Guatemala reaparece en el mapa editorial latinoamericano a través de Catafixia. Luis Méndez Salinas y Carmen Lucía Alvarado responsables de dicho proyecto nos ilustran acerca de esta guerrilla letrada.

 

¿En el centro de América?

Guatemala: país imaginario, ficción, herida, búnker. Guatemala: historia negra, trauma, cicatriz. Guatemala: maravilloso cuerpo espiritual que excede los límites de su propia geografía. Guatemala: palabra en llamas con ansia de futuro. Guatemala: botella echada al mar de la imaginación y el canto. Guatemala: sed de cielo y soles, resistencia, subversión.

Doscientos años de tenebrosa historia (donde las palabras “muerte”, “violencia” y “represión” se repiten al absurdo) no han podido soterrar esa poderosísima tradición ancestral de imaginar a través de la palabra. La oralidad y la escritura son los pilares que sostienen una sensibilidad sumamente compleja, esa sensibilidad que se ha forjado con la fuerza de siglos y de sangres en un pequeño país que emerge en el centro del continente americano.

Catalogada desde la época colonial como un territorio de “segunda categoría” (entre los poderosos virreinatos de México y El Perú), Guatemala ha sido poco más que un punto en blanco en el mapa simbólico latinoamericano. Istmo en lo geográfico, isla en lo cultural. Su riqueza se ha volcado hacia ella misma, y esa centralidad de la geografía que se nos enseña en las escuelas nunca se ha traducido a una centralidad en términos culturales. Escasos son los puentes, los vínculos, los enlaces. Las apremiantes circunstancias del contexto (político, histórico, económico y social) no han permitido contactos abiertos con el mundo. Sin embargo, la vocación por la palabra permanece intacta y nos lleva a generar los más diversos mecanismos para su reproducción.

Así, hablar de la edición en Guatemala es hacer el recuento de una lucha, el inventario de una voluntad compartida y heredada por múltiples actores (de múltiples generaciones), con idéntica esperanza: se edita porque se confía en la palabra como vehículo pleno en dirección al futuro, se edita para esbozar el mapa de nuestra experiencia singular, se edita para anular al silencio.

A lo largo de esa historia cuyo paso y cuyo peso hemos aprendido a soportar como una interminable golpiza, la creación y el deseo son una constante de valor insospechado. Los anticuerpos de luz que produce el arte en un contexto de precariedad como el nuestro rescatan la sensibilidad, la imaginación, la memoria y la conciencia del cuerpo espiritual que habitamos. Es así como el arte se vuelve un testimonio tangible de la magnitud del drama que se produce en esta tierra: un drama siempre cambiante, que nace y renace constantemente, que se desarrolla, estalla y se reinventa, dibujándose nuevos límites a cada tanto. Eso hace necesario un brevísimo recuento de pasados.

¿Eterno retorno o eterno reset?

El arte, y en particular la literatura, nunca ha sido parte de la agenda política guatemalteca. Los gobiernos, más interesados en volcar todo su poder represivo contra cualquier movimiento medianamente contrario a sus intereses, casi nunca han jugado un rol activo en el desarrollo de mecanismos que estimulen el ejercicio de la imaginación y la libertad creadora (pese a las notables y afortunadas excepciones generadas a partir de instancias estatales de cierta importancia histórica, como la Editorial José de Pineda Ibarra y la Tipografía Nacional).

Es así como desde los primeros años del siglo XIX hasta nuestros días, los proyectos de divulgación literaria han sido dirigidos (casi sin excepción) por los mismos autores. Baste mencionar el carácter clandestino, independiente y autónomo de las ediciones que hacia 1850 dirigen Pepe Batres Montúfar y Pepita García Granados, fundando un modo específico para hacer circular la literatura en el país. Con el mismo carácter surgirán esfuerzos posteriores, como el de la Colección Mínima (coordinada por Miguel Marsicovétere y Durán en la década de 1930) y como las publicaciones del grupo Nuevo Signo (a finales de los años 60, bajo la dirección del poeta Francisco Morales Santos). Pese a la diversidad de contextos en que surgen estas manifestaciones, es importante destacar esa suerte de continuidad estratégica que devela ciertas características estructurales del quehacer literario en Guatemala.

Ya en el siglo XX aparecen elementos clave dentro de la cartografía histórica de nuestra literatura: el exilio y el miedo. Ambos elementos son fundamentales, puesto que inciden de manera directa en las formas de hacer y divulgar la literatura en el país, desarticulando posibles redes de intercambio y consolidación intelectual en el contexto interno. Ya sea por motivos políticos o por “asfixia cultural”, las figuras más importantes del medio literario se vieron obligadas al desplazamiento, incorporándose con mayor o menor éxito a los movimientos estéticos de su época en otras latitudes. Baste citar a Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso y Manuel Galich como casos emblemáticos de dicha coyuntura. Asimismo, luego de la desarticulación violenta del proyecto democrático encabezado por Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz Guzmán, el Estado se consolida como un aparato eminentemente represivo, bajo las órdenes de la recalcitrante oligarquía guatemalteca y la embajada estadounidense. El escritor que cuestiona los vicios de las “instituciones democráticas” y las indignantes condiciones de vida de la mayoría de la población, pasa a formar parte de esa inmensa y difusa categoría  de “enemigo público”. La escritura, más que nunca, es sinónimo de subversión.

Pasado inmediato

Las manifestaciones actuales de la literatura Guatemalteca tienen importantes puntos de fundación en el trabajo de poetas como Francisco Nájera y Roberto Monzón, a finales de la década de 1980. El primero de ellos es un referente fundamental para las actuales generaciones gracias a su concepción de la poesía como una realidad que trasciende lo textual, mientras que Monzón funda uno de los mitos underground más perdurables de nuestra literatura reciente gracias a sus ediciones clandestinas bajo el sello de la Doble Sercha.

A mediados de los 90, con la firma de la paz (que puso fin a un sangriento conflicto armado de 36 años) y con una aparente apertura democrática, la sociedad guatemalteca atravesaba entonces un acontecimiento que creía fundamental para el futuro: el fin de la guerra era el principio de “lo otro”: la paz, la esperanza, el mañana. Poco duró el entusiasmo, pues la concertación y el pacto entre gobierno y guerrilla nunca implicó verdaderos cambios para la desigual estructura del país. Sin embargo, en el ámbito del arte, se produjo un movimiento fundamental con que inicia definitivamente nuestra escena actual.

Mediante espacios colectivos de creación (como Casa Bizarra) y mediante publicaciones que exploran con igual éxito lo artesanal y lo comercial (gracias a proyectos como Editorial X y Ediciones Mundo Bizarro), el bloque generacional de artistas y escritores que empieza a aparecer hacia 1996 genera una serie de mecanismos alternativos que renuevan notoriamente los códigos estéticos de esa Guatemala que, a falta de un mejor término, llamamos “de posguerra”. Gracias a la heterogeneidad de sus referentes y a su fuerte vinculación con el arte visual, el performance y el rock, escritores como Simón Pedroza, Javier Payeras o Maurice Echeverría, por mencionar algunos, sientan las bases de lo contemporáneo en la literatura guatemalteca.

Mundo Bizarro (editorial artesanal dedicada a la publicación de poesía) y Editorial X (principalmente interesada en la narrativa “anómala” de los nuevos escritores) marcaron la pauta de un nuevo bloque de escrituras que ha ido diversificándose, desarrollándose, madurando, y que actualmente conforma el núcleo de la literatura actual en este país.

Aquí y ahora

1996 es quizá el mojón histórico más reciente, tanto en términos de sociedad como en términos de creación artística. La escena configurada entonces se ha diversificado notoriamente, pues muchos de sus actores iniciales han alcanzado en su obra hallazgos estéticos notorios y, naturalmente, nuevas voces han venido a enriquecer la escena de manera considerable. Esto da como resultado un momento particularmente fecundo en el desarrollo de la poesía guatemalteca, una poesía que se muestra plural, heterogénea, rotundamente viva.

Es necesario destacar en este contexto el aparecimiento de una conciencia inédita, principalmente en autores nacidos durante la década de 1980: la conciencia de situar a Guatemala (y su producción poética) en el ámbito regional latinoamericano. Esto quizá tiene su punto de partida con el surgimiento de revistas electrónicas como Rusticatio (dirigida por Alan Mills) y Luna Park (coordinada por Vania Vargas y Carmen Lucía Alvarado), así como la editorial en línea Libros Mínimos (coordinada por Julio Serrano). Estos proyectos, con el uso de herramientas y formatos novedosos, vinieron a quebrar la tendencia endogámica que el estrecho marco de “lo nacional” había impuesto históricamente. A partir de ellos puede situarse el interés que nos permite situarnos en un contexto que aparentemente prescinde del territorio (desterritorialización), pero que en realidad constituye una ampliación considerable de aquellos territorios simbólicos que asumimos como propios.

Este nuevo contexto de apertura empalma directamente con el relajamiento de la tensión política propiciado por la instauración de un régimen democrático más estable, lo cual incide de manera directa en el surgimiento de propuestas diversas que enriquecen notoriamente el contexto literario local. Ejemplo de ello es el trabajo generado a partir de Editorial Cultura, un espacio estatal de publicaciones (dirigido por Francisco Morales Santos) que ha ido consolidando sus colecciones mediante un programa dinámico y cada vez más sólido. Por su parte, diversas editoriales independientes con cierto énfasis en lo comercial (como F&G Editores o Magna Terra Editores) han impulsado una serie de publicaciones de diversa índole que enriquecen la oferta editorial guatemalteca de los últimos años, trascendiendo incluso lo literario y situándose en áreas fundamentales como las ciencias sociales y los ensayos de interpretación histórica.

Este es el contexto inmediato en que surgen proyectos como Catafixia Editorial, que retoman las condicionantes de autonomía (ejecutiva) e independencia (económica) propias de la autogestión histórica de las editoriales coordinadas por los mismos escritores. Desde sus inicios, a principios de febrero de 2010, Catafixia se ha planteado como un ejercicio curatorial en el ámbito de la poesía latinoamericana contemporánea. De tal cuenta, hemos pretendido dejar de lado el marcado énfasis en lo local (que se manifiesta con fuerza incluso en proyectos renovadores como Mundo Bizarro y Editorial X), para favorecer una perspectiva más amplia en cuanto a propuesta editorial. Este ejercicio curatorial constituye, naturalmente, un amplio ejercicio de lecturas, articulado alrededor de dos ejes fundamentales.

En primer término, Catafixia se ha propuesto registrar de manera concreta y compacta un hecho prácticamente insólito en la historia literaria guatemalteca: la existencia de un considerable número de escritores que llevan a cabo su actividad creativa en aparente libertad dentro del territorio guatemalteco. El cambio en ciertas estructuras históricas del país ha permitido en los últimos años el desarrollo de un bloque generacional diverso, heterogéneo y plural, capaz de interactuar sin la imposición del silencio o el exilio. En este sentido, hasta ahora hemos publicado 20 títulos de autores guatemaltecos nacidos entre 1970 y 1990, así como amplias compilaciones las manifestaciones literarias recientes en Guatemala (especialmente con el proyecto El futuro empezó ayer: apuesta por las nuevas escrituras de Guatemala, publicado en 2012 en coedición con Unesco).

En segundo término, hemos pretendido actualizar los escasos vínculos entre el medio literario guatemalteco (lectores y escritores) y las manifestaciones más recientes de la poesía escrita en el resto del continente. Esto implica la elaboración de un mapa, de una cartografía que permita esbozar ciertos rasgos que definen la sensibilidad poética compartida en el ámbito latinoamericano desde uno de sus puntos invisibles. Es así como los 20 títulos incluidos en la colección “laTina”, y los cinco volúmenes antológicos que integran la colección “laRueda” (en los que participan, por lo menos, 80 poetas contemporáneos de 11 países del continente) se plantean como una tentativa de construir un mapa desde uno de los puntos que aún no han sido mapeados, que conceptualmente continúan en blanco.

Con la articulación de ambos ejes, luego de un trabajo continuo de tres años y 47 títulos publicados, hemos sido testigos de cambios sustanciales y profundamente significativos, sobre todo en términos de la actualización de aquellos vínculos entre el público lector guatemalteco y las escrituras recientes de Latinoamérica. Asimismo, queremos pensar que el trabajo conjunto de Catafixia y proyectos editoriales paralelos, hace que Guatemala sea un lugar visible (editorial y poéticamente hablando). Es claro que toda tentativa de esta naturaleza implica más interrogantes que respuestas, más incertidumbres que certezas; sin embargo, creemos que el diálogo iniciado es fundamental en términos de construcción identitaria, puesto que únicamente conociendo y sintiendo lo que nos rodea tendremos mejores herramientas para definir los contornos reales de la poesía guatemalteca.

Desde sus inicios, Catafixia ha intentado ser un canal de diálogo en doble vía, ubicando la poesía guatemalteca en el ámbito latinoamericano, y viceversa. Estamos plenamente convencidos de que el arte guatemalteco, producido en contextos poco o nada estimulantes (y quizá, precisamente debido a ellos) es fundamental para explicar ciertos procesos históricos que involucran a Latinoamérica como región de luchas compartidas. De ahí que toda tentativa por visibilizar la producción estética contemporánea de nuestro país sea necesaria para ampliar nuestra experiencia del mundo como latinoamericanos, a partir de la palabra escrita.

En la medida en que podamos visibilizar el peso específico de la literatura guatemalteca (que viene como resultado de una tradición ancestral sumamente vigorosa, así como del trabajo luminoso de autores clave como Asturias, Cardoza, Ruano, de Lión, entre otros), contribuiremos desde la cultura, desde la literatura, a consolidar la vocación de nuestro país en términos de enlace en el ámbito continental, pues “la poesía es más grande que el país donde habita” (Javier Payeras).

Proyectos como este sólo cobran su total sentido en momentos de crisis, en momentos de choque entre ciclos que terminan y ciclos que comienzan. Nuestra generación, desde estas latitudes, ha visto el cambio de milenio, el cambio de b’aktun, la huida de los dinosaurios-miedos del pasado, y el triunfo –aparente– de la globalización y el lenguaje publicitario. Sin embargo, forma parte de ese movimiento continental de editoriales que recogen, resguardan y transmiten la sensibilidad poética y la exuberancia de la imaginación latinoamericana a partir de esa luz que nos ilumina a todos y en la que podemos encontrarnos: la luz de la palabra.

 

 

Luis Méndez Salinas. Nació en Guatemala, 1986. Poeta y editor, con estudios en arqueología en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Dirige el sello independiente Catafixia Editorial.

 

 

Carmen Lucía Alvarado Benítez (Quetzaltenango, 1985). Pertenece a la organización del Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango desde 2003. Es subdirectora de la revista electrónica Luna Park y coeditora del proyecto Catafixia Editorial.

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