poética de uno. Algo a ir descubriendo. Claro que sin ponerle nombre ni ubicarla en ningún estante de la historia de la literatura. No para quedarse en eso, no para sacar algún partido: por curiosidad apenas, o porque es imposible no advertir que “algo se produce” en lo que uno escribe. Y después pasar a otra cosa, o seguir más o menos en lo mismo. No es la fidelidad a una “imagen de autor” lo que importa.

? Claro que tomar nota de que no elegimos nuestras poéticas, o sólo muy parcialmente las elegimos, no nos quita responsabilidad. Por el contrario, nos reclama hacernos cargo, con el mayor grado de conciencia posible, de aquello que, queramos o no, somos. Aunque nunca podamos decir bien qué o cómo somos, asumirlo, y hacerlo de la mejor manera que encontremos. Estoy tentado a suponer que tal vez esa sea, después de todo, mi poética, pero no, porque una poética no es una actitud general sino un sistema de elecciones y procedimientos bien precisables, tiene que ver con el reconocimiento de insistencias, obsesiones, recurrencias, más o menos voluntarias, más o menos inevitables, más o menos inflexibles, más o menos conscientemente elaboradas: cierto instrumental y cierta retórica reconocibles, ciertos rechazos y ciertas prescindencias verificables también, cierto humor, cierta visión de las cosas.

? Sea cual sea, la mía es una poética posterior a los textos, a veces ínfimamente posterior, casi simultánea. Pero, en todo caso, ya no me interesa escribir si no es para dejar que algo ocurra bastante imprevistamente y gane espacio en mi escritura por derecho propio, y a veces no sin muchas y muy laboriosas, y a veces dolorosas, correcciones. Lo que corrijo es mucho menos alguna desobediencia a alguna pauta preexistente que la evidencia de que en la elaboración del texto intervino la tentación de ceder a facilidades o resolver los problemas desoyendo las necesidades de la propia escritura.

? Se trata, entonces, de cuidar que eso que resulta en el texto sea bello y verdadero, porque se impone como tal, no porque se amolde o no a alguna clase de verdad o de belleza que yo conozca. Muy poco hay de espontáneo en este proceso; lo que más bien creo que hay es una búsqueda interior, una autoindagación, no en mis necesidades psicológicas, sino en aquello que en mí reclama volverse palabra escrita, música del sonido y del sentido, irrupción que convierte un papel y algunas manchas de tinta en algo que acaso merezca existir porque tiene algo que dar.

? Si me pongo a leer Cantos en la mañana vil, sin embargo, veo ahí una poética que en su momento me costó aceptar. Por las preferencias a las que me pidió que renunciara y por lo que me llevó a hacer después de años de evitarlo empecinadamente: no quería hacer una poesía en que hubiera tantos conceptos, tantas declaraciones, tantas abstracciones y generalidades como encuentro en estos poemas, y más aun en el libro siguiente, En la resaca. Hasta que en un momento me di cuenta de que no podía más que hacerme cargo de ese sujeto que realmente soy: si él necesita incluir conceptos, declaraciones, abstracciones y generalidades, habrá que ver cómo hacerlo de modo de que el juego del que entren a formar parte sea un juego poético.

? ¿“Entrar a formar parte de un juego poético”? Quiero decir, que el sentido no quede fijo, que la inteligencia y la imaginación se muevan durante el trabajo de lectura, que nada sea del todo lo que parece ser, que nada concluya, que todo esté a punto de contradecirse, que las palabras no se agoten en sus significados conocidos y pesen también por su sonido y por su ubicación en una rítmica, aunque sean conceptos, abstracciones y generalidades. Volver en cierto modo concretas, particulares, las abstracciones, las declaraciones, las generalidades, los conceptos: llevarlos, hasta donde pueda, a su máximo grado de materialidad.

? Materialidad de las palabras: aquello que nunca dejan de tener de indiscernible.

? Alma: la palabra “alma” se entromete en la escritura del poema, aunque no quiera, aunque sienta con desagrado que me involucra en una actitud sentenciosa o trascendente que no quiero para mí poesía. No importa: insiste, aparece en medio de la frase, completa mejor que cualquier otra el sonido que necesito para ese verso. “Por algo será”, termino por decirme, y la dejo. Pienso, entonces, que es una palabra (dos sílabas, tres consonantes y dos vocales: “alma”), y que como tal puedo usarla, someterla o pruebas y malos tratos en el poema. Pero también sospecho que si tanto insiste es porque hay en el acto de escribir ese poema algo que parece llamarla, como si ese sonido o esa conjunción de letras cifraran algo que al poema le resulta necesario para su conformación o su despliegue. Entro entonces al juego de ir reconociendo ese “algo” y mostrándolo, refutándolo incluso y destruyéndolo.

? ¿Cuántos van a leer el poema que uno está escribiendo? ¿Qué alcance podrá tener en la sociedad, en la cultura o la historia? ¿Va a modificar algo? ¿Algo va a instalar? Quién sabe, y en todo caso no es de eso de lo que se trata. Siempre se trató de otra cosa: de que alguien alguna vez va a leerlo, de que eso que escribiste, el poema, va a estar ahí, para que alguien lo lea, y que alguien lo lea ya es mucho, si son más de uno, o si son muchos más de uno, mejor, aunque quién sabe qué va a ser lo que esos muchos lean, si lo que lean tendrá algo que ver con lo que creíste escribir o leen lo que en esos momentos surge de sus cabezas en el encuentro con la letra, por algún motivo que bien puede ser casual, ocasional, muy vinculado a lo que le está pasando a la persona que lee o a su historia. Lo concreto es: el poema va a estar, va a estar. Lo hiciste.

? A alguien, alguna vez, va a pasarle algo porque eso que pudiste conformar está ahí, a su alcance. Pero antes aun que eso importa otra cosa, y tal vez sea la que más importa: hiciste un poema, algo que merece llamarse “poema”, pudiste hacerlo, y saber que pudiste nunca será poco, si de verdad sentís que lo hiciste. Algo, un conjunto de palabras puesto de cierto modo, que no tenía por qué existir, ni su razón de estar en el mundo era previsible antes de que lo hicieras, fue hecho, por tu mano, está ahí.

? Pero, ¿para qué va a escribir uno poesía si no creyera que la experiencia que propone su poema va a alterar en algún punto el orden del mundo, va a hacer ver de otro modo, aunque sea un poco, las cosas, incluido lo que pueda cada uno ver de sí? ¿Para qué lo va a hacer si no espera que de algún modo vaya a agrietar o descolocar o poner en crisis el relato que establece qué sentidos tienen las cosas en el universo, o el sentido que tiene estar uno mismo en el universo, o ante sí?

? Algo uno espera que ocurra con lo que escribe, cuando escribe, aunque sepa que no va a ocurrir. Aunque sepa que no tiene chance, algo lo lleva a apostar. Se apuesta a que ocurra, aunque haya enormes posibilidades de perder. Lo que importa es la apuesta misma, si uno supone que valió la pena hacer que existe eso que escribió, si no lo hizo simplemente para cumplir el rol que, en tanto “poeta” o “escritor” le asignan, confortablemente, los acuerdos que ordenan la vida en sociedad.

? Escribir poesía: una apuesta en la nada.

? Escribo: palabras llaman la atención, aunque las conozca, poco o mucho, como si no las conociera, o las conociera solo un poco o en parte y hay algo en eso desconocido que me incita a usarlas. Palabras, conocidas, demasiado conocidas, se interponen y no hay más remedio que asumirlas y ver si se las puede quitar de los circuitos donde uno las conoce demasiado. Las somete uno a pruebas y a veces hasta se sorprende con lo que en esa experiencia se convoca.

? No es cierto que uno sea el dueño de sus palabras. Nunca lo es, pero menos aun cuando escribe un poema. Si se siente dueño uno de ese material con el que trabaja, si se cree capaz de hacer lo que quiera con él, se está engañando: no es, al menos, poesía lo que escribe, o difícilmente sea mucho lo que pueda haber de poético allí. Escribo: las palabras se resisten, no se dejan atrapar, imponen su presencia o tratan de imponer su propia ley, hacer su propio juego, siempre extrañas.

? Siempre insuficientes o excesivas las palabras. Hago con ellas lo que puedo, hasta donde puedo, sin estar completamente seguro de qué es eso que estoy haciendo, y a veces me sorprendo al descubrir todo lo que en ese trabajo consigo, inesperadamente, hacer. Como si el trabajo mismo supiera más que yo.

? De eso se trata, seguramente, la poesía: ahí, donde entra a pesar la soberanía de las palabras, donde preserva la palabra alguna capacidad de determinarse o de proponer, o de desafiarnos. Poesía: cuando las palabras no necesitan autorización.

? No se ama a una mujer si no puede uno sorprenderse ante lo que tiene ella de extraño e inconquistable, inaccesible. Lo imposible de dominar. Así las palabras, o lo que le pasa a uno con las palabras al escribir poesía (¿o leerla?). No hay dominio posible, aunque nunca cesará la necesidad de algo así como un dominio, o un acceso al menos, en el que algo de esa materia ajena se alcance a tocar: una batalla interminable hay, algo así como una batalla, sin vencedores ni vencidos, y nunca sabrá realmente uno qué es lo que en esa batalla ocurrió o pudo haber ocurrido. Importa, sí, la batalla misma.

? De lo que sí uno es dueño es de las decisiones que va a tomar con las palabras cuando escriba el poema. Y de lo que decida es, además de dueño, responsable. ¿Ignoró uno o no ignoró el desafío planteado por ese “concretarse de algo” que tuvo ante sí cuando, vaya a saber de qué modo, se le presentaron una frase, un verso, unas palabras? ¿Cómo actuó ante esa extrañeza?

? Poesía: cuando las palabras no se resignan.

? No debe haber peor silencio que el silencio de lo que suena demasiado

? Siguiendo el ejemplo de Auden: trabajo del intelecto. No a la expresión de lo emocional. De escribir poesía se trata, no de expresar emociones ni de lograr efectos emotivos. Tampoco, menos aun, de lucrar con la singularidad personal. La singularidad personal es un lastre, no una virtud. Un sustituto. ¿Ser freak? Dios me libre de ser freak, o de tratar de producir ese efecto en mis poemas. Dios me libre de ser tan poco respetuoso del lector y de mí mismo. Dios me perdone si llego a ser tan poco respetuoso con la poesía, tan capaz de bastardearla, de utilizarla para mi propio mezquino interés personal. No Dios, en realidad: que me perdone, si puede perdonar, la poesía.

? Trabajo del intelecto. ¿Poesía intelectual, entonces? No necesariamente: no es el intelecto que calcula o mide, aunque de algún modo también lo hace. El placer de ver moverse un intelecto sensible, abierto, despierto a lo desconocido, obediente a lo desconocido o imprevisto, o respetuoso de lo desconocido o imprevisto. La inteligencia que gusta de verse sorprendida e indagando, buscando. Sin muletas, sin red.

? Un intelecto que juega. Nada responde más a leyes, en realidad, que el juego, ni requiere una atención tan alta

? Estar en juego: estar atento, estar dispuesto, abierto, activo, sin saber bien qué va a ocurrir en el próximo minuto y listo para la experiencia del próximo minuto, en la que probablemente algo ocurrirá que merezca haber ocurrido.

? ¿Reglas del juego? A algunas uno las conoce, y las acepta para ver qué ocurre una vez que “entró”, qué en la relación con las reglas se suscita. Y otras, si el juego es escribir poesía (o leerla) están, se las percibe de algún modo, pero no se sabe cuáles son. Las va descubriendo uno en el juego mismo: cada poema es, en algunas ocasiones, un juego nuevo, distinto de todos los que uno jugó.

? ¿Huyo de la realidad? ¿La evito, la ignoro? No es eso, no, ya no. La realidad, por el contrario, es lo que llama. O algo que debe ser la realidad, esquiva, oculta tras capas de discurso, visiones y saberes. Es ahí, la realidad, el lugar con el que espero algún contacto, algún reconocimiento, por vías inesperadas, a través de recursos que voy buscando o que la propia búsqueda me propone, a ver qué pasa. Encuentro el recurso: una alegría. Y descubro que logré algún contacto: una pequeña fiesta.

? Hacer frente, sí, a la realidad, desafiarla. Cuando esa palabra, “realidad”, no alcanza a nombrar la vibración de lo que está ahí, ineludible, y llama, insiste. Cuando “realidad” se limita a ser, con el peso granítico de su nombre, “realidad”, el freno para ir más allá, un ancla en lo indudable, un adormecerse entre los límites. Cuando es la imposibilidad de probar, de inventar, la paz del reconocimiento de lo que ya se reconoció, el lugar seguro donde yacer consumiendo, feliz como un chancho bien alimentado en su corralito.

? ¿La realidad? Algo que está buscando encontrar lugar entre las palabras pero todavía no es palabra y necesita existir o salir de lo informe, o algo que de pronto emerge entre las palabras porque había una razón profunda –quién sabe cuál– en la elección de palabras que uno hizo y en el encuentro de palabras que uno concretó.

? Algo –la realidad– que no hay cómo decir. En ese trabajo de decir sin poder nunca hacerlo va, de todos modos, diciéndose o abriéndose paso: ese movimiento, eso que ahí se produce (“combustión”, “magia” o el nombre que uno le quiera dar), y que uno percibe como una pequeña gloria, una pequeña muestra de que la insignificancia no reina siempre, es lo que suelo llamar “poesía”.

? No es algo que elijo, no es algo que invento. Pero me lleva a elegir y a inventar.

? La maravilla y el placer de verse uno sorprendido, desacomodado, de encontrar que existen o aparecen cosas diferentes de las que uno esperaba, o que ocurren cuando algo se puede ver de un modo que no es el acostumbrado. La tontería de querer adecuar a los propios criterios lo que uno lee, o de tratar de ver si eso que lee encaja o no en los propios criterios, cuando lo bueno es que el proceso se dé al revés, más bien. ¿O para qué uno lee, si no fuera así? ¿Se puede decir, si no es así, que lo que hace uno es leer algo, realmente? No quiero decir con eso que los criterios no importen, ni que todo da lo mismo o que todo valga. Incluso, aunque más no sea, porque si no hubiera criterios o no hubiera diferencia de valores tampoco habría sorpresa, ni descubrimiento, ni puesta en cuestión de lo que uno ya presupone, ni nada.

? Leo para no ser.

? Escribo para ser otro.

? No es la experiencia de contacto absoluto y fusión de los místicos, aunque algo no deja de tener que ver con ella: es la sensación de hacer, de actuar, de ver en activad las potencias de la sensibilidad y la mente, la capacidad de hallazgo.

? ¿La poesía es intransitiva? No del todo, no de manera absoluta, pero si no es intransitiva, ¿podría ser poesía? O bien: “poesía” es eso que puede haber de intransitivo en cualquier discurso.

? Y en algún momento supe que esto es lo que quería: una poesía que pudiera hacerse aceptar por su sola presencia, volverse necesaria por lo que el trabajo de escritura concretó. No depender de los sentimientos del autor (o del lector) ni de lo que el autor o el lector piensan de la sociedad o del universo. Una poesía en la que el sujeto pese poco o nada, en la que el sujeto no moleste más, deje de buscar algún tipo de complicidad con el lector o de intentar producir en él algún efecto, y sea capaz, sí, en cambio, de ofrecerle un producto armado de tal manera que en su contacto se produzca cierta inaferrable sensación que quizá podamos llamar “belleza” o “verdad”, siempre intranquilas, siempre extrañas, nunca del todo indiferentes.

? No alcanzaba a acceder a los poemas de SC porque buscaba en ellos otras cosas, que encuentro en otros poemas. Hay una lógica a la que esos poemas responden, y debí descubrir esa lógica, lo que ella propone y entrar a jugar su juego. Como antes me pasó con Zelarayán: encontrar la lógica que propone una poética, esa “razón de ser” que la organiza, y al hacer contacto con ella empiezan esos poemas a “trabajar” en mí, su lectura funciona.

? ¿Y podrá esa persona que va a leer mis poemas descubrir a qué lógica responden algunas decisiones? Cuando repito un mismo texto con leves variantes, cuando inicio dos o más poemas con una misma frase, cuando intercalo entre poema y poema fragmentos tomados de conversaciones o de carteles, cuando parto una palabra en dos y entre una parte y la otra va otra palabra, o una frase entera, ¿podrá encontrar esa persona, el lector, las razones –porque hubo razones– que tuve para hacerlo? Hacer el trabajo mental que le estoy proponiendo hacer. ¿podrá? ¿Le va a interesar? Tardaré mucho, seguramente, en saberlo, o no lo sabré nunca. ¿Y si encuentra otra cosa o supone otra lógica, no las que me llevaron a hacer lo que hice? Y bueno, es inevitable, y hasta probablemente sea mejor.

? La música es, como el fútbol, la expectación de inconcebibles relaciones. ¿La poesía también?

? El misterio, el trabajo, el desconcierto, la inquietud, de leer o escribir poesía. Lo que ahí puede producirse de revelación. No hay cómo acceder a ese radical desencuentro con “lo que uno es” cuando lo que importa es “ser poeta”. No quiero ser poeta, no me importa ser poeta. Es la poesía la que me importa.

? ¿No es, en cierto modo, la preocupación por “ser poeta”, un modo de huir de la poesía?

? La vida literaria no es la vida, la vida literaria no es la literatura. La vida literaria se alimenta de la vida y la literatura, como los parásitos que subsisten debilitando o vaciando otros cuerpos, los que le dan razón de existir. La vida es menos vida y la literatura es menos literatura cuando terminan existiendo en función de la vida literaria, que no es, si se la mira bien, nada. Todo lo que es, si se lo mira bien, nada, subsiste “de prestado”, sin nada que realmente dar, salvo la posibilidad de suplir algo de veras vivo y consistente, y, por lo tanto, conflictivo, desestabilizador, inaferrable, como la vida cuando es vida, como la literatura cuando es literatura.

? Como quien tiene que cumplir un horario para ganarse el sueldo, como quien vive en un mundo donde hay que realizar gestiones y trámites: ahí, en la vida literaria, tratar de preservar lo que se pueda de la literatura y la vida.

? Aquello que vale la pena en la vida, aquello de la experiencia de estar viviendo que nos hace sentir real y radicalmente vivos. Aquello a lo que debe su riqueza la experiencia de vivir y que hace a muchos momentos irreemplazables, es algo que, por eso mismo, no se sabe bien qué es. Se sabe, pero no del todo: no se alcanza, algo se escapa y no se puede no aceptarlo. Siempre falta algo cuando uno lo cree “capturar”, siempre algo sobra e insinúa otra posibilidad, buena o mala, siempre algo aguarda. O precisamente importa porque se escapa y late ahí, como interrogante, como “lo que alguna vez –quizá– vaya a develarse”, como enigma, camino siempre abierto, incompletud. Es también el modo de relación que nos reclama o pide la poesía.

? Vivir es estar inmerso en lo desconocido, lo ajeno, lo que está cerca y planta ahí su presencia y nunca alcanza a establecer con uno un pacto de buenas y tranquilas relaciones. Sabe uno así, entonces, que está vivo: porque no llegó, porque hay más.

? “Extrañeza”: cada vez me interesa más esa palabra. Eso es, para mí, la poesía: capacidad de extrañarse, mirada extrañada, lectura extrañada. Pero también lo reclamo cada vez más en el pensamiento, en la vida y la política, entre otras cosas contra la naturalización de lo que ya se sabe, el descanso en lo que ya se conoce.

? Nada es natural. Todo está por empezar en cualquier momento.

? La atemporalidad es un valor de los textos, sí. Cuanto más buenos más atemporales, podría decirse. Más capaces de resistir el paso del tiempo y de seguir ofreciendo significación. Pero la gama de elecciones que uno tiene al escribir depende irreversiblemente de la época. Hoy elijo, acá. Soy, y no importa si quiero o no serlo, en este tiempo.

? Por qué una imagen o una frase deberían llevarnos a algún lugar, por qué tendrían que “desembocar” en algo. Por qué debería ser necesario algo semejante a la sucesividad de las narraciones “que cuentan historias”. “Sucesividad” contra “poético”. No hay que llegar a ningún lado. No hace falta que algo nos lleve a otra cosa (a un descubrimiento, una recompensa, un alivio) para poderlo disfrutar. Ahí, en el “querer llegar”, en la atención puesta más en la meta que en el tránsito: una incapacidad de estar en el mundo. Una ajenidad fría, un apartamiento de lo que es.

? “Poesía” es la desaparición de la finalidad. La desaparición de la necesidad de un destino. En los dos sentidos del término “destino”.

? No estoy de acuerdo en eso de soltarse y decir lo que te salga, porque, se supone, sería “más sincero”. No sale la verdad, no sale lo verdadero, lo que tiene que salir: sale aquello que nos mete en la cabeza “el mundo”, lo que imponen la sociedad y la costumbre: prejuicios, manías sociales, lugares comunes, perezas mentales, pretextos. Recursos de subsistencia. Rastrear, buscar, excavar, indagar, preguntar, probar.

? Desdigo, contradigo, me refuto, cambio, me juego en contra. ¿Tengo que probar algo, acaso? ¿Tengo que enseñar? Salir de la coherencia como quien se descongela, como quien se anima a vivir, a dar algo que, por ser contradictorio y diverso, tenga vida propia, algo que choque consigo mismo o no se obligue a hacer que todas sus partes se lleven bien. Cuando la exigencia de ser coherente empieza de verdad a ceder, algo se abre, algo particularmente valioso se le ofrece al lector: que pueda poner su mente a trabajar, a jugar, moverse, no quedarse fijo, no limitarse a aprobar, compartir o rechazar.

? Se va diciendo, entonces. Nada hay muy seguro que decir: uno va diciendo, uno más bien cede paso al trabajo de que lo que escribe vaya diciéndose, como pueda, sin saber para qué. Pero “diciéndose” aquí debe entenderse como “haciéndose”. Probándose, a ver qué se arma, si es que algo se arma, entre esas idas y vueltas. Están las idas y vueltas: eso es lo que importa.

? ¿Lirismo? Sí. Quiero decir, cuando digo “lirismo”, resonancias, una receptividad. Una aceptación de la capacidad de conmoverse, aunque sea un poco, ante los estímulos del mundo. La lírica puede ser una de las más dolorosas formas de jugarse, de arriesgarse, sobre todo en una sociedad que apuesta a la impasibilidad y la suficiencia. Lirismo: la exposición de la intransferible subjetividad. La donación de la intransferible subjetividad, no para que “a uno lo comprendan” o “para comunicarse” o “expresarse”: para poner algo en juego. Para poner en juego algo que uno, y nadie más que uno, puede poner. Y que hagan con eso lo que quieran.

? Lirismo: poner lo subjetivo en juego para que sea objetivo, objeto. Materia de trabajo de otros.

? Lo rítmico, la entonación: vías regias, ley suprema, condición casi siempre ineludible. Porque ese modo de ver ubicarse las palabras convoca a las palabras, me hace saber lo que no sabía que sé. Y el ritmo, la sonoridad, como una tabla de salvación, también. Entregarme al ritmo, a la métrica, a las aliteraciones, me alivia de tener que hacerme cargo de lo qué decir. Y entonces puedo decir algo. Aspiro a una cierta tranquilidad que me permita decir las cosas.

? “Tranquilidad”, digo, no digo “paz” ni “quietud”. Tranquilidad en medio del vendaval o el terremoto. Un amor  por lo que existe u ocurre, algo así como una sabiduría. Valentía, quizá, pero que se vive sin orgullo: con la alegría tranquila de estar en las cosas.

? El que lee o escribe sin estar dispuesto a afrontar la propia destrucción, a buscar en cierto modo la propia destrucción, que no lea ni escriba. O que sí, lea o escriba, pero que no nos venga a hacer creer que eso que lee o escribe es poesía, o en todo caso no es como poesía que lo escribe o lo lee.

? Nunca seré un escritor para voyeurs. Si veo en algunos textos de Osvaldo Lamborghini un escritor para voyeurs, no pienso solamente en voyeurs de penes, vulvas, culos, violaciones, tajos, forzamientos, humillaciones, mal trato, desplantes. Tanto o más que eso veo un escribir para voyeurs de audacias textuales. Audacias contra la literatura o el buen gusto, o, más exactamente, lo que se supone “lo literario” y lo que se supone “bello”. Lectores que van al texto para disfrutar esas violaciones: pura obscenidad, pero no es desde lo moral que lo rechazo, sino desde lo literario. El placer que busca ese consumo es, como el de quien consume pornografía, un placer confirmatorio. Un placer pobre, completo, seguro, que se basta a sí mismo.

? No te enojes si no te entienden, no esperes que te entiendan. Ni pretendas entender a los demás.

? No es sociable la poesía, es insociable, asociable, antisocial. Es un producto social cien por cien que se resiste a ser social. ¿Elitismo? ¿Sentimiento de superioridad? No: pertenencia a otro orden, quizá nostalgia de otro orden. Una dificultad para integrarse al orden cultural capitalista. Una resistencia a funcionar como mercancía. Una resistencia a funcionar si eso implica cumplir claramente una función. Y no sólo en el orden capitalista: en cualquier orden, pero en el reino de la mercancía y de la utilidad más que en cualquier otro.

? Esos poetas que escriben para la crítica, para la historia de la poesía o para el aplauso en la lectura de grupo. No saben lo que ocurre al escribir poesía, no sienten ese llamado, “cumplen”.

? Si se entiende muy fácil, desconfiá. Probablemente alguien te miente, y/o se miente.

? Si se entiende del todo, desconfiá. En ese “del todo” algo falta.

? La necesidad de la ambiguo, su potencia. La presencia de un resto o un sesgo inasimilable.

? Hay que poner algo en suspenso para leer, hay que poner algo en suspenso para escribir, hay que poner algo en suspenso para vivir.

? Los que viven enamorados de sus ideas o sus sentimientos, como un modo de vivir enamorados de sí mismos.

? Fui a la poesía buscando aliviarme del peso de ser. Voy a la poesía a no ser, aunque sea un poco, a no saber, a no tener qué decir. A ver qué aparece cuando anda uno sin ese andamiaje, en el mundo y en uno mismo.

? No hay palabra genuina que no tenga que enfrentar resistencias.

? Si ya le encontraste una explicación, ¿a qué seguir? Si ya sabés de que se trata, ¿qué importancia tiene?

? Igual que en los dibujitos del gato Félix, cuando el puente que está atravesando el gato se deshace bajo sus pies y sobre él surge un enorme signo de pregunta y él entonces se agarra del signo de pregunta y cruza. Vivimos colgados de signos, nos sostenemos en signos para no caer al abismo de lo que no tiene nombre, del no ser nada. Siempre fue así, pero ahora, al parecer, ya no podemos dejar de saberlo, precisamente ahora que las palabras se han revelado como nunca precarias, y ese es nuestro drama. Nos hemos vuelto adultos. Todos, en algún momento, nos encontramos ante la evidencia de haber llegado a la adultez, sólo que algunos se hacen cargo y otros no. Quienes escribimos poemas, en particular, parecemos estar menos dispuestos a mirar de frente esa fatalidad, acaso porque, con sobrados motivos, identificamos nuestra práctica con un cierto estado de perpetua adolescencia, lo que podríamos llamar la herencia romántico-simbolista, que desde hace un siglo y medio resulta inseparable de la escritura de poesía, a veces incluso para llevarla a cabo en su contra.

? Ser adulto, escribe en La pesquisa, Juan José Saer, significa «haber llegado a entender que no es en la tierra natal donde se ha nacido, sino en un lugar más grande, más neutro, ni amigo ni enemigo, desconocido, al que nadie podría llamar suyo y que no estimula el afecto sino la extrañeza, un hogar que no es espacial ni geográfico, ni siquiera verbal, sino más bien, y hasta donde esas palabras puedan seguir significando algo, físico, químico, biológico, cósmico, y del que lo invisible y lo visible, desde las yemas de los dedos hasta el universo estrellado, o lo que puede llegar a saberse sobre lo invisible y lo visible, forman parte». No es, advierte Saer, una patria, sino una vasta prisión «abandonada y cerrada ella misma desde el exterior –la oscuridad desmesurada que errabundea, ígnea y gélida a la vez, al abrigo no únicamente de los sentidos, sino también de la emoción, de la nostalgia y del pensamiento». Pero, en la reelaboración de la tradición romántica que el simbolismo hizo a partir de Baudelaire, lo que mueve al poeta es el anhelo de percibir las correspondencias entre las cosas, y entre las palabras y las cosas, la necesidad de un contacto íntimo, intelectual y emotivo a la vez, con el conjunto armónico del cosmos. Sin dejar de ser ante todo un arte del funcionamiento inusual de las palabras, la poesía nunca en esa tradición ha dejado de ser también –aunque sea en negativo, por la fuerza iluminadora que tiene a veces la decisión de desechar viejas ilusiones– una posibilidad de encontrar sentido a las cosas, aun en el sinsentido, y de que los objetos y los seres valgan como algo más que como medios para el intercambio o instrumentos, incluidas, y sobre todo, las palabras. Hagamos la poesía que hagamos, el punto de partida sigue siendo una concepción del poeta como espíritu impráctico, insatisfecho, renuente a compartimentarse o amoldarse, tozudo o fatalista o indignado cultivador o buscador de algún tipo de fe, incluso y muy particularmente cuando se burla de todo eso.

? Llamémosla “tradición romántico-simbolista” o llamémosla “espíritu adolescente”: ¿no es eso lo que supone Adorno que ya no se puede al preguntarse si es posible seguir escribiendo poesía? Acontecimientos, evidencias, derrumbes: la impotencia de las palabras ante lo que ocurre es tal que no hay metáfora que no quede derrotada.  El hecho es que, sin embargo, algo de la tradición romántico-simbolista reaparece a cada rato, se filtra, se entromete: tal vez, puesta a jugar su juego la escritura, no haya modo de evitarlo. “Algo” se dispara, algo se conforma en el encuentro o el movimiento de las palabras y se obstina en “decir”, relacionar, hacer volar la imaginación y el pensamiento. Si así fuera, entonces, si no hubiera cómo no ser hasta cierto punto “adolescente”, tampoco hay cómo ignorar ya la hipótesis de Adorno, no sólo porque tuvieron lugar Auschwitz y la Escuela de Mecánica de la Armada, sino porque asistimos a una revolución filosófica irreversible. Lo que caracteriza a nuestra época es la torva evidencia de que la ilusión es ilusión: hemos tocado la experiencia del fin de las ilusiones y las formas de representación, sorprendido a las palabras en su ridícula precariedad: la representación es representación, no es otra cosa. Asistimos, nos guste o no, a representaciones.

? La paradoja en la que quedamos instalados, trágica o grotescamente, es esta: tan cierto es que no se puede vivir sin algún tipo de fe, sin algún mito o relato o religión o ideología, como que ya no hay cómo ignorar que toda fe es relato,  y todo relato un invento, algo construido, un artificio. Somos lenguaje, productos del lenguaje y, en tanto humanos, ninguna otra cosa que lo que hace de la carne el lenguaje, pero lo que se ha revelado en su insuficiencia y precariedad es el lenguaje mismo. Sin sentido no hay cómo moverse, pero el sentido se ha desenmascarado: era una máscara. Sabiendo todo eso escribe uno, asumiendo esa imposibilidad, esa necesidad, ese ridículo.

? No tengo más que palabras, ese es mi escaso tesoro. No tengo nada más, es muy poco pero sé que lo tengo, y no me resigno, porque no serían nada esas palabras, apenas ruido y furia para nada, en la nada, vanidad, si no la cotejara con aquello que nunca podrán. Porque lo que da consistencia o existencia a las palabras, lo que las sustenta, es el intento en que se inscriben. Es el intento, el intento, que no deja de resonar.

? Ya que el lenguaje puso a la vista su irreparable inconsistencia, trabajar a partir de ella.

? Una fe consciente de sus límites, de su carácter ficcional, pero no por eso impostada, una capacidad de amar aun sabiendo que implica dar lo que no se tiene a quien no es, simplemente para cumplir la  necesidad de hacer algo que valga la pena con esa zona de uno que ninguna eficiencia consigue sofocar.

? Nada más que lo irreductible, lo que opone resistencia a la manipulación, lo que ofrece sus propias leyes: popular o culto, carnal o verbal, natural o ficticio. Lo que resiste, se resiste. Poesía es producir irreductibilidad.

? La domesticación: contra eso se lucha ante todo. En lo político y en lo cultural.

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