Por: Félix Terrones*

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Desde Perú para Francia:

la literatura francesa y los escritores peruanos

 
Francia en Perú. Tal vez ninguna literatura como la francesa ha influenciado la nuestra con sus movimientos, estilos y temas. Desde Jean-François Marmontel hasta Patrick Modiano, pasando por Gustave Flaubert, Guy de Maupassant, Marcel Proust, Georges Bataille y Louis-Ferdinand Céline, sin contar muchos otros, los escritores franceses han servido de modelo e inspiración para los peruanos de distintas generaciones. Es cierto que también las literaturas norteamericana, inglesa y alemana cuentan con un ascendiente entre nosotros pero me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que el peso de la literatura francesa en nuestra historia literaria es mayor. Tanto ayer como ahora, la literatura francesa ejerce un influjo (fascinación dirían algunos) que va más allá de las generaciones, clases sociales y géneros. De hecho, en ocasiones, me parece que Francia goza entre los escritores peruanos de esa unanimidad que, lamentablemente, no hemos encontrado en ningún otro ámbito. Poco importan las diferencias ideológicas, generacionales, estéticas o sociales cuando se trata de la literatura francesa puesto que sus escritores y ficciones han sido determinantes para gran parte de nuestra experiencia como lectores.

 

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Un joven Mario Vargas Llosa

 

Así, lo que expresó Mario Vargas Llosa cuando recibió el premio Nobel es válido para muchos de nosotros:

«De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación, como una disciplina, un trabajo y una terquedad».

Es curioso que lo vivido por el adulto confirme lo soñado por el niño en el relato de Vargas Llosa, lo cual dice más de su capacidad de fabulador que de la realidad (todos sabemos que las ilusiones infantiles son desmentidas por la experiencia adulta). Pero lo es aún más que manifieste, más allá de lo idealizado de su perspectiva, su deuda con Francia. Sabemos que fue en París que escribió gran parte sus obras maestras ?desde La ciudad y los perros hasta Conversación en la Catedral? pero también que la vida parisina le permitió el estimulante contacto con intelectuales venidos de todas partes del mundo, ordenar su tiempo para dedicarse a la escritura y, sobre todo, convertir en ficción la realidad peruana. Desde este punto de vista, la expresión de Mario Vargas Llosa, algo ingenua, adquiere su verdadero sentido: sin Francia Mario Vargas Llosa nunca habría llegado a ser el escritor que es.

El valor determinante que tiene Francia en la vida y obra del autor de La tía Julia y el escribidor no es algo aislado. Para muchos de quienes nos vinimos a Francia el paso por este país se imponía como una obligación. Sólo de esa manera tendríamos aquello que no encontrábamos en el nuestro. Sólo de esa manera alcanzaríamos lo que por desidia, falta de tiempo o intereses creados no tendríamos en nuestros países de origen. Si para quienes viajan a otras latitudes se impone la necesidad de instalarse mediante un trabajo, un grupo de amigos, acaso una familia, para quien escogió el camino de la literatura existen otras motivaciones.

Hay que señalar que en la decisión de muchos de quienes nos vinimos a Francia influyó la trayectoria de Mario Vargas Llosa, desde luego, pero también la de Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro quienes escribieron una gran parte de sus libros en París. Lo mismo que Ventura García Calderón, acaso el precursor, el primer peruano exitoso en París, los tres escritores mencionados motivaron las vocaciones entre quienes llegaron después. Pregunten a un escritor peruano instalado en Francia qué lo hizo venir a este país y una de las primeras cosas en las que pensará será una ficción de Ribeyro o una novela de Bryce Echenique, por ejemplo. Con su paso por Francia y alguna que otra ficción, dichos escritores constituyeron el imaginario del peruano en Francia, el joven aspirante a escritor que llegó hasta aquí para recoger el éxito que estaba esperándolo. Ahora bien, la consagración nos hizo adiós desde lejos como uno de esos espejismos que se volatilizan cuando se ha llegado hasta ellos.

 

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Si bien los espejismos se pueden revelar como infundados, de todos modos hay algo verdadero incluso en el más delirante de ellos. La consagración que muchos creyeron recoger en Francia, como si bastara poner los pies en este país para ser un escritor célebre, cuando en verdad nos encontramos con indiferencia y asperezas, nos hizo venir hasta aquí. Lo cual no es algo que debamos pasar por alto. Muchos viajan para repetir el rito del escritor latinoamericano en Francia pero, una vez que llegaron, deciden o asumen impregnarse de otro idioma, o una cultura distintos. La sensación de ser un extranjero, en mi opinión propia de todo un escritor, se convierte en Francia en el combate cotidiano del exilio. Todos los peruanos que aprendimos a vivir en Francia hemos tenido que lidiar con burocracias dignas de Kafka, con el recelo hacia los extranjeros ?que va de la simple desconfianza a una malsana xenofobia?, con la soledad y cierta forma de aislamiento, sin olvidar la distancia. En medio de esta situación, el Perú, ese país tan conocido de tan sufrido, se convierte en un planeta situado a millones de años luz. De nada sirven los satélites, las redes sociales y las nuevas tecnologías cuando el sentimiento de haber aterrizado en un lugar diferente, con códigos culturales ajenos y excluyentes nos impone un hiato emocional. Consagración no, experiencia sí. Aunque sea a la mala.

Es imposible determinar con certeza la forma en que la vida en Francia repercute en el trabajo creativo. Tampoco pretendo hacerlo. En cualquier caso no creo que ésta repercuta tanto en términos temáticos como formales y biográficos. Si bien escritores como Ventura García Calderón o el mismo Mario Vargas Llosa han escrito libros acerca de Francia o ambientados en diversas ciudades de este país, no es el caso de la mayoría. La mayoría de escritores peruanos que viven en Francia han dedicado sus ficciones, de manera repetitiva, en ocasiones obsesiva, al país dejado detrás. «Vine a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que el malhadado país me salió al encuentro de la manera más inesperada esta mañana», afirma el narrador de El Hablador y estoy convencido de que los peruanos que vivimos en Francia podemos decir lo mismo.

 

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La escritora peruana Grecia Cáceres

Pese a la distancia, acaso gracias a ella, los escritores peruanos reinventamos, mediante la ficción y la memoria, el país del que nos exiliamos. Al hacerlo lo recuperamos pero no materialmente sino mediante la palabra y la imaginación. De esta manera, le entregamos otra cualidad, la verbal, que nos permite trascender la simple experiencia personal, también las inquietudes y los temores individuales. De pronto, desde Francia, ese país áspero y estimulante, cuajamos otro sentido para el Perú. Quien haya leído, por ejemplo, novelas como La colección de Grecia Cáceres o El rincón de los muertos de Alfredo Pita reconocerá la forma en que los peruanos en Francia convierten en ficción la historia violenta, los movimientos políticos y también la vida de todos los días, esas pequeñas grandes alegrías y miserias que pautan la vida de una generación, de un individuo.

Ahora bien, es en el elemento formal que se nota el paso por Francia. Este país europeo es el escenario de un aprendizaje vital, sí, pero sobre todo de un oficio. Alfredo Bryce Echenique siempre cuenta la importancia que tuvo en su formación literaria la lectura de Stendhal. Otro tanto hicieron, cada uno en su momento, Patricia de Souza con Lautréamont, Grecia Cáceres con Marcel Proust, Julio Ramón Ribeyro con Guy de Maupassant, Alessandro Pucci con Georges Bataille, Diego Trelles Paz con Louis-Ferdinand Céline y el mismo Mario Vargas Llosa con Gustave Flaubert, a quien leyó con el lápiz en la mano. Cada uno de los escritores franceses mencionados sirvió no sólo de inspiración sino que también ofició de maestro para los peruanos. Considero imposible, por ejemplo, abordar novelas como Bioy sin pensar en el cinismo nihilista propio de los narradores de Céline o reflexionar acerca de los cuentos de Jorge Cuba Luque sin considerar L’Education sentimentale. Creo, además, que los escritores peruanos que viven en Francia tienen un especial cuidado con la estructura de sus escritos, trabajan con detalle los personajes y las atmósferas en las que éstos evolucionan. Es como si el paso por Francia, y la literatura de este país, donde el lenguaje tiene un peso tan importante, les hubiera abierto los ojos a la forma y esa obsesión moderna por le mot juste.

 

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El narrador peruano Julio Ramón Ribeyro frente a la librería parisina Shakespeare & Co.

 

Finalmente, ya saliendo del ámbito estrictamente literario, no hay que olvidar la impronta de la imagen del escritor que los franceses del siglo XIX y del siglo XX nos han transmitido. El écrivain engagé a la manera de Victor Hugo, Jean-Paul Sartre y André Malraux tiene una influencia notoria en muchos de los escritores peruanos instalados en Francia. Alfredo Pita, por ejemplo, es un escritor que reivindica su condición de ciudadano atento a los movimientos sociales y políticos peruanos (le debemos a él gran parte de la difusión que en Francia tiene la batalla legal de la señora Máxima Acuña contra la minera Yanacocha). Otro tanto ocurre con escritores como Patricia de Souza y Diego Trelles Paz, quienes se sirven de las redes sociales o importantes medios de comunicación hispanoamericanos para levantar sus voces de protesta contra eventos o medidas gubernamentales. Incluso en esto podemos decir que los discípulos superaron a los maestros. Los escritores franceses de ahora, por razones que no vienen al caso pero que han sido muy bien explicadas por Pierre Bourdieu en Les règles de l’art, apenas se interesan en política. Pareciera que la herencia del escritor como voz que opina y reflexiona acerca del acontecer nacional y mundial ha sido antes que nada asumida por los escritores latinoamericanos, en general, y peruanos, en particular.

 

Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela y Fernando de Szyszlo. Paris 1949 Crédito de la foto ARCHIVO BLANCA VARELA

Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela y Fernando de Szyszlo. Paris, 1949
Crédito de la foto: ARCHIVO BLANCA VARELA

 

Mucho se ha dicho con respecto de que Francia ya no atrae a los escritores peruanos como antes. Se ha hablado de ciudades como New York, Barcelona y Madrid, ciudades que acogerían a los peruanos expatriados del siglo XXI. También se ha dicho que Francia vive de un prestigio anacrónico, que la fiesta ya se acabó, que sólo quedan los restos de un naufragio. Dejemos que respondan los hechos. Por Francia pasaron autores como Sebastián Salazar Bondy, Edgardo Rivera Martínez, Guillermo Niño de Guzmán y Fernando Ampuero. Entre los poetas, podemos nombrar a César Moro, Blanca Varela, Rodolfo Hinostroza, Leopoldo Chariarse, Enrique Verástegui, entre muchos otros que, bajo la sombra de César Vallejo, llegaron para escribir sus versos. La lista, de tan larga, parece más un inventario de poetas y escritores nacionales que una lista de personas que vivieron en Francia. Actualmente, viven aquí Alfredo Pita y Elqui Burgos, dos de las voces más importantes de su generación. También otros escritores o poetas como Ina Salazar, Goran Tocilovac, Patrick Rosas Ribeyro, Jorge Cuba Luque, José Rosas Ribeyro, Patricia de Souza, Ricardo Sumalavia y Grecia Cáceres. Mención aparte merece el crítico Luis Dapelo, quien desde París promueve una apasionada y lúcida reflexión acerca de la literatura latinoamericana. Para quienes crean que Francia no interesa a las nuevas generaciones, baste mencionar los nombres de Paul Baudry, Alessandro Pucci, Mariano Vargas, Abraham Prudencio, Luis Miguel Hermoza, Miguel Lerzundi, Rubén Millones, Lenin Solano y Diego Trelles Paz. Todos viven y escriben diseminados por el territorio francés, exiliados en algún pueblo polvoriento o en la luminosa capital, poco importa, el resultado es el mismo.

¿Por qué tantos peruanos vienen a Francia para iniciar o continuar su carrera literaria? Podemos responder, un poco como lo hiciera Carlos Fuentes en el programa Apostrophes cuando le preguntaron acerca de los latinoamericanos, y afirmar que es porque París es la capital del Perú. En París, microcosmos del mundo entero, se reunirían los escritores peruanos para formular, de manera voluntaria o no, lo que en el país, por culpa de las capillas, las distancias, las diferencias sociales y otras taras, sería imposible; es decir, una unidad, un sentimiento de colectividad. Sin embargo, la provocadora respuesta corre el riesgo de esconder las verdaderas razones, así como agotar en su humor la complejidad de un fenómeno. Desde luego, no podemos responder por cada uno de los escritores, cuyas motivaciones son infinitas cuando no paradójicas una vez que se les confronta entre sí. Además están los movimientos sociales, políticos, cuando no las modas: el peruano afrancesado de comienzos de siglo XX, no es lo mismo que el exiliado político o el joven desconocido sediento de libertad, asfixiado de fujimorismo. En cualquier caso podemos afirmar, a la luz de lo visto, que se trata de un movimiento doble y paradójico. Por un lado existe la necesidad de tomar distancia pero dicha necesidad termina revelándose como la manera de regresar, mediante las palabras y la imaginación, a la patria. El hecho que esto ocurra en Francia debemos achacarlo a la riqueza cultural del país europeo, la larga tradición de escritores peruanos que vivieron aquí, la promesa de una vida estimulante en un país enclavado en pleno centro de Europa.

 

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César Vallejo con Georgette en París.

 

También a la posibilidad, todavía vigente, de hacer una carrera en un país y un idioma que no sólo tienen un ascendiente en España sino que permiten tender puentes con el mercado editorial de dicho país, cada día más áspero con los latinoamericanos. Muchos de los escritores peruanos que vinieron a Francia pudieron comenzar a publicar en España y, de esa manera, proyectar su sombra en el ámbito latinoamericana. En un medio como el literario, en el cual pesa tanto lo simbólico como lo tangible, se trata de un aspecto de enorme importancia.

Con todo, algo más puede explicar las razones que nos traen a Francia. Algo que no tiene tanto que ver con la sed de consagración, experiencias vitales, lecturas, formación o asentarse en el mercado editorial. Siempre recuerdo la frase en la que el personaje de La juventud en la otra ribera, uno de mis cuentos favoritos de Julio Ramón Ribeyro, se refiere a la capital francesa: «París era eso en verdad: una sucesión de fachadas sucias, monótonas, que solo pueden albergar la polilla, la mezquindad y la muerte, pero en las cuales de pronto se abren unas persianas y aparecen sonrientes, felices dos amantes abrazados». Para quienes nos vinimos a Francia y encontramos esa realidad mezquina, sucia y en ocasiones sórdida que puede ser este país existen ocasiones, momentos, fragmentos de instantes que justifican muchas de las pellejerías que vivimos aquí. Ese instante de gracia, casi hierofanía, que vive el protagonista del cuento es el mismo que nosotros encontramos, muchas veces sin quererlo, en el rostro de una desconocida, en un rayo de luz, caminando a orillas de un río, en lugares inverosímiles como el metro. Son instantes franceses que provocan un estado de ánimo, una sensación de unanimidad y ausencia por partes iguales. Unanimidad en la medida en que llenan nuestra sensibilidad y ausencia porque, en cierta forma, nos llevan a advertir que algo nos falta. Y ese algo que nos falta lo buscamos, desesperados, optimistas, igual de derrotados, con nuestras palabras. Una y otra vez.

En un mundo convertido en un barrio, un mundo sin fronteras, donde todos nos conocemos y discutimos, un mundo donde todo parece tan corto y tan accesible, resultaría un sinsentido pensar en un país donde instalarse y, desde la lejanía, asumir la escritura. Si podemos ser tan escritores en Lima como en Dakar o Madrid, ¿para qué viajar hasta París si no es para imitar, y en la imitación, asumir la falta de identidad y ambición? Creo que el viaje hasta Francia, hoy por hoy, por más paradójico que esto pueda parecer, tiene más sentido que nunca. Esa Francia de pronto tan cercana y accesible ?otro espejismo: el de la cercanía? se convierte en un espacio de todos los posibles, un lugar dispuesto, hoy más que nunca, a ser conquistado, una tierra liberada e infinita donde llegar a ser. Por eso, la literatura francesa, acaso una de las más cosmopolitas, es tan nuestra como de los franceses. Nosotros la leemos y asimilamos, así como también la discutimos y criticamos. Viajeros en la literatura francesa, exploradores de novelas, cuentos y poemas de otra tradición, terminamos llegando allí donde no existen más distancias: la tierra de las letras. Una vez en ella ya no existe el viaje, tampoco el exilio, aunque sí el trayecto que nuestro deseo y experiencia ha realizado. Lo que ya es mucho.

 

Félix Terrones, Tours, julio 2015

 

 

*(Lima, 1980), es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003), de la novela El silencio de la memoria (2008) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014). Este año aparecerá su novela Ríos de ceniza, publicada por la editorial Textual. Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruana e internacionales. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos.  Ha traducido la novela Conquistadors del francés Eric Vuillard, de próxima publicación. Vive y trabaja en la ciudad de Tours (Francia).

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