Comentario crítico por Aleyda Quevedo Rojas

Crédito de la foto (izq.) Nella Escala/

(der.) PUCE

 

 

El síndrome de Falcón

o el ardor creativo en el ensayo literario de Leonardo Valencia*

 

 

El síndrome de Falcón es un libro sin tiempo, sin edad, absolutamente vigente y necesario para todo lector, escritor, docente y amante de las artes, y en especial de los amantes del arte de la novela en todo el mundo de habla castellana. Claro, es un libro imprescindible. Porque Falcón, mejor dicho, este síndrome es global. Son ensayos escritos por un novelista tocado por el ardor creativo del que se habla en la cultura védica donde nace la literatura más antigua de la India. Hablo de ese fuego interno generado por la contención que se transforma en creación. Estamos frente a un libro esencial para los que amamos la poesía y la practicamos; esencial para lectores dedicados y editores serios, indispensable para estudiantes de literatura y para quienes desean ser succionados por los procesos creativos que implica la escritura.

Desde los cuentos del libro progresivo La luna nómada, pasando por El Desterrado, Kasbeck, El libro Flotante, hasta llegar a su monumental y envolvente novela La escalera de Bramante, solo es posible constatar que estamos frente a un escritor coherente, consecuente con lo ético y estético, riguroso y, al mismo tiempo, plástico con el lenguaje, que establece exquisitas distancias de las aburridas jergas académicas, para entregarnos un libro seductor, amasado con palabras transparentes, capaz de encantar con las agudas preguntas que les plantea a enormes poetas como Roberto Juarroz, Emilio Adolfo Westphalen y Adonis, este último, el único poeta vivo de los tres. Se trata de poetas provenientes de enormes y consistentes tradiciones literarias: la argentina, la peruana y el mundo árabe. Y leer esos ensayos-entrevistas es una experiencia placentera y espiritual que enciende el ardor creativo y estimula hasta al más distante lector.

La primera vez que leí El síndrome de Falcón fue en 2008 en la edición de Paradiso, y en ese entonces lo que más me interesó fue la sección: “Sobre la literatura ecuatoriana” (que ha sido la más criticada y polémica por las apreciaciones de ciertos académicos que se ahogan en sus propios círculos de poder e intereses). Creo que esa sección me interesó porque al fin había encontrado a un contemporáneo, anotando con lucidez y fluidez lo que apenas yo lograba expresar frente a un espejo y conmigo misma al escribir mis versos, pero que había estado pensando y reflexionando por muchos años; algo así como que hay que ser parricida por un momento pero inmediatamente hay que beber de la tradición para desde allí y por todo el tiempo beber y beber, leer y leer de otras tradiciones, de todas, y siempre conocer más tradiciones literarias y artísticas para crear la nuestra, para elegirla y pulirla en armonía con nuestra voz.

 

El narrador y ensayista Leonardo Valencia.

 

Leer a Valencia en ese 2008 sosteniendo reflexiones tales como, que no se puede ser portavoz de una identidad, tampoco de nacionalismos como pesos en la espalda de un escritor, o de enfoques ideológicos en la escritura porque es un territorio de libertad e imaginación-ficción, era como encontrar agua dulce en el desierto. Devorar El síndrome de Falcón en ese momento se convirtió en un ejercicio para afianzar las búsquedas de mi poesía, que desde 1989 año en que apareció mi primer libro de poemas bajo el título: “Cambio en los climas del corazón” hasta el más reciente titulado: “Ejercicios en aguas profundas”, abordaba la sexualidad y el erotismo con imágenes irreverentes, el escribir desde el territorio del cuerpo femenino, buceando en capas dolorosas como la enfermedad, la muerte y el no amor y la androginia. Por todo eso El síndrome de Falcón se me volvió tan potente y vital, porque mis búsquedas encontraban con quien dialogar y cuestionar para seguir escribiendo mis poemas. Este libro me permitió reafirmar la tensión esencial entre mente y palabra, entre contemplación y creación. Veía claramente el Imago que creó Lezama Lima y que recuperó en el prólogo a este libro el maestro Wilfredo Corral. Lezama Lima, el más barroco y universal de los escritores caribeños podía entrar y salir del barroco andino e hispanoamericano, porque bebió de las aguas brillantes de muchas tradiciones.

Desde esa primera lectura del 2008 me quedé con lo que Juarroz le reveló a Leonardo cuando le dice, acerca de por qué escribir poesía y no filosofía:

“¿’Por qué mi inclinación no es a sistematizar u ordenar todo esto en la filosofía? Pues justamente lo que no tiene la poesía es voluntad, encubierta o no, explícita o implícita, de sistema. Sabe que la vida y la realidad no se pueden transformar en una serie de pasos ordenados. O en eso que llamamos sistema. ¿Cómo sistematiza usted el amor, aunque estudie cosas externas como las posiciones del acto amoroso? Eso no es el amor. Es una partecita chiquita a un costado. Entonces, la voluntad de sistema, para mí, limita el cambio. Y una de las cosas más plenas de la poesía es renunciar a la voluntad de sistema, saber que para las últimas cosas no hay sistema posible”, afirma Juarroz.

 

Esa entrevista fue imprescindible para mí y marcó gran parte de mi proceso creativo de los últimos 12 años. Esas imágenes plásticas y libres, repletas de ardor creativo, que se encuentran esperándonos en ensayos como los dedicados a: Borges, Aira, Lampedusa, Ishiguro y Adonis. Precisamente, al leer el ensayo-entrevista al gran sirio-libanés, a quien escuché leer sus poemas y conocí personalmente en ese mismo 2008 en Caracas, entendí que Leonardo Valencia el ensayista, el narrador, el catedrático y el traductor que ama la poesía, había tejido sin saberlo o sabiéndolo secretamente, un puente para que mi encuentro con Adonis resultase vital para mi educación espiritual y artística. Ese ensayo sobre Adonis fue como alinear los planetas y sintonizar todos los climas del día y de la noche con más luces que el sol.

 

 

La lectura de este libro me demostró que la literatura es el territorio donde se ejerce la libertad y que como lo dice Adonis, la patria es la libertad.

Tuve una segunda relectura de El síndrome de Falcón para la entrevista que en 2011 le hice a Leonardo Valencia para la Revista digital mexicana de Literatura La Otra que dirige José Ángel Leyva. En realidad, fue una entrevista a cuatro manos compartida con el escritor, traductor y catedrático cubano Jesús David Curbelo. Durante la cual pregunté a Leonardo, lo siguiente:

 

[AQR]: En El síndrome de Falcón, aludes a que la literatura ecuatoriana lleva un peso político, tal vez, ideologizado, del que no ha logrado desprenderse. ¿Cuánto daño les ha causado a los escritores ecuatorianos este síndrome?

[LV]: El asunto es complejo. Es un proceso de amplio espectro propio de países pequeños con crisis de identidad. La literatura debía ser una especie de herramienta pedagógica, aunque hablara de cosas muy personales. Lo peor en realidad es que todo eso dejó una visión instrumental de la literatura: debía ser útil, reivindicar los territorios no nombrados, pero con un afán casi sociológico y testimonial. No olvidemos que uno de los mayores ensayistas literarios ecuatorianos fue un sociólogo: Agustín Cueva. Lo peor no era eso, que ya podría resultar interesante y de hecho lo fue en algunos casos de los narradores del 30. El problema consistía en que, siempre que cumpliera su propósito utilitario, permitía pasar por alto las exigencias del estilo y la cerrazón de los sobreentendidos, que mata el poder sugestivo y autónomo de la ficción. Por suerte ese daño que quería convertir a la literatura en un medio ha sido sutilmente superado. De hecho, lo que me intriga en estos últimos años es que el mismo fenómeno se está produciendo en sociedades que se atomizan por cuestiones nacionalistas, como ocurre en Cataluña o el País Vasco, obsesionados por una representatividad local o nacionalista, que más que ayudarlas las está destruyendo o estrechando su campo de libertades.

Siempre hay una raíz, pero no nos podemos quedar allí sino entender que luego crece un árbol en el que se pueden posar todos los visitantes e incluso aprovecharse de enriquecedores injertos. Al final, me he dado cuenta que El síndrome de Falcón ha ido más allá de las fronteras ecuatorianas y me ha permitido entender, a partir de mi experiencia ecuatoriana, que es el mal de la instrumentalización de la literatura, a la que se la quiere cargar de funciones añadidas a su cualidad esencial de libertad y liberación para el escritor, y que van desde la ideología religiosa, el nacionalismo e incluso el mercado editorial.

 

El narrador y ensayista Leonardo Valencia.
Crédito de la foto: Guillermo Moran

 

En esta tercera relectura y nueva lectura completa del libro que corresponde a la segunda edición del Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, debo confesar que ha sido una experiencia distinta en varios sentidos: nos trae dos valores agregados que los lectores agradecemos: un ágil, sobrio y bello diseño a cargo de Rafael Castro, (quien es desde hace muchos años y muchos volúmenes de poesía, nuestro diseñador estelar en Ediciones de la Línea Imaginaria, editorial independiente que llevamos adelante desde hace más de 20 años el escritor y poeta Edwin Madrid, la arquitecta, poeta y catedrática Ana María Durán y yo); y de otro lado, el dossier de recepción crítica del libro que recoge reseñas, comentarios, y entrevistas al autor. Destaco los textos de Eduardo Varas, Claudia Apablaza, Antonio Villaruel y Sandra Araya, que me resultan profundos y sumamente potentes para una total experiencia de lectura de El síndrome de Falcón, que como dije al inicio es un libro sin tiempo o metido en la espiral del tiempo. Ahora, las sensaciones que he tenido en esta tercera lectura y relectura, están conectadas con la sección: “Sobre la escritura”, porque es aquí donde encuentro la coherencia y lucidez del ensayista con el gran narrador de La escalera de Bramante. Es en esta sección donde el Imago que pensó Lezama Lima cobra unas formas y capas de vital y riguroso ardor creativo.

En la página 310 del ensayo titulado: El libro progresivo, Valencia escribe: “Este deseo de revisar lo escrito responde a lo que creo es la literatura: una exploración del escritor sobre sí mismo vinculado a un mundo que se le escapa de las manos. Gracias a lo que escribí, el escritor puede llegar a entender sus experiencias y pensamientos. Es decir, no los tiene resueltos antes de escribir, sino precisamente los pone por escrito para llegar a una compresión. Y luego lo olvida, quizá porque lo ha asimilado y pasa a otra cosa. Lo mismo nos ocurre como lectores: olvidamos muchas veces lo que hemos leído y tiempo después, a veces años después, volvemos a leer y nos encontramos con que la idea que nos habíamos hecho del libro ha cambiado mucho, como si el libro mismo hubiera cambiado. Otras veces nos reconocemos en lo que volvemos a leer, lo que demostraría lo profundo que había calado ese libro en nosotros”.

Esto es lo que me ha ocurrido a mí como poeta, tuve que escribir 10 libros de poesía y volver sobre ellos, revisarlos docenas de veces hasta comprender y descifrar las habitaciones de mi interior, otros mundos interiores de mis personajes, mis pensamientos y obsesiones, los fantasmas cuyo rostro miré de frente solo cuando escribí. Me he reconocido en El síndrome de Falcón, como lectora porque es un libro que ha calado profundamente en mi intuición la cual me ha ido llevando por las estaciones de la creación.

 

Primera edición del libro (2008)

 

Me ha resultado entrañable, hasta la emoción más fuerte que un lector alcanza (lágrimas y risas) el texto “Silencio en Suiza, cerca de Waldau” por el vívido relato no exento de ficción que Leonardo hace a través del invierno blanco de la Suiza repleta de pequeñas librerías, donde él apenas logra leer fragmentos de su novela “El desterrado”, pues se encuentra aquejado por un terrible resfriado y afonía, pero donde la lumbre ha sido encendida por queridísimos amigos en común que hemos mantenido a lo largo de los años; gracias a este texto logré tocar el rostro de mi amigo el gran poeta Paco Benavides, quien murió en 2003 en Berna y de mis entrañables: Víctor Vallejo y Diego Gortaire, ambos voraces lectores-viajeros y artistas. Justamente, a inicios de diciembre de 2019 Víctor Vallejo dejó la fría Zúrich, por unos días para visitarnos en Quito y una de esas noches de charla me regaló: “La escalera de Bramante” que comencé a leer de inmediato, aunque me estoy tardando en concluirla porque releo muchas de sus páginas, en especial las que tienen que ver con la vida de Landor; también estoy demorada porque mientras leo La Escalera…leo paralelamente “Sobre los huesos de los muertos” de la polaca Olga Tokarczuk, libro que me regaló mi adorable amiga Saudia Levoyer. Y es inevitable relacionar a Tokarczuk con Valencia y viceversa como en un imago, es decir, ambos escritores recurren a estrategias narrativas y poéticas paralelas, en éstos libros que dialogan con poetas de la trascendencia de William Blake en el libro de la polaca y en el libro del ecuatoriano, con el poeta francés Robert Desnos. En ambas novelas el tiempo se rompe. Y además, en ambas novelas encuentro imágenes sutiles, bellas, duras, páginas repletas de mundos subjetivos; ya saben lo que decía Lezama Lima en Paradiso: “Toda disciplina tiene que estar acompañada por la gracia que regula la imagen”. La gracia está en La escalera de Bramante, tanto como en El síndrome de Falcón.

 

El narrador y ensayista Leonardo Valencia.
Crédito de la foto: Albarrán Cabrera.

 

La maestría de Leonardo Valencia ha sido evaporada en finos hilos y con su mejor perfume en éstos dos libros, y mucho más, porque antes ya propuso la escritura flotante para involucrar a nuevos públicos y fieles lectores. En el ensayo “La escritura flotante” nos plantea: “no es solo una experiencia de participación sino una experiencia estética, porque el lector podrá compartir también la dinámica interna del libro y la estrategia que se plantea dentro de la novela, que la palabra es una exiliada permanente que se reescribe siempre: una escritura flotante”.

Recordemos que la primera versión de El Síndrome de Falcón, Valencia la escribió a sus 29 años; ahora este libro imprescindible ha sido revisado y alimentado, ampliado y depurado, justo en el ardor creativo de sus 50 años.

¡Que vengan muchas más novelas y libros de ensayos, querido Leonardo! Porque los lectores te elegimos dentro de nuestra tradición.

 

 

 

 

 

*(Guayaquil-Ecuador, 1969). Narrador, ensayista, traductor y catedrático universitario. Se desempeña como profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar (Quito-Ecuador). Doctor en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona (España), con una tesis sobre Kazuo Ishiguro. Ha publicado en ensayos El síndrome de Falcón (2008 y 2019), Viaje al círculo de fuego (2014) y Moneda al aire (2017), sobre la novela y la crítica. Los cuentos de su primer libro, La luna nómada (1995), han sido incluidos en más de quince antologías de referencia internacional, como Les bonnes nouvelles de l´Amérique latine (Gallimard), con traducciones al inglés, francés, italiano, hebreo y búlgaro. Es autor de varias novelas de las que se ha destacado su exploración de un mundo marcado por el desarraigo, el exilio y la migración, como El desterrado (2000), El libro flotante (2006) y Kazbeck (2008). Su novela más reciente, La escalera de Bramante (2019) ha recibido entusiastas elogios de la crítica dentro y fuera del Ecuador, considerándola como una novela que rinde homenaje al arte de la novela total y tiende puentes estrechamente ensamblados entre América Latina y Europa con gran potencia estilística.

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