Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Ed. Alto Pogo /

(der.) Mai Albamonte

 

 

En la maraña burocrática.

Entrevista a Luciana Strauss

 

 

El ente (Alto Pogo, 2018), primera novela de Luciana Strauss, es una notable fábula sobre la alienación estatal. Un vivaz fresco sobre la burocracia y sus infinitos mecanismos. El monstruo despiadado que, pese a conservar todas las notas que lo hacen reconocible, es objeto de una mutación continua, a través de una secuencia de acontecimientos que revelan la inoperancia de los destinos pueriles. La novela se articula a través de una trama ágil, espiralada, que progresa hacia un desenlace inesperado. La narración, asimismo, posee una inquietante fauna de personajes, víctimas de su propia paranoia.

 

 

Entrevista

 

Augusto Munaro [AM]: ¿Cómo surgió El ente?, me gustaría que te refieras a su etapa compositiva. El modo en que fuiste trabajando la novela. ¿La planificaste por capítulos, o más bien, se fue improvisando por intuición?

Luciana Strauss [LS]: El ente surgió sin planificación. Motivada por una experiencia personal empecé a tomar nota de escenas y diálogos. No sabía qué iba a hacer con eso, si pequeñas escenas sobre situaciones en un trabajo estatal, una crónica, o lo que fue: una novela. Empezó más bien por necesidad, me ayudó mucho a canalizar ciertas angustias en un momento de mi vida. Ese impulso se conjugó con otras dos cosas: por un lado, estaba algo aburrida de cierto tipo de escritura académica (que ejercí muchos años), tan formateada, predecible, mecánica y repetitiva.

Por otro lado, hace tiempo que pensaba en ir a un taller de escritura creativa, pero así también como hacer teatro o alguna otra cosa. Así fue que con esas diez páginas de Word con notas desordenadas fui al taller de Marcelo Guerrieri. Recuerdo mucho el primer día. Con mucha vergüenza leí el texto, que estaba escrito a modo teatro. Laura, dos puntos y el diálogo. No sabía ni cómo se usaban los guiones en narrativa. Para mi sorpresa, esas notas causaron gracia y risas. Y después de hacerme un par de comentarios Marcelo me dijo: “vos tenés la esencia, pero te falta la técnica, pero no te preocupes que la técnica es mucho más fácil de aprehender”.

De ahí en más los jueves eran los mejores días de la semana, descubrí que la pasaba muy bien escribiendo, que me divertía y tenía a favor la ingenuidad y la frescura del principiante, que no espera nada. Por eso me animé a experimentar, a jugar, a sacar y poner. Fui avanzando con la novela. Lo primero que tenía era el ambiente, el clima y el espacio de El ente, después trabajé la construcción de los personajes, y recién al final encontré la trama, antes de escribir los últimos cuatro capítulos. El primer capítulo que terminé fue el de la despedida de Oscar, después vino el primero que Nelly entra al cajón. Luego los ordené, porque al principio podrían haber sido cuentos sobre escenas que sucedían en un Ente estatal. Creo que lo que más me costó fue encontrar la trama, y volver a ordenar los capítulos en función de la trama.

 

 

[AM]: Es un libro muy rico en personajes. Cada uno tiene su perfil, sus ambiciones, sus miedos… Pienso en Nelly, claro, pero también en Rolly, Laura… cada cual responde a un tipo de personalidad muy definida. ¿Qué aspectos te resultaron más interesantes explorar?, ¿por qué?

[LS]: En los tres casos me interesó abordar a los personajes desde su humanidad, entenderlos, pero sin romantizarlos o idealizarlos. No puedo decir que ni Nelly, ni Rolly, ni Laura no sean estereotipos. Claro que sí, pero eso no implica que no sean personajes complejos, ni obvios. Y para eso necesité sentir cierta identificación con los tres, creo me identifico con ciertos rasgos de Rolly, Nelly y Laura. Entonces jugaba mucho a meterme en su cuerpo, así como un ejercicio de teatro, que tenés que componer un personaje y ser el/la mismo/a, y no hacer como si.

En Rolly, que es el rosquero y merquero de la oficina, me interesó explorar como quienes ocupan estos lugares también sufren y son víctimas de su propia paranoia. De Laura, que si bien es una antropóloga que choca con los códigos y valores de su espacio laboral, está atravesaba por una tensión: quiere pertenecer y jugar el juego y por otro lado tomar algo de distancia y racionalizar su experiencia desde las notas etnográficas. Ella se queja mucho pero también participa de la rosca. Nelly, creo, es el personaje más rico. De ella me interesó: la manera en que una señora de más de 60 años puede disputar y ejercer el poder, y sobre todo entender cómo nadie cómo se juega el juego; relacionado con esto, como su posición de poder tiene que ver con cierto saber, que no deviene de un título universitario, ni de ejercer la violencia como Rolly, sino de la experiencia. Quién, sino una persona que está trabajando hace más de veinte años en un lugar, sabe más de los vericuetos del Estado. Por último, Nelly, si bien es una señora grande que trabaja hace muchísimos años en una oficina del Estado, está lejos del estereotipo de empleada pública de Gasalla. Es un personaje vital: es creativa, se construye mundos paralelos a partir de sus fantasías, se enamora.

Por último, me interesaba ver a estos personajes relacionándose. El foco de la novela está puesto en estos vínculos de trabajadorxs que negocian, se pelean, se alían. No tanto en el tipo de trabajo que hacen.

 

 

[AM]: En la literatura siempre hay elementos personales de cada escritor, ¿podrías ejemplificar un hecho en particular de la novela que hayas extraído de tus experiencias personales?

[LS]: Muchísimos, me cuesta mucho escribir sin la experiencia, aunque después me encanta transformarla y darle otro sentido. La literatura que me gusta es la que tiene una buena mezcla de experiencia e imaginación. El capítulo en el cual Laura está detonada, y se queja que la nueva le sacó la compu lo empecé a escribir un día de furia en un trabajo. Aproveché esa emoción que yo tenía para poner a Laura en acción.

 

 

La narradora Luciana Strauss

 

[AM]: A pesar que la novela opera en un registro realista, es interesante como las fantasías de Nelly con José Luis, por ejemplo, quiebran ese ritmo neutro, a través de pasajes delirantes: la pulsión más íntima del deseo. ¿Cómo trabajaste ese equilibrio?

[LS]: Creo que la novela tiene dos tipos de fantásticos. Por un lado, las fantasías de Nelly con su cajón son de tipo maravilloso, hay un mundo paralelo con elementos de la realidad que tiene sus propias reglas. Por otro lado, el fantástico que se desarrolla cuando los personajes bajan al Infierno, que es la oficina de Personal. Ahí es un fantástico más tradicional, oscuro, pesadillesco a lo kafkiano. Una realidad que se enrarece y te lleva a otra dimensión.

Me costó mucho encontrar el equilibrio. En el caso del Infierno era más fácil porque estaba directamente vinculado con la trama. El cajón surgió porque un día de insomnio estaba escribiendo un capítulo de Nelly, con diálogos y escenas muy típicas de oficina. En un momento ella está metiendo la mano en su cajón, el único en la oficina donde encontrás de todo: tijera, escuadra, cachivaches. Ella revolvía y revolvía y de repente vi un mundo ahí adentro. Había otros seres, pasaban cosas. En la adolescencia pintaba, a los 21 años lo dejé, pero recuerdo que mis últimas pinturas eran sobre mundos paralelos, compuestos por muñequitos elásticos y de colores. Supongo que las entidades que habitan el cajón remiten, en parte, a esas imágenes. Ahí se me fue armando una historia de aventuras paralela, con Nelly de protagonista. El delirio y el deseo, creo que es lo que permite salir de la imagen del Estado como máquina que digita la vida de las personas, de la burocracia como un mundo gris. Para los personajes el deseo es lo que los motoriza a construirse su mundo propio en El ente, a no perder su subjetividad en la maraña burocrática.

 

 

[AM]: El ente es una novela que me hizo recordar, salvando las distancias, claro, a Los Sorias. En el sentido que trata, entre tantas cosas, sobre el Poder, así con mayúscula ¿no? Las relaciones de poder.

[LS]: No leí Los Sorias, pero sí otras novelas de Laiseca. Creo que el tema del poder está muy presente en su literatura. En este caso, me interesaba más que el Poder con mayúscula, las relaciones de poder en su nivel más microscópico, quizá en este sentido más foucaultiano. Cómo circula el poder no entre grandes estadistas sino entre trabajadorxs estatales, cómo negocian, se enfrentan, rosquean.

 

 

[AM]: Te cito un pasaje muy ilustrativo: “Entró a trabajar hace dos años y todavía se turna para usar la compu. Está lejísimos de tener cajón propio”. El libro opera muy bien sobre un plano alegórico. En ese sentido me recordó a Kafka, sobre todo, por ese monstruo que es la burocracia estatal. Y el modo en que interfiere e infiere de forma directa sobre cada individuo allí dentro. Hay un alto grado de paranoia, todos están pendientes de lo que hace el otro… Modos de salir de ese caos esquematizado, sea a través de la jubilación, una recategorización, etc. ¿De dónde, pensás, hereda esa imagen tan negativa de ser un funcionario estatal?, ¿por qué?

[LS]: Las alegorías me aparecieron en la misma escritura, no fui consciente cuando las fui construyendo. La vida social está repleta de alegorías y metáforas, están en el mismo lenguaje, no solo en escritores, también en clásicos de la sociología u otros pensadores, filósofos. Creo que es una forma de hacer más accesible y sensible el mundo social. Así como Kafka le daba un carácter monstruoso a lo burocracia estatal, Weber la pensaba como un engranaje, una máquina, una jaula de hierro. Weber temía por el lugar que en un mundo tan racionalizado y especializado le quedaba al aspecto pasional y político de las personas.

En el caso de El ente, me parece que la mirada no está tan puesta en una burocracia impersonal, sino en todo caso en una burocracia que funciona a través de vínculos personales. La pasión, el deseo y la política son centrales, y en todo caso es desde ahí que se hacen presentes las paranoias. Son las mismas interacciones cotidianas, las que construyen el monstruo, no hay una entidad todopoderosa y abstracta que digite la vida de Nelly, Rolly y Laura. Sus propios miedos y deseos son los que se les termina volviendo contra sí mismos y llevándolos a otras dimensiones. Para conseguir la recategorización, debo entender el juego, el sobrenombre del delegado sindical, saber de qué cuadro de fútbol es, llevarme bien con la señora más antigua de El ente y compartir mates y charla con ella. En los universos kafkianos no hay sobrenombres, ni siquiera nombres, solo iniciales.

En el caso de El ente es lo contrario. Quizá porque se trata de un ente estatal en la Argentina contemporánea y no en Alemania a comienzos de siglo XX. Siempre me llamo la atención la manera de extrapolar lo “kafkiano” para explicar cualquier realidad que tuviera algo que ver con sector público o la burocracia. Está muy arraigado en el sentido común. Por ejemplo, cuando vas a hacer un trámite y termina tardando mucho o se vuelve muy tedioso, se dice “qué kafkiano”. No creo que en El ente haya una idea negativa del funcionario estatal, creo (y ojalá así sea) que puede ser leído al revés: el empleado, no es un número, una letra, ni una persona gris y chata.

En nuestro país, Argentina, la mirada negativa y gris del empleado público se construyó en los ochenta, cuando se empezó a construir el consenso para aplicar las reformas neoliberales, que implicaron entre otras medidas la privatización de empresas públicas, el achicamiento del Estado y la reforma laboral.

 

 

[AM]: Desde el plano estilístico, hay un trabajo riguroso con la lengua. Un registro realista, es decir: sobrio. Las adjetivaciones son pocas. Hay algo así como un tono neutro que se reduce a narrar las andanzas de esos personajes por dicha institución estatal. Asimismo, los diálogos están compuestos por un vocabulario, por momentos, muy coloquial. Expresiones como “darse un pase”, o “andar rosqueando”, ayudan a consolidar el grado de verosimilitud. ¿Para ser un buen narrador hay que tener oído finísimo?, ¿por qué?

[LS]: Me interesaba, mismo cuando escribía, sentir que yo estaba en la institución estatal, que lo que le pasaba a Laura, Nelly y Rolly me pasaba a mí. Así pude construir una empatía: vivir y habitar a los personajes. Por esto me resultó casi natural que el vocabulario en los diálogos tenía que ser coloquial, porque el Estado es coloquial, está compuesto por personas que tienen una lengua específica, y a la vez en el mismo Estado se habla un lenguaje complejo y particular: la recategorización, el cargo puro, el ñoquí. Justamente como los personajes son protagonistas y no un engranaje de una máquina, cada uno tiene una forma particular de hablar y a su vez manejan un código común que les permite relacionarse con otrxs. Creo que es importante para un narrador tener un oído finísimo, saber escuchar, pero también saber ver y observar.

 

 

[AM]: ¿La novela te ayudó a matizar tu postura hacia las entidades estatales?

[LS]: Pude matizar mi mirada sobre las entidades estatales desde la escritura de esta novela, pero también desde la experiencia. Pude matizar en varios sentidos: que los organizamos son entes todopoderosos que dejan poco margen de acción a quienes transitan estos espacios; que el Estado es aburrido y gris, que “no pasa nada”, que lo único que hacen quienes trabajan ahí es tomar mate; que las personas que trabajan en estos organismos son “chatas”, no desean, no se divierten. Pienso que lo que ayudó a romper con esta mirada es narrar desde el punto de vista de los personajes. Si bien la novela está escrita desde un narrador en tercera persona (que me permitió una mirada panorámica de todo el espacio), es un narrador muy empático con los personajes, puede acceder a lo que piensan y sienten.

 

 

[AM]: Luciana, ¿qué valía tiene para vos hoy, en un sistema literario, la trama?

[LS]: No me interesa la literatura que se piensa desde el comienzo desde la trama, puede estar muy bien escrita, pero la percibo muy mental y no me pasa nada. La trama es importante, pero no creo que tenga que ser el horizonte para escribir, porque limita la creación. Esto es al menos lo que me pasa a mí. Una buena historia tiene es mucho más que un buen plan y una secuencia de acciones y personajes coherentes. Ese algo más tiene que ver con el clima, el lenguaje, la imaginación. Si desde el principio estoy pensando en qué va a pasar, queda poco espacio para la experimentación. Por otra parte, es cierto que al proceso creativo en algún momento hay que recortarlo (como decimos en las ciencias sociales), no se puede en todo momento estar abriendo historias sin saber hacia dónde van. Es ahí donde me parece que la trama viene a ordenar.

 

 

[AM]: ¿De qué modo pensás que el hecho de ser socióloga haya influido (o no) en tu escritura?, ¿qué novelistas argentinos (o internacionales) te interesan más?

[LS]: La sociología es además de una ciencia o una disciplina, una mirada, una forma de acercarse y entender el mundo social. Ser socióloga me ayudó a reflexionar sobre lo que iba escribiendo, darle un sentido, pensar por ejemplo en qué El ente me permitía romper con el sentido común de las entidades estatales, pensar en cómo estaba abordando la relación estructura y acción, que es uno de los problemas clásicos de la sociología. Ahora bien, eso fue posterior, no me lo plantee de antemano.

Fue importante esa instancia de ir pensando en clave sociológica cuáles eran los argumentos que estaban implícitos en la narración, porque me permitió reconciliar dos mundos (la literatura y las ciencias sociales) que sentía distantes. Me interesan Franz Kafka, William Faulkner, Roberto Arlt, Julio Cortázar, Haroldo Conti, Osvaldo Soriano, Alberto Laiseca, Rodolfo Fogwill, Samantha Schweblin, Hebe Uhart, Rafael Pinedo, Gabriela Cabezón Cámara, Carlos Ríos, Hernán Ronsino, Sergio Bizzio, Félix Bruzzone, Iosi Havilio, Carla Mailandi, Mariana Enríquez, Marcelo Guerrieri, Martín Di Lisio, César Sodero.

 

 

[AM]: ¿Cómo ves a la crítica literaria actual?

[LS]: No sé si tengo una opinión tan formada sobre la crítica. Me interesa la crítica que te permite abrir nuevas lecturas, no tanto la que califica o evalúa la calidad, si no la que te presenta nuevas interpretaciones y problemas. También soy muy curiosa de los procesos de escritura de lxs escritorxs, quizá porque estoy formada en las ciencias sociales y es mucho menos lo que las personas de ese campo reflexionan al respecto. Cuando hablo de los procesos de escritura no los pienso tanto desde la cantidad de páginas que escriben por día o si lo hacen a la mañana, a la noche, con mate o vino. Más bien el significado que tiene para cada escritxr, y cómo hay un proceso de idea y vuelta entre la mirada sobre la escritura y la forma en que la materializan en un texto.

 

 

[AM]: ¿Creés en la literatura inteligente?

[LS]: Si inteligente refiere a una literatura que se plantea desde la puesta en juego de ciertos trucos o acertijos para con el lector, no me interesa. Creo más en una literatura vital y visceral que inteligente, esa que te llega a los huesos.

 

La narradora Luciana Strauss.
Crédito de la foto Mai Albamonte

 

[AM]: Cierta vez Sergio Chejfec dijo que la incertidumbre, era la razón principal por la cual escribía. ¿Cuál sería la tuya?

[LS]: ¡Concuerdo con Chejfec! Para mí la literatura es la incertidumbre, arrojarse al vacío. Me divierte escribir literatura, me resulta una práctica muy lúdica, estoy muy lejos de la figura de la escritora sufrida. Me siento identificada con lo que dice el sociólogo y ensayista Eduardo Grüner: no me angustia la página en blanco, si escribo es porque tengo algo para decir, pero nadie está esperando que yo escriba. Podría decir que lo hago para divertirme, experimentar, sentirme más libre (puedo hacer nacer y morir sin tener consecuencias en la vida real) y porque le encuentro un sentido más allá de contar una historia. Podría decir también que escribo para darle sentido a una experiencia. Y en cuanto a la experiencia, quizá tengo una mirada antropológica de cómo narrarla, en el sentido de que acuerdo con lo que planteó Hebe Uhart, que la literatura es el detalle, lo particular.

 

 

[AM]: Para cerrar, ¿cuáles pensás sean algunos de los prejuicios de un autor a la hora de escribir?

[LK]: Puede haber múltiples prejuicios, depende siempre de qué escritxr hablemos. En la Argentina, por poner un caso, afortunadamente hay una gran variedad de escritorxs. Algún prejuicio puede tener que ver, sobre todo con quienes se inician, que con tener una buena idea ya basta para narrar. Lo viví en carne propia, los textos que empecé desde ahí murieron, porque al tener una idea tan clara de antemano no me dejé sorprender. Lo que más me funciona a la hora de escribir es trabajar a un nivel más inconsciente, no pensar tanto en el resultado, en una fórmula y menos aún en la publicación. Otro prejuicio es que son solo conocer un universo social alcanza para escribir. La literatura no es lo que se cuenta, sino cómo se lo cuenta, volviendo a Hebe Uhart, el detalle. No hay temas originales. Una experiencia, puede ser un buen inicio —sobre en todo cuanto a la motivación para escribir—, pero no la convierte en un buen texto narrativo per se. Lo interesante pasa más por la manera en que el escritxr hace intervenir la imaginación en la experiencia y le da otro sentido.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1980). Narradora, socióloga y docente. Se desempeña como coordinadora académica del Centro Universitario de San Martín, en la Unidad Penal 48 de José León Suárez. Además, es profesora de talleres de escritura y redacción de tesis en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la misma universidad. Entre 2012 y 2017 fue directora de la colección Sociales en debate y editora de la Revista Ciencias Sociales, ambas de la UBA (Argentina). El Ente (2018) fue finalista del Primer Concurso de Narrativa Bernardo Kordon, organizado por las editoriales Conejos y Paisanita (2015) y es su primera novela.

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