Vallejo & Co. publica este ensayo de César Ángeles Loayza sobre la poesía de Washington Delgado* como homenaje al Poeta y Maestro, al conmemorarse los 90 años de su nacimiento (1927-2017). El mismo fue leído, originalmente, en el Coloquio “Para vivir mañana”. Homenaje al poeta Washington Delgado por los 60 años de Formas de la ausencia. En la Casa de la Literatura Peruana, en julio de 2015.

 

 

Por César Ángeles Loayza

Crédito de la foto www.alchetron.com

 

 

El lenguaje popular y revolucionario

en la poética de Washington Delgado Tresierra:

Para vivir mañana, y otros libros [1]

 

 

I

La poesía y la física de Washington Delgado Tresierra (Cuzco 1927 – Lima 2003) trasuntan las vicisitudes de un hombre que ha recibido golpes. Pero no solo ni tanto por las inmensas, inevitables y domésticas circunstancias de vivir en el Perú (o, más aún, en su capital angosta y árida), sino por precisos embates históricos. Por el cúmulo de hombres muertos y heridos en mil batallas a golpe de mazazos desde el poder establecido. Golpes, es decir, desde circunstancias históricas concretas que él, hombre comprometido del s. XX, vivió sin atajos: la Generación del 50 a la que pertenece, la Guerra Fría, el ominoso ochenio de Odría. Es decir que si hablamos de un poeta y un hombre golpeados, estamos también hablando de muchos otros que lo fueron con él en dicho tiempo.

La palabra ‘golpes’ adquiere, también, otro significado constructivo: este poeta y amigo nuestro, cuya memoria y obra nos reúnen, golpeado (afectado) por la realidad personal y colectiva de su tiempo, la incorporó a su quehacer poético: transformándola en materia de su arte; lo cual, en circunstancias adversas como las que, entre nosotros, suelen boicotear la creatividad y trayectoria artístico-literaria, significa un triunfo del que este homenaje colectivo da testimonio. Veamos cómo lo anterior se expresó en el trabajo de Washington Delgado.

Para lo cual abordaré el uso del lenguaje y elementos populares en su poética. Sin embargo, ‘lo popular’ es un concepto muy ancho y ajeno, y también es verdad que mucho de lo denominado ‘popular’ refuerza, más bien, la dominación y hegemonía de las élites. Asimismo, es conocida la polémica entre ‘puros’ y ‘sociales’ en la Generación del 50 (donde situamos la obra de W. Delgado). Una de las líneas, en dicha generación, fue su adhesión al campo socialista. En este sentido, atenderé en cuál dimensión se manifiestan, y operan en esta poesía, elementos y reelaboraciones verbales populares, y sus vínculos con la utopía socialista y la actitud revolucionaria.

La generación del 50, en particular, transitó desde un radicalismo político y artístico, hacia una etapa incierta y desesperanzada; en buena medida, por la guerra fría y la dictadura de Odría (1948-1956). Por eso, rescato la fibra más comprometida socialmente de Washington Delgado. Así, mi exposición servirá, también, para una memoria alternativa, vinculada con aquella tradición radical que, desde comienzos del s. XX, trazó lineamientos ideológicos y estéticos perfilando la voz de un sujeto revolucionario que llega hasta la poesía social del 50, y aun después.

Algo a destacar es que prácticamente todos los miembros del 50 cuidaron la palabra en tanto signo estético, aun en la vertiente social o de agitación política. Como bien remarcó un poeta de la década siguiente como Marco Martos: “Nunca hubo en el Perú grupo poético de tanta calidad” (en Documentos de literatura nº1, 1993:10).

En dicha línea de investigación, veamos la poesía de Washington Delgado en su génesis, filiación, y múltiples vínculos en el bullente y heterogéneo campo intelectual y campo de poder correspondientes a la Generación del 50 hacia mediados del siglo XX. Para las citas de poemas, uso el libro Un mundo dividido, que es toda la poesía reunida por Washington Delgado entre 1951-1970.

 

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II

Uno de sus libros más bellos, representativos e influyentes, para las generaciones que vinieron, es Para vivir mañana (1958-1961). Se compone de cinco partes: cada una, en este hacedor de libros orgánicos que fue Delgado, constituye un tramo semántico particular en la parábola que traza el conjunto del libro.

Así, “Camino de perfección” integra los cuatro primeros poemas que dan un arte poética; “Las buenas maneras” prosigue con seis poemas de mirada irónica-crítica sobre el propio presente del poeta; “Historia del Perú” tiene cinco poemas desmitificadores en relación, es evidente, con nuestra historia; “De hoy para mañana” integra otros cinco poemas que anuncian lo que viene, en términos de operación o prospectiva sociales; y, por último, “La vida nueva” cierra el libro con el aliento de lo inédito que germina mediante un nuevo lenguaje. En este sentido, es un libro que traza un recorrido desde la crítica social hacia la esperanza colectiva y humana, y es lo que hace posible que el poeta cante para vivir mañana.

La poética de Washington Delgado nace y se articula en torno al ser humano y sus circunstancias cotidianas e históricas; lo que le otorga su carácter antropomórfico y su sentido humanista. Se trata de un sujeto y discurso poéticos que no dejaron de lado al prójimo, que lo sostuvo entre sus versos, ya sea para mirarlo con ironía crítica y cierto distanciamiento, o para recuperarlo, y hablar de él como hace un cantor popular. Leyendo este libro de Washington hallamos reminiscencias de adhesiones e influencias ineludibles: como la poética española del 27, y su reelaboración del romance popular para hablar de los hombres del pueblo y su historia material; la presencia de César Vallejo, sobre todo aquel de Poemas Humanos, quien parte desde las terribles circunstancias del individuo contemporáneo para inscribirlo en un horizonte colectivo donde cabe la esperanza transformadora y socialista; y, asimismo, reconocemos la presencia de Bertolt Brecht, en relación con lo anterior, quien sitúa el drama humano en la historia y batallas colectivas e individuales por la justicia y la fraternidad humanas.

La batalla por la esperanza, además, está transida de fuego colectivo, como vemos en estos versos: […] estoy en el centro del volcán,/ pues mi patria no me basta / ni mis amigos ni mi casa […] / Soy apenas un hombre entre millones (de “Camino de perfección”: 148); y que se engarzan con estos otros: Con nueva voz inventaremos / la esperanza y el fuego. / Escuchad el silencio temblorosos o alegres / y mirad de frente el aire cuando crece (“Los tiempos maduros”: 149).

La segunda parte del libro se abre con una llamada a la conciencia de los hombres que, al modo de Vallejo, les increpa su estarse muertos; por ejemplo, en los poemas “La primavera desciende sobre los muertos” y “Los muertos”, donde incluso estos trabajan en las ciudades / en los campos, en las fábricas, / donde hay miseria y Quién sabe, aman a sus mujeres / y tienen hijos encanijados, / monstruosos, amarillos / a los que no besan / sino cuando están borrachos. Así, comprobamos que se va articulando, desde la poesía, una desmitificación de la vida, o la sobrevivencia, bajo el capitalismo: donde el afecto está reprimido y solo emerge, de modo intermitente y difícil, por una droga como el alcohol.

La conciencia de la muerte ha sido, además, un gran tema en la poética de Washington Delgado; pero, al igual que en Vallejo (nuestro gran poeta-interlocutor de la muerte), se hace como una manera de religarnos con la vida (como también comprobamos en el poema “Vivir”, de Walt Whitman). Es un sentido de la muerte cotidiana, padecida sobre todo por el universo de hombres y mujeres proletarios, que carecen de aquello que resuelva esa conciencia de una vida, la suya, vivida a destajo; como también le pasa, en otra dimensión, a la clase media que pertenecía Delgado y la mayoría de los miembros de su generación: La vida es hermosa pero es triste, / es triste, es triste / vivir entre las moscas (“El ciudadano en su rincón”: 153). Las moscas como símbolo de la muerte en vida de los hombres en su limitada cotidianeidad.

 

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Un poema que trata lo anterior en términos irónicos es “Los pensamientos puros”. En una secuencia de apelaciones y fraseo que recuerda al verso “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud/más mortal”, de César Vallejo, o también a los de “Preguntas ante un libro de historia”, de Brecht, Delgado interpela el poder, representado, en este poema, por los rentistas y funcionarios (“los señores”), los terratenientes y militares, y por quienes asumen el cielo católico como redención de este mundo horrido por injusto y dividido. Es, sin duda, uno de los poemas más célebres y cáusticos de Washington Delgado. En dicha línea expresiva se halla el poema “Sabiduría humana”, de la tercera parte, donde también se ironiza, desmitificadoramente, la historia nacional, poniendo en el cadalso poético a los tres poderes que, desde la conquista europea-española, han sometido al pueblo: la religión católica, el poder militar y el poder político: Cuando alguien habla del espíritu / cuida bien tus bolsillos. / Esta es la sabiduría que nos vino / de un lugar llamado occidente (157).

En síntesis, este entroparse, en diversos planos, con la historia humana de quienes padecen maltrato y represión, desde la colonia y la república criolla hasta la contemporaneidad, es lo que otorga la vertiente popular en esta poesía. El poema enuncia y denuncia esa prolongada mentira criolla que es la historia oficial del Perú (aquel prometido “país del mañana”, pero que nunca lo será bajo tales coordenadas sociales): esa chispa de la vida para unos pocos, y que por su oropel y provenir de las élites no enciende sino que más bien apaga el fuego en la pradera. Solo el fuego de la masa consciente y movilizada en la historia logrará el cambio. Aquel que enciende algunos poemas en Días del corazón, un libro anterior que desborda vitalismo, como en “Héroe del pueblo” o “Canción del fuego”, donde leemos: Crece la roja flor / Nadie ve lo que ha sido / Mirad la luz el día / El corazón es fuego // Hay un tiempo de amar / Un tiempo de morir / Pero siempre / El corazón es fuego (87: este verso final, además, presta título al primer volumen de la poesía reunida, en la cuidada edición hecha por el poeta Jorge Eslava, en los cuatro tomos de las Obras completas de Washington Delgado: Universidad de Lima, 2008). La referida presencia de Vallejo y Brecht confirma y refuerza todo lo anterior.

 

Los poetas (izq.) Antonio Cisneros y (der.) Washington Delgado, departiendo. C. 1965

Los poetas (izq.) Antonio Cisneros y (der.) Washington Delgado, departiendo.
C. 1980

III

En este sentido, se trata de un discurso poético que es lírico, épico y dramático a la vez, en una textura compleja donde la poesía autoreferencial del lenguaje no tiene cabida, no aquí al menos. Y sin embargo, como queda dicho, a Washington Delgado nunca le falló la tonada. Además, esta línea de poesía, que con toda justicia participa de la tradición radical de nuestra poesía contemporánea, fue asumida por otros autores contemporáneos y posteriores a Delgado. Leyendo Para vivir mañana, es inevitable, por ejemplo, evocar el ritmo e ironía que animan la poesía social de Juan Gonzalo Rose en Informe al rey y otros libros secretos (1963-1967). Algo previsible, si consideramos que ambos comparten época y, a fines de los años 50, una común esperanza en las batallas de su tiempo. No olvidemos que en 1959 triunfa la revolución cubana, en 1956 termina el ochenio odriísta, y en la década siguiente acontecen las guerrillas en Sudamérica; todo lo cual también nos conecta con otro poeta importante en esta línea social de poesía como es Javier Heraud, sobre todo el de sus poemas firmados como “Rodrigo Machado” (1962-1963: su seudónimo en el Ejército de Liberación Nacional), compuestos entre Cuba y Bolivia.

Deseo remarcar la amistad y magisterio mutuo -más allá de las diferencias cronológicas- que hubo entre Washington y Javier, al punto que aquel sintió mucho su cruento asesinato por la policía peruana, cuando Heraud integraba una columna guerrillera en Madre de Dios. Lo cual lo llevó a declararse contrario al camino de la lucha armada emprendido por Heraud y otros, y reafirmarse, luego, en la vía electoral y legal para “el avance hacia el socialismo”, como me dijo en larga entrevista para una revista local en 1990 (reproducida en mi libro Cortes Intensivos. Entrevistas Y Crónicas – 1986-2014). Recuerdo de este encuentro el permanente rictus irónico en sus labios, y cierta sorpresa mía al comprobar que, a sus fértiles 63 años, me acompañaba, sin embargo, en la crítica del conservadurismo postmoderno de moda por aquellos tiempos.[2]

Dicho distanciamiento de la utopía radical, asimismo, impregna su desgarrado libro Historia de Artidoro (1994), donde las esperanzas y batallas transformadoras han encallado; y es la voz solitaria y solidaria del poeta la única que recupera la memoria abandonada de los héroes e ideales de aquella experiencia guerrillera como en el intenso poema o réquiem “Elegía en 1965”: Después de la batalla, los combatientes muertos / parecen esperar, con oído en tierra, / una última llamada o la mano benévola / y amiga de la historia, no el silencio tenaz / que los cubre y oculta (Eslava, ibídem: 321). El poema queda así planteado como una réplica, en negativo, del tono redentor y miliciano de “Masa” de Vallejo.

Pero, mientras tanto, la poesía de Para vivir mañana no es solo emergencia de lo popular y denuncia del poder dominante, sino que ella se asume como herramienta de transformación y conciencia, como se aprecia en el bello poema que da título a este libro, y que se inicia con una obertura de muertos próximos, que todo lo colma, y cierra con dos estrofas reintegrando al individuo con sus semejantes, así: para vivir mañana debo ser una parte / de los hombres reunidos / […] Pálidas muchedumbres me seducen; / no es solo un instante de alegría o tristeza: / la tierra es ancha e infinita / cuando los hombres se juntan (156). Estos versos me propician vincularlos con el citado “Masa”, de Vallejo, así como con Ciro Alegría y su inmenso mural épico de El mundo es ancho y ajeno (1941).

 

Historia de Artidoro

 

En este sentido, cabe reafirmar que una actitud y mentalidad utopistas recorren este libro y otros parajes de la poesía de Washington Delgado (como en el gran poema alegórico “Un caballo en casa”, de Historia de Artidoro, y que lo vinculo al citado poema “Elegía en 1965”, como su otra cara utópica y luminosamente viva).

En Para vivir mañana, el poema “¿Nunca nos libertaremos?” se elabora sobre el eje de esta pregunta, algo propio de la retórica brechtiana, y que también será una marca del diálogo mayéutico de Washington con sus lectores e interlocutores. Se trata de una pregunta que empuja a la masa hacia la praxis de la liberación, mediante la toma de conciencia de la historia que nos han contado y vendido, y mediante la acción contra esos señores rentistas y funcionarios que roban el pan y el alma de las mayorías.

Esta construcción del poema a partir de interrogantes, además, agrega un sentido didáctico y liberador propio de cierta poesía social de aquellos años; también caracterizada por un ritmo reiterativo, fácil de recordar, en poemas breves, de palabras simples y cotidianas: una poesía que, desde la historia de los oprimidos, se articula como una simple canción de liberación, parafraseando a Rose. Es decir, todas las características anotadas, propias de un canto y poesía populares, están al servicio de la revolución.

 

La palabra en el tiempo washington d.

IV

En consecuencia, es una poesía de sustrato popular en su léxico, su ritmo, sus imágenes, su textura, su propuesta, y a la vez es socialista, al sumarse a la edificación de un mundo que no se halle dividido como este.

Es, sin embargo, una libertad esquiva, por las batallas perdidas y que amenazan de escepticismo al individuo, lo cual es una marca común a la generación del 50. Así, leemos en “Libertad”, de la penúltima parte del libro: Amé la libertad / y no la vi jamás (163). Son versos y tono que adelantan un memorable poema de Delgado en su ulterior libro Destierro por vida, “Globe trotter”, donde se constata el naufragio del individuo y sus anteriores certezas o esperanzas, haciéndolo recorrer desiertos, reales o imaginarios, en ciudades y oficinas rutinarias, esas de los hombres y mujeres muertos que no lo saben, o hacen que no lo saben; y donde adviene la inmensa soledad y reiterado paisaje del desierto que es este poema, que termina de forma categórica: He caminado por los desiertos, toda mi vida / y nunca llegué a ninguna parte (234). Así, también, se cierra el volumen de su obra completa, con uno de los poemas más extensos (como es la historia, o también el desierto individual) de Washington Delgado. Advino el desencanto generalizado, que tuvo como secuela una depresión reconocida por el propio Washington, en buena medida por los sucesos políticos y culturales del país, y que lo determinó a no publicar poesía por casi veinte años, hasta volver con Reunión elegida (1988).

 

Discurso de José María Arguedas (de izq. a der.) Francisco Miroquesada, Washington Delgado, Carlos Cueto Fernandini. Casa de la Cultura, 1963

Discurso de José María Arguedas (de izq. a der.) Francisco Miroquesada y Sra., Washington Delgado, Carlos Cueto Fernandini.
Casa de la Cultura, 1963

 

Pero en Para vivir mañana aquella libertad esquiva no ha de cerrar este volumen, no todavía. Esta penúltima parte del libro, que venimos comentando, es como un interludio antes de cerrar con la última, constituida por tres poemas redondos como son los siguientes: “La noche dichosa”, donde el amor redime, y que nos vincula a libros anteriores como Formas de la ausencia y Días del corazón (después de todo, la revolución es el mayor acto de amor posible, como se decía antes); “Madura mi tamaño”, que expresa la fe del poeta en su crecimiento, en diferentes planos, al borde de culminar la creatura que ha nacido con este libro, y “Canción negativa de la vida nueva”, donde, como en la primera parte, y luego de las batallas libradas en los poemas revisados hasta aquí, cierra con un arte poética que cancela las viejas palabras (es decir, la vieja retórica, el viejo discurso, la vieja historia contada y asimilada pasivamente), y que, a diferencia del desencanto y escepticismo que impregnará después el camino poético de Delgado (y de otros pares generacionales suyos), culmina, a sus frescos 33-34 años, con los siguientes versos minimalistas y estrofas adelgazadas que cifran, en su impecable levedad, la fuerza de la masa que hace la nueva historia y el nuevo canto, aquello que se escribe en el aire (nuestro aire): No amaré / las fúnebres imágenes, / ni pisaré la podredumbre: / me iré con el viento / y seré un pedacito / del aire nuevo / que viene y va / y no dice: / ámame con tus muertas / palabras aprendidas (168).

Cómo no evocar, durante este ritmo y estas palabras y versos sencillos e intensos, la nueva canción latinoamericana que impregnó, al compás de las esperanzas políticas abiertas en los años 60, una nueva época marcada por el protagonismo y activismo de la juventud: sus esperanzas transformadoras, comunitarias, autónomas, socialistas: algo que se prolongará, no sin dificultad y mutaciones mediantes, hasta los 70, y que, al no ser atendidas tales demandas de una modernidad democratizadora, estallará todo en la guerra interna que vivimos en los 80-90. Pero esta es ya otra historia de la que la poesía de Washington Delgado no dio testimonio directo (aunque, al respecto, conviene revisar la ponencia presentada por Luis Fernando Chueca titulada “Historia de Artidoro de Washington Delgado: La caída del horizonte utópico y los fracasos de la tradición radical en el Perú del siglo XX”. Una primera versión de esta ponencia fue publicada como “Una versión de la historia del Perú contemporáneo: el fracaso del horizonte utópico en Historia de Artidoro de Washington Delgado”, en La Verdolaga 1. Ottawa: 2008: 55-67; y una segunda versión ampliada aparecerá en la próxima edición de la revista Lienzo de la Universidad de Lima).

Si un afiebrado poeta del 70 escribió, alguna vez, que no quería vivir como Washington Delgado (lo que le fue respondido en su cara), yo quiero cerrar esta participación escribiendo en el aire de todos nosotros que no queremos ser ni vivir como los balbuceos de una izquierda que nunca lo fue, y que sí queremos aproximarnos, cada vez mejor, al camino y corazón de fuego del joven poeta socialista que habita este libro para vivir mañana.

 

 

 

 

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[1] Presenté y leí una ponencia editada del siguiente texto, por razones del tiempo concedido, en el Coloquio Para vivir mañana”. Homenaje al poeta Washington Delgado, 60 años de Formas de la ausenciaLima, Casa de la Literatura Peruana: 15-16 de julio 2015.

[2] Si de retratos biográficos se trata, recomiendo las dos versiones que Miguel Gutiérrez ofrece de Washington Delgado. Me refiero, primero, a su ensayo La generación del 50. Un mundo dividido (1988: un subtítulo que cita el de la obra completa de Delgado), donde critica que el socialismo de Wáshington desestimó la militancia partidaria por considerarla perniciosa para la libertad creadora; y, como réplica, evoca las experiencias de Mariátegui y Vallejo, que crecieron a la par de su militancia socialista. Gutiérrez concluye afirmando que la posición de Washington Delgado lo distanció de dicha praxis revolucionaria y lo situó, más bien, en una vertiente del reformismo. Quince años después, en su artículo “La hora de la poesía”, en el especial de homenaje a Washington Delgado que hizo la revista Libros & Artes (nº6, dic. 2003), Gutiérrez caracteriza de forma más próxima y menos drástica a aquel, como un “marxista humanista” (dicho sea no tan de paso, estos cambios de énfasis y perspectivas dan cuenta del diapasón político-existencial, su propio mundo dividido, en que se halla, desde hace algunos años, el autor de la gran novela socialista La violencia del tiempo). / POSTSCRIPTUM (febrero 2017): Dejo adrede, en el presente verbal de mi ponencia, esta última acotación referida a Miguel Gutiérrez, para dar cuenta de mi voluntad de dialogarla con él; algo que mis propias circunstancias, y su inesperada y sentida muerte en julio 2016, dejaron como un deseo inconcluso (o más bien diferido).

 

 

 

 

 

*(Cuzco- Perú, 1927 – Lima – Perú, 2003). Poeta, catedrático y crítico literario. Estudió Letras y Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) y, luego, una especialidad en Literatura allí mismo. Recibió el Premio Nacional de Cultura del Perú, categoría Poesía (1953). Publicó en poesía Formas de la ausencia (1955), El extranjero (1952–1956), Días del corazón (1957), Canción española (1956–1960), Para vivir mañana (1959), Parque (1965), Destierro por vida (1969), Un mundo dividido (1970), Historia de Artidoro (1987), Cuan impunemente se está uno muerto (2003), La palabra en el tiempo (póstumo, 2007), etc.; en ensayo Historia de la literatura republicana: nuevo carácter de la literatura en el Perú independiente (1984) y Literatura colonial: De Amarilis a Concolorcorvo (2002).

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