Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Lucía Martínez /

(der.) Hilos Ed.

 

 

“El poema nace como una plegaria”.

Entrevista a Dolores Etchecopar*

 

 

El deslumbramiento (Hilos Editora), de la poeta Dolores Etchecopar, confirma una obra de notable transparencia y compleja reflexión: expansividad, calidez, emoción. Etchecopar construye su poética en versos rítmicos, de precisa sintaxis. En todos los poemas de esta poeta, hay un respeto elemental por el peso, la textura y la resonancia de cada vocablo. Una atención que no se diluye en la solemnidad, una voz que ha padecido pérdidas y regresa a ellas tras una extensa temporada de silencio. Poemas, como plegarias.

 

La poeta Dolores Etchecopar leyendo.

Entrevista

 

Augusto Munaro [AM]: Contame como fue el camino de escritura y corrección de El deslumbramiento

Dolores Etchecopar [DE]: Escribí El deslumbramiento a lo largo de tres años, desde el 2016. Los poemas surgían del roce de cosas insignificantes, frases, jirones de recuerdos que se desplazaban hacia lo extraño que resulta siempre la evocación del tiempo vivido. Resonaba la caja del poema de un modo no planeado. Se formaban pequeñas escenas alucinadas que entraban en combustión y pasaban a ser otra cosa, algo ligado a una emoción nueva. Y empezaron a filtrarse presencias naturales que unían lo íntimo con lo cósmico: el viento, los animales, las flores… Y de pronto entraron las abejas y organizaron el libro de una manera que yo sola no hubiera podido hacerlo. Ellas obraron como constructoras de poemas/panales en los que nada tenía que sobrar. Por eso son poemas muy despojados, no usan demasiadas palabras, quise que fueran textos que condensaran mucho algo que estalla en la lectura casi sin dejar residuos, como un boquete que se abre en una pared y la luz que entra ilumina de un modo distinto. Apareció el niño, que no se sabe bien quién es ni qué hace allí, pero interactúa con las abejas, la casa, la memoria, la muerte y la tristeza, se arman figuras entre ellos como dentro de un caleidoscopio. La casa es otra presencia que se impuso; desde que vivo sola adquiere una importancia, cobra vida, se le notan las heridas, el pasado y el presente recorren los cuartos, se abre un espacio de mutaciones.

 

 

[AM]: ¿Cuál es el tipo de impresión fuerte que se produce con este deslumbramiento que alude el título de este nuevo poemario?

[DE]: El deslumbramiento se produce cuando algo excede la visión, cuando se pierden los contornos de lo conocido y quedamos anonadados, entre el pavor y la fascinación. El asombro ante una situación que resulta desmesurada para nuestra percepción, y por eso nos descoloca, nos deja inermes, ciegos. Eso siento cada vez que escribo, porque vuelvo a ese lugar incomprensible de estar viva en un mundo que pasa como una ráfaga doliente o dichosa para extinguirse en la eternidad. Y en esa consternación que deslumbra me quedo mientras escribo. El poema nace de allí como una plegaria.

 

 

[AM]: La primera palabra que se me ocurre para describir tu poesía, de corte notablemente intimista, es “intensidad”. ¿En qué medida esa intensidad de las palabras se corresponde con la de tus vivencias?

[DE]: No sé si la intensidad de las palabras se corresponde a mis vivencias. Creo que mi intensidad, si la hay, se manifiesta en lo que escribo, y eso que escribo no busca respaldarse en vivencias que ocurren fuera de la emoción que me lanza a escribir, y aunque muchos de sus materiales provengan de alguna vivencia, ellos se van urdiendo y desconcertando en la página.

En el momento de escribir hay una fusión del sueño y la vigilia, a las palabras se les erizan los pelos, se da una especie de transmigración entre ellas.

 

 

[AM]: El poemario se abre con dos citas. Una de Louise Glück, y la otra correspondiente a Maurice Maeterlinck. ¿De qué modo pensás que esa alusión representa el tono del libro?

[DE]: Elegí la cita de Louise Glück porque la infancia se relaciona con el momento de escribir poesía, con situarse en un antes del lenguaje cuando la presencia inquietante que irradian las cosas provoca algo así como un latido entre el que mira y lo que es mirado, una inminencia, un peligro; el misterio de las cosas no ha sido aún clausurado por un nombre o un juicio. La memoria viene después como una caída, como algo turbio que hay que sacudir, remover…

La cita de Maeterlinck tiene que ver con lo que dije anteriormente sobre nuestro vivir inmersos en lo insondable, y con hacer en esa inmensidad “un pequeño ruido”: sumar nuestra mínima ofrenda a las que hacen otras criaturas, “sin desalentarnos porque sea probablemente inútil”. Me parece una maravilla que así sea. Y que la poesía explore esa continuidad de todo lo que está vivo.

 

 

[AM]: Un error común es creer que el lenguaje poético y el comunicativo son una misma cosa… ¿Por qué creés que este error es tan común?

[DE]: Sí, es un error muy común porque a diferencia de otros artistas que cuentan con materiales específicos para crear sus obras, el poeta tiene que habérselas con un material dañado: el lenguaje verbal que todos utilizamos diariamente para conseguir cosas, opinar, manipular, mentir, convencer, etc. El lenguaje comunicativo está degradado por su uso utilitario. Y eso genera un malentendido en quienes esperan de la poesía lo mismo que del lenguaje corriente. Aunque se hagan con las mismas palabras, la poesía y el lenguaje comunicativo no operan del mismo modo.

La poesía no nos acerca un espejo que refleja con elegancia lo que ya sabemos; ella desacomoda, desobedece, interpela desactivando lo conocido y activando otros modos de sentir y pensar. Hay quienes se enojan con la poesía “que no se entiende”, como si fuera una pose o un agravio al lector o una soberbia o presunción ridícula… ese rechazo muestra, en todo caso, que la poesía no es inocua.

 

 

[AM]: Tus poemas reunidos en esta colección no tienen títulos…

[DE]: Hace tiempo que no pongo títulos a los poemas, prefiero que no haya indicios o rótulos que predispongan a una lectura, descartando quizá alguna otra que solo podría darse sin que un título la oriente.

 

 

[AM]: Décadas, además, que no utilizás mayúsculas en tus poemas…

[DE]: Si mal no recuerdo… fue desde que leí la poesía de Edgar Bayley que no utilizo mayúsculas al comienzo del poema, me di cuenta que no poner mayúsculas se ajusta mejor al modo como surgen los textos. La minúscula señala que un poema no empieza con la primera palabra escrita, sino que viene de algo anterior y forma parte de algo más vasto. Y tampoco uso puntuación (o casi) para que no se imponga como un conjunto de señales de tránsito, una normativa externa a la cadencia y al fluir del poema que se despliega con sus propios quiebres y pausas, con sus saltos y sus silencios, con la disposición de los versos en la página.

 

 

[AM]: Hay un poema que cuenta con versos de diferentes tamaños, y se entretejen muy sutilmente, claro. ¿Por qué?, ¿qué tipo de operación introspectiva se intenta alcanzar con ese cambio pequeño, aunque esencial?

[DE]: Los distintos tamaños de letra tienen que ver con que la voz cambia su tono y su procedencia, la letra más pequeña puede ser un susurro, un pensamiento o una voz que llega de otro sujeto o de otro tiempo que el del resto del texto.

 

 

[AM]: Hay una huella honda en tu decir como producto de lo faltante. El movimiento sutil del tiempo. La angustia de las ausencias… Lo ausente como catalizador poético. ¿Por qué ves en ese vacío un sitio tan rico para la escritura?

[DE]: La ausencia actúa en mí como un espacio imantado que muchas veces impulsa la escritura. Es como una huella que aparece y desaparece, de algo que no está o de algo que se perdió y las palabras salen a su encuentro. Pero lo que encuentran no es eso que no está o se perdió sino la luz de un vacío, esa pátina de finitud y precariedad que recubre y arde en todo lo que existe. Este movimiento conlleva una tristeza honda, pero también moviliza al lenguaje, genera un espacio asombroso, donde ocurren transformaciones… o puede ser el lugar de la caída, de lo imposible.

 

 

[AM]: A través de El deslumbramiento, hay un niño alimentado por el viento. Tiene una aparición un tanto fantástica.

[DE]: Sí, ese niño vino con las abejas. No sé de dónde ni quién es. Tiene una potencia soñadora y no es inocente, conoce la crueldad y es indómito. Vuelve a mirar por primera vez lo que ya vio, en ese sentido se comporta como un agente secreto de la poesía. Y migra de un alma a otra, anda entre los vivos y los muertos. Entra y sale de la memoria. En fin… hace cosas extrañas y resiste las embestidas del mundo sin dejar de ser vulnerable.

 

 

La poeta Dolores Etchecopar.
Crédito de la foto: Lucía Martínez.

 

[AM]: En El deslumbramiento, hay un poema que lo transcribo en su totalidad: “lo que dice el niño/ abre la boca del anciano/ lo que cuenta el niño/ el estallido de un daño/ en la gracia de una ofrenda infinita/ abre la boca del anciano// y tiembla el pensamiento/ como hierba crecida entre matanzas” ¿Qué operación estética marca el ritmo, el pulso de tu ars poética?

[DE]: Una pregunta difícil que no sé si puedo responder. No opero de la misma forma en todos los poemas. En este poema en particular aparece el salto de un alma a la otra, desafiando los tiempos, creando una alucinación de simultaneidad. Una gran distancia colapsa aquí y lo distante de lo que el niño constata produce un efecto que atraviesa los tiempos y toca el alma del anciano, abre su boca, y hace temblar el pensamiento nuestro. Todo está misteriosamente unido. Resonancias que procuro registrar en mis poemas. Creo que por obra de nuestra destructividad todo parece dividido, seccionado de la totalidad de lo viviente, y esa es una de las mayores causas de nuestra desgracia. La poesía repara algo de eso o, al menos, lo señala.

 

 

[AM]: “de pronto unas pocas palabras se arriman/ y cavan/ con desesperación/ cavan/ hacia un amor donde morir”. ¿Qué lugar ocupa el amor en tu poética?

[DE]: Un tema muy espinoso el del amor en la poesía…casi no hay buenos poemas de amor. Los peores son los escritos por hombres a mujeres, poemas que hablan del amor erótico. Son horribles casi todos, también los que “idealizan” a la amada. Horribles, horribles. Se salvan mejor de la impostura los escritos a la madre, como si allí se volcara algo más entrañable y singular. Creo que con ese asunto hay que empezar de nuevo, encararlo desde otros lugares, no los consabidos y estereotipados. Pero el amor arrasa con los encorsetamientos. Su poder es uno de los más maravillosos, solo que hay que liberarlo y captarlo desde otros ángulos, no necesariamente dirigidos a un otro determinado como receptor del amor erótico y romántico. El amor rompe esos contornos impostados y actúa como una fuerza cuyo origen traspasa lo individual y puede manifestarse de infinitas maneras. Me interesa rescatar la ternura como un sentimiento sutil y contundente a la vez y mucho menos transitado por la poesía.

El amor como algo que puede atravesarnos en cualquier circunstancia, incluso en soledad, o contemplando un insecto. Ese amor es el que prefiero invocar cuando escribo, y escribir poesía también constituye un acto de amor. No digo que en mi poesía eludo el tema, pero lo tomo con pinzas, no me demoro mucho en él por no ser tentada…en mi caso sería tentada por el lamento ―del que también huyo― antes que por la exaltación, pero son dos caras de la misma moneda. Cuando hablo del amor procuro invocarlo desde esos otros lugares menos vapuleados.

 

 

[AM]: Leo los siguientes versos: “baldea los escombros/ baldea lo perdido/ quiere una casa baldía/ un derrumbe diáfano/ para cuando despierten las palabras”. Dolores, ¿la poesía es un despertar hacia otro grado de lucidez?, ¿por qué?

[DE]: La poesía despierta al lenguaje, lo corre del lugar corriente de mero instrumento del ego, de sus propósitos, transmite algo que no puede hacerse con un lenguaje que nos llega formateado, sin alma. La poesía no da respuestas, solo regenera nuestra sensibilidad, crea mundos donde respirar mejor que en el nuestro, desplaza nuestra atención hacia lo más candente y misterioso, que consiste en estar vivos un instante. Nos da la lucidez que trae volverse más vulnerable. Y del lector requiere que deponga sus viejas armas y forme parte del poema.

 

 

[AM]: Mirando hacia atrás en el tiempo, desde Su voz en la mía (1982) o La tañedora (1984) y haciendo un balance. ¿Podés reconocer algunos autores que gravitaron en tu formación poética?, ¿Nuestra admirada Amelia Biagioni, tal vez?

[DE]: La gran Amelia Biagioni sin dudas fue una lectura importante. Hubo muchos poetas a lo largo del tiempo: Viel Temperley, Arnaldo Calveyra, Paul Celan, Susana Thenon, Marosa di Giorgio, Rimbaud, Rilke, Mark Strand, Mary Oliver, Juan Manuel Inchauspe, Jorge Teillier, Vallejo, Beckett, Pessoa, Gamoneda, Adrienne Rich, Georges Schehadé, García Lorca, Emily Dickinson, Louise Glück, Michaux, Molinari, Madariaga, Edgar Bayley, Clarice Lispector, etc.; solo para nombrar a algunos de los que me albergaron y soltaron en mí una voz.

 

 

 

[AM]: Un libro al que regresás con frecuencia y por qué.

[DE]: Hospital británico de Viel Temperley. Porque reúne de un modo magistral, único, todo aquello que me convoca de la poesía: las imágenes inesperadas, la ruptura de la percepción habitual, el pasaje a otro estado de la conciencia, una mística física que llega al corazón, el sueño y la vigilia compenetrándose, la naturaleza como parte de uno, lo cercano y lo lejano amalgamados, el éxtasis de lo terrenal vivido in extremis, el dolor y la luz juntos.

 

 

[AM]: La otra tarde, conversando con el poeta uruguayo Alfredo Fressia, me decía que él no comprendía cuando los periodistas le preguntaban sobre la funcionalidad de la poesía, puesto que, para él, era imposible definirla. Dolores, ¿tiene sentido siquiera formularse esa pregunta?, ¿por qué?

[DE]: No, no tiene sentido formular esa pregunta porque lo más maravilloso de la poesía es no saber en qué consiste. De las muchas definiciones que he escuchado siempre vuelve a escaparse la poesía, sorprendiéndonos desde un lugar imprevisto. Y es una dicha que así sea, que sus manifestaciones no cesen de rescatarnos de nuestras convicciones. Basta con que nos aliente a dar un paso más allá de los terrenos que creíamos conquistados.

 

 

[AM]: Los símbolos atraviesan el texto, conforman un código. Revelan una gran sutileza en la composición de sensaciones. ¿Qué importancia le otorgaste a la construcción de las imágenes?

[DE]: Las imágenes llegan con frecuencia a mi escritura, son las que resguardan un misterio que no termina de develarse. Siempre me ha gustado la poesía que hace un uso sutil y jugado de las imágenes. La falta de imágenes acerca la poesía a la prosa, y yo me inclino por la poesía lírica, que es un terreno propicio para las imágenes. Me gusta la sinestesia, cuando las sensaciones se amalgaman y brotan otros sentidos.

 

 

[AM]: ¿Cuáles creés que sean algunas de las fortalezas y debilidades de la metáfora en la poesía?

[DE]: La fortaleza de una metáfora es que esté lograda, que se abra en distintas direcciones, que conjugue precisión, belleza y emoción, generando algo que puede leerse una y otra vez sin que se agote. Débil es una metáfora fallida, puramente ornamental o accesoria o un lugar común disfrazado. Un metáfora tampoco funciona cuando es dicáctica o explicativa.

 

 

[AM]: Según tu criterio, y siempre dentro de un contexto poético, ¿qué “verdad”, despiertan las palabras?

[DE]: “Verdad” es una palabra difícil de invocar para hablar de poesía. De los buenos poemas uno puede decir que son “creíbles” o “verdaderos”, o sea lo contrario de impostados. La poesía inventa o crea su “verdad” cuando los poemas adquieren una autonomía, se separan del poeta y de sus “verdades”. Y la “verdad” que surge entonces del poema no pretende erigirse contra otras verdades, no tiene que ver con algo definitivo y definitorio sino con la contundencia delicada de lo que está vivo.

 

 

[AM]: Hallar una voz propia es saber responder a la temida pregunta: “¿qué he venido a decir?”

[DE]: Todo un tema el de la voz propia… hay algo paradojal allí, ya que la voz propia para que lo sea tiene que desprenderse de quien la emite, no es propiedad de un yo. Cuando funciona como un terreno conquistado, el escritor empieza a imitarse a sí mismo y la voz muere. Para que ella aparezca es necesario minimizar la injerencia del yo y al mismo tiempo debe jugarse a fondo una singularidad allí: alguien único está hablando desde su alma y su finitud.

La voz propia sería una conjunción de lo más singular con algo que viene de otra parte y pasa por el canal de quien escribe adquiriendo una forma ―inesperada para el mismo escribiente― al pasar por ese canal hecho de heridas, sueños, intuiciones, marcas del tiempo vivido por alguien cuya nota, por más ínfima que sea, resulta única. Esto no excluye que la voz propia esté, a su vez, compuesta del impacto de otras voces, todas las voces que nos atraviesan dejándonos recados misteriosos. Mejor no preguntarse “qué” he venido a decir” sino “cómo lo digo”. Porque el “qué” finalmente suele ser el mismo en todos los poetas, lo que hace la diferencia y abre un nuevo mundo es el “cómo”.

 

 

[AM]: ¿Sentís que en este libro existe un tono elegíaco, tal vez, más acentuado que en tus poemarios precedentes?

[DE]: Creo que en mis dos libros anteriores: El comienzo y El cielo una sola vez, el tono elegíaco está más presente. Aunque en El deslumbramiento también se encuentra, de un modo menos referenciado quizá… Una elegía rememora y canta a un ser querido que ha muerto. En El deslumbramiento lo elegíaco es intrínseco a lo vital, hay un registro constante de la fugacidad y la finitud. En ese sentido podría decirse que tiene un fuerte tono elegíaco. La conciencia de la muerte nunca abandona mi impulso hacia la escritura poética.

 

 

[AM]: Por cierto, respecto a la portada del libro. El zorro que salta desde la negrura y mantiene cerrado los ojos por un fulgor desconocido… La ilustración de tapa, es tuya. ¿Fue una idea única, o descartaste otras alternativas?

[DE]: Descarté otras alternativas, pero no fueron muchas, pronto se presentó el zorro con sus ojos cerrados y allí se quedó… reunía mi fascinación por el mundo animal y el trabajo de la luz sobre un cuerpo.

 

La poeta Dolores Etchecopar

 

[AM]: Dolores, estamos adentrándonos en el 2020. En esta contemporaneidad tan cambiante, frente a las formas efímeras del lenguaje comunicativo (Twitter, los correos SMS, el intercambio de selfies), ¿quiénes son hoy los aliados de la poesía?

[DE]: Algunos aliados de la poesía: la práctica de una hermandad con los seres vivos amenazados de destrucción como cada uno de nosotros, todo aquello que se rebela contra la manipulación violenta o solapada del mundo que creamos los humanos. También son aliadas las obras de otros artistas que horadan la opacidad del mundo con sus miradas. Todo aquello que se despliega de un modo desinteresado, amoroso, inútil, que no juzga ni explica, pero acompaña. ¡Sus aliados están en las antípodas del mundo comunicativo que mencionás! Basta con comprobar lo letal que resulta ser una publicidad cuando utiliza, por ejemplo, una música que antes de su apropiación amábamos…

Escribir poesía requiere enlentecer el tiempo que pasa como una hoz si no nos detenemos ante las pequeñas conmociones de las pequeñas cosas. La lentitud entonces es otra gran aliada de la poesía.

 

 

[AM]: Por último, Dolores, ¿cuál es hoy el horizonte de tu escritura?

[DE]: No tengo respuesta a eso. Cada vez que termino un libro, vuelvo a estar a la intemperie, como si nunca hubiera escrito nada, vuelvo al lugar del asombro, del balbuceo, sin amparo, desarmada, atónita. Solo espero seguir escribiendo, no perder ese acicate que siento en el cuerpo, como una inquietud dichosa, como si algo inmenso fuera a comenzar y yo estuviera entrando allí con las palabras.

 

 

 

 

 

*(Buenos Aires-Argentina, 1956). Poeta. A fines de los años noventa formó parte de las creaciones y realizaciones del colectivo de acción poética El pez que habla, en el que se exploraron nuevas modalidades de la oralidad en la lectura de poesía. Desde el año 2010 dirige hilos editora, sello de poesía, en las tapas de cuyos libros aparecen algunos de sus dibujos y pinturas. Ha publicado en poesía Su voz en la mía (1982), La tañedora (1984), El atavío (1985), Notas salvajes (1989), Canción del precipicio (1994), El comienzo (2010), El cielo una sola vez (2016), El deslumbramiento (2019) y una antología de su obra, Oscuro alfabeto (2012).

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