EL CANTO MÁS BLANCO: UNA CONVERSACIÓN CON RAÚL ZURITA

Por: Mario Pera

 

 La tradición poética de Chile, es una de las más importantes en Hispanoamérica. Nombres como Pablo de Rokha, Vicente Huidobro o Gonzalo Rojas, denotan la trascendencia de la lírica en el país del sur, así como la influencia de los poetas y de la poesía chilena en otras tradiciones literarias dentro y fuera del continente. En ese escenario surgió la figura del poeta Raúl Zurita, en medio de la convulsión de un país que, por casi 20 años, estuvo gobernado por una de las más férreas dictaduras militares.

            Es innegable que su poesía y su modo de acercarse al hecho poético cuenta con no pocos detractores, quienes argumentan que llama más la atención por sus acciones (quemarse la mejilla, lanzarse amoníaco en los ojos o una supuesta masturbación en público) que por su obra. Sin embargo, estas han sido situaciones que han delineado la vida no sólo del poeta Zurita, sino de él mismo como ser humano independiente al arte.

En ese sentido, resulta incuestionable su profundo compromiso con la poesía, con la palabra, pues estando su vida signada por circunstancias que han dejado en él una huella profunda, esta se ha impreso en su poesía como una necesidad por exteriorizar, en esencia, la desazón de los seres humanos en un mundo no siempre feliz. El mundo real. Y en ello consiste, según Zurita, la principal tarea del Hombre, la búsqueda de la felicidad. La tarea del autor, en ese sentido, consiste en restituir su existencia, sanar las heridas físicas y mentales que han dejado en sí el martirio producto de su ánimo trasgresor, angustiado, innovador.

            El canto de Zurita es al sufrimiento, al desamparo y a la violencia pero no para ensalzarlos, sino para utilizar a la poesía como catalizador de todo ello y como mecanismo de liberación, una suerte de autocuración por medio de la palabra.

No lo conocía personalmente antes de esta entrevista. No obstante, lejos de la excentricidad o extravagancia que tantos plantean sobre su personalidad, encontré en él una persona cálida, amable y abierta a dejarse conocer. Encontré un Zurita intensamente preocupado por la condición humana, por lograr que su mensaje llegue (sea a través de su poesía o por propia boca) a los más jóvenes para comunicar sus experiencias, sus desaciertos, y que estos aprendan de la experiencia ajena.

En esta entrevista, Raúl Zurita vuelve a mostrar el tuétano, la sangre. Nos acerca a algunos pasajes y circunstancias desfavorables en su vida a la par de ofrecernos su opinión sobre la situación del arte poético en la actualidad, de la poesía chilena, así como del vínculo entre esa poesía y la peruana.

El canto de Zurita se vuelve a escuchar.

 

 

 1.      Tu padre murió muy joven y tu abuelo murió a los pocos días. Eras muy niño, y tu madre tuvo que hacerse cargo de la familia. Fueron épocas de una condición económica muy dura. ¿Cómo llega a tu vida la poesía en esas circunstancias cuando, por lo general, la cultura es lo que menos se consume cuando el dinero escasea?

Mi abuela, con la que nos teníamos que quedar, era una persona que llegó a Chile porque se había arruinado. Tenía unas casas en Iquique que había comprado, en la época del salitre, un bisabuelo o un tatarabuelo que creo que era naviero o algo así. Mi abuela era una persona que se estableció en Chile porque eso es lo que tenía, pero cuando llegó, esas casas no valían ni un pepino, nada.

Ella había estudiado Pintura en la academia de Génova y llegó a un país al que nunca se pudo acostumbrar, con una feroz nostalgia de lo que había dejado. Nos hablaba todo el día, a mí y a mi hermana, que éramos unos niños (y no es que nos quisiera instruir) de Italia, de su mar, pero, sobre todo, nos hablaba de sus artistas y nos hablaba de un personaje que empezó a formar parte de nuestras vidas, Dante Alighieri. Nos contaba escenas del infierno que nos aterraban. Mi abuela, a través de nosotros, saciaba en parte algo de su nostalgia.

Entonces éramos muy, muy pobres; pero la mía no fue una pobreza proletaria, lo que tal vez la hace más dificultosa todavía, sino fue una pobreza absoluta. Mi madre trabajaba como secretaria. A veces la echaban porque participaba de las huelgas y ella era profundamente socialista y mi abuela no. Fue una infancia muy pobre y yo fui toda mi vida a un liceo público, José Victorino Lastarria. En el colegio me importaba mucho escribir. Sin embargo, entré a estudiar Ingeniería porque era bueno para las matemáticas y, además, porque se suponía que el hijo único hombre de una madre viuda debía estudiar algo que sirviera.

Cuando estaba en la Universidad Técnica Federico Santa Maria de Valparaíso, curiosa y paradojalmente, me encontré con un grupo de amigos, de estudiantes compañeros que fueron cruciales porque nunca he leído tanto en vida como con ellos. Estudiantes de Ingeniería que, tal vez por lo árido de los estudios, cuando se volcaron hacia lo contrario fueron de una intensidad extrema.

Mientras estaba en esa universidad, la poesía me importaba mucho. Después, cuando ya estaba terminando, éramos todos comunistas y vino el golpe de estado de setiembre del 73, y mi vida estaba pasando por un estado bastante lamentable: se me había adelantado la vida. Me había casado, tenía hijos y estaba separado. Tenía 23 años. La madrugada del 11 de setiembre del año 1973, después de cuatro o cinco noches sin dormir, deambulando de un lado para otro, aparecí por la universidad a las seis de la mañana a ver si lograba tomar desayuno, porque a esa hora empezaban a llegar los cocineros y abrían los comedores, y ahí fue que me tomaron, exactamente a las seis de la mañana de ese mismo día.

Estuve preso en un barco, en un carguero, y de algo que no me despegaba nunca era de mis poemas. Andaba con una carpeta de poemas que sostuve contra viento y marea hasta casi el final, porque me la quitaban y me decían «¿qué es eso?», y yo les decía «son poemas», y creían que eran mensajes en clave. Me daban unas feroces pateaduras, pero me la devolvían hasta que al último, cuando me estaban subiendo al barco, uno nuevamente me dijo «¿qué es esto?», mientras yo la afirmaba con los dientes porque estaba completamente acalambrado, y le volví a decir «son poemas». Los miró y me dijo «sí, son poemas lo veo», y los tiró al mar. Eso fue muy fuerte porque los poemas eran lo único que tenía y que me decían que lo que estaba pasando no era una pesadilla, que había habido un mundo antes. Eran mi anclaje.

Pasé una experiencia bastante atroz en la bodega de un barco; sin embargo, todas las experiencias fueron atroces y sobreviví a ellas en condiciones bastante precarias. Y llegó el año 74, 75 en que empiezo a imaginarme en medio de la pobreza (sobre todo en medio de la pobreza) poemas escritos en el cielo y cosas así que no fueron actos de creación sino fueron, en realidad, actos de supervivencia, porque, si no, enloquecía.

Tenía la idea de volver a la poesía, que los poemas que tenía que escribir debían ser tan fuertes y potentes como el dolor que se nos estaba causando; no podían ser menos potentes que eso, menos fuertes. Y así volví, en condición bastante desesperada, por así decirlo, a escribir.

 

 2.      Para algunos poetas escribir es una forma de redención, de liberación de los demonios propios o de la constante evocación de las malas circunstancias que vivieron, por azar o por acción propia. Alguna vez dijiste que tu poesía surge del derrumbe de todo, de la fragilidad y el miedo. ¿La infelicidad, la desdicha van siempre de la mano con la poesía? ¿Cuánto de la poesía de Raúl Zurita nació como respuesta a, o como consecuencia de, las desventuras personales?

Tuve una decisión artística, por así decirlo. El centro de mi vida va a estar ligado al 11 de setiembre de 1973. Todo lo que haga girará en torno a ese día. Creo que la historia de la poesía, la historia del arte en general, es la historia de la desdicha. Si hubiéramos sido felices, no hubiera sido necesario escribir poemas, componer sinfonías, pintar los frescos de Miguel Ángel, esculpir la Piedad, porque cada segundo, cada instante, sería la más maravillosa de las sinfonías, el más fantástico de los poemas.

Tenemos escrito nuestro arte porque no hemos sido felices. La historia del arte, de la poesía en particular, es también la historia de la desdicha. Pero no es preciso para nada que tengas que sufrir para escribir; al contrario, quien se propone sufrir porque cree que ese es un método de acceder a una súper realidad escritural, lo más probable, es seguro, se lo digo un ciento por ciento, que solamente va a sufrir y no va a escribir una puta letra. El deber de los seres humanos es la felicidad, como sea. Es su deber. Un ser feliz hace que otro también sea feliz. Nuestro deber básico es ser felices. Que nadie busque a propósito el sufrimiento porque le va a llegar, le va a llegar igual. Pero cuando le llegue, lo único que querrá es salir como sea de él.

Sin dolor no hay arte, porque la herida es precisamente el vacío, el hueco que permite que salga la poesía. Si no hay dolor, está todo cerrado, no hay poema. Los griegos han tenido para ello muchas respuestas. La única respuesta que no ha sido superada ha sido la de ellos, que es la famosa musa, que ahora nos parece ridícula y naif.

En realidad, cada vez creo más que la poesía, la obra, es una lucha feroz entre el que escribe y lo que quiere decir, ocupando la lengua y lo que la lengua quiere decir a través de quien escribe. El resultado de esa lucha casi a muerte es el poema. Generalmente, la mala poesía es cuando la voluntad del que escribe triunfa sobre la voluntad de la lengua. Generalmente, los grandes poemas son aquellos donde la voluntad de la lengua triunfa sobre la voluntad del que escribe. Pero esa lucha es absolutamente inescapable, es decir, el idioma quiere decir algo a través tuyo y tú quieres decir algo a través del idioma y esas cosas entran en colisión. El resultado es el poema.

 

 3.      Eres parte de una generación de poetas chilenos que se reunió en torno a la bohemia de los años 70. ¿Qué recuerdos tienes de esa época, del compartir con estos escritores que luego tomaron diversos rumbos en la vida y en su poesía? ¿Cómo influyó en tu poesía, si es que lo hizo, la reunión con otros jóvenes quienes, como tú, veían y creían en el arte como el mejor o el único medio de expresión?

Eso en realidad es un mito. Yo era amigo de Juan Luis Martínez, quien publicó un libro maravilloso que se llamó La nueva novela. Incluso estuve casado con su hermana, pero la verdad es que estudiaba Ingeniería, era un solitario y no pertenecía a ningún grupo. Tenía algunos amigos y no recuerdo nada de una, entre comillas, vida bohemia. Tenía hijos, estaba muy liquidado como para vidas bohemias. Mientras otros seguían farreando, yo tenía que volverme. Mi relación creativa, por así decirlo, fue fundamentalmente con Juan Luis Martínez y al amparo también de, una cosa bastante paradójica, mis lecturas de Nicanor Parra.

            A Nicanor Parra lo conocí en los años 70, e incluso, estando en cosas tan opuestas y tan radicalmente distintas (Nicanor se equivocó rotundamente y apoyó el Golpe mientras que yo estuve preso), creo que entendí su profunda equivocación y él la entendería también. Y fueron años en los que estuvimos muy cerca; fue una referencia importante, como tengo a Vallejo, luego no sé si uno se distancia del todo. La poesía de Parra no significa la rebelión de la palabra obrera frente a la esclavitud a la que nos someten las palabras sagradas. Al liberar las palabras, que nos fugan cotidianamente en la vida de los seres humanos, se renueva la poesía y a nosotros nos da un nuevo entendimiento del hecho de estar vivos, de la vida, de la existencia, y eso creo que es fundamental.

Mi tributo a Parra es absoluto, pero el tributo que creo que está en mi obra —no me gusta hablar de mi obra— me revienta. Está en lo que a uno le toca hacer, que es distinto a la antipoesía pero que parte de ella.

 

 4.      Ya que lo mencionaste, ¿cómo percibes la poesía de Vallejo y cómo crees que esta, de alguna manera si es que es así, se refleja en tu obra?

Vallejo tiene una frase que es absolutamente crucial y está en España, aparta de mí este cáliz, en el último poema que toma el mismo nombre y que dice: “Niños del mundo,/ si cae España ?digo, es un decir?”. Y luego dice: “¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto/ hasta la letra en que nació la pena!”. Lo que está diciendo es que en cada partícula del idioma impuesto, del castellano, la a, la p, la c, la b, está el origen del dolor y que, por lo tanto, nunca podremos ser felices en esta lengua que hablamos, porque la pena, el sufrimiento, está incrustado en las mismas partículas, en las moléculas, en las células del idioma impuesto. Y esa es la gran lectura que él mismo hace de Trilce, en el fondo, porque los poemas de Trilce son, sobre todo, cuerpos puestos en posición de permanente tortura. Sus poemas son, literalmente, cuerpos torturados donde cada palabra chirría con la que está al lado; se clava, se clavan las uñas.

La oposición a eso absoluta, lo opuesto a eso, será «Alturas de Machu Picchu» de Pablo Neruda, donde toda palabra, al contrario, danza y baila con la que está al lado. Pero toda la sintaxis torcida, la crispación de los neologismos, palabras arcaicas, puntos suspensivos, signos de exclamación, ese poema increíble: «Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás, pero estáis muertos», esos son cuerpos encepados; y cuando uno los lee, en cierto sentido, hace que esas palabras se separen un poquito, las alivia, y el perjuicio del lector es que carga con la muerte que esos poemas contienen. Entonces, esos poemas viven porque uno los lee y, al leerlos, eso los alivia de su agonía. El precio que el lector carga es la agonía de sus poemas.

Estamos hechos para el lenguaje. Sin el lenguaje es inconcebible absolutamente todo. Pero cualquier persona que haya tenido una experiencia de real dolor sabe que hay cosas que nunca nacen en el lenguaje. Y cualquier persona que tiene una experiencia de real felicidad, de amor absoluto, amor por un otro, sabe que hay situaciones que exceden a todas las palabras. A nosotros nos tocó el purgatorio en el lenguaje, el purgatorio de las palabras. Todo lo que podemos expresar está allí, pero también hay cosas que están fuera del lenguaje, ese fuera del lenguaje es la muerte; y la muerte, por definición, es aquello que está fuera el lenguaje.

 

 5.      Tanto peruanos como chilenos consideran la poesía de sus países como una de las más importantes en lengua hispana. Conoces parte de la poesía peruana y, cómo no, la de tu país. Siendo Perú y Chile países vecinos y con mucha historia en común, uno esperaría encontrar mayores puntos de convergencia, pero siento que, por el contrario, cada tradición ha seguido un rumbo propio y poco influenciado entre sí. ¿En qué puntos coinciden y en qué se diferencian la poesía chilena y la peruana?

No creas que conozco tanto, eso no es así. Por favor, no me tomes como un experto en poesía peruana. De por sí la poesía peruana me inspira la más profunda admiración y el más profundo respeto, y soy un lector devoto. Fuera de César Vallejo, entiendo que ustedes tienen su era de Martín Adán, Eguren y hay tantos que nombrar, pero a mí, perdona que dé un salto tremendamente brusco, después de Vallejo me gusta Antonio Cisneros. Es un poeta absolutamente mayor. La Crónica del Niño Jesús de Chilca es el poema que le faltó a la Biblia. Si él hubiera vivido en esa época, ese poema sería el único poema latinoamericano que estaría probablemente en la Biblia. También El libro de Dios y de los húngaros; le tengo una profunda admiración, y esto va mucho más allá del hecho de que fui bastante amigo de él.

Pero toda la poesía peruana me impresiona por su profundidad. Es una poesía que emerge del lenguaje. Tiene una relación, yo diría casi dolorosa, con la lengua y parte con Vallejo. La poesía peruana nunca se despega de ese sufrir. Es una poesía muy abismal, de abismos. Es una poesía también —en sus grandes poemas— siempre concreta, incluso en sus manifestaciones más barrocas como Belli, por ejemplo; siempre lo real está allí, está presente. No es esa poesía que la profundidad no está en ninguna parte, que es insoportable. En sus grandes momentos, como digo, es una poesía concreta en la que ves dónde está el dato de lo real. Es una poesía extremadamente profunda y creo que la poesía chilena es tal vez, estoy aventurando, más de proyecto más amplio, tal vez.

La poesía chilena está obsesionada por la magnitud de las puestas en escena de Pablo de Rokha o Pablo Neruda, que son tremendas obras en cuanto a su ambición artística. Tal vez la poesía chilena es una con mayor ambición artística; la poesía peruana es más profunda. Es la diferencia que hay entre Vallejo y Vicente Huidobro. Los dos son extremadamente vanguardistas pero Huidobro sigue un programa y Vallejo no porque no puede hacer otra cosa, porque explota por dentro, porque son sus vísceras. Me quedo con Vallejo.

La poesía peruana es más honda. También Pablo de Rokha es visceral, pero la poesía peruana es más profunda, más evidente y, tal vez, de mayor amplitud. Solamente hago esto por ver nuestros respectivos procesos. La poesía chilena es una poesía que se ha planteado grandes, grandes proyectos, como la antipoesía es un gran proyecto, por ejemplo. Es refundacional. Pero estos son apuntes rápidos que esbozo. Yo creo que todos somos provincias del castellano, pero somos también distintos.

 

 6.      Y, en relación a ello, ¿cuánto le debe la poesía latinoamericana al castellano? Porque la poesía latinoamericana del siglo XX en adelante en gran parte se deshace del saco de la lengua castellana.

A la poesía española le debemos Góngora, Quevedo, le debemos Garcilaso, San Juan de la Cruz y no mucho más, lo que está bien, nada más. En lo personal, admiro a Miguel Hernández y a Lorca, y a algunos poetas que están emergiendo ahora que me parecen extraordinarios. La poesía latinoamericana, afortunadamente, no le debe nada a la española. La poesía española es una poesía hoy, absolutamente, provincial.

 

 7.      En general, el arte y la literatura se encuentran inmersos en una banalización, como si fueran un producto más para el comercio. Gran parte de las librerías actuales se han concebido y actúan netamente como supermercados del libro. ¿Influye ello en la forma en la que las actuales generaciones ven y se relacionan con la poesía?

Creo que el fenómeno del Internet es algo de una magnitud inmensa. Se están terminando 3000 años de poesía, están concluyendo. Los cambios de los cuales somos testigos de una milésima parte son impresionantes, pues se está acabando un ciclo. Se está acabando el ciclo medio, el ciclo que nació con la escritura, todo eso está transformándose radical y absolutamente.

La poesía no muere, pero la poesía que hemos conocido, lo que entendemos por poesía, está agonizando y eso se ve por las toneladas y toneladas y toneladas de poemas autistas que se publican diariamente donde no está el dato del mundo; son poemas que no tienen nada que informar y le han dado la espalda a la realidad, sin tener nada que informar de ella.

Entonces, estamos sepultados sobre toneladas y toneladas de poesía autista, poesía del yo, yo, yo. Realmente es un tremendo arte que fundó lo humano, tal como lo entendemos hoy, el que está muriendo. Muere esa forma, la forma que tomó la poesía con la escritura. La poesía nace con lo humano; la poesía y la muerte nacieron juntas, pertenecen a una misma raíz. Algo se dio cuenta de que iba a morir y nace la muerte, y no puede evitar que con ella nazca el poema.

La poesía nació con lo humano y morirá con lo humano. Pero la poesía es muy anterior a la escritura; le sobrevivirá y tomará otra forma.

 

 8.      Entonces, ¿hasta qué punto la poesía sería un último acto de resistencia o rebeldía?

La poesía no es solamente resistencia y rebeldía, sino es el fundamento de lo humano. Si la poesía desaparece, la humanidad desaparece en los cinco minutos que siguen. Lo que nosotros entendemos por poesía está muriendo (la forma que hemos conocido), pero la poesía no muere, y eso tiene que ver con el Internet. O sea, todas esas campañas de que leamos más, de que hay que leer en realidad, son campañas inútiles. Es una cosa brutal, impresionante. Tratar de detenerla es mucho más ingenuo que tratar de parar el sol con un dedo. La escritura también produjo enormes resistencias. Los que son presocráticos se debe haber agarrado de los pelos de la cabeza, espantados, por la idea de escribir, pues las ideas debían estar dentro de uno. Es una voluntad del mundo lo que ha creado todo esto y no lo veo como bueno ni como malo.

En todo caso, la poesía que nosotros hemos conocido, la poesía que parte con el poema de la ira, con el canto de Aquiles, el hijo de Peleo, el primer verso de la Iliada y el primer verso con que comienza una historia de la cual nosotros también, los latinoamericanos, los hispanoamericanos, también pertenecemos, esa historia se está apagando. Lo único que habría que pedir es que se acabe con cierta grandeza, pero también es el arte que registró la violencia. Tuvo que registrar la violencia. El registro de la poesía es el registro de la violencia, de la que unos seres humanos cometen contra otros seres humanos.

Cuando uno mira la televisión, lee los diarios y ve ahora Siria, antes fue Iraq, Ruanda, y te das cuenta de que no hemos salido del periplo homérico, no hemos salido del poema de la ira, hay que esperar que eso cese pronto. Que la poesía homérica termine también pronto y tener la esperanza de que lo nuevo traiga un universo un poco más armonioso, más justo y mejor.

 

 9.      Y, en ese sentido, si se acaba la violencia…

Si se acaba la violencia, se acaba la poesía tal como la hemos entendido.

 

 10.  Raúl, sé que eres muy cercano a las nuevas generaciones de poetas y a su obra. Alguna vez comentaste que cualquier poeta joven de Chile es más interesante que los mejores novelistas chilenos actuales. ¿Sigue siendo la poesía lo que mejor define a la literatura de tu país?

Creo que sí. A pesar de que también sería mucho esa expresión…, pero recuerdo que la dije, efectivamente, pero sería mucho. Creo que hoy día, y cada vez más, los géneros están perdiendo sus sentidos —la definición estricta de género—. Un libro de Zambra es un poema, y es un notable poema, y también es una novela. Lo último que publiqué es un libro bastante extenso y también puede ser visto como una novela, pero como una novela a la cual se le ha extraído todo lo que le sobra a una novela. No sería tan tajante por eso. Pero la poesía ha sido la forma más vasta de expresión de lo que yo todavía llamo el pueblo de Chile.

 

 11.  ¿Qué puede haber generado que uno de los principales medios de expresión artística en tu país sea la poesía sobre otros géneros literarios y, más allá, sobre otras ramas del arte?

Estamos frente a un cambio en absoluto tan radical que no solamente está tocando la poesía sino a las artes visuales, está tocándolo prácticamente todo. No tengo una respuesta frente a lo que tú me preguntas, pero creo que un pequeño antecedente tal vez es una mentira inicial.

Chile, antes de ser un país, fue un poema, y fue el poema «La araucana» de Alonso de Ercilla. Ercilla parte de una mentira pero infinita, dice: «Chile, fértil provincia y señalada/ en la región Antártica famosa», ¡región Antártica famosa, cuando no estaba ni siquiera en los mapas! Entonces, a ese sentido, los poetas chilenos tenemos que lanzar estos proyectos tan grandes, pues tenemos que disimular la mentira inicial de Ercilla. Creo que el que en Chile hayan surgido poetas tiene que ver, creo, con ese hecho.

  12.  ¿Algo más que quieras agregar finalmente?

Que soy un admirador infinito de Garcilaso y del Inca Garcilaso también. Y que, cada vez más, me alucina el final de la historia del Perú. El cómo termina Los comentarios reales, la segunda parte. Es una de las más grandes obras jamás escritas.

 

Raúl Zurita. Santiago de Chile – Chile, 1950. Ha publicado en poesía: El sermón de la montaña (1971), Áreas verdes (1974), Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), El paraíso está vacío (1984), Canto a su amor desaparecido (1985), El amor de Chile (1987), Selección de poemas (1990), Canto de los ríos que se aman (1993), La vida nueva (1994), El día más blanco (1999), Poemas militantes (2003), Poemas, antología (2004), INRI (2004), Tu vida derrumbándose (2005), Mis amigos creen (2005), Los países muertos (2006), Los poemas muertos (2006), LVN. El país de tablas (2006), Poemas de amor (2007), Cinco fragmentos (2007), Las ciudades de agua (2008), In memoriam (2008), Cuadernos de guerra (2009), Sueños para Kurosawa (2010), Zurita (2011); y en ensayo: Literatura, lenguaje y sociedad (1973-1983) (1983) y Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio (2000), entre otras obras.

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