Por: Óscar De Pablo

Si bien todos los momentos son históricos, algunos lo son más que otros. Pues bien, aunque el mercado librero y las editoriales comerciales no quieran enterarse, aunque no salga en la tele y apenas figure en la prensa, la poesía mexicana pasa por un momento particularmente histórico y particularmente bueno, creo. Quizá por eso mismo no quieran o no puedan asimilarlo. Si la sección de novela de cualquier librería es el lugar privilegiado de la fugacidad, donde sólo existe la novedad de la semana, en cambio plantarse frente a la sección de poesía es como viajar en el tiempo a 1960, cuando los poetas leían de corbata. No sé por qué ocurre esto, pero el hecho es que el mercado librero de masas le está arrebatando al público lo mejor de su contemporaneidad. Les está ocultando el dato histórico fundamental de que el siglo de oro es éste. De verdad, me siento privilegiado de vivir y leer en la misma época en que están escribiendo poetas como Daniel Saldaña y Alejandro Albarrán. Aunque los dos estén entre mis mejores amigos, no lo digo por amiguísimo, al contrario: La admiración que siento por ellos es un componente fundamental de la amistad, y viceversa también, pero no tanto.

 

Quiero felicitar a la editorial Bonobos por apostarle a estos dos libros, una decisión que no sólo es valiente sino que sobre todo es literariamente muy acertada. Está a la altura de la calidad y la innovación editorial de este sello, que debería ocupar el estante de mayor relevancia de cada Sanborns del mundo de habla hispana. Sinceramente creo que estos dos libros, en particular, se ubican en el centro de una generación interesantísima que está atacando frontalmente al lenguaje a través de su arma más concentrada, la poesía.

 

Antes de hablar de estos dos autores quiero hablar de su momento literario. A primera vista parece sorprendente que la generación de Saldaña y Albarrán sea la misma que la de un Alí Calderón, un Mijaíl Lamas o un Iván Cruz. Pero, en cierto modo, es natural que así sea. Todos estos autores  representan la polarización radical de un medio literario (el de la poesía mexicana joven) que hasta hace poco dormitaba en un apacible consenso y que hoy ha despertado a la más furiosa diversidad.

 

Hará cosa de diez años, nuestra poesía alcanzó el grado máximo de decantación de una vieja lección gorostiziana y paciana: la de que el objeto de la investigación poética exitosa no puede ser sino las esencias puras. Así, la poesía fue buscando la máxima desnudez, la máxima limpieza de todo lo que fuera material, retórico, accidental o contingente, empezando por el lenguaje mismo. No renunció a las palabras, porque de algo hay que vivir, pero sí las enfrentó como un mal necesario.  No es que no se trabajara a nivel del lenguaje, pero el fin de este trabajo era el hacerlo transparente para posibilitar el flujo incontaminado de las ideas. Y, más que ideas, lo que fluían eran intuiciones más o menos místicas, porque las ideas no son esenciales, y por lo tanto son de mal gusto. Era tan puramente poética, que casi había dejado de ser poesía.

 

Pero ocurrieron cosas como el 2006 y la guerra que empezó entonces, y lo contingente, lo accidental, lo histórico, volvió por sus fueros con la mayor violencia. El modelo esencialista puro, surgido en un momento de aparente estabilidad social (el momento del llamado “fin de la historia”) que se apoyaba en lo inmutable y lo eterno, se vio incapaz de responder a una realidad imprevisible, incierta, cambiante y violenta del México post-priísta. Había que tomar una posición frente al las relaciones humanas, al menos en el ámbito que se nos manifiesta más inmediato, que es el del lenguaje. Y la nueva generación tomó lados y unánimemente recuperó la consciencia de las fórmulas verbales, aunque no para los mismos fines. Si de algo no se puede acusar a Alí Calderón es de no recurrir conscientemente a la retórica, que por el contrario ocupa un lugar central en su poética y también en la de sus adversarios.

 

Si la utilización consciente de la materialidad del lenguaje, en forma de fórmulas preexistentes, es decir, de retórica, es un rasgo común a toda la generación, sus fines son diametralmente diversos. Pensar en  la retórica significa pensar en el modo en que nos relacionamos socialmente; un modo tradicionalmente jerárquico, rígido, vertical, que en el presente sufre el embate desestabilizador de la realidad, de la incertidumbre. Todos están de acuerdo en ese diagnóstico, pero no todos lo valoran igual. Algunos poetas usaron la retórica para defender esas relaciones sociales de la incertidumbre, para reforzarlas y para intentar rescatarlas. Son los que toman en serio su propia retórica; otros, como los muchachos que tenemos aquí, también usan la materialidad del lenguaje, la retórica, pero lo hacen en plan de ataque, para cuestionar esas relaciones sociales, para dañarlas.

 

Se trata de una polémica sangrienta, pero no sórdida, sino bastante explícita. Hace unos años, Saldaña publicó un poema sobre “los poetas nacionales”; Albarrán dedicó un agradecimiento especial de su libro al maestro Mario Bojórquez. Ningún poeta nacido en los sesentas hubiera hecho semejante cosa (fuera del propio aludido), pero en cambio Alí Calderón lo hace a cada oportunidad. Él lo hace para re-cimentar esas tres instituciones retóricas tan desprestigiadas: el agradecimiento especial, el magisterio y a Bojórquez… curiosamente, esas mismas palabras (“agradezco especialmente al maestro MB”) sirven, en el libro de Albrarrán, para minar esas tres instituciones. Ese mismo gesto, altamente retórico, asociado a dos intenciones contrapuestas, resume en cierto modo la magnífica polarización del momento poético.

 

En este sentido, creo que no es casual mencionar a otros poetas jóvenes que, pese a du diversidad, en mi opinión forman parte de este mismo impulso y de esta misma edad de oro:  AT, LFF, RF,MG,MR,IGS y PA. Todos ellos realmente muy recomendables.

 

Además de las características que comparten con el resto de la tendencia, Saldaña y Albarrán específicamente comparten un par de rasgos más. Por ejemplo, la voluntad de que nada humano les sea ajeno y la consciencia de que nada hay más humano que lo impuro. Por eso a los dos les fascinan los lugares híbridos: siendo  muy poetas, a los dos les interesa el arte moderno, lo aman y lo odian desde dentro. Ambos se fascinan con los límites y no es casual que ambos aprecien la estética de las máquinas humanoides, los autómatas.

 

Sin embargo, hasta aquí llega la similitud. Hay otros ejes en los que Saldaña y Albarrán ocupan lugares diametralmente opuestos dentro de la generación. Así, tomando esto como hipótesis de trabajo, internaré describirlos un poco por comparación.

 

Conozco pocos individuos que ilustren la frase del conde de Buffon “el estilo es el hombre” mejor que Daniel Saldaña París. Un observador perspicaz podrá notar en él algo parecido al genio aplicado a la construcción inteligente de sí mismo a través de un estilo. Recuerdo que una vez el poeta y crítico brasileño RD, tras haberse sumergido de cabeza en el mundo de la poesía nacional durante una semana, comentó que no había visto una elegancia como la suya.

 

¿Y qué radica esa extraña elegancia del estilo Saldaña?  Yo diría que es ese equilibro altamente móvil, como el acto permanente de un trapecista que se balancea en la cuerda floja del delirio y la lucidez, y que para sostenerse debe ser capaz de las más violentas oscilaciones. ¿Se puede ser demasiado lúcido? ¿Se puede tener demasiado control? ¿Se puede estar anormalmente cuerdo? Daniel tiene que ser todo eso para compensar su considerable locurita.  

 

Yo sostengo que todos los excesos son buenos, o por lo menos son interesantes. En nuestro medio, hay varia banda capaz de ejercer el exceso de descontrol con bastante éxito, y Daniel no es ajeno a ese superpoder. Pero, a diferencia de todos los demás, él además puede compasarlo con un exceso igualmente radical en el sentido opuesto: el demasiado control, la sensatez que se encarna en declaraciones como “No creo en la India.”

 

Debo decir, entre paréntesis, que esa capacidad única de llevar la lucidez al extremo también ha hecho de Saldaña un crítico mejor que la mayoría de los críticos y un narrador mejor que la mayoría de los narradores.

 

En fin, creo que hace único al estilo Saldaña, es esa polaridad que lo que lo mantiene siempre tenso y siempre en movimiento. Es ahí donde la ironía y el distanciamiento, y el sentido del humor no sólo “aparecen” sino que viven y reinan de manera constante.

 

Tengo la impresión de que la búsqueda y el hallazgo de este estilo no ocurren en la literatura, sino en la vida. La escritura no es en este caso un instrumento de búsqueda, o al menos no un instrumento de búsqueda privilegiado que pueda distinguirse jerárquicamente de la conversación, el atuendo o la gestualidad. Todas estas no son sino expresiones orgánicas de ese estilo vital tan brillantemente construido.

 

No creo que Saldaña sea alguien capaz de rendirle un culto sincero a casi nada, y mucho menos a la espontaneidad. Por eso no me siento muy seguro de afirmar que los poemas de La máquina autobiográfica sean expresiones espontáneas de un estilo. Y sin embargo, en cierto modo creo que lo son. Quiero decir que no hay más proyecto unificador que ese, el del estilo. Fuera de eso, cada poema es un proyecto autónomo, el reflejo de un momento autosuficiente e interesante en sí mismo de su evolución estilística.

 

De ahí la diferencia que separa las temperaturas de este libro, que pasa del arrebato febril hasta el balde de agua helada sin solución de continuidad. De los desbocamientos delirantes de un Saint-John Perse hasta la educadísima prosa poético-narrativa de una TLM.

 

Por cierto, creo que Saldaña ejemplifica mejor que nadie uno de los procedimientos del arte moderno que más me interesa: el de acelerar la identificación emotiva mediante recursos líricos (que en el caso de DSP son enormes) para luego descarrilarla con el brusco enfrenón del distanciamiento. Propiciar en el lector la crítica ante las propias emociones bien puede ser el objetivo final, pero sólo se consigue avanzar hacia él mediante una dialéctica de identificación interrumpida, de hipnosis y despertar, de poesía y antipoesía. Se dice que despertar a un sonámbulo puede hacer que se le pare el corazón. Creo que en este caso esa es precisamente la idea.

 

 

Alejandro Albarrán es un animal poético. Tengo la impresión de antes de la poesía no tenía siquiera materialidad, era como una vaga nebulosa de malestar, una inconformidad difusa, y sólo a través del cuestionamiento artístico, centrado en la dimensión formal y sonora, su inteligencia fue tomando cuerpo como una máquina concreta y sólida de transformación del mundo a través de la transformación de la consciencia propia y la consciencia del lector. Lo que Albarrán sabe del mundo, que es mucho, se lo enseña el ruido que él mismo produce al combinar palabras dentro de su cabeza.

 

A diferencia de lo que ocurre con Saldaña, en Albarrán la poesía no es expresión de ningún estilo previamente descubierto, sino precisamente un medio de descubrimiento. No es que el poema exprese un hallazgo verificado en la vida, porque, en él, antes del poema no hay vida. Si el autor de “La máquina autobiográfica” se dio el lujo de la espontaneidad es porque ya tenía construido un estado maravilloso de tensión interna entre la locura y la lucidez y lo único que restaba era darle expresión. Albarrán en cambio tiene que planificar su programa de investigación, tiene que desarrollar una poética reflexionando todos los días, arduamente y con la mayor seriedad, no porque sepa a dónde lo va a llevar su experimentación, sino precisamente porque no lo sabe. No tiene la menor idea. Sólo el poema lo dirá.

 

Tal vez de ahí se deriva esa sensación de falta de ego que la poesía de Albarrán nos produce y esa extraña franqueza en la expresión de las influencias. No estamos ante una personalidad que use la poesía comunicar hallazgos al mundo exterior, sino precisamente lo opuesto: usa la poesía para que el mundo exterior le comunique hallazgos a ella y la moldee. Quizá por eso sea particularmente fácil notar las marcas estilísticas que las lecturas dejan en esta obra, en particular de algunos contemporáneos. Decidido a trasmitir el ruido generacional, es agradecible y es justo que aparezcan acentos como de Alejandro Tarrab, preguntas en que resuena la voz de Rodrigo Flores. No ha faltado quien diga que Albarrán es un De Pablo en drogas…

 

Tanto en el caso de S como en el de A, los poemas nos permiten ver el proceso de construcción de una poética, de un estilo; pero si en Saldaña el poema refleja un estilo desarrollado en el laboratorio de la vida, en Albarrán no hay más laboratorio que el poema, y la vida (la suya, o la nuestra) será la que refleje los descubrimientos realizados en el texto.

 

Si la poesía no existiera, Saldaña seguiría siendo genial. Albarrán en cambió, desparecería como entidad física. Daniel sabe hacer que sus poemas obren milagros a sus órdenes; Albarrán sabe obrar milagros poniéndose a las órdenes de sus poemas. El resto de la generación, incluyéndome, ocupa una posición intermedia entre estos dos polos.

En las mismas conversaciones sobre poesía mexicana a las que aludí antes, Ricardo Domenec comentó que Albrarrán es estaba convirtiendo en una potencia.  Yo suscribo con entusiasmo ese juicio.

 

Quienes conocemos de cerca a estos poetas, llevábamos literalmente años esperando la publicación de estos dos libros.  Ambos tienen mucho de Ópera Prima, aunque sólo el de Albarrán lo sea en el sentido estricto. Si bien Saldaña ya había publicado un poemario hace un par de años, La máquina autobiográfica señala una maduración cualitativa: es la cosecha de una tierra intelectual ya fertilizada, arada y sembrada. Es más, ni siquiera soporta bien una analogía tan bucólica: es más bien una ciudad llena de construcciones, una ciudad –civilizada hasta el caos– que seguirá construyéndose y destruyéndose implacablemente, bellamente, como la Ciudad de México.

 

En el caso de la obra de Albarrán, en cambio, hablar de madurez o inmadurez no viene al caso, porque no pretende alcanzar ningún estado definitivo, salvo el estado de búsqueda. Se trata de un proceso en el que cada nuevo hallazgo niega el anterior y el explorador no se está quieto. La poesía va conquistando nuevos territorios sin detenerse a colonizarlos. No siembra, no traza ciudades ni construye edificios. En todo caso explora los edificios ya construidos como los exploraría un niño: interviniéndolos, ocupándolos, destruyéndolos un poco.

Aunque sin duda estamos ante dos poetas en pleno desarrollo (afortunadamente), creo que sería injusto y paternalista hablar en futuro de los aciertos de este par. Augurar méritos venideros  es de viejos pedantes. Yo creo su poesía, la que ya existe, la que ya podemos leer, basta para considerarlos promesas cumplidas. En todo caso, cabe preguntar, ¿en qué consiste un acierto literario? Yo sostengo que en la capacidad de sacudir en algún nivel la consciencia del lector, capacidad que este par de libros ciertamente tiene. No son profecías de poesía por venir: son máquinas bien acabadas y aceitadas para producir una inconformidad deliciosa en cada lector, armas capaces de hacer un verdadero daño en la opresiva retórica que nos rodea. Sólo falta ponerlas en manos de los lectores para que empiecen a funcionar.

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