Por Adalber Salas Hernández*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Casa Vacía /

(der.) Pascual Borzelli

 

Derrames:

Las anatomías abiertas de León Félix Batista

 

posso abrir o corpo

António Ramos Rosa

 

Estamos habituados, quizás por una mezcla de hábito, pereza y practicidad, a concebir nuestro propio cuerpo como una suerte de mónada, una unidad cerrada sobre sí que guarda perfecta coherencia consigo misma. Compuesto de un vago andamiaje óseo, de órganos engranados y de un sistema hidráulico insomne, este cuerpo funcionaría con una irregularidad sólo rota por agentes externos: virus, bacterias, el mundo microbiano invisible. Sólo entonces su unicidad se rompería temporalmente, durante el rato que le tomara expulsar los corpúsculos invasores. Entonces retomaría su solidez habitual, casi como si se tratara de un autómata.

Si bien nuestro cuerpo ciertamente se defiende constantemente de asedios, y si bien cada parte que lo compone se enlaza con las demás de variadas maneras, vale la pena recordar que se encuentra habitado por muchos otros seres vivos: toda una fauna bacteriana nos habita; sin ella nos sería imposible sobrevivir. Del mismo modo, el modelo mecanicista del cuerpo no se da abasto para dar cuenta de enfermedades como el cáncer, cuya tendencia al crecimiento metastásico desdice cualquier economía simplista del organismo.

Así como sucede como el cuerpo, también puede suceder con el texto. Desde muy temprano se nos habitúa a una escritura directa, plana, inclinada hacia la simplificación. Se nos inculca que este es el único modo eficiente de intercambiar información –es decir, este registro es privilegiado en detrimento de otros. No obstante, contra este modelo chato, ingenuamente denominado comunicacional, el texto literario se rebela. Valiéndose tanto de registros sencillos como de registros convulsos, consigue comunicar algo al lector. Dislocando la lengua, arrancándola de su uso cotidiano, consigue establecer vínculos insólitos con sus interlocutores. Explorando las posibilidades siempre inesperadas del lenguaje, el texto literario consigue abrirse –y abrirnos– a la multiplicidad.

Esto es lo que sucede en Prosa de fabricación casera, volumen que reúne bajo un mismo techo tres libros de León Félix Batista: Delirium semen, Caducidad y Música ósea. En un primer momento, resulta imposible no pensar que, dada la abundante producción literaria de Batista, la escogencia de estos libros no puede ser arbitraria –esta sospecha se torna en certeza una vez terminado el volumen. Entre los tres se teje un hilo fino, una especie de camino furtivo que los pone en consonancia. Incluso diría: que los hace conspirar juntos.

Esta vía es el cuerpo. Es decir, una noción singular del cuerpo. En la poética de Batista, esta noción es fundamental: sólo basta recorrerla para percatarse de la recurrencia, del genuino aluvión de imágenes anatómicas que la pueblan. Sin embargo, no se trata de un concepto del cuerpo que se adscriba en ningún momento a aquel bloque regular, aquel mecanismo impasible al que me refería al iniciar este texto. Los poemas de Batista van, de hecho, en la dirección contraria. Configuran una imagen dispar del cuerpo, una geometría enloquecida, un álbum de fotos hecho de zonas borrosas y close-ups imposibles. Valga decir: Batista restituye a la imagen del cuerpo una movilidad que es suya por derecho, una flexibilidad que lo aleja de toda estatuaria.

 

El poeta León Félix Batista

 

Pensemos, por ejemplo, en Delirium semen: un libro entero que funciona como un diccionario privado en el que cada entrada da cuenta de una peculiaridad erótica. Es la cristalización lexicográfica del deseo. Al inyectar estos fluidos en la estructura rígida del alfabeto, Batista transforma cada entrada en un poema en prosa, en el trozo de un relato abierto y forzosamente inconcluso, el despliegue de la propia vida erótica.

En este libro, así como en los otros dos, construye una violenta anatomía –como puede leerse en la entrada “Carnal” de Delirium semen–, violenta por la manera en que atenta contra una imagen plana del cuerpo para desmenuzarla y de este modo darle nueva vida. Esta imagen, rota su cáscara, se derrama. Y son precisamente estos derrames lo que Batista registra e incluso hace encarnar en su lenguaje. Por ejemplo, la entrada denominada “Brutal”:

Desarticular un nudo por redefinir el ego, los fragmentos que no han sido formulados en un todo. Dar al busto y a los brazos cuadratura duradera, como ofidios que yo mismo formulé. Cuántas siegas minuciosas de charquitos en reposo, y entre estrías de moluscos, de terrenos  bajo  un  manto.  Sólo excavas, raspas, roes, el  tapete minucioso  y supliciado de la carne –el que te victimará, drenará, dará declive.

 

El des-anudamiento del ego se vuelve su desnudamiento, su apertura para dejar entrar toda suerte de formas en él. Es así como entran en juego la geometría –esa cuadratura duradera– y la vida animal, con sus ofidios y moluscos. La anatomía como terreno cuya topografía precisa de reformulación, el yo como superficie de excavación, cuyos fondos esconden un contenido heterogéneo que espera ser enunciado.

Lo que sostiene al sujeto, lo que le brinda la ilusión de coherencia y le permite creer que posee una identidad unitaria, es su piel: barrera ínfima, esplendor, superficie de registro –como reza la entrada llamada “Húmedo”– que, tras ser penetrada, da paso a toda una efervescencia subterránea. El mismo hervor de la piel enrojecida por la excitación, tal y como la registra la entrada “Rosado”:

Con su tórrida avidez de cabeza de tubérculo la brasa vierte aromas cerrándose y anclando. Partículas de pez, mareas, conchas acres: vestigios en las venas de una gran conflagración. Sus crónicas se imponen encarnar constantemente, rompiendo en un tumulto vectorial, sobre superficies ígneas, por la esfera indefinible sobre las que están patentes tempestades de deseo.

 

Peces, tubérculos, conchas e incluso las mismas mareas tienen cabida en esta dilatación de la sangre, en esta fiesta de los vasos sanguíneos que se deja sentir en la epidermis –la cual se ve transformada en superficie ígnea, en tempestad del deseo. En la poética de Batista, el cuerpo está repleto de filtraciones, de agujeros por los que se derrama y por los que, al mismo tiempo, ingresa el mundo en él. Es una poética alzada contra la noción de pureza –como si tuviera siempre presentes las palabras de Montaigne al inicio de su ensayo Nous ne goustons rien de pur: “La foiblesse de nostre condition fait que les choses, en leur simplicité et pureté naturelle, ne puissent pas tomber en nostre usage. Les elemens que nous jouyssons, sont alterez.”[1] Pareciera tomar estas palabras y, en vez de lamentarse, hacerlas su insignia, su santo y seña.

Pero no todo es incandescencia de lo erótico. Junto a Delirium semen se encuentra Caducidad como una contracara, una minuciosa crónica poética de la descomposición del cuerpo. Allí donde encontrábamos una anatomía que redefinía sus límites gracias a la acción del deseo, encontramos ahora una anatomía que redefine sus límites gracias a la acción de la entropía. El paso del tiempo quiebra esa piel que en otros textos era celebrada como cima:

un segundo cuando pasa se convierte en cicatriz: otro día registrado por un reloj raquídeo

 

No obstante, la escritura de Batista no puede dejar de registrar estos otros desagües, estas nuevas goteras del cuerpo en descomposición. Pues este cuerpo también se hace poroso ante el mundo, no ya por la ebullición, sino por el desgaste. En ningún momento deja de ser materia tórrida, como puede leerse en otro de los pasajes del libro. Sólo que la relación de esta materia con la otra, la textual, en la que cuaja, es distinta. Perdido el aspecto lúdico de Delirium semen, queda una reflexión más áspera sobre esta singular labor de escritura:

sutura de fragmentos que tejen sinsentidos y luego se descosen de límites dementes, esos días de follajes –libelos indelebles, palabras no viables, que escribo por mi doble– atraviesan una masa de páginas centrífugas, me dan su abominable inestabilidad

 

Una anatomía en desbandada requiere una escritura en continua pérdida: pedazos arrancados de todos los naufragios, reacios a ser ensamblados entre sí; miembros de ningún cuerpo. En suma, palabras no viables, cuyo movimiento centrífugo las aleja de todo sentido ordenado, jerárquico, tranquilizador. La escritura se vuelve también flujo y reflujo, circulación de licores sin tregua, sin dirección: destilados de grafito, como dice el propio Batista más adelante. Destilación que no purifica, sino que tan sólo fermenta.

 

 

Caducidad es un ejercicio de fisiología: nos entrega un cuerpo descerrajado, que se precipita en fluidos, cataratas de los cuerpos sin compuertas. Mantiene con respecto a Delirium semen una relación de especularidad invertida –cada uno es el negativo del otro. Pero el tercer y último libro que conforma este volumen, Música ósea, termina por funcionar como una suerte de síntesis, una celebración del cuerpo con sus cimas y sus simas, roto y jubiloso, vorágine voraz de materia que se estría. Cuerpo compuesto de urdimbres disímiles, anatomía que es su propio umbral, su propia puerta de salida, siempre a punto de dejar de existir en ese desbordarse:

tejido truculento del ser en el umbral que trama devenir de su caída

¡cuerpos, cuerpos! cercanos a no ser, desparramados

 

De este modo, el cuerpo se vuelve la región incógnita por excelencia, la incertidumbre misma. Pues su desparramarse no consiste simplemente en una abolición de los límites, sino en su reinvención. Los derrames que abundan en la poética de Batista y que fundan su imagen del cuerpo humano no están destinados a diluirlo, sino a refundarlo. Es un cuerpo que late, que es movido por un pulso con su sístole y su diástole, sus destrucciones y sus reconstrucciones:

un cuerpo construyéndose con sus demoliciones aquel en que me enquisto

volviendo a su estructura pero con dilución, así que es la fractura de otro cuerpo

 

Al devolverle al cuerpo la imprecisión que le corresponde, al despojarlo de certezas que sólo lo anquilosan, Batista lo vuelve lugar de paso, encrucijada, espacio de encuentro para todo elemento que se deje atrapar por el lenguaje. Recuerda un poco aquella afirmación de David Le Bretón en Anthropologie du corps et modernité: “Le monde est l’émanation d’un corps qui le traduit en termes de perceptions et de sens, l’un n’allant pas sans l’autre. Le corps est un filtre sémantique.”[2] Batista hace correr por este tamiz toda la materia que puede hallar: para él, el cuerpo es un filtro semántico y la escritura un filtro somático.

Esta noción del cuerpo implica, también, una teoría sobre los sentidos: un hilo más tenue, pero igualmente recurrente en los tres libros. Los sentidos funcionan en esta poética como esclusas, pero también poseen entidad física. Son receptores y emisores, recogen y deyectan. Los sentidos son mucosas en un vidrio embalsamado, recayendo en la epidermis secreciones, dice la entrada “Axilas” de Delirium semen. Por otro lado, en Caducidad los sentidos son llamados corpúsculos porosos –como lo hubiera querido algún presocrático.

Se trata de los sentidos como compuertas de doble vía, destinadas simultáneamente al recibir al mundo y a tener presencia física en él. Sentidos que nacen de la fricción entre el sujeto y el mundo, lugares de tránsito y de tráfico. Para la poética de Batista, esta noción es capital: es la columna oculta que vertebra su noción del cuerpo. O, para decirlo con uno de los versículos de Música ósea: así se descerrajan los sentidos: con el cuerpo contra el cuerpo a quemarropa. El volumen entero, Prosa de fabricación casera, es una búsqueda de nuevas fronteras para la subjetividad, para la presencia física de lo humano, sea en el espacio o en la página. Pareciera exclamar junto a Hart Crane: New thresholds, new anatomies!: ¡Nuevos umbrales, nuevas anatomías!

 

 

 

——————————–

[1] “La debilidad de nuestra condición hace que las cosas, en su simplicidad y pureza natural, no puedan servir a nuestro uso. Los elementos que gozamos están alterados.”

Montaigne, Essais. Œuvres Complètes. París, Éditions Gallimard, 2009.

[2] “El mundo es la emanación de un cuerpo que lo traduce en términos de percepciones y de sentidos, nunca yendo lo uno sin lo otro. El cuerpo es un filtro semántico.”

David Le Breton. Anthropologie du corps et modernité. París, Quadrige/Presses Universitaires de France, 2011.

 

 

 

 

 

*(Caracas-Venezuela, 1987). Poeta, traductor y ensayista. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello y magíster de la Universidad de Nueva York en 2015 y cursa, becado, el Doctorado en Español y Portugués de la Universidad de Nueva York. Actualmente se desempeña como Codirector de Bid & co. editor. Obtuvo el II Premio Nacional Universitario de Literatura (2008) y el XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita (2014). Ha publicado en poesía La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos (2008; 2015), Extranjero (2010), Común Presencia (2012), Suturas (2011), Heredar la tierra (2013), Salvoconducto (2015) y Río en blanco (2016).

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.