Por: Marco Antonio Campos

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Bruno Portuguez Nolasco

 

 El cristianismo de César Vallejo

Los heraldos negros (1918)

En los años diez, más o menos por las mismas fechas, dos poetas mayores hispanoamericanos publicaron libros relevantes: en 1918, el peruano César Vallejo (Los heraldos negros), y un año después, el mexicano Ramón López Velarde (Zozobra). Ambos no se leyeron entre sí, pero parecen, en alguna medida, almas fraternas. Deja una impresión extraña ver en ambos libros la coincidencia de la combinación de elementos cristianos, fúnebres y amorosos, que se responden y corresponden.

En Zozobra López Velarde llegó al verano radiante de su labor; siendo atractivo y original el de Vallejo, todavía su inimitable lenguaje, que parece hecho de piedras grises y minerales cortados, no acaba de definirse del todo -esa poesía, como decía Pablo Neruda, “arrugada, difícil al tacto como piel selvática, pero poesía grandiosa, de dimensiones sobrehumanas”-.

Pero hay claras diferencias entre los dos poetas ante la religión: asumiendo plenamente las contradicciones, en López Velarde hay la conciencia del pecado y el deleite de la profanación; en Vallejo, en cambio, la profanación es un grito y un desgarramiento; en López Velarde las imágenes, con líneas y tintes religiosos, son medio o pretexto para tocar otros temas; en Vallejo, como en los casos de Lope de Vega o Gabriela Mistral, hay una lucha a fondo con su Dios, con reconocimientos y desconocimientos, imprecaciones y deprecaciones, aceptación y reclamación, que durará de hecho hasta los días de su enfermedad, agonía y muerte. Vallejo toma el amargo cáliz o lo aparta. Es a la vez un franciscano laico y un penitente sin recompensa, y como Jesucristo, asume la herencia de raíz de la Culpa y el cúmulo de culpas de todos los desdichados. En estos años Vallejo se identifica con Cristo, pero con un Cristo insatisfecho que clama y reclama con el corazón dilacerado. Vallejo supo que sólo es dable aspirar al paraíso padeciendo el escrupuloso infierno de cada día, de quien llora el desamor para ser recompensado con un Amor Absoluto, que, sin embargo, oprime y desangra.

Y la lucha a fondo con su Dios se dio desde siempre. Por eso, al mismo tiempo que puede decir en Los heraldos negros: “Amor, cruz divina”, ve la voluntad de Dios como la del suertero, quien no ignora que el premiado sólo puede ser uno entre mil, y que en nuestros días, según el arte del cálculo, sería uno entre un millón; por eso reclama a Dios protestándole que si acaso no puede: “contra la muerte, contra el límite, contra lo que acaba” (“Absoluta”); pero más específica y terriblemente puede apostrofarlo diciéndole que no siente nada de su creación, y el hombre, en cambio, sí lo sufre, “el Dios es él” (“Los dados eternos”). Yuxtaponiendo los roles, en el fondo es lo mismo.

Como en López Velarde, por otras vías que López Velarde, se halla esa fusión de mujer, cristianismo y muerte. La mujer la identifica con fundamentos cristianos y con el fondo de la sepultura. Corazón, cruz y ataúd se integran en una “conjunción crispante”. Los psicoanalistas argüirían tal vez que en su vida y en su obra poética Vallejo figuraba de modo simbólico el pecado de sus abuelos, quienes, los varones, fueron curas españoles, y las mujeres, indias shimúes. Esta caída la sugiere Vallejo en un poema que redactó hacia 1927, “Lomo de las Sagradas Escrituras”, donde habla de “cuánto cayera un vuelo con mis tristes abuelos”, una caída o un pecado que le corría por la sangre, le corroía el corazón, lo maldecía y condenaba sin remedio. Sobre este poema, Juan Larrea, gran amigo del peruano y divulgador múltiple de su obra, publicó en 1961 un notable análisis biográfico-literario (“Claves de profundidad”, Aula Vallejo, pp. 62-74).

Pero lo que más impresiona de su libro inicial es que la imagen con que relaciona más a la mujer es la cruz, a la que rima casi siempre con luz. Es decir, la mujer es iluminación, laceración y sustancia fúnebre. O concretemos aún más: hacia octubre de 1918 Vallejo da principio a una relación amorosa con una muchacha llamada Otilia, quien era, dice el crítico Ángel Flores en su reconstrucción biográfica del peruano, cuñada de un colega del Instituto Nacional, del que Vallejo era director. Otilia aparece en poemas de Los heraldos negros, pero prolijamente en Trilce. En “Ascuas”, pieza agresivamente sacrílega, dice:

                       Tilia tendrá su cruz

                       que en la hora final será de luz!

 

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Hacia agosto de 1919 se rompe la relación. Vallejo envía a Otilia un mensaje en clave en forma de soneto donde cada palabra es un verso (“El dolor de las cinco vocales”): “Ves/ lo/ que/ es/ pues/ yo/ ya/ no./ La/ cruz/ da/ luz/ sin/ fin”.

Como representación y significación la cruz es para mí, como tal vez lo fue también para sus amigos Juan Larrea y Ernesto More, el emblema sustancial de la vida entera de Vallejo: una vida modelada a la imagen exacta del sufrimiento. Una vida como una crucifixión paulatina, donde más que el cuerpo, son el corazón y el alma los que se erosionan y se cubren de heridas. No sólo eso: de un extremo a otro de su obra, del primer verso al último, hay la identificación con el Hijo del Hombre. Desde la primera línea de su libro: “¡Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé!”, hasta la última de Poemas humanos: “como un hombre que soy y que he sufrido”, hallamos una confesión prolongada de la crucifixión gradual.

Si leemos cartas de Vallejo de aquel periodo (finales de los años diez) notamos que ya se reconoce con el sufrimiento y en la piedad hacia los otros; asimismo poetas y escritores notables, como José María Eguren y Abraham Valdelomar, quienes lo habían leído antes de editar Los heraldos negros, señalaban su condición de hombre de pena.

¿Pero qué decía él entonces? Por 1918 Vallejo escribía en una carta al poeta Óscar Imaña: “En la vida despierta, se sufre mucho. Pobres […] Es raro. Alguien se ha retirado antes de mi presencia. Se fue preocupado, después de suplicarme. Yo le dije que no, que se recoja, que no se preocupe. Ahora yo lo recuerdo conmovido, y ruego a Dios por esa persona”.

Pero ¿qué decían en los años diez de él poetas y escritores? Luego de recibir algunos poemas suyos, el poeta José María Eguren le escribió: “Sus versos me han parecido admirables por la riqueza musical e imaginativa y por la profundidad dolorosa”. (Las cursivas son mías.) Por su lado Abraham Valdelomar, quien muriera jovencísimo poco más tarde, lo dibujaba en imágenes que sólo podemos llamar cristianas:

Hermano en el dolor y en la belleza, hermano en Dios: hay en tu espíritu la chispa divina de los elegidos. Eres un gran artista, un hombre sincero y bueno, un niño lleno de dolor, de tristeza, de inquietud, de sombra y de esperanza. Tú podrás sufrir todos los dolores del mundo, herirán tus carnes los caninos de la envidia, te asaltarán los dardos de la incomprensión […]

 

Vallejo era fatalista. Creía que todo estaba escrito. Otra pieza clave para comprenderlo es la que cierra el volumen: “Espergesia”. En ella escribió uno de los versos más desconcertantes y dramáticos de nuestra lengua, y que perdura aún, como una seña en la sepultura, en el cementerio de Montparnasse parisiense: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”. Por eso, por tal causa, se puede entender por qué en el poema él se ve como un hombre malo o por qué en su verso chirria “oscuro sinsabor de féretro”. Sólo alguien que nació en un día semejante puede llevar una vida de desdicha como él.

Cerremos el círculo de los primeros años. A su madre, muerta en 1918, y quien fue sustancial en su vida y como tema de melancólico dolor en su obra, Vallejo la equipara en un poema a la Dolorosa. Es decir, es la Virgen María, pero en el momento de la agonía y de la muerte del crucificado. Así la presenta Vallejo en un terceto de uno de los varios sonetos irregulares que escribió (“Encaje de fiebre”):

En un sillón antiguo está mi padre.

Como una Dolorosa, entra y sale mi madre.

Y al verlos siento un algo que no quiere partir.

 

No está de más recordar que la imagen de la Dolorosa fue también central en la vida y la obra de López Velarde, quien llegó aun a identificarla en un poema en prosa con la madre, la hermana, la amada, en suma, con la mujer.

 

 Trilce_1922

 

Trilce (1922)

Trilce se imprime cuatro años después de Los heraldos negros en los Talleres Tipográficos de la Penitenciaría. Entre 1918 y 1922 al menos tres hechos marcaron hasta los fundamentos la ciudad del alma de Vallejo: la muerte de su madre, la ruptura con Otilia y la desconsoladora experiencia de una injusta cárcel. En una carta a su amigo Juan Espejo de junio 12 de 1922, subraya: “Hay que sufrir poco en la vida. Tú sabes cuánto he sufrido y sufro y sufriré yo. La vida es así”. Es decir, desde joven Vallejo ya se había armado cristianamente para el sufrimiento y la resignación posteriores.

En Trilce existe un fondo religioso pero las menciones directas a Dios o a Cristo han disminuido de manera ostensible. La mujer, salvo acaso en instantes de algún poema (XLII) donde se insinúa la profanación, deja de asociarse con elementos cristianos, y sí hay, por lo contrario, una continua y pagana afirmación sexual. Me parece que en Trilce, menos que la orfandad de Dios se halla la orfandad de la madre. La ausencia de la madre aparece como una flor rota en sus poemas o en un afligido relato de su primer libro de prosa, Escalas melografiadas, donde el protagonista va a la busca de la madre y sólo abraza un fantasma.

En dos poemas, el XXXI y el XLVI, donde nombra a Dios, lo hace para significar la opresión que Él ejerce sobre nosotros, no dejándonos, o mínimamente, ninguna salida. Se está inerme, solo, sin amparo. Dios, como los padres, quiere decirnos Vallejo, nos ama hasta desgarrarnos, hasta dilacerarnos, aunque se nos dé apenas, pero apenas, la esperanza. En dos estrofas del poema XXXI confiesa:

Cristiano espero, espero siempre

de hinojos en la piedra circular que está

en las cien esquinas de esta suerte

tan vaga donde asomo.

 

Y Dios sobresaltado nos oprime

el pulso, grave, mudo,

y como padre a su pequeña,

      apenas,

pero apenas, entreabre los sangrientos algodones

y entre sus dedos toma a la esperanza.

 

O como cuando habla de los sueños de amor de los padres (LVI):

… que, como Dios, de tanto amor

se comprendieron hasta creadores

y nos quisieron hasta hacernos daño.

 

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Poemas en prosa (1923-1929)

Si en Lima y Trujillo ya había conocido, como escribe desde París a su amigo Manuel Vázquez Díaz, miseria, embriaguez, orfandad y prisión, los trances difíciles crecerán mucho más en Europa. En julio de 1923 Vallejo llega a París, acompañado del joven Julio Gálvez Orrego, quien, a decir, del poeta español Juan Larrea, que lo conoció y trató, era “un muchacho de lo más decente y discreto”. Si hablamos otra vez de suerte, y mala, el arribo de Vallejo a París ocurre en viernes 13. El peruano Ernesto More, buen amigo del poeta, rememora el horror diario de los tres primeros años de éste en París (1923-1925):

No teniendo recursos para pagar una habitación, solía tomar el Metro ―para lo cual era suficiente adquirir un billete de unos cuantos céntimos― en el que podía descansar y dormir dos o tres horas, tomando conexiones, hasta la hora en que cesa el servicio: la una de la mañana en esos tiempos. Y después era el deambular por los bulevares, el reposar en los bancos de los paseos, de los que era echado por la policía.

 

Tenía problemas de domicilio, de ropa, de alimentación. Empezaron a minarlo enfermedades, fiebres, miseria. En París vivió casi siempre, como Neruda decía en una oda, en “los descalabrados hoteles de los pobres”. Es importante citar la carta del 5 de noviembre de 1924 que dirige al poeta peruano Pablo Abril, quien lo ayudó con mano generosa en los penosos años. Desde entonces, es decir, un año y cuatro meses después de su llegada a París, Vallejo tenía intenciones de volver al Perú, cosa que, a pesar de sus vagos anhelos y esperanzas vagas, no ocurrió entonces ni en los trece años y cinco meses que le quedarían de vida. En ese 1924 esperaba, con el apoyo de Pablo Abril, conseguir una beca de la que el Perú daba para España. Vallejo escribe en la carta:

Hay gente dura y cruel en el mundo. Hay dolores que espantan, y la muerte es un hecho evidente, pavoroso. Hay gente dura de corazón, y uno puede morirse de miseria. Bueno, pero qué se va a hacer. Vuelvo a creer en nuestro Señor Jesucristo. Vuelvo a ser religioso, pero tomando la religión como el supremo consuelo de esta vida. Sí. Sí, debe haber otro mundo para los que mucho sufren en la tierra. De otra manera, no se concibe la existencia, Pablo.

 

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Pablo Abril de Vivero, poeta peruano y amigo de César Vallejo

 

Es importantísima carta porque revela que Vallejo, al menos por breve tiempo, había dejado de creer, y es por los “golpes en la vida tan fuertes”, que se aproxima o encuentra otra vez a Jesucristo, buscando en la religión no sólo consuelo, sino el consuelo supremo.

Luego de Trilce, en su obra poética, la religión está menos en las referencias concretas en versos que en la raíz misma del hombre y del Hijo del Hombre, o como él lo llama con mayúsculas en un poema, el hijo eterno. Está en los fundamentos de dolor y amor, de misericordia y de esperanza.

Los poemas en prosa, si nos atenemos a las fechas que proporciona su viuda, Georgette Phillipart, fuente no muy fiable, se escribieron entre 1923 y 1929 (“Apuntes biográficos”); sólo se editarían en libro diez años después. Si Vallejo realmente los escribe en el periodo, es de ésa década la muy citada pieza “Voy a hablar de la esperanza”, de la cual el poeta cubano Cintio Vitier afirmó por el 1959, en un artículo sobre la religiosidad del peruano, que revelaba el centro inmóvil de su obra. Vitier no lo considera un poema, sino “una especia de acta o sermón escrito con una diafanidad y dulzura casi escolar que tan extraña suena en él”. Si bien no entendemos por qué llama “casi escolar” a la diafanidad y dulzura contenidas en el texto lírico, de cualquier modo ilustran el sentido religioso que quiso otorgarle a éste.

 

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La viuda del poeta, Georgette Phillipart de Vallejo

 

A su vez Juan Larrea, quien se quejaba a menudo de que sus textos eran objeto de saqueo, es decir, que no lo citaban o citaban mal, conociendo el texto de Vitier y no citándolo (Larrea mismo lo publicó en 1961 en su revista Aula Vallejo), da al poema una importancia sustancial dentro de la obra vallejiana. Y desplegando, como solía hacerlo, razones originales, Larrea lo muestra como el mejor modelo de la identificación del poeta con el “siervo paciente” y con el Cristo. En su artículo, que se titula como el poema, expone muy bien que la pieza “sólo tiene que ver con dolor, con el sufrimiento”, pero no con la esperanza. Efectivamente en el poema Vallejo habla de dolor y de sufrimiento, pero en un sentido puro. En el poema dice que no sufre el dolor como César Vallejo, ni como artista, ni como hombre, ni como miembro de cualquier religión. Su dolor carece de motivo, y si hubiera acaecido cualquier cosa, su dolor sería igual. Y concluye: “Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente”. Juan Larrea cita después el “Prometeo”, del gran poeta romántico inglés Percy B. Shelley y halla afinidades secretas y hondas con piezas líricas vallejianas. “En el drama poético de Shelley ―dice Larrea―, la rebeldía titánica hace caso omiso del poder de su musculatura simbólica para esgrimir, en cambio, como armas beligerantes, dos fuerzas subjetivas: el amor y el dolor.” Y recuerda que la buena crítica ha sabido ver en la pieza dramática de Shelley la reunión del héroe de la tragedia griega y del “siervo paciente” de Isaías. Y añade:

¿Cómo no reconocer en las frases de “Voy a hablar de la esperanza”, identificadas con el absoluto dolor, e independientemente de todos los raseros que se prolongan, la efigie del llamado “siervo paciente” de Isaías, del que se dice que tomó nuestros dolores, y que en el desarrollo de nuestra sustancia cultural será considerado como el boceto precursor de Jesús, hijo de Dios, que carga con la cruz para tomar sobre sí, en la cúspide craneana del Gólgota, la plena dolencia de la Humanidad a fin de proyectarse a una resurrección o regeneración futura?

 

Si se habla en general de la poesía y la figura de Vallejo, compartiríamos acuerdos con Larrea, pero dudamos de que todo lo que arguyó se halle en este poema en prosa y que el sentido del puro dolor sea exactamente el del “siervo paciente” o el del Cristo. El dolor del Cristo, buscando la purificación de los pecados del mundo y de la redención del hombre, tiene un motivo y un por qué; el de Vallejo sólo existe en el poema como esencia pura.

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Poemas humanos (1931-1938)

Según la viuda de Vallejo, Poemas humanos se redacta de octubre de 1931 al 21 de noviembre de 1937. Tenemos nuestras reticencias y dudas: reticencias, por las mentiras que nunca dejó de contar Georgette, y dudas, porque, por ejemplo, hay al menos un poema de 1938 (si no más): “El alma que sufrió de ser cuerpo”. Leamos:

Amigo mío, estás completamente

hasta el pelo, en el año treinta y ocho,

nicolás o santiago, tal o cual

 

Los años treinta son de privaciones y hambres. Nos parece que dos poemas continúan de manera significativa esa línea cristianamente dolorosa que se halla desde el primer verso de su obra. Los poemas son “Los nueve monstruos” y “Me viene hay días, una gana ubérrima, política…” En los originales el primer poema no está fechado; el segundo data del 6 de noviembre de 1937.

A partir de Poemas humanos, Vallejo logra extraordinariamente, como por otras vías lo hicieron Walt Whitman y Pablo Neruda, que un alma, la suya, se vuelva un nosotros, o si se quiere, se halle en nosotros. Desde 1928, con el aprendizaje marxista y los viajes a la urss, su rumbo ideológico había variado. Es por eso, que a diferencia de su gran maestro Walt Whitman, no se celebra y se canta a sí mismo para celebrar y cantar a todos y a todas las cosas del planeta, al tiempo que ha pasado, al que se vive y al que vendrá, sino el nosotros de Vallejo se reconoce y se mira en el obrero, en el héroe anónimo, en el hambriento, en el desocupado por la violencia del capitalismo brutal, en el pobre, en el marginado de la tierra.

 

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El poeta César Vallejo, universal

 

Al principio de “Los nueve monstruos” dice que el dolor crece a “treinta minutos por segundo” y su naturaleza “es el dolor dos veces”. Nunca existió tanto dolor y aun los animales lo conocen y sufren. La desdicha crece “más pronto que la máquina a diez máquinas” y nos agarra el dolor:

por detrás, de perfil,

y nos aloca en los cinemas,

nos clava en los gramófonos,

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente

a nuestros boletos, a nuestras cartas…

 

Por el dolor hay quien nace, hay quien muere, hay quien nace y no muere, o quien sin haber nacido muere, y aun por el dolor, el pan, el nabo, la cebolla, el cereal, la harina, la sal, el agua, la nieve o el sol, se transmutan en imágenes de llanto. Los hombres, los animales y los vegetales se reconocen en un grito, pero, pese a todo, y desgraciadamente, dice Vallejo al final, en algo que nos recuerda “apenas, pero apenas” la esperanza:

hay hermanos, muchísimo que hacer

 

El otro poema, “Me viene hay días, una gana ubérrima, política…”, es un saludo despedida de reconciliación. Él tiene “una gana ubérrima” de desprenderse de amor hacia los hombres y de ser útil a quien lo necesite. Y quiere, por eso, amar “de grado o fuerza”:

… al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,

a la que llora por el que lloraba,

al rey del vino, al esclavo del agua,

al que ocultóse en su ira,

al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.

 

Y renglones después:

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo

y me urge estar sentado

a la diestra del zurdo, y responder al mudo,

tratando de serle útil en

lo que puedo, y también quiero muchísimo

lavarle al cojo el pie,

y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

 

No es Vallejo en este libro un comunista cristiano sino un cristiano que encontró en el comunista la verdad social, la piedad sin fondo a los desheredados de la tierra, el camino interior y la tarea de luz que necesitaba para darle sentido a una vida en la que ya no hallaba sentido.

 

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Juan Larrea, amigo de Vallejo y cofundador junto a él de la revista «Favorables París Poemas»

 

La viuda de Vallejo afirma que el poeta le dictó el 29 de marzo de 1938, es decir, dos semanas antes de su muerte, las palabras famosas: “Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios, más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios”. Nadie puede corroborar la verdad del dicho, máxime si Georgette, en el dramático transe de los últimos días de Vallejo recurrió con desesperación, a decir de Gonzalo More, amigo íntimo del poeta (quien obviamente exagera), “a una serie interminable de magnetizadores, astrólogos, magos y brujas”, para salvar al marido. Sin embargo creemos, pese a las razonables dudas de más de un vallejista sobre la verdad de las palabras dictadas, que el espíritu y la vida de Vallejo se encuentran en esencia en ellas.

Para cerrar estas páginas, permítaseme escribir una extraña metáfora que el poeta español Juan Larrea ya había en algo vislumbrado. La misteriosa enfermedad de Vallejo, que terminaría llevándolo a la tumba, se inició el 13 de marzo de 1938. De esta fecha al 15 de abril median 33 días que emblemáticamente se reconocen con los años de Cristo. Aquel 15 de abril era Viernes Santo. Pero la Gran Ausente, cerca de su lecho fúnebre, cerca de su cruz, fue su madre, a quien él más de una vez identificó como la Dolorosa.

 

 

 

 

*(México, D.F., 1949). Poeta, narrador, ensayista y traductor. Ha publicado los libros de poesía: Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1979), Los adioses del forastero (1996) y Viernes en Jerusalén (2005. La editorial El Tucán de Virginia volvió a reunir en 2007 su poesía en un solo tomo: El forastero en la tierra (1970-2004). Es autor de un libro de aforismos (Árboles). Ha traducido libros de poesía de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide, Antonin Artaud, Roger Munier, Emile Nelligan, Gaston Miron, Gatien Lapointe, Umberto Saba, Vincenzo Cardarelli, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Georg Trakl, Reiner Kunze, Carlos Drummond de Andrade, y en colaboración con Stefaan van den Bremt, Miriam van Hee, Roland Jooris, Luuk Gruwez, André Doms y Marc Dugardin. Libros de poesía suyos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano y neerlandés. Ha obtenido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005). Y, en España, el Premio Casa de América (2005) por su libroViernes en Jerusalén. En 2004, se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile. En París es miembro de la Asociación Mallarmé. En el 2009 obtuvo el premio de poesía Ciudad de Melilla, España.

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