Cristián Gómez O.

Estoy buscando un libro que me devuelva la fe en la literatura. Una vez que uno se ha convertido en lector crepuscular, hace falta leer con cuidado. Sobre todo: leer por placer. Si se está inserto en el mundo editorial, o el académico, o en alguna mezcla de ambos, lo mejor es renunciar. A la lectura o al trabajo, pero no se puede seguir sirviendo a dos señores. Y sólo entonces leer sin ninguna atadura, de ser tamaña utopía aún posible.

Algo de todo esto me pasó al leer La lírica está muerta (Vox, 2011), de Ezequiel Zaidenwerg, de quien ni siquiera soy capaz de deletrear correctamente su apellido. Uno se enfrenta con un libro premeditadamente provocador, lúcido, que logra salir airoso de los desafíos que se plantea, aunque gracias a ciertas armas tal vez inesperadas para el mismo autor.

La lírica está muerta es un libro contestatario, que reacciona ante un estado de cosas. No se trata, como podría suponerse, sólo de la polémica que el autor mantiene o mantuvo con ciertos autores de la generación del ’90 en su Argentina natal, sino sobre todo de una atmósfera cultural que resulta irrespirable no por una carencia, sino, al contrario, por saturación. Un tono apocalíptico permea estos poemas, pero es un tono apocalíptico particularmente calmo y desdramatizado. Cada uno de los poemas de la primera parte comienza con la misma frase: “La lírica está muerta”; en ellos se recurre a episodios de la historia y la literatura argentina y también universal, que son recreados para darle certificado de defunción a este género literario. Así, pasan delante del lector hechos como la profanación de la tumba de Juan Domingo Perón y sus manos cercenadas; la muerte del Che Guevara en Bolivia, “El matadero”, de Esteban Echeverría y la violencia entre unitarios y federales, el cadáver extraviado de Evita, pero también el descenso de Orfeo y el deseo de morir de la Sibila de Cumas.

La sabiduría intertextual de Zaidenwerg le permite ampliar el registro de lo representado, pero hay en todos ellos un denominador común que los hace especialmente atractivos, como es el hecho de que se trata, la gran mayoría de las veces, de fantasmas, de espectros que incluso tienen más vida que durante su periplo en la tierra. Esta es una etapa casi escatológica del libro, si pensamos que uno de los “personajes” que asumen la forma de la lírica fallecida, o que por lo menos se relacionan de una u otra manera con ella, es ese doctor Pedro Ara, el encargado de embalsamar el cadáver de Eva Perón. Por eso no deja de sorprender que este alegato por la lírica se valga de todo tipo de estrategias, incluso las más antipoéticas, para argumentar su caso.

Porque una cosa es clara: este libro de Zaidenwerg puede ser cualquier cosa, menos un retorno a una estética ingenua o sentimental o de la inmediatez. Si el objetivismo que se entronizara por algunos años noventa en la poesía argentina, fue a su vez una reacción ante la poesía sentimental y militante que encarna en su mejor versión Juan Gelman, pero también al neobarroquismo de un Carrera o un Piccoli, la escritura de Zaidenwerg intenta recuperar las posibilidades de la lírica, aun si para conseguir este objetivo todos los métodos de lucha resultan válidos. Tomemos, por ejemplo, el poema titulado “Ernesto Rafael Guevara de la Serna”. Partiendo por lo obvio: el texto relata –porque efectivamente, la narración es una de esas formas de las que se vale Zaidenwerg para construir su poema– lo que ocurre con el cadáver del Che Guevara luego de su fracasada aventura boliviana. Pero aquí se actúa por omisión, ya que a Guevara nunca se le llama por el conocido “Che”, en eso el título hace patente su silencio, la despolitización del sujeto. Y, más que hablar del cadáver en sí, se nos cuenta de la atmósfera que lo rodea, se nos habla de los que aparecen rodeando la figura de ese Cristo revolucionario. Tal vez por eso este texto está plagado de encabalgamientos, como si las omisiones recién referidas tuvieran que ver con algo que se encuentra incompleto, o más bien, no dicho: reprimido.

Este mismo poema sobre el Che Guevara (suponiendo que la figura del revolucionario argentino no sea sólo una excusa, como todos los otros personajes, para hablar de otra cosa) abunda en símiles que siempre remiten de una cosa a otra (“como un cazador con su trofeo”, “como un Lázaro/que volviese a la vida por un instante apenas”, “como el pasto que surge entre las grietas del asfalto/y que los coches pisan al pasar”), dándole al poema una especie de punto de vista móvil donde la explicación siempre está en otro lado, lejos del alcance del hablante. No es casual que si para Guevara el tiempo era “una flecha que avanzaba con conciencia hacia su conclusión”, para las otras voces que pueblan este poema el tiempo está regulado por “algo sagrado, aunque remoto”. Eso que está situado a una distancia inalcanzable bien podría ser el sentido último de este poema y, por qué no, de este libro.

Mención aparte merecería el largo poema con que se cierra este conjunto, “Lo que el amor le hace a los poetas”. Sin duda, uno de los puntos más altos de este libro, este texto, a diferencia de la fantasmagoría que puebla la primera parte deLa lírica está muerta, nos muestra una galería de personajes, con muchas alusiones en clave a la poesía argentina de hoy, donde la enumeración más o menos caótica de este catálogo de poetas le da un ritmo al texto que está ausente de los que conforman la primera parte. Y es lógico que así sea: la apuesta de Zaidenwerg aquí es abarrotar la página con la ironía de un mundo al revés como en un fresco de Hyeronimus Bosch: una alegoría hecha a partir del atiborramiento de la lectura, del polisíndeton que apura la inclusión de múltiples elementos en la lista, este poema es un diagnóstico fascinante y despiadado de un universo que, pese al tono referencial del texto, no termina con la identificación de quienes son los aludidos. Muy por el contrario, “Lo que el amor le hace a los poetas” se puede leer como una fábula de las actitudes ante el fenómeno poético en una sociedad como la de la Argentina de hoy. Un muestrario, pero también un abanico de posibilidades. En ese sentido, el libro de Zaidenwerg coge el guante arrojado por la tradición poética que lo antecede, siendo capaz de reformular desde una perspectiva inédita, los caminos que otros ya han transitado.

No es menor el gesto de este poeta: la parodia final con que se cierra este libro, recupera y al mismo tiempo pone en entredicho poéticas que han sido hasta hace poco dominantes. El sólo intento de plantear una alternativa significa el triunfo de esa alternativa.

 

Ver: http://www.transtierros.com/?p=155

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