Por Bruno Pólack

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El centenario de Chabuca Granda (1920-2020)

 

 

[El Surco]

Un día indeterminado, entre mi niñez y mi pubertad, tuve el real convencimiento de estar enamorado de Chabuca Granda*. Era domingo, eso sí, y en mi casa, como en muchas casas del Perú, se escuchaba (y se sigue escuchando) música criolla, más o menos al mediodía, como antesala al almuerzo. “La flor de la canela”, lo sabía ya, era prácticamente el segundo himno nacional, eso era un consenso, pero aquella mañana sonó una canción distinta que me hizo empezar a entender la magnitud de su obra y la que se convertiría, a la postre, en mi canción favorita. Teresa Fuller, su hija, que hasta el día de hoy conduce un programa radial en homenaje a su madre, dio una explicación previa a la que no presté demasiada atención (por atender a mi propia madre que me enviaba a comprar alguna cosa a la tienda), pero si atendí, cuando de súbito, la radio reprodujo los primeros versos cantados por la propia Chabuca que, en mi percepción de estrenado adepto, lo iluminaron todo.

“Dentro un surco abierto vi germinar/ un lucero de infinita soledad/ y con una canasta le vi regar/ con agua de un arroyo de oscuridad”.

 

Reunión entre el narrador Julio Ramón Ribeyro (izq.), Chabuca Granda (centro) y el poeta César Calvo (der.)
Crédito de la foto www.cesarcalvosoriano.blogspot.com

 

[La hora de clarinar]

A falta de Google y demás buscadores, mis primeras visitas a la Biblioteca Nacional (cuando todavía quedaba en la avenida Abancay) no solo me dieron atisbos de la respuesta que buscaba, sino que me ayudaron a descubrir, entre tantos periódicos y revistas, a una Chabuca que empezaba su carrera en la música criolla (qué es la Chabuca que más conocemos) hasta adherirse por mérito propio en la canción latinoamericana (Chabuca por descubrir); una cantante más versátil, más comprometida, más contradictoria. En suma, una artista en actividad. Ahora, en relación a aquella canción que me había impactado y por la que me zambullía en periódicos antiguos, es historia ya conocida: Granda había coqueteado con el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975), al que no solo le realizó una visita fraterna y brindó su apoyo en algunas medidas con real entusiasmo, sino que le dedicó una hermosa canción como “Paso de vencedores”, de una letra directa, combativa, con versos verdaderamente potentes; incluso en alguno de ellos se hace alusión velada al poeta Javier Heraud: “Soldado toma la luz del guerrillero/ todo se llena de sol/ nuestro es el fuego.”

Pero no pasó mucho tiempo para que Chabuca se desdiga; y lo hizo como mejor sabía hacerlo, con una nueva canción en la que se auto recriminaba de su filiación velasquista. Un día fue invitada a interpretar “Paso de vencedores” a Palacio de Gobierno y no solo se abstuvo de ir, sino que, en tiempo récord, compuso este tema en el cual se interpelaba a sí misma. Una especie de palimpsesto. Canción sobre canción. Aunque esta vez con un ímpetu muy distinto, absolutamente críptico, poético, sutil; donde no solo “corrige” su posición política, sino que nos demuestra una destreza alucinante para utilizar el tono adecuado en cada uno de ambos temas. Simbólicamente, de los arreglos semejantes a los que se usaban en la nueva trova cubana, regresó a la guitarra y al cajón peruano. Solo una palabra toma prestada Chabuca del universo de “Paso de vencedores”, como una especie de guiño, para incluirla en su nueva composición, además de conjugarla de un modo inusitado; en la primera canción dice “Clarines de la dignidad/ sol del obrero”, para luego responderse en la siguiente canción y cerrar el tema con un poético “no me llegó la hora de clarinar”, y lo repite tres veces “de clarinar/ de clarinar/ de clarinar”.

Al menos, el buen humor de los militares que le cursaron la invitación a Chabuca, no fue tan típicamente castrense porque, cuenta ella misma, que cuando les hizo escuchar el nuevo tema de respuesta (que ya no de protesta) no solo les gustó mucho, sino que algunos de los uniformados incluso sugerían algunas posibilidades de título, ya que todavía no tenía uno fijo. Pero ya estaba definida que el canto de Chabuca se mudaba, nuevamente, del breve apoyo de las esferas del poder a los fueros de la poesía, tanto es así que su mejor amigo, César Calvo, tuvo la última palabra, se llamaría “El surco”.

 

Los poetas César Calvo y Javier Heraud caminando en el centro de Lima.

 

[César Calvo]

Sin duda la búsqueda como artista de Chabuca Granda tuvo un crecimiento notable desde el fin de su matrimonio con el Sr. Fuller y, sin duda, el cómplice más cercano y determinante para que este crecimiento suceda, fue César Calvo. Famosa es ya la anécdota, contada por el propio poeta, que fue en una reunión a la que acudieron muchos artistas de la época en la que se le acercó y, de sorpresa, le dijo algo así como, “señora, ando diciendo que la canción Puente de los suspiros, donde dice es mi puente un poeta que me espera, la compuso para mí, por favor no me desmienta”. Más allá de la sorpresa de Chabuca por el atrevimiento de ese joven, con ese acto se selló una amistad que solo pudo terminar con la muerte de la compositora 22 años después. Ella tenía en ese primer encuentro, según recuerda el poeta, 41 años, él solo 21; pero fue ese joven el que influyó de una manera determinante para que la carrera (la búsqueda artística) de una cantante criolla, con resabio colonial de una Lima arcádica, devenga, más bien, en una cantante latinoamericana, con intereses sociales, culturales y políticos mucho más aterrizados en su actualidad. Las canciones mismas van marcando ese derrotero; por ejemplo, de las iniciales “Lima de veras”, “Fina estampa”, “José Antonio” o “La flor de la canela” vemos a Chabuca componer temas como “Cardo o ceniza”, “Un barco ciego”, “Canterurías” o “El surco”. Ambos periodos, cada uno a su manera, son sumamente poéticos y revolucionarios. Una vez el mismo Calvo dijo que él fue testigo de la evolución de Chabuca, pero más en el sentido literario que musical, porque “ella musicalmente era un genio de nacimiento”.

 

 

[María Landó]

Chabuca raramente cantaba canciones de otros compositores, y la única persona a la que le confiaba sus letras, aun inéditas, para que le dé su opinión o algunas sugerencias era al mismo César Calvo. El poeta llegó a decir que algunos años antes de su muerte las letras de Chabuca eran prácticamente perfectas. No tenía ni una coma que sugerirle. Por otro lado, la generosidad y el agradecimiento de la compositora para con el poeta eran grandes, una vez Calvo le sugirió algunos cambios de palabras a su nueva canción, “Un barco ciego” que estaba por entrar a un concurso musical en Brasil, y ella no tuve mejor idea que consignarlo como coautor. Otra tarde, Calvo llegó a la casa de su amiga con la letra de una canción, Chabuca la leyó e inmediatamente se ofreció a ponerle música. Calvo había escrito esos versos al ver que a un grupo de mujeres que salían muy temprano de sus casas a trabajar. Así nació “María Landó”, una canción bellísima, de una letra altamente poética y social, que es conocida sobre todo en la interpretación de Susana Baca, y en otras excelentes versiones como las de Pedro Aznar, o Mercedes Sosa o Eva Ayllón. Chabuca no la llegó a interpretar.

 

 

[Las flores buenas de Javier]

No fue para Chabuca ningún impedimento no haber conocido personalmente a Javier Heraud para estremecerse con su trágica muerte. Hasta ese momento todo lo que conocía del joven poeta lo sabía por intermedio de César Calvo. Pero el 15 de mayo de 1963 iba a acontecer, quizá, una explosión de sentimientos en la cantante. Aquella madrugada, en el río Madre de Dios, moría acribillado Javier con solo 21 años y un amor profundo de cambio por su país. Chabuca hace algo inusitado en su carreta, durante un periodo prolongado de tiempo se dedica solo a escribir canciones a la figura revolucionaria de Javier Heraud, diez temas donde sin duda resaltan “Las flores buenas de Javier” y “el fusil del poeta es una rosa”. Chabuca con este ciclo de canciones al poeta no solo le escribía al joven mártir, sino que se acercaba vertiginosamente a un modo de pensar, de sentir, revolucionario. Demostrando que la carrera artística de Chabuca, el pensamiento de Chabuca, había cambiado de ciclo, de un repertorio donde predominaba el criollismo y la ciudad utópica, a un repertorio comprometido, social, latinoamericano. Es a esta segunda Chabuca la que debemos todavía investigar y entender en toda su dimensión.

 

 

[Violeta o muerte]  

Otra muerte trágica que le dejó un hondo pesar a Chabuca fue la de Violeta Parra. La cantante chilena se había suicidado por un amor mal correspondido a la edad de 49 años. Mantenía una relación pasional y tomentosa con el quenista francés Gilbert Favre, amigo de su hijo, el cual la deja para seguir su viaje rumbo a Bolivia, hasta donde la propia Violeta lo fue a buscar para encontrarlo comprometido con otra mujer. Chabuca Granda le compone la que es, quizá, su canción más sensual y erótica, “Cardo o ceniza”, donde nos canta más bien, un amor lleno de deseo y miedo, y no tanto de concupiscencia y desesperación. En el nombre tal vez está la clave: El cardo es de color violeta y plagado de espinas, la ceniza es la muerte. Favre contó luego que Violeta le llegó a decir una vez, cuando despertó hospitalizada por culpa de una sobredosis de calmantes, “si no haces lo que te digo, me voy a suicidar de verdad”. Cardo o ceniza. Violeta o muerte.

Sin embargo, en su última carta antes de tomar su fatal decisión, dirigida a su hermano Nicanor (el cual solo ha hecho público algunos fragmentos), escribió “Yo no me suicido por amor. Lo hago por el orgullo que rebalsa a los mediocres». A las 5 y 45 de la tarde del 5 de febrero de 1966, Violeta se disparó en la sien derecha. Era domingo.

 

La cantautora Chabuca Granda

 

[8 de marzo de 1983]

César Calvo contó en una entrevista, muchos años después, que se enteró de la muerte de Chabuca por una llamada telefónica de Alán García. Aquella madrugada, en un hospital de Fort Lauderdale, luego de una complicada operación a corazón abierto, Chabuca había fallecido. Calvo no hizo caso al llamado del futuro presidente y decide no ir al entierro de su mejor amiga. Se encierra en su casa de Chaclacayo, junto a su madre, y evita cualquier noticia que le haga saber de ese trágico suceso. No lo acepta, hasta muchos años después, cuando todavía seguía pensando que Chabuca había partido a un largo viaje y que, de seguro, pronto se volverían a encontrar.

Hoy (3 de setiembre de 2020) Chabuca cumpliría 100 años y César Calvo sería un joven poeta de tan solo 80; y aquí encajarían precisas las palabras que la propia Chabuca dijo sobre Victoria Angulo cuando le dedicó a esta “La flor de la canela”: Lima (el Perú, la poesía, la música) tendrían que alfombrarse para que la pasearan de nuevo, si es que así ellos lo quisieran.

 

 

 

 

 

*(Apurímac-Perú, 1920 – Florida-EE.UU., 1983). Letrista, cantautora y folclorista, poeta, guionista cinematográfica y dramaturga. Siguió estudios superiores en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Recibió como título póstumo la Orden del Sol del Perú (2019) y su obra fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación (2017). Trabajó como dependiente de la Botica Francesa de Lima. Compuso valses criollos y música afroperuana. Tuvo mucho vínculo con los poetas César Calvo, Antonio Cisneros, Arturo Corcuera, Rodolfo Hinostroza, Manuel Scorza o Juan Gonzalo Rose. Estuvo muy vinculada a la célebre asociación cultural Perú Negro. Como cantautora publicó los discos: Dialogando… (junto a Óscar Avilés, 1963), Grande de América (1973), La Flor de la Canela (1973), Voz y Vena de Chabuca Granda (1976), Chabuca Granda (1977), Chabuca Granda… y Don Luis González (1977), Tarimba Negra… (1978) y Cada Canción con su Razón (1982).

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