Por: Ernesto Lumbreras

 

En una acepción amplia como la aplicada por Gabriel Zaid para su Ómnibus de la poesía mexicana, se podría tomar como revista especializada de poesía al famoso Cancionero Picot que circuló por varias décadas del siglo pasado cumpliendo un papel antológico respecto de la educación sentimental de numerosas generaciones. Ahora bien, en un ámbito más cerrado, la poesía como género literario –empresa que aspira a ser algo más que comunicación y emotividad− ha circulado con diversas cartas de navegación, a veces como capitán indiscutible de la embarcación y, en otras, como remero de galeras o polizón, oculta casi siempre a la mirada “superficial” del público lector.

En los periódicos y revistas de la República Restaurada, con la tutela de Ignacio Ramírez y de Ignacio Manuel Altamirano, la poesía de nuestro tardío movimiento romántico alcanzó un momento estelar y le fue concedida páginas y atención crítica como es posible corroborarlo en el índice de una de las revista señeras de la época, Renacimiento (1869), costeada por el bolsillo de Altamirano. En ese mismo tenor protagónico, la poesía brilló en la mayoría de las revistas fundadas por los modernistas, ya fuera la Revista Azul fundada por Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo o la Revista Moderna (1898-1903) a cargo de Jesús E. Valenzuela, y en su relevo, la Revista Moderna de México (1903-1911) a la que se suma en la dirección el rockstar del momento Amado Nervo.

En cierto modo, cada generación poética se daría a conocer en el siglo XX mexicano a través de una o varias publicaciones periódicas, a veces, de manera tácita y explícita, en otras, veladamente ecuménicas, solían reunir a tirios y troyanos entre sus colaboradores. Así pasaría con Savia moderna (1906) que convocaría a varios miembros del Ateneo de la Juventud, con Horizonte (1926-1927) de los estridentistas o con Ulises (1927-1928) y Contemporáneos (1928-1931) que aglutinaría a los miembros de Grupo sin Grupo de los Contemporáneos. En las publicaciones posteriores, y quizás hasta la revista Vuelta (1976-1998), la poesía siguió apareciendo como un género significativo que compartía espacio –de igual a igual− con otras áreas de las humanidades, la filosofía, el arte, la narrativa, la historia o la política. La poesía tuvo, entonces, un lugar, el cual no era de relleno o de mero ornamento. Pesaba, por supuesto, que intelectuales como Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Octavio Paz, no sólo ejercieran el oficio del poeta sino que estuvieran convencidos de que la poesía es memoria crítica del lenguaje y, en consecuencia, del pensamiento.

En esas coordenadas, la revista El corno emplumado / The plumed horn (1962-1969) publicada por Sergio Mondragón y Margaret Randall se convertiría en una zona de encuentro de la poesía escrita en español y en inglés. Para las múltiples revoluciones y revueltas culturales, esta publicación especializada en poesía se convertiría, número a número, en la glosa sensorial de aquella época insumisa. Por esos años, Thelma Nava y Luis Mario Schneider, publicaron también Pájaro cascabel que se destacaría por dar a conocer a toda una generación de poetas mexicanos con una estética diferente a la llamada Generación del Medio Siglo. A finales de los ochenta, el poeta argentino Hugo Gola comenzó a publicar en las Universidad Autónoma de Puebla unos cuadernos que reunían traducciones de ensayos sobre poesía bajo el título El poeta y su trabajo; aquellos volúmenes fueron el antecedente de la revista Poesía y poética (1990-1999) que pusieron al alcance poemas y piezas de reflexión de tradiciones líricas de diversas tradiciones. Después que la Universidad Iberoamericana, financiera principal de la revista, retirara el apoyo a su director y fundador, Gola y sus colaboradores cercanos lanzan un nuevo proyecto de revista también especializada en poesía: El poeta y su trabajo (2000-2008).

Las distintas etapas del Periódico de poesía, publicación animada por la UNAM, ha tenido en su ya larga existencia, comenzada en los ochenta, perfiles diversos dependiendo de su director en turno, Marco Antonio Campos, Vicente Quirarte, David Huerta o Pedro Serrano. Aunque la publicación se propuso repetir el modelo del Diario de poesía de Argentina, la edición mexicana nunca estuvo en puestos de revista ni rebasó, en su mejor momento, los dos mil ejemplares. Por supuesto, al igual que los Anuarios de poesía que ha publicado el INBA de manera intermitente desde la década de los cincuenta, el Periódico de poesía se presenta como una fuente confiable respecto de las voces y tendencias imperantes en determinados periodos de la lírica mexicana.

En los noventa aparece la revista Alforja y permanecerá en el medio por 11 años; bajo los buenos auspicios de José Vicente Anaya y José Ángel Leyva, la revista publicaría 45 números reuniendo poetas de todas las latitudes del planeta; cerrado este ciclo, Leyva puso en circulación una nueva aventura lírica de nombre La Otra que sigue presente en su versión impresa y virtual, con el mismo ímpetu y espíritu divulgador. En esta misma década, animada por Raquel Huerta-Nava surge El cocodrilo poeta que dará varios coletazos dando a conocer, especialmente, a los novísimos de aquel periodo. Aunque de corta vida, la revista Voz Otra (2006) bajo la dirección de Javier de la Mora intentó colocar a la poesía en un aparador central, como el que seguramente tuvo en tiempos del modernismo hispanoamericano, y puso a circular sus contados y bien cuidados números en las ciudades más importantes de España y Latinoamérica. Con alcances más modestos pero con alto rigor editorial y de contenidos, vale la pena mencionar dos revistas de poesía, la capitalina Oráculo (2000-2009) dirigida, entre otros, por Rodrigo Flores y Ramón Peralta y la tapatía, Metrópolis (2008-2011) a cargo de Carlos Vicente Castro; la primera tuvo una vida de nueve años y dio a conocer, fundamentalmente, a poetas mexicanos nacidos en los setenta y ochenta, además, por supuesto, de divulgar la obra de sus admirados hermanos mayores, padres y abuelos líricos. La segunda se esmeró con fortuna a la hora de alternar los discursos poéticos y gráficos, logrando 40 números con ese doble atractivo; en su índice se reunieron autores jaliscienses al lado de otras voces nacionales y extranjeras, además de incorporar a 20 diseñadores con propuestas irrepetibles en cada edición.

En el generoso, plurifuncional y acrítico ciberespacio la poesía se mueve a sus anchas. Claro, hay de páginas a páginas de poesía. Antes los costos de la edición impresa, algunas publicaciones de poesía están apostando por el papel electrónico y han colocado ahí sus huestes y sus experimentaciones en otros soportes. Sin embargo, el gusto por revistas de poesía como las españolas, La rosa cúbica o Barcarola, ambas fuera de circulación, o la brasileña Sibila dirigida por Regis Bonvicino, ahora hospedada en la red, pone nostálgico a los lectores de poesía que eran partidarios de leer a sus próceres líricos en objetos de papel y de tinta dignos de ser considerados piezas de arte o enseres suntuarios. Parece ser que, esas golondrinas, no volverán.

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