Por: Félix Terrones*

Crédito de la foto: Bernardo Pérez/

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El paraíso en esta esquina (francesa).

Mario Vargas Llosa y su ingreso en la Pléiade.

 

 

¿Qué queda de un escritor después de su consagración definitiva? ¿Qué debemos esperar de un escritor, como artista antes que como autor, alguien que ya conoció el aplauso unánime tanto de la crítica como del público? La publicitada entrada de Mario Vargas Llosa en el catálogo de la Pléiade, lo que representa, pero sobre todo lo que simboliza para la literatura latinoamericana, en general, y la peruana, en particular, plantea toda una serie de reflexiones. Éstas van desde la manera cómo se aborda la figura del escritor, así como su actividad, hasta lo que implica para la forma en que se concibe —desde el prisma francés— la literatura latinoamericana. No cualquier prisma, sino uno con un enorme poder de consagración, acaso uno de los pocos a nivel mundial que puede entregar al artista la sensación de haberse instalado fuera del tiempo, más allá de las fronteras. Inmortal y universal a la vez.

El primero en ser consciente de todo esto es el mismo Mario Vargas Llosa, quien en una reciente entrevista, publicada por el periódico peruano La República (28/2/16), afirma lo siguiente: “ni siquiera recibir el Nobel me ha dado tanta alegría como saber que mis libros iban a aparecer en la Pléiade”. Por su parte, Stéphane Michaud, quien tuvo a su cargo la dirección editorial de los dos volúmenes, señaló que el autor peruano “siempre ha tenido una relación apasionada con la Pléiade, para él (dicha colección) es el paraíso de la literatura”. En otras palabras, Mario Vargas Llosa ha alcanzado el paraíso, nada menos que en vida, repitiendo con su gesto lo que, hace ya muchas décadas,  alguna vez hiciera por primera vez André Gide, y después solamente dieciséis escritores. Me gustaría recordar lo que el mismo Mario Vargas Llosa escribió en El pez en el agua acerca de París: “Dudo que, antes o después, me haya exaltado tanto alguna noticia como aquella. Iba a poner los pies en la ciudad soñada en el país mítico donde habían nacido los escritores que más admiraba” (p.501-502). Así, si el joven aspirante llegó la mítica ciudad, el viejo escritor termina entrando en el Paraíso literario. Como si se tratara de un juego de espejos que proyectan sus reflejos a lo largo de las décadas, o bien una de esas novelas en los que en el último capítulo el héroe regresa al lugar de su juventud, pareciera que se ha cerrado por fin el círculo. Todo lo que ese círculo rodea es una carrera impecable, pautada por varias de las más valiosas ficciones latinoamericanas.

 

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En París-Francia en la segunda mitad del siglo XX, los escritores del ‘boom’ latinoamericano compartían vida, lecturas y tertulia.
De izq. a der. Los escritores Juan Goytisolo, José Donoso, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.
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Lo primero que es necesario indicar, acaso lo más obvio, es que Stéphane Michaud ha dirigido un excelente equipo que ha tomado varios años de intensa labor para preparar los dos volúmenes de Œuvres romanesques. Albert Bensoussan, el traductor “histórico” de Mario Vargas Llosa, ha trabajado de manera estrecha con otros traductores como Anne-Marie Casès y Bernard Lesfargues. A ellos se han unido nada menos que Anne Picard e Ina Salazar (poeta y catedrática, única peruana del grupo, quien se ha encargado, entre otras cosas, de afinar la traducción de peruanismos). Si a un solo hombre le debemos la versión francesa de varias de las más grandes ficciones del siglo XX y lo que va del XXI latinoamericanos, ese es Bensoussan, traductor de Juan Carlos Onetti, Manuel Puig, Guillermo Cabrera Infante, Alfredo Bryce Echenique, José Donoso, entre otros. Las ediciones francesas puestas a disposición del público lector por Gallimard tienen, pues, la garantía de plantear traducciones de valor, sin olvidar el aparato crítico (prefacio, notas, índices, biografía y bibliografía selecta) que permita tanto un primer acercamiento como un balance panorámico. De este modo, los dos volúmenes de la Pléiade son un esfuerzo inédito en cualquier lengua europea, incluido el español, por más paradójico y lamentable que esto parezca cuando se trata de nuestro idioma.

Si creemos en lo que dicen los medios, fue el mismo Mario Vargas Llosa quien se encargó de escoger los libros que figurarían en sus Œuvres romanesques. En los libros seleccionados se muestra con creces lo que es la literatura del escritor peruano, su inquietud por las formas del poder y la violencia, la búsqueda de utopías, la reflexión acerca del trabajo de escritura en sociedades convulsionadas, el sentido de la literatura, y con él el de los escritores, muchos sometidos a los poderes de facto, algunos rebeldes, incluso transgresores. Ahora bien, el trabajo de antologador debe materializar una apuesta: en lo que escoge no sólo se debe manifestar lo esencial de un artista, lo que le representa, lo que lleva hasta sus límites su propuesta, y con ella la de toda una generación o periodo, sino también aquello que está destinado a pasar la prueba del tiempo. Sobre todo cuando quien hace las de antologador es el mismo escritor. Mario Vargas Llosa ha escogido para el primer volumen novelas como La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en la Catedral y La tía Julia y el escribidor. Por su parte, el segundo volumen está compuesto por La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, El paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala. Variada, aunque sintomática elección la del autor instalado frente al espejo del escritor.

Me parece que la división de las obras en dos volúmenes puede ser interpretada —antes que entendida— de diversas maneras. Para empezar la más obvia: el primer volumen estaría dedicado a la ficción que se desarrolla en diversos espacios peruanos, costa, sierra y selva, con preponderancia de las ciudades, mientras que el segundo mostraría el afán del escritor por llevar a la palabra otros horizontes geográficos, sociales e históricos: Brasil, República Dominicana, la Polinesia y Francia misma. De la aldea al mundo, de lo local a lo global: es evidente el énfasis en mostrar una progresiva apertura de fronteras ficcionales que iría a la par de un progresivo reconocimiento y celebridad en Perú, el área hispanoamericana, el mundo mismo. “Apertura” que también se declina a nivel ideológico (de ahí que coloque entre comillas la palabra pues ya se sabe que en este aspecto la discusión es ardua): si consideramos como fecha de su ruptura con la izquierda la del sonado caso Padilla, es decir el año de 1971, entonces podemos ver que casi la totalidad del primer volumen corresponde con la tendencia socialista, mientras que el segundo sería el del progresivo decantamiento por el neoliberalismo. De qué manera la filiación ideológica se expresa en su concepción de la literatura, en su trabajo creativo, es una interrogante que, por ardua, no corresponde a este breve ensayo. Lo que sí me interesa señalar es que la elección va más allá del simple aspecto “literario”, ella manifiesta el derrotero intelectual e ideológico del peruano.

 

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Toda selección es antes que nada una exclusión. Para entender el sentido de esta antología, quizá sea necesario recordar lo que ha sido dejado de lado, desestimado por el mismo Mario Vargas Llosa. Dejando al margen los ensayos —sí presentes en los números de la Pléiade dedicados a Paz y Borges—, también los cuentos y novelas breves, sin olvidar sus incursiones en la dramaturgia ni sus memorias, los volúmenes parecen reforzar el perfil “novelista” del autor. Esto subraya la preferencia del peruano por dicho género en su faceta ambiciosa, desmesurada y proteiforme que bien conocieron los franceses del siglo XIX, leídos con lápiz y papel por el autor de Los cachorros. Por eso llama la atención que en lo que corresponde a la forma literaria, descubramos la ausencia de la parte más “afrancesada” de su trabajo, me refiero a las novelas eróticas, deudoras de Bataille y de los grandes novelistas libertinos de los siglos XVII y el XVIII. Así, no figuran ni Los cuadernos de don Rigoberto ni Elogio de la madrastra. Su ausencia puede ser entendida en función de las expectativas del lector (o lo que se considera como tales). El lector francés no leería a un escritor latinoamericano para descubrir en él alguien que se apropia de sus temas y tradición, sino para encontrarse con un autor conforme con sus expectativas de exotismo, color local, tensiones y violencia social y política. Todo aquello que no encontrarían en su tradición literaria. En última instancia lo que le interesaría es descubrir las peripecias de los latinoamericanos en una ciudad como París, tal y como ocurre  en Travesuras de una niña mala. Nada más. Tampoco figuran ficciones que, desde hace algunas décadas, la crítica, sobre todo la norteamericana, ensalzan como lo más destacado de su producción novelística: Historia de Mayta y El hablador (novelas que a múltiples niveles han sido discutidas por sus supuestos ideológicos). Así, entre La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo se abre un hiato de diecinueve años, no recogidos en la elección de Mario Vargas Llosa. Dicho hiato podría constituir por si solo un nuevo volumen de obras; no obstante, el autor los ha condenado, al menos para el público francés, a un purgatorio difícil de entender.

Estoy seguro de que si el público hubiera sido otro, quiero decir alemán, inglés, o incluso hispanohablante, las elecciones de Mario Vargas Llosa habrían sido diferentes. No obstante, no es el caso; por lo tanto, antes de caer en la especulación, sería interesante abundar en algo que, me parece, todavía no ha sido dicho con demasiado énfasis. Más allá de la alegría que representa este reconocimiento a un escritor que nos regaló varias de las mejores ficciones latinoamericanas, nos encontramos frente a una consagración que antes de abrir el campo a la heterogeneidad discursiva, ideológica y estética de la literatura latinoamericana, parece, más bien, encerrar, acotar incluso anquilosar una idea, una orientación, una forma de estar en el mundo que se consagró con los escritores del Boom. Me refiero a esa necesidad de cosmopolitismo universalista tan dependiente para poder existir, en última instancia, del reconocimiento de los grandes centros literarios como París. En pleno siglo XXI, cuando escritores como Roberto Bolaño —quien desde la polvorienta Blanes, planteó un mapa distinto, a la vez que le dio una patada a la cartografía subordina, neocolonial— renuevan y/o reinterpretan ese paradigma literario, cabría preguntarse hasta qué punto se trata, para lo que la literatura latinoamericana representa, vaya el diablo a saber qué, de una apertura o más bien de la necesidad de fijar como únicos y definitivos modelos de escritura y actores literarios, que desde hace mucho tiempo dejaron de ser vanguardistas para institucionalizarse en la repetición, lo conocido, lo convencional. Las antípodas de lo literario en suma.

 

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Vargas Llosa en el bar La Catedral, en Lima-Perú.

 

Antes de pasar a las consideraciones literarias, me gustaría señalar un par de aspectos que, en cierta medida, podrían contestar, sin responder, las preguntas que he planteado. Resulta curioso, y bastante sintomático, que los otros latinoamericanos que forman parte del catálogo de la Pléiade sean Jorge Luis Borges y Octavio Paz. Primero, desde luego, por el número tan escaso de latinoamericanos con respecto del volumen total de libros. Compuesta por 604 volúmenes, apenas un puñado está dedicado a escritores latinoamericanos (todos hombres por lo demás, cuando hay grandes autoras como Sor Juana, Cecilia Meireles o Clarice Lispector que bien merecerían un lugar). Desde esta perspectiva cuantitativa, estamos lejos del reconocimiento jubilatorio de la literatura latinoamericana. Antes bien, podemos deducir que se trata de una pobre representación consecuencia de un escaso interés. Basta ver el número de ventas de los autores latinoamericanos actuales que son traducidos y publicados para verificar esta triste realidad.

Añadamos un elemento que no deja de ser significativo. Junto con Jorge Luis Borges y Octavio Paz, Mario Vargas Llosa es un escritor de tendencia política más bien conservadora, lo cual no es un secreto para nadie. Si consideramos el resto de latinoamericanos presentes en el catálogo de Gallimard, siempre desde un criterio cuantitativo, no deja de sorprender la apabullante presencia de autores pertenecientes a la mediana o gran burguesía, esos escritores que reivindica ideas y pensamiento de orden conservador, ortodoxo, exponentes en distintos niveles de una república criolla que va de lo reaccionario hasta el liberalismo de derechas. Lo más seguro es que se trate de una coincidencia, aunque podríamos considerar que se trata de una de esas coincidencias elocuentes, tanto de la manera en que se maneja el catálogo como de la forma en que circulan las ideas, sus creadores y representantes. Imaginemos por un momento un anti-catálogo de la Pléiade, compuesto por escritores, tan complejos e interesantes como los tres que sí están en él, autores tipo Gamaliel Churata, José Martí, Roberto Arlt, Gabriel García Márquez, César Vallejo, Pablo Neruda, o el mismo Julio Cortázar. No podemos más que concluir una singular manera de conceder prestigio, nobleza literaria y reconocimiento a cierta tipo de actor literario latinoamericano, no necesariamente caracterizado por su lucha por los obreros o los campesinos, por mencionar dos grupos que fueron actores (y víctimas) de distintos combates a lo largo de los siglos XX y XXI.

El otro aspecto que no debemos olvidar es el carácter aperturista asumido por la colección desde 1996, año en que Hugues Pradier asumió su dirección. Aperturista (lamento usar esta palabra tan fea que debería ser condenada al infierno) no sin polémica pues, desde su llegada a la dirección del catálogo, Pradier buscó conciliar ventas con el prestigio ganado, popularidad con calidad. Eso explica que lentamente haya decantado la colección hacia ediciones menos filológicas que críticas, ediciones en el que el aparato de variantes y las notas dejan su lugar a los comentarios, en ocasiones más anecdóticos que otra cosa (pienso en la edición de Milan Kundera, por ejemplo). Esta decisión explica la entrada en la Pléiade de escritores que han vendido muchos ejemplares para Gallimard, como el ya citado autor checo, Jean D’Ormesson y tantos otros que no necesariamente desencadenan la aprobación unánime del exigente público lector de la Pléiade. La entrada de Mario Vargas Llosa debe ser entendida en este contexto en el que, sin demasiado riesgo, apostado por valores seguros, en términos comerciales, se continúa en la línea del cambio de orientación editorial. En este sentido, a la incontestable calidad literaria de muchas de las novelas antologadas, debemos añadirle el perfil de escritor best seller, popular y ubicuo que con los años ha adquirido. Lamentablemente, ser un best seller no necesariamente significa ser un buen escritor.

 

Mario Vargas Llosa en volumen VI

 

Escribir no es publicar. Pienso en escritores como Thomas Mann y Thomas Bernhard, ambos con una exigencia literaria altísima, que a lo largo de las publicaciones no descuidaron su perfil literario, ni mostraron cansancio o, por decirlo de alguna manera, renunciaron a una búsqueda estética constante, o bien la dejaron en segundo plano, bajo pretexto de cumplir con lo que la sociedad esperaba de ellos como autores. A diferencia de Thomas Mann, Mario Vargas Llosa no ha sabido conciliar ese lento asentamiento en el mundo, esa forma de aburguesamiento como gran escritor, tribuno, incluso conciencia de una nación que, desde La guerra del fin del mundo, parece haberle pasado tarjeta, con un descontento inherente, la posibilidad de tomar sus distancias, la necesidad de hacer de la literatura casi una profesión de fe. En cuanto a Thomas Bernhard es aún más intenso y por eso revelador, pues si con cada libro el austriaco muestra ese descontento feroz con su cultura y también con su país, descontento que lo llevó a anatemizar sin restricciones lo que consideraba  como austriaco, en Mario Vargas Llosa ese descontento para con su sociedad se expresó en sus tres primeras novelas, pero con los años terminó convirtiéndose en un remedo de sí mismo. De la rabia juvenil, del afán transgresor, del deseo de competir contra la realidad misma, no queda más que una receta reconocible, un estilo que se identifica fácilmente, una calculada forma de impactar en el lector (impactar, nunca transformar). Por lo demás, ni Thomas Mann ni Thomas Bernhard están en el catálogo la Pléiade.

 

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Me parece injusto, por inhumano, exigirle a un escritor que cada uno de sus libros sea una obra maestra. La carrera de gran parte de los escritores es como una parábola: al lento aprendizaje, le sigue el momento culminante —el de los mejores libros—, para llegar, finalmente, a la técnica, el savoir faire que si bien puede dar forma a obras impecables no es garantía de libros geniales. Ese parece ser el caso de Mario Vargas Llosa y no pretendo juzgarlo por ello. Por el contrario, como muchos, no puedo más que reconocer a un escritor único, intenso, muchas veces insobornable, que por lo menos nos ha entregado un puñado de grandes novelas. Ahora bien, como lector atento de su literatura, como alguien que se interesa en la manera cómo plantea la figura del escritor (manera en la que creí hace muchos años) me llama la atención el entrampamiento progresivo y sistemático en el homenaje, la loa, ese afán por hacer de él casi una estatua viva; en otras palabras, en lo anquilosado, lo inmóvil, el patrimonio. Todo lo opuesto a la figura dinámica, difícil de encasillar, descontenta, pendiente del idioma antes que de la lengua, y, por qué no, también incómoda. Resulta, por lo demás, dramático ver a un escritor con su capacidad sometido a las expectativas de un público, no de lectores; de grandes grupos editoriales, no de editores como lo fuera Carlos Barral; finalmente, de una concepción fabril de la literatura. La literatura comparte con la artesanía ese cuidado en la herramienta (la palabra) que no se puede mesurar ni cuantificar, aunque sí sentir cuando nos enfrentamos con un texto que vale la pena. De ahí que la imposición, tan de nuestros días, de publicar cada dos o tres años, estar pendiente de los medios de comunicación, mostrarse disponible frente a cada iniciativa que suponga un ingreso a la editorial, desnaturalice un trabajo que requiere tiempo, aislamiento, concentración, muchas veces mala comprensión. También ocio, ese ocio que necesita el artista para metabolizar, dejar que la experiencia macere en cierta forma de recuerdo susceptible de adquirir envergadura literaria, o simplemente caminar, viajar, vivir con los suyos, compartir con los amigos. En suma, todo aquello para lo que imagino vino a Francia el joven Mario Vargas Llosa en la segunda mitad de los años cincuenta. Mientras tanto dejémoslo ahí, recorriendo los bulevares, buscando trabajo, viviendo en un apartamentito, incluso descubriendo a Gustave Flaubert. Está a punto de escribir la historia del Poeta, la del Esclavo y el Jaguar, esos adolescentes jugando a ser adultos en un mundo sin piedad con los jóvenes, las parejas, los oficinistas, empleados y funcionarios.

 

Tampoco con los escritores, eso es seguro.

 

 

Tours, marzo del 2016

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1980). Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia). Ha publicado en novela A media luz (2003), El silencio de la memoria (2008), Ríos de ceniza (2015) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014). Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Ha traducido la novela Conquistadors del francés Eric Vuillard, de próxima publicación. Vive y trabaja en la ciudad de Tours (Francia).

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