Como homenaje a los 100 años del nacimiento del poeta Gonzalos Rojas, Juan Manuel Roca, quien fue invitado por los hijos de Rojas a las exequias de su padre, realiza un testimonio al gran poeta chileno, fallecido a inicios de 2011. La nota fue originalmente publicada en el diario El Tiempo, en aquel año.

 

 

Por Juan Manuel Roca

Crédito de la foto www.elmostrador.cl

 

 

El último adiós a Gonzalo Rojas

 

 

«Los días van tan rápidos», solía decir.

Y bien, a partir de ayer, se nos escondió la figura de Gonzalo Rojas Pizarro, como en uno de los juegos de su niñez, pero se nos aparecerá a cada tanto, cuando nos tropecemos ocasionalmente con un hombre libre y callejero, con la dureza de un rostro de minero, con un caballo montado por un fantasma, con la mirada socarrona de Quevedo, con una tarde fugaz y sonora como un relámpago, esa palabra que iluminaba sus sentidos con solo escucharla.
El recinto de Bellas Artes donde lo velamos es imponente, casi contrastante con su lenguaje, solo le quita solemnidad la gorra de marinero o de ferroviario, ustedes dirán, que al final del acto ha puesto momentáneamente sobre el féretro su hijo Gonzalo Rojas May.
Antes de llevarse su cuerpo hacia la morada final en Chillán, ese cuerpo que anduvo el mundo entero a sus anchas, el cuarteto Andrés Bello tocó una dulce pieza musical, el poeta Jaime Quezada proyectó unas palabras sentidas y profundas en nombre de los escritores chilenos, el también poeta y amigo de Rojas Óscar Hann leyó el bello poema Carbón, homenaje al padre que viene de la mina tras la lluvia, con «olor a caballo mojado», y el poeta mapuche Jaime Huenún convocó el poema Sebastián Acevedo, uno de esos libertarios poemas muy suyos, que a veces son como palabras inmoladas.

 

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El Poeta Gonzalo Rojas.

A partir de hoy, buscaremos en vano la figura de Gonzalo, su rotundo paso sin pausa por las letras. Pero muchos de sus paisanos no olvidarán los encuentros que propició en la década de los setenta en Concepción, donde trabajó febrilmente trayendo a escritores como Carpentier, Cortázar, Fuentes, Sábato, a dialogar con Neruda, Teitelboim y Parra, entre otros escritores chilenos.
Otros lo recuerdan como al poeta de un erotismo frutal, como el actor desprevenido del documental Al fondo de todo esto duerme un caballo, realizado por Soledad Cortés, o como el acumulador de premios, el de su colega de Lepanto entre ellos, o como amigo y partícipe del legendario grupo Mandrágora, surrealismo en ristre, o «como el más amigo de nuestros maestros», al decir de Floridor Pérez, uno de los poetas encarcelados por el tiranosaurio Pinochet, que ahora mismo lee otro poema de Gonzalo.

 

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Cruzan frente a su féretro académicos, escolares, poetas, pintores, músicos, arquitectos, todos amigos de Gonzalo o de su poesía, que es otra forma de la amistad. Todo un pueblo numeroso y conmovido acude al recinto de Bellas Artes.
A partir de hoy se nos esconderá la figura de Gonzalo Rojas. Se esconderá en el parque de los Artistas, donde mora Claudio Arrau, luego del responso de rigor. Se esconderá él, de puro caprichoso que es, pero no su palabra, esa palabra que asaltó un buen discurso escrito y leído por el ex presidente Ricardo Lagos, de estirpe gonzaliana, y otro que escribió el actual presidente, Sebastián Piñera, que, antes que mandatario, ha sido un reconocido editor.
Otro de los legados de Rojas, aparte de su lección de humanismo y vitalidad, de su poesía y su terquedad de piedra, reposa por un breve tiempo en los anaqueles de su vivienda, veinte mil libros que la familia Rojas May, con tino y sobriedad entregará por deseo expreso de su padre, para que, como toda biblioteca, salga a la calle, sea «un organismo vivo» en varios lugares, para que sus páginas den su vuelta al mundo en algo más que ochenta días. Algunos, incunables; otros, acunados y acuñados de vieja data, testigos de 93 años de ejercer la libertad y el humor, el amor y el rigor, a un mismo tiempo.
Me resulta emotivo y honroso que sus hijos hayan querido que viniera desde Colombia a decir unas palabras en su velación, tal vez por el afecto que nos unió, pero sobre todo por venir de un país que siempre lo consideró un compatriota en el mapa de la poesía, uno de los más grandes renovadores de la lírica hispanoamericana. Este fue mi puñado de palabras, antes de su viaje de regreso a Chillán:

Manojo de silencios
Para Gonzalo Rojas

 

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Uno de sus libros fundamentales

 

Si hay algo a lo que siempre se opuso Gonzalo Rojas Pizarro fue a convertirse, como tantos otros peregrinos de la poesía, en un novio de la muerte. Para ello, no se blindó con la coraza del miedo, sino con la razón de quien sabe sacar del socavón de los días, como lo hacía su padre minero, trozos de luz para ayudarnos a habitar, por un tiempo más, el oscuro laberinto.
Creo que Gonzalo sigue ejerciendo su carácter libertario, ese que lo llevaba a festejar la infancia del relámpago, su fugacidad atronadora. «Los días van tan rápidos», solía decir, devorado por un hambre de lejanía y una sed de mañanas.
Volvemos a su poesía como se vuelve a un pozo de amor y libertad. Ahora mismo esconde, tras su sonora risa, un par de alas, la voz de quien oficia la religión sin feligreses, que es la verdad, una verdad pulsada y diseminada sin otro beneficio que agitarla, una verdad inventada a riesgo de ser declarado reo ausente de la más mísera realidad.
Por esa vocación de habitar y ser habitado por la verdad y por los otros es por lo que pudo expresar con llaneza su «Paul Celan soy yo», como poniéndose en la piel de uno de los amenazados por las manos sucias y necrosadas del nazismo. Por esa misma vocación, siempre sostuvo un pulso con los que se abrogan el derecho a matar o a desaparecer, decisiones que toman mientras miran con impaciencia su necrómetro.

 

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Nunca, antes de que me tropezara con Gonzalo Rojas, me encontré con alguien tan indiviso entre decir y hacer, entre el hablar y la escritura, entre el pecho bien habitado y el ademán fraterno y generoso que tenía para sus congéneres poetas.
En uno de sus tantos espléndidos poemas, Cuerdas inmóviles, nos conmina ante el ausente a no llorar: «¿qué sacan con llorar?, / con ser, qué sacan?, el resurrecto es otra cosa/ y ahí va remando despacito». ¿Por qué no pensar que Gonzalo rema, ahora, despacito, como un barquero de sí mismo? Yo lo veo al remo de sus versos, de esa gran barca de imágenes espléndidas con las que nos dotó para el camino.
Gonzalo, aunque usted nunca entendió la poesía como un ejercicio de mesianismo, bueno es decirle que más que como una prótesis, que más que como un remedio de un viejo terapeuta de los caminos, su palabra y sus sonoros silencios viven en nosotros, hasta nueva orden.

 

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