Vallejo & Co. presenta una nota sobre la situación de la crítica literaria en el Perú. Esta fue debidamente revisada y actualizada por su autor tras salir publicada en el blog Cuadernos del Hontanar y en la revista Hueso Húmero, n. 67.

 

 

Por Mateo Díaz Choza*

Crédito de la foto www.videoblocks.com

 

 

El repliegue de la crítica

 

Las escuelas de Literatura en el Perú han sufrido un profundo cambio en las últimas décadas. Durante la segunda mitad del siglo pasado, muchos de los creadores más importantes se dedicaron a la enseñanza universitaria: Belli, Cisneros, Guevara, Delgado, Bendezú, Reynoso, Higa, entre otros. En el ámbito de la poesía, diversos talleres de creación tuvieron cierto impacto y se hicieron conocidos por formar a jóvenes autores (el de Martos y Pérez, en San Marcos, y el de Sandoval, en la Universidad de Lima, entre otros). Hoy, la impresión general es que los creadores han sido relegados de la cátedra universitaria, limitados a ocuparse casi únicamente de los talleres de escritura creativa como quienes son confinados a un gueto[1].

Muchas razones, no siempre exentas de contradicciones, explican este cambio tan notorio. La primera tiene que ver con el declive del Humanismo entendido en su sentido más clásico, aquel que enfatizaba el aprendizaje del griego o latín, los abordajes filológicos o el conocimiento erudito de las bases de diversas disciplinas (la Filosofía, la Historia, el Derecho, etc.). La tendencia a la “departamentalización” del campo literario, que obedece a la necesidad de hacerse un lugar en un mercado cada vez más competitivo, considera innecesario, secundario o incluso desechable todo aquello que exceda ciertos marcos cada vez más acotados[2]. Más aún, los criterios científicos de lo académico también han cambiado y mucha de la producción crítica pasada, con que se suele asociar las aproximaciones del creador a la propia creación, es hoy fácilmente dejada de lado con los motes de “biografista” o “impresionista”[3]. Dicho fenómeno excede largamente el ámbito local y está asociado al ascenso de ciertas corrientes teóricas que gozan o han gozado de prestigio en el mundo académico (el posestructuralismo, el psicoanálisis, la deconstrucción, la semiótica, los estudios de género, los estudios culturales, etc.). Su llegada a la universidad peruana se da durante las décadas del 60 y 70, y han pasado de una condición inicialmente marginal a adquirir mayor preponderancia, si bien su actual hegemonía, en el caso local, no es absoluta[4].

Asimismo, cabe precisar que el vertiginoso desarrollo de las tecnologías y los medios de comunicación de masas durante las últimas décadas (sobre todo el Internet) ha trastocado el lugar de la literatura en la sociedad. Discursos como el cinematográfico han ganado un espacio antes impensable en las facultades dedicadas al ámbito de las Humanidades. En esa dirección, los estudios literarios se han abierto al análisis de otro tipo de textos[5]; en realidad, han redefinido su objeto, que ya no se limita necesariamente a aquello que antes se entendía como literatura; hoy el énfasis no se dirige al análisis literario en estricto, sino al análisis discursivo.

 

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Otro aspecto que no debe soslayarse al momento de explicar el porqué de la aparente distancia entre los creadores y la cátedra universitaria tiene que ver con las direcciones que tomó la propia creación literaria de América Latina, sobre todo a partir de la década del 70. Muchas manifestaciones artísticas hicieron suya una actitud vitalista, que es en realidad una toma de posición política, la cual afirmaba que la universidad no constituía el espacio desde el cual debía escribirse; el lugar del creador debía ser la calle, la vida misma. Este giro romántico parte de un contexto social —la Guerra Fría, las dictaduras latinoamericanas, las luchas revolucionarias— y una tradición literaria específicos —el Boom en la narrativa, la poesía conversacional en la poesía— que se concreta en el medio peruano con Hora Zero, el Grupo Narración y el trabajo de conjuntos teatrales como Yuyachkani o Cuatrotablas. En ese sentido, puede entenderse a Jorge Pimentel cuando afirma que el gran mérito de Hora Zero fue “democratizar” la poesía[6], en ello implícito el alejamiento de los claustros académicos. Si bien esto último es harto discutible, ya que la inmensa mayoría de autores cuyas obras conforman el aún muy incipiente canon de la poesía peruana post Hora Zero tiene formación universitaria y, en algunos casos, se han dedicado a la enseñanza[7], esto no impide advertir un cambio. Aquellos creadores que se han mantenido en las universidades, ya sean peruanas o extranjeras, han debido adquirir los códigos académicos para poder sobrevivir.

Sin embargo, mal se haría en creer que la relación entre la creación literaria y la universidad, y aquello que esta representa (como el lenguaje teórico académico de las corrientes mencionadas), es unívoca. Nada más lejano de la realidad. Lo cierto es que existe también una fascinación del creador por la teoría, que quizás inauguran en nuestra tradición poemas como “Quasar/El misterio del sueño cóncavo” de Montalbetti (1979) y “Nudo Borromeo” (1981) de Hinostroza. Dado que aún la gran mayoría de poemarios publicados que conforman el espectro más visible de la poesía peruana reciente pertenecen a autores que han tenido acceso a la educación universitaria, no es de extrañarse que la teoría haya ingresado al mundo de muchos creadores[8]. Ello obliga a replantear la intuición presentada al comienzo del ensayo: no es que los creadores hayan necesariamente desaparecido de la cátedra universitaria, sino que en esta es cada vez menos frecuente un abordaje de la creación literaria como producto de la técnica, es decir, un conjunto abierto de procedimientos verbales que responden a una tradición. Este aspecto más o menos artesanal de la escritura es casi negado de plano en las carreras de los estudios literarios; de ahí la preferencia por aproximaciones teóricas y el menor prestigio de aquellas herramientas del análisis literario que enfatizan la construcción textual (la narratología, la estilística, etc.) o la dimensión artística (la estética como rama de la filosofía). Para decirlo de un modo llano: hoy es mucho más probable que un estudiante de literatura conozca algo de Foucault o Lacan —o al menos haya interiorizado la necesidad de conocerlos para desempeñarse exitosamente en el campo de la investigación literaria— a que haya oído alguna vez el término “encabalgamiento” o sea capaz de definir una metonimia.

 

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Este ensayo no pretende elaborar un juicio acerca de todo lo anterior, sino analizar sus consecuencias en un ámbito específico. No es plausible aseverar que el abandono de la dimensión técnica de la escritura en la universidad afecte la calidad de las producciones literarias del campo local; ello es absurdo en tanto la función de dicha institución nunca fue la de “enseñar” a escribir obras literarias. El poeta o narrador tiene otros medios más eficientes para aprender los rudimentos de su oficio, particularmente la práctica misma —más aún si se es parte de una tradición, me refiero a la poesía peruana, nada desdeñable. Además, un poeta podría no conocer el término metonimia mas aplicarla perfectamente en su propia escritura. Esto último, lamentablemente, no puede ser dicho de un crítico. Considero que el efecto más significativo de abandonar la dimensión formal del texto literario ha sido propiciar un fenómeno que llamo el repliegue de la crítica y que corresponde a una situación particular de nuestra realidad: la casi extinción de la crítica literaria local, particularmente aquella que debería ser capaz de mantener un diálogo con las producciones que le son contemporáneas[9].

 

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La abundancia de reseñas, comentarios y recuentos sobre la producción de autores peruanos publicados en diarios, revistas y blogs parece señalar una dirección distinta a la planteada líneas arriba. En efecto, pareciera que estamos viviendo todo lo contrario: algo así como un auge de reseñas y reseñistas. Para evitar equívocos precisaré aquello que me refiero con el término de “crítica”. No pienso tanto en los valiosos estudios a profundidad en los que se analiza a autores más o menos canónicos —habituales en tesis y trabajos universitarios—, puesto que, entre otras cosas, en ese caso el investigador literario cuenta con una tradición de lectura que puede orientarlo en sus posiciones. En general, me ocupo de los textos que cubren una de las tantas funciones de la crítica: comentar con un mínimo de rigor la producción literaria actual o reciente, justamente aquella cuya validez o inserción en el canon es todavía debatible y problemática. Su público no es necesariamente académico, sino que se dirige a una comunidad algo más vasta que incluye a otros escritores, editores y lectores ocasionales. Sus formas no son el artículo académico, sino el ensayo y sobre todo la reseña, ya sea académica o periodística.

Vale decir que la formación universitaria peruana sí contempla talleres de crítica literaria en los que se producen de reseñas[10]. En buena cuenta, cualquier estudiante de Literatura promedio, capaz de realizar extensos ensayos y sesudos análisis, no debería tener ningún problema para dominar la forma de la reseña: una introducción general en que se sitúe la producción analizada, una sección donde se describa los aspectos más relevantes del texto y un cierre que redondee las ideas presentadas. No obstante, una reseña, y cualquier texto crítico en realidad, debe contener algo más: una posición con respecto a aquello que se critica, fundamentada a partir de una lógica argumentativa. Para esto, necesariamente el crítico debe tener un conocimiento vasto de la tradición donde se ubica el texto comentado; la erudición, que es optativa para un creador, es, infelizmente, imperativa para el crítico. ¿Cómo es posible que ello suceda si en las universidades cada vez se lee menos literatura? ¿Qué condiciones astrológicas deben darse para que un estudiante que no ha recibido una formación que contemple el aspecto técnico de la creación literaria sea capaz de emitir una opinión convincente respecto a la relevancia de una obra cualquiera?

Un crítico —al menos del tipo de crítica aquí precisada— no puede ser solo un epistemólogo o un sociólogo de la literatura. Debe ser, y así lo concibo, un potencial creador, o al menos, alguien familiarizado con la práctica escritural[11]. Si es que la formación recibida no enfatiza estos aspectos, es evidente que la reseña buscará esconder tales carencias. Y eso es lo que sucede. La mayoría de reseñas “críticas” aparecidas en medios locales suelen ser meramente descriptivas, son incapaces de situar al autor en una tradición, y escudan una falta de opinión a partir de una supuesta objetividad o el temor de ser acusado de instaurar un canon[12]. Más aún, tengo la impresión de que muchos que se dedican a escribir este tipo de textos no sienten que estén formando una propia trayectoria como críticos. Al parecer, y a esto volveré luego, no existe un lugar para el crítico literario independiente en nuestro campo cultural.

Quizás sea necesario anclar estas intuiciones en un caso concreto. Hace unos meses, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. La decisión era propicia, casi invitaba, a la opinión; era polémica por un sinnúmero de razones: su escasa obra escrita publicada, el hecho de que sea reconocido antes como músico que como escritor, etc. Más allá de la avalancha de opiniones en las redes sociales y algunos diarios, me llamó la atención un video de ocho minutos de un conocido profesor sanmarquino[13]. Su naturaleza es divulgativa y busca contextualizar a un público no necesariamente académico —salvando las distancias, el tipo de crítica que se discute en este ensayo— acerca del debate sobre la naturaleza literaria de las canciones de Dylan. La lectura que presenta, la oposición entre clásicos y románticos, ciertamente es debatible, cosa en principio positiva de cualquier texto. Empero, no deja de ser llamativo que el expositor en ningún momento tome posición por ninguna de las rutas que él mismo ha dispuesto. Ante ello, podría objetarse que su intención no es otra que rastrear el modo en que el concepto de literatura se expande o contrae de acuerdo a dos tradiciones distintas. Para ello, se sitúa en una posición de distanciamiento, una “objetividad” que no está exenta de cuestionamientos. El tema de fondo es si es que esta es la única posición aceptable desde una perspectiva académica o, dicho de otro modo, si es que no solo la creación literaria, sino también la crítica —en la concepción restringida en que ha sido aquí definida— ha sido defenestrada de las aulas universitarias.

 

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Ello sobre todo porque el video parece ser una de las pocas manifestaciones de académicos locales con respecto al premio, al menos que hayan trascendido al ámbito comunitario[14]. El silencio es decepcionante, ya que el caso Dylan de por sí plantea una serie de temáticas de interés, no necesariamente ajenas a los temas trabajados por los académicos peruanos. ¿No tendrían algo que decir nuestros investigadores locales especialistas en literaturas orales acerca del estatuto de “trovador moderno” con el que se ha catalogado a Dylan? ¿No hay nada objetable en esa categoría para nuestros teóricos, teniendo en cuenta que sus canciones se inscriben en un circuito signado por la reproductibilidad técnica y los medios de comunicación masivos? Más aún, ¿qué sucede para que los conocimientos impartidos en la universidad no tengan la flexibilidad suficiente para adaptarse a los problemas que el presente proporciona?

 

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He sostenido que uno de los factores que ha incidido en el repliegue de la crítica es el hecho de que las escuelas de Literatura hayan casi abandonado abordajes centrados en el análisis de los elementos formales, técnicos y compositivos del texto literario. El propio desprestigio de la literatura en nuestra sociedad y el surgimiento de debates que visibilizan conflictividades sociales largamente ocultadas (en nuestro país: la memoria, la violencia política, la situación de la mujer) brindaron una nueva orientación a los estudios literarios. Cobró nuevo realce una idea ya presente en anteriores momentos: dedicarse al análisis de los mecanismos textuales que operan en una novela o un poema no es solamente algo inútil, sino esencialmente conservador, en tanto le quita la posibilidad al investigador de contribuir a problemáticas urgentes y esenciales de la sociedad. Y desde otro ámbito, más imbuido por el discurso teórico, reflotó una noción que cierra el flanco opuesto: sería inofensivo analizar, por ejemplo, la utilización del monólogo interior en una novela cualquiera, en tanto que aquello que realmente representa una contribución al conocimiento sería el rastreo de las estructuras ideológicas que subyacen en dicha obra, con la intención de visibilizarlas y —en tanto sean posiblemente perniciosas— minarlas desde las “trincheras” del mundo académico. En ambos casos, nos recuerdan algo que, al parecer, no debimos nunca olvidar: la literatura carece de importancia y su análisis solo es provechoso en tanto sirve como coartada para atacar problemas más trascendentales.

No es este el lugar para analizar las distintas capas que han sedimentado dicho sentido común. Sí quisiera evidenciar qué resulta de la abdicación de la literatura por parte de la universidad y de la consecuente extinción de un tipo de crítica literaria. Al abandonar —por razones nobles, por pensar en la sociedad, por evitar el conservadurismo— aquel ámbito que es esencialmente el suyo, nuestra intelectualidad ha entregado el campo de la creación al mercado. Al escasear los críticos literarios, al renunciar a las herramientas que le permitirían entablar un diálogo con las producciones actuales, el mundo académico local ha perdido capacidad de acción y se ha vuelto un espectador pasivo de aquello que todos vemos desde hace ya varios años. Quienes reseñan a escritores son otros escritores, personas vinculadas al circuito editorial, o que han entrado al ámbito de la prensa; a veces, las tres cosas juntas. El modo para hacer que un texto circule es una compleja red de cadenas de favores y alianzas estratégicas; los autores están a la caza de reseñas y no los críticos —que lo suelen ser part time, pues una reseña positiva suele entenderse como un favor, como la primera parte de una transacción— a la caza de los libros. Todas estas situaciones presentan serios escollos a la objetividad. Son la causa de que existan publicaciones que tengan como lineamiento no hacer comentarios “negativos” de los libros reseñados. De que una reseña crítica en un medio de difusión sea un acontecimiento semejante a un eclipse, pues siempre es de día en el país de la Marca Perú. De que casi todos los recuentos de fin de año se hayan convertido en listas en las que solo importa la mención, mas no la lectura. De que tratemos poemarios y novelas como commodities, como productos de Amazon, prefiriendo siempre lo cuantitativo (los rankings, las absurdas “calificaciones”) a lo cualitativo.

Muchas veces los cuestionamientos a la calidad de las reseñas, lo que subyace en conceptos como el de “amiguismo”, han denunciado cierta laxitud moral de quienes las escriben. Desde esa perspectiva, las causas de la situación de la crítica son individuales. En este texto, he querido mostrar que las causas tienen que ver también, y fundamentalmente, con la constitución de nuestro campo cultural, en el que un crítico independiente no tiene lugar. Considero que el abandono de las escuelas de Literatura de aquella que es su función primaria —no necesariamente la más importante, pero sí la más inmediata y evidente— es un factor que ha contribuido decisivamente a formar esta situación. Para no ser acusada de intervenir en la formación del canon, la intelectualidad universitaria peruana, frecuentemente muy crítica del neoliberalismo, le encomienda dicha tarea a los representantes del sistema que dice cuestionar. Casi al revés que el Mefistófeles goethiano, quien se definía ante Fausto como “una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien”.

 

 

 

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[1] No me referiré a la carrera de escritura creativa que recientemente, a raíz de una serie de factores coyunturales, está atravesando un verdadero “boom”. No conozco de cerca dicho ambiente y creo que todavía debería darse tiempo para evaluar su impacto.

[2] Por departamentalización entiendo una práctica hoy en día muy común en las universidades estadounidenses. Implica la tendencia a que un profesional de la literatura se restrinja a un campo de estudio limitado por diversos criterios como el geográfico (existen especialista en literaturas andinas, del Cono Sur o el Caribe, por ejemplo).

[3] El biografismo alude a un tipo de interpretación que analiza las obras a la luz de la vida del autor, por lo que muchas de sus conclusiones no son comprobables en el texto. Por su parte, el crítico impresionista sería aquel que presenta posturas basadas en “impresiones” que no llegan a ser sustentadas a partir de una argumentación rigurosa. Vale mencionar que ciertas reseñas que aparecen en los blogs y medios periodísticos suelen incurrir en este tipo de valoraciones.

[4] Evidentemente, no pretendo establecer un juicio valorativo acerca de este desplazamiento. Los criterios y formas de validación de la ciencia no son estáticos y la renovación es parte de su naturaleza.

[5] Algunos de los cuales, a primera vista, muy alejados de lo literario. Recuerdo que cuando estudiaba en la UNMSM, se promocionaba un proyecto en el que se analizaba la textualidad de los epitafios en los cementerios.

[6] http://revistaperronegro.com/2015/04/05/jorge-pimentel-hora-zero-democratizo-la-poesia-peruana/

[7] Se puede cotejar los nombres mencionados en la antología La última cena, publicada por Asaltoalcielo editores, o en el ensayo La hegemonía de lo conversacional, de José Carlos Yrigoyen (el primer texto cubre a autores de la década del 80, el segundo del 90 y el 2000).

[8] Alguna poesía, sobre todo aquella que se suele denominar poesía del lenguaje, parece operar de un modo semejante al pensamiento lógico filosófico, al adoptar un estilo casi silogístico, como en la obra del propio Montalbetti o, más recientemente, en Libro de las opiniones de Santiago Vera (2014) y Torschlusspanik de Rosa Granda (2016). Otra hace de la teoría su propio objeto, como Apostrophe (2016) de Gino Roldán, uno de los mejores libros del año pasado, casi completamente invisibilizado por la crítica por razones que en este ensayo se buscan aclarar. La asimilación de la teoría al quehacer creativo es evidente en un libro como O de Octavio Mermão (2014), poemario de factura trílcica que, contrariamente al texto vallejiano, parece partir de una hiperconsciencia de concepciones teóricas, cuyo riesgo es la impostación.

[9] Esta hipótesis puede parecer demasiado tajante. La crítica literaria sí tiene presencia en la universidad peruana y ha producido textos de buena, incluso muy buena, calidad —no debe olvidarse, asimismo, que nuestro país ha contado con un figura de enorme trascendencia como la de Antonio Cornejo Polar, cuyos textos siguen siendo reveladores. No obstante, advierto que la incidencia de los críticos formados en los Estudios Literarios con respecto a las producciones actuales es mínima. El medio literario local es mucho más hostil —y esto ya es decir bastante— a textos serios de crítica que a los creativos.

[10] Las escuelas de Literatura de la UNMSM, la PUCP y la UNFV cuentan con talleres de crítica en la currícula del pregrado.

[11] En esencia, el crítico es un escritor de un tipo de texto distinto al creativo. No obstante, su labor exige un conocimiento de los mecanismos propios de la creación literaria.

[12] Existe hoy una acentuada consciencia de que la formación de un canon obedece a una toma de posición ideológica y expresa una visión particular del antologador o historiador de la literatura. La formación del estudiante —nuevamente hablo desde mi propia experiencia— incide en el develamiento de estas posturas y de los intereses que las respaldan, sobre todo en el caso de autores paradigmáticos (Riva Agüero, Sánchez, Mariátegui, etc.), ejercicio naturalmente positivo. No obstante, parece haber un tabú generalizado en buena parte de nuestro campo literario a arriesgar y asumir esas posturas con sus consecuentes implicancias éticas, estéticas e ideológicas (es parte de la retórica de las antologías y recuentos iniciar con una negativa a “querer definir un canon”, cuando es evidente que, más allá de sus intenciones, así lo hacen).

[13] El video es del profesor Miguel Ángel Huamán y está disponible en el portal de Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=5NUewenbWNA).

[14] Más allá de las opiniones vertidas en medios de prensa o redes sociales, solamente he encontrado otra publicación: este texto de Daniel Mathews: (https://mesaleespuma.lamula.pe/2016/11/12/es-literatura-la-cancion-a-proposito-de-bob-dylan/danielmathews/).

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1989). Poeta y literato. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la actualidad cursa una maestría en EE. UU. Fue codirector de los recitales Ese Puerto Existe. Ganador del Premio de los Juegos Florales de Barranco (2013) en homenaje a Juan Parra del Riego. Ha publicado en poesía Av. Palomo (2013) y El libro de la enfermedad (2015).

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