Por: Enrique Solinas

Crédito de la foto: el autor

 

 

Dolores Etchecopar: una entrevista y 5 poemas

Dolores Etchecopar: «Escribo para respirar, por rebeldía, por amor,

para salir de mi soledad sin traicionarla»

 

 

Etchecopar Básico

Nació en Buenos Aires en 1956. Publicó los siguientes libros de poesía: Su voz en la mía (1982), La Tañedora (1984), El Atavío (1985), Notas salvajes (1989), Canción del precipicio (1994) y El comienzo (2010). A fines de los años noventa fundó y condujo, junto con artistas de diversas disciplinas, el ciclo de poesía El pez que habla, en el que se exploraron nuevas modalidades de la lectura oral de la poesía. Desde el año 2010 dirige el sello de poesía hilos editora, en las tapas de los libros editados por este sello aparecen algunos de sus dibujos y pinturas.

 

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Entrevista:

 

A los 26 años publicaste tu primer libro de poemas, fin de un proceso creativo con el cual empezás un camino poético hoy consolidado. ¿Cómo fue ese inicio en la poesía?

La poesía me encontró temprano, en la luz de las cosas antes que en las palabras, o sea en una soledad refractaria al idioma aprendido mientras se prepara con alborozo para otra lengua. Eso ocurría sin darme cuenta y avanzaba en el paladeo de las palabras que se dejaban mover en direcciones desconocidas. Me parecía que algo extraño estaba sucediendo todo el tiempo en mí y a mi alrededor, algo de lo que nadie daba cuenta en voz alta. De eso que no quedaba cautivo del anzuelo del lenguaje impuesto hablaba la poesía. Después vino la lectura de los poetas, los malditos, los surrealistas, Rilke, Celan, Ungaretti, Michaux, García Lorca, Vallejo y tantos otros. En el arranque de mi salida al mundo tuve el espaldarazo generosísimo de grandes poetas nuestros, de generaciones anteriores a la mía, como fueron Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Enrique Molina, Amelia Biagioni, Ana Emilia Lahitte, Gianni Siccardi, Rodolfo Alonso, Rubén Vela, Antonio Requeni, por nombrar solo a algunos de ellos. Los poemas de mi primer libro son los que empecé a escribir en la adolescencia, y la mayoría de ellos son para el olvido, pero sí agradezco a ese libro inicial el haberme vinculado a tantos maravillosos poetas que cultivaban un fervor único por la poesía, era fabuloso y motivador ir a escucharlos leer y conversar con ellos. Después, en las siguientes generaciones me parece que se perdió algo de ese fulgor en la comunión de los poetas.

 

¿De qué manera la poesía se instala en tu mundo?

Con la fugacidad de una corriente eléctrica, ya que la poesía no se instala sino que de a ratos alumbra el mundo como un relámpago, de un modo imprevisible, cuando menos lo pienso me asalta su luminosa catástrofe, su apremio oscuro y las palabras se acercan a ese imán como animales curiosos. Leer y escribir poesía me rescata del desánimo cotidiano, de la opacidad que producen los hábitos del pensamiento y las pasiones tristes. Me rescata de las respuestas, las convicciones que se nos inculcan desde siempre y nos ahogan. La poesía se sale siempre del camino trazado de antemano, irrumpe de una forma inesperada que descoloca. Estado vertiginoso de la lengua que se precipita por las fisuras de los significados, nos deja inermes ante el misterio que abisma y no podemos dominar, para estar allí hace falta que nos asista la potente delicadeza de la poesía desde cualquiera de sus reinos. La poesía también me llega de otros lenguajes como cierto cine, cierto teatro, o cuadro o danza o también de algún acontecimiento-puede ser mínimo- que desencaja el oído y abre otra escucha; las cosas se muestran como por primera vez, en una transparencia simultánea al dolor y a la maravilla de lo que existe.

 

A la hora de escribir, ¿para vos qué es lo más importante?

Separar el ego de esa zona en la que lo que adviene es de otro orden, una conmoción que sucede dentro del lenguaje pero viene de algo que no me pertenece, que solo encarna momentáneamente en algunos materiales de mi alma. No olvidar que poesía no es catarsis, no es comunicación, no educa, no transmite ideas preconcebidas o traducibles. Parte de un fracaso hacia un fracaso mejor, como decía Beckett. La poesía no es un espejo sino un rostro que interpela. Si me reconozco en lo que escribo no está vivo el poema, no será una experiencia para nadie.

 

En tu poesía, la infancia, la muerte, la soledad y el miedo, son tópicos esenciales y hasta tradicionales, en donde la forma y la voz resultan plenas en originalidad y sentido. ¿Cómo percibís que los lectores de tus poemas recepcionan tu mundo?

Es motivo de honda alegría y asombro y gratitud cuando un lector alcanza a decirme que algo le sucede al leer alguno de mis poemas. Muchas veces son lecturas reveladoras para mí que no sé con claridad qué quise con tal o cual poema ni por qué salió como salió. La poesía es una cuestión de amor, por lo tanto no hay medias tintas, no entretiene, un poema se ama o no existe para otro lector. A veces no es un amor a primera lectura. Hay textos dentro de la poesía que son huesos más duros de roer que otros. Ocurre que algunos poemas llegan al lector más directamente que otros.

 

¿Por qué escribís?

No tengo claridad sobre eso. Escribo desde hace mucho, desde mi grito que puso un pie y otro en las palabras para seguir andando, desde que empecé a sentirme fuera de lugar y las palabras me sacudieron y yo a ellas para que vivan, para vivir sin deshacerme del todo. Escribo para seguir esa felicidad que me deparó la lectura de algunos textos. Escribo para respirar, por rebeldía, por amor, para salir de mi soledad sin traicionarla. Escribo porque voy a morir. Es mi ofrenda.

 

¿Para quién escribís?

Primero escribí para los caballos y para mi padre, después para conversar con otros poemas que me conmocionaban. Para mis amigos, para no tener frío, para un lector desconocido, uno vive y escribe también motivado por la llegada de algo o de alguien desconocido. Escribo como un modo de orar.

 

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¿Qué se puede conocer a través de la poesía?

Que lo real es algo vivo, inasible, no domesticable por nuestras herramientas de poder. Que el misterio es una presencia, un soplo que mueve la luz de las cosas sin agotar su sentido y que trae alborozo dejar que nos altere. La poesía nos muestra que todo está unido y a la vez que cada uno es único, irremplazable, agónico, por eso un verso no puede decirse con otras palabras, son ésos los sonidos, ésas las palabras así combinadas las que provocan algo, una experiencia, un acontecimiento.

 

¿Cómo es ser poeta y dirigir una editorial como Hilos Editora?

Son dos dedicaciones muy distintas pero que se tocan en un punto central que es la pasión por la lectura de poesía. Editar a otros poetas es una mínima retribución a lo que la lectura me ha deparado durante tantos años. Y hace bien hacer un movimiento inverso al retraimiento que requiere escribir.

 

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Tengo un libro en ciernes, todavía entro y salgo de los poemas escritos durante los últimos años, pero creo que está cerca su nacimiento, No hables tan rápido delante de la noche, así por ahora su título.

 

Para terminar, ¿qué palabra describe tu universo poético y por qué?

Orar. Orar ante lo que nos deja sin habla, ante la desmesura desorbitante de nuestra mortalidad. No se trata de repetir plegarias conocidas como los creyentes a los que un Dios ampara, sino cada vez como si fuera la primera vez que la voz pulsa por salir, indefensa en la perplejidad de una lengua arrasada.

 

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Así escribe Dolores Etchecopar

 

Cinco poemas

 

 

El resplandor

 

tú en la madera
quiero que vivas en la madera del violín del desierto
alguien da órdenes a la luna
pero nada resplandece
si me muevo es de noche
si no me muevo es de noche
en el silencio están cavando un túnel para matar
no me calma la sonrisa ni su fijeza
en los dientes cada vez más blancos
de las Azafatas y de los Ministros
ciudades amarillas negras me arrastran
de un cuerpo a otro de un tren a otro
de un hospital a otro
(las enfermeras traban mi corazón
y me recortan en forma de mano que grita)
no puedo reunir mi alma
carteles luminosos titilan crímenes
se está borrando del suelo
el leve tatuaje de la aurora
esta ciudad tiene muros
y hombres muertos en la niñez de los árboles
yo me hechizo con los agujeros del fin del mundo
pero tú en la madera
quiero que vivas en la madera del violín del desierto
qué sonido furioso mientras hablo
expulsa al narrador de la pradera
qué lanas durmientes abren ese cuento
comido por la nieve

hablo con el motín de los perros del silencio
y las rodillas nucleares de la aurora
hundidas en el agua de los secretos
pero tú quiero que vivas
en la clarividencia del furor de las hierbas
dotado de alegría
y de un habla de emergencia para calmar
el fondo de la noche
ahora que escuchas a una mujer
que cruza con sus medias de fuego
el aire cada vez más oscuro
ahora que incubas por última vez
el llanto de todos los hombres

    a la memoria de Andreï Tarkovski

 

 

 

Notas salvajes

 

si tu lengua apoya las cacerías del silencio
sobre mi lengua
hablaré
montaña oscura
madre clavada en la nieve
madre clavada en el ángelus de la caverna
en la vidriera en la rueca de los cuentos
en la tonada de mi tonada puesta del revés
que no puedo sacarme sin muerte
palabras lentas de mi cuerpo en otra parte
palabras fuertes mis enemigas
raspan la noche el sol que me embarazó
sumergida campana que cruza
los caminos y los huesos
me pusieron por nombre una raya roja
en la ingle
alegría
antes que el otoño fusile a las mariposas
estaremos en el fondo de las pudriciones
caballo blanco
tubérculo que brilla en el regazo
y arroja el oro de los muertos
sobre el recién nacido
el sol su cadera móvil y simple
pasará frente al lenguaje
y hablaré
alguien corta los hilos del bosque
y deja los ojos de mi madre
en el suelo oscuro
puestera del silencio
yo vi una luciérnaga
y las llaves que sólo cierran
el alba y los ojos
adiós dije adiós a las palabras
voy a dormir sobre el sexo de un color
el agua que yo tuve en la infancia
está dentro de tu boca
la lentitud abre sus muslos de colores
y me separo de la muerte
con algo que la luna mece en mi cadera

muchacha que saltas a la soga
sobre la vereda caliente
o la caída de las hojas
o el miedo
feroces mandíbulas te educan
puestera del silencio
la camisa planchada y doblada
los ojos de mi madre en el suelo oscuro
adiós dije adiós a las palabras
la basura decora mi piel
como un relámpago

 

 

 

Canción del Precipicio

 

La mujer sigue agitando su vestido huérfano

en la milenaria colina
ya se dormirá con los pastos
y las hondas hormigas joyeras de la muerte
dijeron
nadie supo por qué quiso esa noche tan fría
cantar en el coro de los perros
nadie sabe por qué esa noche sin consuelo
ella estaba sentada
abierta en la parte inesperada de su alma

 

te quiero hasta el cielo

porque en lo azul en lo rosado
en la nube blanca ya no estamos
vos y yo tan separadas
como acá tan dolidas
que cuesta tocar la risa tocar el corazón
y el cielo está para que yo te quiera
hasta la tierra
donde me falta reunir en uno solo
los dos ovillos los dos colores
tu hebra y la mía
harán la trama del tiempo que queda

 

 

 

cuando empecé a escribir

el poema a mi padre
vino mi madre
me tocó el hombro
no pude verla y seguí escribiendo
el poema del padre
el padre que escribía frente a la ventana
tampoco la vio
desapacible en la cornisa
ella abrió las manos
soltó el corazón de mi padre
soltó el mío
y no la vimos

 

Una Respuesta

  1. Clelia Bercovich

    Una entrevista casi perfecta, reúne a un sensible entrevistador que permite que la entrevistada despliegue su riqueza interior, a claridades a las que ha arribado y a una finísima y extraordinaria poeta; algunas preguntas que ha respondido, es evidente que formaron o forman parte de propias interrogaciones, y son tramos con sentido en su producción. Dolores hace docencia , preguntándose y permitiendo la pregunta, de las conclusiones , , me impacta su destacar la poesía como interpeladora y no como espejo, la única manera en que puede constituirse en algo vivo.
    Su larga experiencia y su contacto con extraordinarios poetas se observan en cada afirmación, y esta entrevista suma a esa historia. Felicitaciones a los dos y gracias por el aporte!!!

    Clelia Bercovich

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