Por: Odysseas Elytis

Traducción y notas: Mario Domínguez Parra

Crédito de la foto: www.pinterest.com/pin/177399672798428333

 

 

Dos textos sobre E. Tériade y Ceófilos

 

 

I. El verano griego según  E. Tériade[1]

La nuez, gota a gota, concentra en su interior la oscura humedad. El ciprés lo arruina todo a su alrededor y permanece espeso, soberano. Lo mismo que el plátano. Protectores espectrales de los campos de la Argólida y de la Arcadia.

La higuera crucifica sus miembros pálidos, se extiende en su pellejo reluciente y suave; al final, en algún momento, se arrebuja en su misma fragancia.

Las rosas se encienden como los gallos.

El olivo, sin pensarlo mucho, se entrega al sol, al viento, a todas los elementos que devastan su cuerpo.

Los oleandros, que desprenden una fragancia de almendra amarga, se mueven, igual que el agua, profundamente en los lechos de los ríos secos.

 

 

Poco a poco, en pleno verano, la luz descubre Grecia. Acaricia las islas, neutraliza los mares, inutiliza los cielos. Ya ni siquiera puedes ver montañas, ni árboles, ni ciudades, ni arena, ni agua. Todo invisible.

Luz bebida —sólo una sombra negra— el ser humano. Una sombra que crece, protegida en desmesura de su mismo sacrificio.

 

 

La resistencia a semejante luz: ése es el significado más profundo de la arquitectura griega.

En la transparencia, el Partenón, más transparente todavía, más blanco, justifica misteriosamente su existencia a la hora en que el mediodía ático llega a su mayor intensidad y en que solo las nereidas merodean por el espacio deslumbrante.

 

 

La Grecia inexistente en los mapas.

Diríase que la gente halló su bienaventurado objetivo en esta igualdad absoluta.

 

 

Y sin embargo, el ocaso sitúa esta misma luz, relampagueante, tormentosa, persistente, que anula Grecia durante los mediodías, de nuevo bajo los fantasmagóricos fuegos artificiales de la tarde y, luego, bajo la encantadora presencia de la Luna.

 

 

Entonces Grecia reencuentra su ser. Vuelve a ser aquello que es realmente. Retoma en los mapas la posición que merece. Me refiero a la posición de los sueños.

 

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Foto del editor y crítico de arte E. Tériade en Saint-Jean-Cap-Ferrat, Francia.
Junio de 1951.
Crédito de la foto: Henry Cartier-Bresson
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Nota del traductor a modo de vaso comunicante

Efstratios Elefseriadis, más conocido como E. Tériade (Variá, Lesbos, 1897-París, 1983), coleccionista, editor y crítico de arte griego, vivió y trabajó en París. Odysseas Elytis (1911-1996) escribió en su ensayo «Alusión a Andreas Embirikos»: «Algo sabía el Buda de París —me refiero a E. Tériade— cuando dijo que la libertad es una flor vulnerable que prospera por excelencia en la putrefacción, utilizando el término “putrefacción” a propósito del sentido convencional que consiguió conferir a la amplitud de opiniones de una sociedad muy conocida por la dureza de los suyos» (E? ?????, En blanco, p. 125). En el epílogo de su libro ? ?????f?? Te?f???? (El pintor Ceófilos), incluido en la compilación de textos en prosa Las cartas sobre la mesa (??????? ??????, ??a???, 1987, 3ª edición, pp. 314-316), Elytis narra los acontecimientos que condujeron a la creación del Museo Tériade en Variá: http://www.ct.aegean.gr/projects/teriade/museum.htm 

 

II. Epílogo

Al regresar de América, en junio de 1961, hice una parada en el camino, en París, durante unos pocos días. Y mientras salía a perderme por las calles, la primera cosa que vi fue, en el escaparate de una librería a la que en otro tiempo tenía costumbre de ir, el gran «cartel» de la Exposición de Ceófilos[2], que se había inaugurado en las salas del Louvre justo durante aquella semana. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Ah, por fin, sí, había justicia en este mundo. De nuevo comencé a caminar despacio y a meditar involuntariamente sobre cómo había comenzado esta historia. Los indecisos primeros pasos, las gestiones de cinco o seis amigos, los artículos de Spiros Melás[3] bajo el clamor general de los «cultivados». Después, las dos publicaciones en revistas extranjeras, una en Voyage en Grèce[4] y la otra en Arts et Métiers Graphiques[5]. Más tarde, la primera exposición oficial en el «Instituto Británico» de Atenas[6]. Y ahora…

Por supuesto, había detrás de todo esto un hombre. Respetuoso y silencioso, como todos los que en este lugar hacen, en alguna ocasión y a pesar de nuestro deseo, el bien. Que amaba la buena pintura y que amaba su patria chica con la santidad de los sentidos —el suculento color, el suculento fruto— que tienen los griegos justos, cuando se proponen seguir siendo justos —qué extraño— lejos de su lugar de origen. Hablo de E. Tériade, que con su criterio sereno y su espíritu abierto mantuvo desde la capital francesa las riendas de la vida artística que el arte moderno merecía recorrer, en toda su extensión, casi desde comienzos de siglo hasta nuestros días. El azar me posibilitó estar cerca de él por un largo tiempo y observar con qué pericia sabía sostener la balanza entre lo humilde y lo grande: bastaba con que ambos tuviesen el sello de la autenticidad. Entre una «torre» medio destruida de Variá y un palacio ducal de Turenne, entre un huerto de Yera y una rosaleda de la Costa Azul. Y en resumidas cuentas: entre un Ceófilos y un Bonnard. La buena pintura, como las buenas relaciones humanas, no tiene otro criterio que la calidad. Durante una noche inolvidable, durante mi estancia en París, nos llamó a Alberto Giacometti y a mí para que fuésemos a su casa y nos mostró unas pocas obras de Ceófilos, de entre las que había traído consigo. Cuánta devoción, cuánto cuidado por no mostrar la más mínima condescendencia. Era algo, por otra parte, que rara vez hacía, cuando la razón lo requería, y sin cansar en exceso al espectador, sin adjuntar comentarios a una obra que hablaba por sí misma. Fue necesario encontrármelo en otras ocasiones más proclives a que me proporcionara algunos de los detalles que me interesaban.

Fue en el taller de Yorgos Gunarópulos[7], me dijo, donde se había enterado de la existencia de Ceófilos. El artista griego había guardado la obra del pintor popular y había traído a París dos pequeñas fotografías de paisajes suyos. Pasaron bastantes años sin que se dijera una palabra de ello, sin que se recordara ya el caso. Pero en alguna ocasión, un verano, Tériade vino a Lesbos a pasar sus vacaciones. Y allí, durante una excursión que hizo al interior de la isla, por azar vio una pared pintada por Ceófilos. Reconoció enseguida su técnica. Preguntó aquí y allá, fue hasta Karini, lugar donde le dijeron que había un café con las pinturas más hermosas, confió una vez más en su valor y dejó un aviso, que dondequiera que se encontraran con el pintor que lo enviaran inmediatamente a casa de su padre. Así, una tarde, en Variá, donde se hallaba la casa paterna, lo vio aparecer de improviso, exactamente como se lo habían descrito: con la típica falda de los euzones[8], sucia, el rostro sin afeitar, pero también con aquel extraño resplandor en los ojos, que traicionaba desde lejos su pasión. Hablaron largo tiempo de su obra. De ninguna manera quería molestarle, ni darle instrucciones ni consejos. Solamente cerró un acuerdo con él: que pintara lo que se le pasara por la mente, lo que le viniera en gana y que lo entregara a cuenta suya en casa de su padre.

Al año siguiente, Tériade no pudo venir a Grecia, aunque tenía intención de hacerlo. Sin embargo, Ceófilos trabajaba cada vez más, y sus obras, una tras otra, habían comenzado a amontonarse en Variá. Así, en el verano de 1934, cuando regresó a la isla, su benefactor se encontró frente a un auténtico pequeño tesoro. Solo que su creador ya no existía. Algunos meses antes Ceófilos había muerto. De aquí en adelante, comenzaría otra historia, que conduciría a las exposiciones de Zúrich, Ámsterdam y París.

 

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Pintura de Ceófilos Jatzimijaíl
Crédito de la foto: www.panoramagriego.gr/2014_05_01_archive.html

 

En las grandes salas del Louvre, al deambular en aquel momento y contemplar de nuevo estas obras, sentía próxima la emoción del orgullo, lo confieso, y otra emoción, la del desarraigo, algo similar a lo que había sentido en el Museo Británico de Londres con los mármoles del Partenón. Algún día, inevitablemente, pensaba, la mayoría de estas obras se dispersarían por las colecciones de Europa o de América. Y durante la noche siguiente, mientras cenaba con Tériade, se lo confesé. Su mirada se tornó extraña, me miró a los ojos y, en lugar de responderme, me preguntó si tenía planeado, ahora que regresaba a Grecia, ir a Lesbos. Me dijo que tendría que hacerme una petición cordial: recabar información y escribirle sobre si, entre Jora y Variá, habría algún terreno idóneo para un Museo. «¿Museo?», pregunté sorprendido. «Sí, para el Museo Ceófilos», me contestó con tranquilidad.

Le envié, recuerdo, numerosos planos topográficos, pero no le satisficieron. Durante el verano siguiente, llegó a Atenas y me llevó con él a la isla. Hermosos días durante los que ascendíamos y descendíamos por las colinas bajas que rodeaban la ciudad y discutíamos todas las posibilidades. Le envidiaba por tener la nobleza de ofrecer un regalo semejante a su patria chica, que lo ignoraba. Y una vez más admiré su buen juicio, cuando vi que prefería, en lugar de la vistosa situación de Akledios, la que yo recomendaba, los humildes olivares de Variá, frente a la casa paterna, inundados por una luz tranquila y dulce. Durante los veranos siguientes vinimos de nuevo, en aquellas ocasiones con Yannis Tsarujis[9], que se convirtió en un valioso asistente, y con el excepcional arquitecto Yiannulelis[10].

Todos trabajamos con la alegría de la generosidad y cada uno como podía. Y teníamos mucho que hacer. Primero que nada, desde el punto de vista de las reglas arquitectónicas, teníamos que dar con una construcción que se encarnara fisiológicamente en el lugar y que respondiera a la simplicidad de la fisionomía de Ceófilos. Luego teníamos que elegir los materiales. Teníamos que prever el aforo de las salas y su iluminación. E incluso tenía que construirse la carretera, que llegar la luz eléctrica: las autoridades locales tenían que interesarse por todo esto.

Un día, era julio del 65, nosotros mismos nos extrañamos de que todo hubiese terminado. Veías las paredes, de arriba abajo, vestidas con los mismos colores que, tras las ventanas abiertas, existían y se extendían y vivían realmente en los olivos, en las rosas, en los tejados, en el cielo, un panegírico digno del alma de aquél que nos había reunido allí. Llamamos a un sacerdote de la pequeña iglesia vecina de Ayía Paraskeví para que oficiara misa. Era un espacio reducido cubierto de asfalto, abierto por un lado, conectado con el exterior. Los mimbres y el espliego perfumaban el aire. Un niño pequeño entonaba un himno con mucha claridad. Algunas niñas, vestidas de blanco, que sostenían plantas, se habían quedado en el umbral y observaban. A la derecha del altar mayor, corría el agua de algún manantial oculto y llenaba un pequeño aljibe de piedra. Permanecíamos sin hablar, con las manos cruzadas por delante, como si viajásemos, como si el tiempo se escapara a derecha e izquierda en invisibles olas. La historia de un hombre había terminado para nosotros y comenzó para los otros: y para los siglos.

 

1967 –

 

 

 

*(Creta, Grecia. 1911-1996). Poeta, ensayista y traductor. Premio Nobel de Literatura en 1979. Abandonó los estudios 1de Derecho  en la Universidad de Atenas para dedicarse al ejercicio literario; años más tarde, en 1968, estudió Filología y Literatura en La Sorbona de Paris. En la década de los años treinta, influenciado por las tendencias surrealistas europeas, inició una brillante carrera literaria que se extendió hasta el final de su vida, con interrupciones durante la segunda guerra mundial en la que sirvió como teniente en las filas contra la ocupación de italianos y alemanes, y en algunos períodos de la dictadura griega. Fue galardonado con el Premio Mediterráneo de poesía en 1988, y honrado con el Doctorado Honoris Causa de las universidades de La Sorbona, Roma 1987  y Atenas 1987.

 

 

 

 


[1] Vid. el libro En blanco (?? ?????,  ??a???, 1995) de Elytis, una compilación de textos en prosa y, en concreto, «?a µ???? ??????» («Las pequeñas es»), pp. 214-216.

[2] Ceófilos Hayi-Mijaíl (1870-1934), conocido como Ceófilos, es uno de los pintores más importantes de Grecia, adscrito al arte popular.

[3] Spyros Melás (1882-1966), narrador, dramaturgo y ensayista griego. Escribió dos artículos, «El pintor Ceófilos» (utilizando el pseudónimo «Fortunio», en el periódico ??e??e??? ??µa, 21 de septiembre de 1935) y «¿Quiénes descubrieron a Ceófilos?» (en el periódico ????a??? ??a, 22 de septiembre de 1935).

En el primer artículo, Melás comienza con una reflexión sobre artistas conscientes e inconscientes, e incluye a Ceófilos entre los segundos. Melás consideraba que Ceófilos tenía dos maestras: la tradición griega y la naturaleza; y en este sentido lo parangona con el narrador Aléxandros Papadiamantis (1851-1911). Melás relata el momento en que Tériade, en una habitación del Esplendid, le mostró los cuadros de Ceófilos, justo antes de que el crítico de arte partiera hacia París. Melás lo describió como jardín mágico que se recorre por vez primera. «Ningún pintor griego, entre los no autodidactas, había penetrado tan profundamente en el significado de la naturaleza y la tradición griegas, en la gran enseñanza de la pintura bizantina y, a la vez, ninguno era tan moderno. La inexpresable alegría de la luz griega inunda sus lugares; la escasa flora griega, el olivo de hojas plateadas, el ciprés, el plátano, se convierten en canción, una fresca canción, con la cristalina lucidez de los cantos de la alondra; los blancos muros de las casas y sus tejados rojos están llenos de alegre devoción. La pintura de Ceófilos se hermana con nuestra poesía popular más pura. Y al mismo tiempo cada uno de sus fragmentos recuerda los audaces esfuerzos de los mayores maestros contemporáneos del pincel: Utrillo, Matisse, Rousseau el Aduanero». Melás llamaba a su arte «Mitología absoluta de los colores y las formas» y lo posicionó entre los primitifs, los maestros del arte espontáneo y popular. Vivió y murió casi en el anonimato artístico, excepto por unos pocos que conocían su obra. Melás lo describe como un hombre bien vestido, con apariencia de Bismarck, refinada por el aura de la delicadeza mediterránea. Pintaba obras maestras sobre las paredes de los cafés y las tiendas que sus dueños borraban cuando querían pintarlas de blanco.

En el segundo artículo,  Melás prosigue su narración del descubrimiento de Ceófilos en Grecia y en el extranjero. El escultor Mijalis Tombros (1889-1974) cuenta a Melás una conversación con el pintor Yorgos Gunarópulos: el descubrimiento al regresar éste de un viaje a Volos, en 1927, de «un pintor, vendedor ambulante, cuya obra, como fenómeno creador y compositivo de colores, de exuberante destreza, es extraordinaria». Fue unos años más tarde cuando Tériade regresó de París y conoció a Ceófilos en Lesbos. De esta manera, un reducido círculo de escritores y artistas tuvo acceso a la obra de un pintor que seguía viviendo en la isla. Tombros recuerda los contactos con el político y fundador del Museo Benakis de Atenas, Antonis Benakis (1873-1954) para que la obra de Ceófilos se conociera tanto en Grecia como en el extranjero y puso sobre aviso a los profesores Sotiríu y Evanguelidis, de las universidades de Atenas y Salónica respectivamente. Tériade se llevó consigo una parte de la obra de Ceófilos a París, pero fue Gunarópulos (al que Melás considera una especie de Cristóbal Colón) el que descubrió la obra del pintor popular, gracias a lo cual dejó de pintar sobre las paredes de las casas y comenzó a pintar sobre tela. Vid. archivo de T. Spiteri:

http://www.tf.auth.gr/teloglion/default.aspx?lang=el-GR&loc=1&&page=556&item=28920

[4] La revista turística Voyage en Grèce publicó un texto sobre Ceófilos (primavera de 1936, p. 16). El director era un amigo de Tériade, Andreas Ioannidis. El periódico griego ?a??µe???? publicó un homenaje al pintor a los sesenta años de su muerte, el domingo 20 de marzo de 1994, del que he extraído estos datos. Se puede consultar en: http://wwk.kathimerini.gr/kath/7days/1994/03/20031994.pdf, pp. 12-13.

[5] El artículo de Maurice Raynal, «Theofilos peintre paysan grec» («Ceófilos, pintor campesino griego») se publicó en la revista francesa Ars et Metiers Graphiques, (15 de abril de 1936). Raynal desgrana algunas de las características de su pintura: «…comunica a sus modelos las actitudes hieráticas que hacen de esos humildes campesinos personajes casi históricos o religiosos, como esa deliciosa Mujer con Niño que tiene toda la majestad de una virgen bizantina o renacentista. Se diría que una misteriosa reminiscencia de la Odisea inspiró sus exquisitas visiones pastorales en las que canta a los trabajos de la tierra y a la transparencia de los olivos». Las maravillosas cualidades pictóricas del artista griego residen en «aquello que llevó a cabo de manera espontánea a través de las oscuras indicaciones de su sensibilidad de poeta de la luz y del color». Raynal considera que, como todos los autodidactas, Ceófilos reinventó la pintura. Su única maestra: la luz de Grecia. Son los hallazgos de un niño excepcional, aunque no precoz. Como todos los primitifs, Ceófilos pintó magníficamente el cielo.

Vid. archivo de T. Spiteri:

http://www.tf.auth.gr/teloglion/default.aspx?lang=el-GR&loc=1&&page=556&item=28920

[6] Me gustaría destacar, de entre los artículos del suplemento que cito en la nota 4, el de Aléxandros Xydis, crítico de arte: «El descubrimiento de Ceófilos». En él, Xydis relata la ceguera, en relación con la obra del pintor popular, del dictador griego Ioannis Metaxás, que ordenó en 1939 a los habitantes de Pilio, en la región de Magnisía (donde el pintor vivió durante treinta años, hasta 1927) que cubrieran sus magníficos murales con pintura blanca, en nombre del turismo. Xydis menciona la transición desde del ultraje que sufrió la obra del pintor popular hasta la exposición en el Instituto Británico, que tuvo lugar en mayo de 1947 y a la que asistieron, entre otros, los poetas Odysseas Elytis, Yorgos Seferis, Andreas Embirikos y el pintor y escritor Nikos Hayikyriakos-Guikas. Xydis cita en una nota el «Segundo diálogo o monólogo sobre la poesía» de Seferis, en el que éste lamentaba el estado de «la obra del gran, e imperdonablemente desconocido para nosotros, Céofilos». Este diálogo se publicó en la revista ??a G??µµata en 1939. Xydis, además, escribe lo siguiente: «Los herederos de los policías colaboradores de la dictadura, que coaccionaron a los habitantes de Pilio para que cubrieran de blanco los murales de Ceófilos, vinieron para llamar “farsantes”, “mafia griega”, “greco-judíos de París”, y otros calificativos similares, a los organizadores de la exposición y a todos los que “osaron” prestarles obras».

Vid. http://wwk.kathimerini.gr/kath/7days/1994/03/20031994.pdf, pp. 12-13.

[7] Yorgos Gunarópulos (1889-1977), pintor griego.

[8] Soldado de la Guardia Presidencial griega o «ts?????». Así llamaban a Ceófilos por su forma de vestir.

[9] Tsarujis (1910-1989), pintor griego.

[10] Yorgos Yiannulelis, arquitecto griego (suyo es el proyecto del Museo Ceófilos), autor de los libros El pintor Ceófilos (Vasilópulos Stéfanos, 1986, que incluye además textos sobre Tériade y el Museo Ceófilos, que está en el mismo edificio que el Museo Tériade) y (junto con María Zagorisíu) Arquitectura tradicional de Lesbos (Tejnikó Epimelitirio Eladas, 1995).

 

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