Por María Ángeles Pérez López

Crédito de la foto (izq.) Ed. La Isla de Siltolá /

(der.) YouTube

 

 

“El todo del silencio”:

Cavado de Felipe García Quintero

 

 

“¿Quién canta ahí cuando toda voz se calla?”, pregunta el poeta suizo Philippe Jacottet. Y continúa: “¿Quién cantaba ahí cuando se apagó nuestra lámpara?/ Nadie lo sabe. Pero sólo puede oír el corazón/ que no busca posesión ni victoria”.

En la desposesión como camino para acercarse al silencio, en el vaciamiento que es también apertura hacia lo alto y hacia lo hondo, escribe Felipe García Quintero el conjunto de su obra. Y lo hace como quien cava buscando aquello que siempre se desconoce. Nacido en Bolívar (Cauca, Colombia) en 1973, ha publicado Vida de nadie (Premio Internacional de Poesía Encina de la Cañada, 1999; en edición bilingüe francés/español, 2004), Piedra vacía (Premio Iberoamericano de Poesía Neruda 2000 2001; 2012; 2013), La herida del comienzo (2005), Mirar el aire (2009), Siega (Premio de Poesía Universidad Industrial de Santander, 2011) y Terral (Premio Eduardo Cote Lamus, 2013).

Releer lo ya escrito y antologarlo se aproxima a la tarea de cavar: ahondar y penetrar, remover aquello que se fue antes (el territorio que han ido construyendo los libros), y al tiempo, cavilar, porque aunque esté en desuso esta acepción, en la antología que ha preparado el poeta colombiano para su publicación en España, el libro se ofrece cavado hasta el silencio, cavilado en la tensión hacia el no escribir, en la fructífera estirpe que pasa por la paradoja de pedirle a la boca, esa cajita musical, que desconozca su mandato.

Para cavar desde la superficie hasta su adentro, García Quintero propone una ordenación cronológica inversa: comenzamos leyendo inéditos y nos remontamos hasta la capa geológica más profunda, la que desciende hasta el inicio de su lenguaje poético, aquel que en Vida de nadie afirma, con una ferocidad luego tamizada, que el poeta es “árbol en el bosque de la intemperie”. Como parte de la oscuridad, que brota del poeta hacia lo otro (“La noche en mí no entra, de mí sale”), el que escribe es, desde su primer libro, el que suma orfandades. “Viajo en un tren de veintiún vagones, conducido por todos mis muertos”. El poeta es, pues, ese lugar sin lugar que otros han ido abandonando y se desconoce a sí mismo: “Llevo esta condena de ignorar lo que escriben mis manos”. Pastor de sombras, apacienta la noche y alimenta con su propio cuerpo los animales que también lo constituyen, esa “fauna del cielo en las jaulas del alma”.

En este primer libro se harán presentes elementos que luego acompañan al poeta, en particular la tendencia al poema breve, organizado en estructuras duales que apuntan a cierto carácter sentencioso, aunque en los primeros títulos es mucho más intensa la zona de sombra, que después irá iluminándose desde una matriz musical que sugiere lo numinoso.

Como poética pueden leerse los textos de Piedra vacía aquí seleccionados. En un dístico de ese libro se expresa, en forma de quiasmo, el latido que habita la paradoja de la obra, su plenitud:

soy tu silencio —dice el lenguaje—

soy tu escritura —grita el silencio—

 

Lo que parecería irresoluble abrazo de contrarios, lo que en su violencia implica el decir y el callar, es la tensión que abre el poema “Agua rota”: “A cada palabra evito las palabras”. ¿Cómo salir de esa encrucijada? Piedra vacía apostará por colmarse en la escritura, por lo que proliferan nombres y textos que multiplican haces de sentido: Hamlet y Macario (Shakespeare y Rulfo, por tanto), el “enemigo rumor de la belleza en el tiempo”, que se corresponde con Enemigo rumor (1941) de Lezama Lima o ese verso —“fértil la miseria del hombre que tiene por vida escribir poemas” — que convoca La miseria del hombre (1948) de Gonzalo Rojas, mientras que su “música incierta” es un préstamo de un poema de Aleixandre (“Cuando acerco mis labios a esa música incierta”)…

Si en Vida de nadie el poeta era árbol en el tupido bosque de la intemperie, en Piedra vacía es el lenguaje el desamparado, el que persiste en su “humana gravedad”. De ahí que el siguiente libro dé cuenta de la herida del comienzo. En él, el poeta aspira a construir las preguntas que hacen naufragar el yo, su identidad incierta, su precariedad en el espacio de los nombres: “¿Me llamo?, ¿me oiría si gritase adentro de mí?/ Si me persigo en mi voz que no alcanzo a decir, obediente a la costumbre del silencio como el perro en torno”.

En la prodigiosa herencia poética hispanoamericana, aquella que encuentra en la voz de Alejandra Pizarnik la conciencia de la herida en el yo, en la primera persona del singular, este libro herido nombra su desestabilizadora construcción del ser: “yo no digo yo, sólo recojo mis pedazos del lenguaje para el todo del silencio al fin juntar”.

Frente a este camino de asfixia, los siguientes libros de García Quintero van abriéndose, paulatinamente, hacia la comunión con lo otro, y en especial con la naturaleza, como si, una vez agostado el yo y su decir, lo que quedase fuera mirar el aire. Poemas como “Teoría animal” y “Del que anda en la tierra” permiten que, por la voz del poeta, se escuche el mundo: “Una montaña con mis huesos.// Un río con mis ojos y sus venas.// Sin ver cavar el horizonte,/ un árbol con mis manos.// Y mi voz por el viento memorioso,/ donde todo se encuentra enterrado”.

En la extrema delgadez de la voz, a través de poemas breves que articulan un conjunto reducido de símbolos —sol, árbol, pájaro, viento—, sin embargo resuena lo oscuro, la impenetrabilidad misma del lenguaje: “Oscuro, en lo mirado, el decir”.

Afirma George Steiner que “El lenguaje sólo puede ocuparse significativamente de un segmento de la realidad particular y restringido. El resto y, presumiblemente, la mayor parte es silencio”. El segmento de realidad por el que apuesta el siguiente libro es aquel en el que pastan los animales más humildes: la vaca o la cabra de Siega. Animales místicos de la infancia, traen sus sonidos porque el poeta se hace uno con ellos, como Keats al escuchar al ruiseñor. “Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y nunca cambia”, ha escrito el poeta colombiano. Si para Keats el ruiseñor cantaba con su misma voz para, antaño, el emperador, y hoy el hombre del campo, así la voz que escucha García Quintero es intemporal porque se hace uno con el otro, se abre a la experiencia de la multiplicidad.

Hacia ella camina de manera relevante el último libro hasta la fecha: Terral. Su título convoca otros muy próximos, en particular Terredad (1978) de Eugenio Montejo, porque como en la obra del venezolano, en la de García Quintero los poemas van trabando su genealogía: numerosos poemas de Terral están dedicados a familiares del poeta, pues así escribe el alfabeto del mundo —otro de los títulos centrales de Montejo—. Como si alentara en su obra aquel poema extraordinario del venezolano titulado “Mis mayores”: “Mis mayores me dieron la voz verde / y el límpido silencio que se esparce / allá en los pastos del lago Tacarigua. / Ellos van a caballo por las haciendas. / Hace calor. Yo soy el horizonte / de ese paisaje adonde se encaminan”.

Recientemente, los científicos han descubierto que el ser humano es un organismo plural, conformado a nivel celular por sus ancestros, ya que madre e hijo, hermanos gemelos o incluso hermanos de diversas gestaciones pueden intercambiar células y así hacerse presentes unos en otros, constelarse. Somos entonces una colonia de seres, conectados no solo de modo emocional sino también sociobiológico, y la poesía de García Quintero nombra, de modo luminoso, esa construcción comunitaria: Terral se aproxima a aquellos que escuchan la voz de la tierra, sus tonos, su sencilla forma de respirar silencio, su relación con el vacío que da cuenta, sin embargo, de un notable espesor metafísico, como han destacado ya los primeros lectores de Terral.

Para que se cumpla la posibilidad de acompasar el ritmo con el otro y lo otro, los poemas indagan en su matriz musical y se abrazan a través de las rimas. Tierra y piedra, sol y ser, humo y arena se ligan a través de estructuras duales en las que la rima es haz de luz en la sombra del mundo: “Si la sombra del sol fue la última semilla/ la mirada deja en el rostro del río otra orilla”. Sin duda en este aspecto es notable la huella de Giovanni Quessep, de quien ha destacado el propio García Quintero cómo la recuperación de metros clásicos llevada a cabo por el gran poeta costeño logra que la música verbal sea “una trama de imágenes inusuales y sentidos inéditos”.

Por ello, en Terral se disparan las asociaciones posibles aunque solo en algunos momentos se hagan explícitas las huellas que interpelan a quien transita el camino (particularmente Keats, Wallace Stevens y Quessep), porque para el poeta, Terral es el lugar de la escucha. La poesía se re-liga, se conecta, a través de una honda espiritualidad, con un más allá de lo acá presente: los guijarros de la lengua absuelta. Misticismo que en su liviana construcción, en su preferencia por el verso breve y la rima (interna o externa), sostiene el mundo: “También los árboles y los pájaros/ siembran suelo donde arraiga el viento”.

Escribió Marguerite Duras que “un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho”. Y un poco más adelante: “Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe…”. Ese estado de escucha es el que convoca, en la plenitud y la carencia de quien cava hasta el silencio, la obra de García Quintero.

 

CAVADO (HASTA EL SILENCIO)

 

2 poemas de Cavado (hasta el silencio)

de Felipe García Quintero

 

 

LITURGIA

 

 

 

Sobre el piso llano brilla el polvo de nuevo. Minúsculo y pródigo

su exceso.

 

Paso mi mano y lo palpo sin verlo. Detengo mis ojos en

sus filamentos.

 

Lo siento latir, lo sacudo y estremezco. El polvo sin fin vuela:

 

Miro irse lo que soy por el aire, lo que soy al caer al suelo, la

criatura a quien doy mi visión y aliento.

 

 

 

PÁJARO

 

(a los secuestrados de mi país)

 

 

A quien escucha la sangre ajada del silencio tañer su corazón, y la

vigilia del río le arrulla el sueño, yo lo imagino anidar sobre el

hierro inmarcesible de la selva, al picotear el óxido vegetal de sus

huesos.

 

Porque canta a lo lejos y vuela adentro, cautivo del cielo, yo lo

imagino jugar con el aire detenido que sostiene la mirada solitaria,

embriagarse con el vino crudo del crepúsculo, donde el horizonte,

a tajos, se derrumba.

 

Un puñado de tierra se amontona en los ojos cada mañana, si la

niebla voraz crece con el día cercado por el aliento. Y la espera,

como savia vive en lo profundo, siempre a ciegas, mientras la

hierba pisada brota nueva de la última plegaria.

 

Es cuando la lluvia se acalla y socava otras entrañas.

 

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