Reproducimos aquí la crónica que escribió el poeta y editor Javier Sologuren sobre la obra poética y plástica de Jorge Eduardo Eielson. Esta crónica fue originalmente publicada en la revista Kantú, n° 5, en el año 1989. Siendo republicada en el libro nu / do: homenaje a j.e. eielson, publicado por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en el año 2002; pp. 249-250.

 

 

Eielson: memoria y concierto

 

 

Por: Javier Sologuren

Crédito de la foto: © Centro Studi Jorge Eielson/

Martha Canfield

 

 

Las primeras obras visuales de Jorge Eduardo Eielson se desprendieron del sueño surrealista. Sobre sus fúlgidos escombros soplaba un viento de voces inquietantes. Sugestiones que las emparentaban indisolublemente con un pasado que apenas se dejaba entreoír. Tales imágenes datan de fines de los años cuarenta y entre ellas, tal vez como la más emblemática, se destaca «La puerta de la noche», madera tatuada por el fuego y mordida por certeras entalladuras, mediante la cual el artista, desde entonces ya consustanciado con el poeta, rendía homenaje a la Puerta del Sol tiahuanaquense, una de las más notables manifestaciones de ese enigmático y opulento legado artístico del Perú antiguo. Con ello, Eielson —desde sus primeros pasos—daba claras señas delo que siempre alentaría en él con hondura: su búsqueda de la gracia en los plurales rostros de nuestro arte precolombino, y la presencia del «paisaje infinito» de nuestra costa desértica, de un lado, y de otro, su visión vivificante y totalizadora de hombre y mundo, explorando sin cesar —a través de alfabetos y códigos, técnicas y sistemas— esa realidad en la que me moría, imaginación y verdad se conciertan definitivamente en un lenguaje universal, llámese este poesía, magia o arte.

 

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“La puerta de la noche”, 1948 por Jorge Eduardo Eielson.
Tallado en madera. Colección de Fernando de Szyszlo
Crédito de la foto: Sergio Camacho

 

Aunque no siempre temáticamente identificable, a lo largo de una evolución de múltiples y sorprendentes facetas, la raíz precolombina se hallaba actuante e iba alimentando su creación plástica. Buena muestra de esto lo tenemos en sus «quipus» o «nudos» en los cuales la materia, asiento de fuerzas y tensiones, está dada por la tela de algodón (el mismo que se cultiva milenariamente en nuestros valles costeños), materia prima de los más espléndidos tejidos artísticos de que se tenga conocimiento, cuales son, sin duda alguna, los creados por nuestros antepasados indígenas.

La contemplación, encontrándose Eielson ya en Europa, directa, viva, de universos visuales tan deslumbrantes como los que se prodigaban en las telas de Joan Miró y Paul Klee, fue el factor desencadenante para que se afirmara en ese suelo de común humanidad y fuente de impulsos liberadores, simultáneamente propicios a la expresión de vuelo ilimitado y a la profundización en la propia sustancia mágica del Perú remoto.

Pienso que este hecho reviste de importancia trascendental en la vertiente plástica de Eielson quien por su parte posee, como es bien sabido, un lúcido concepto de las motivaciones y el sentido de su arte. En diversas oportunidades se ha referido a la contemporaneidad dela creación estética precolombina radicalmente original y a sus soterradas esencias sagradas y mágicas, y esa intuición lo ha llevado a producirse a su vez en originales simbiosis con aquella.

 

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Muestra de la obra plástica de Jorge Eduardo Eielson en Galería Enlace, Lima. Cortesía del Centro Studi Jorge Eielson y Martha Canfield.
“Paisaje infinito de la Costa del Perú”, 1962. En arena y cemento sobre lienzo 100 x 130 cms.
© Archivo Mario Pera

 

Una simple enumeración de las etapas recorridas por Eielson nos dice de su excepcional facultad de invención y renovación, la que ciertamente hace de él el gran artista que es. A sus iniciales dibujos, pinturas y objetos, realizados en Lima, se sucedieron sus móviles y estábiles y sus construcciones con madera coloreada; luego vendrían tanto sus «nudos» como su rica serie «Paisaje infinito dela costa del Perú» en la que la participación matérica (arena, huesos, cabellos, pájaros disecados, retazos de tela) es de un poderoso efecto evocador y envolvente, cordón umbilical en cálido trasiego; las huellas de pies humanos, en la arena de esas telas, suscitarían la presencia concreta del hombre en sus performances, la misma que estaría sugerida en  sus instalaciones. Ya dentro de su etapa actual, el artista plasma con el acrílico sus fascinantes cabezas de chamán, ceremonias y danzas rituales, así como sus laberintos y escrituras. Una suma de esplendores solares y nocturnos reflejados en el espacio de sus telas donde el color revela las formas obrando con la precisión definidora del dibujo.

Las figuraciones del último Eielson parecen brotar, por decir lo así, de vivencias ancestrales. El pintor se identifica con el chamán y deviene, tal como este, un ser mediador entre dos mundos opuestos y lejanos. Entre lo oculto y lo visible, entre cielo y tierra. Frente a la marea de lo invisible y su canto rodado hasta dar con el hombre que va lanzando sus esperanzadas sondas. Es ese rol chamánico del arte (conciertos y correspondencias, encarnados en una antigua memoria) que intenta restituir, prestándoles una voz contemporánea, la mágica pintura de Jorge Eduardo Eielson.

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