Presentamos una reseña al libro Gente ordinaria (2014), publicado por Cartón-ERA que pertenece a la editorial mexicana Librosampleados.

 
 

Cuentos ordinarios

 
 

Por: Víctor Roberto Carranca
Crédito de la foto: Pablo Brescia

 
 
 

Es difícil no asirse a autores conocidos o lugares recurrentes que ayuden a un lector (sea simple explorador de libros o reseñista) a situar a un escritor novedoso, de prosa fresca e indefinible, dentro de parámetros reconocibles. Gente ordinaria, libro cartonero que compila cuentos del bonaerense Pablo Brescia, publicado por la Cartón-ERA, de la editorial mexicana Librosampleados, presenta este dilema. A pesar de que los cuentos de Brescia tienen (merecido) reconocimiento en diversos países del orbe hispanohablante, y de que su narrativa no se muestra ajena a los escritores que se abren paso en la literatura latinoamericana, la lectura de estos cuentos trae aparejada una extrañeza que impide situar al autor en un contexto definido.

 

Sin duda, el despliegue de una prosa que nada deja en evidencia y que, por lo tanto, no subestima al lector, son muestra de que Brescia se aleja, en ciertos aspectos, de sus coetáneos. Por ello, al hablar sobre la necesidad de encontrar paralelismos entre autores (sea de una manera superflua, al menos como subterfugio literario), enfatizo la manera en la que Brescia se muestra como un cuentista difícil de contextualizar dentro de corrientes identificables o panoramas de letras limitados. Ni siquiera, al dotar de nacionalidad y origen al autor, la perspectiva cambia. Pablo Brescia es uno de esos escritores que pudieron nacer en cualquier lugar y en cualquier época. De ahí que sus obras sean únicas y extraordinarias.

 

Tal vez por eso, “Maneras de estar muerto” y “Cacería”, los dos primeros textos del libro, me dejaron un resabio a Francisco Tario, un cuentista mexicano que pasó desapercibido ante la narrativa de corte revolucionaria. El primer cuento crea un vínculo entre la locura y la necrofilia, a través del rompimiento de los paradigmas que establece la literatura común, dejando suficientes espacios para que el lector, desprovisto de presunciones, supla los huecos con un subjetivismo que resulta peligroso. “Cacería”, a su vez, nos entrega esa tensión dramática, en circunstancias que podrían resultar banales, que termina por transformar los objetos y las locaciones en algo siniestro. Insisto, la comparación solo justifica la necesidad de un reseñista para suplir esa perplejidad que nos dejan los cuentos de un autor como Brescia. Su temática escapa de lo convencional. Su prosa nos confronta. De cierta manera, los cuentos retan al lector a abandonar los lugares comunes y las estructuras reiterativas, para situarse en un territorio nuevo.

 

En este sentido, nombres como Mario Levrero —a quien se le reputó, con justa adulación, ser un escritor kafkiano— así como Juan José Arreola, pasan por la memoria de quien aborda el cartonero Gente ordinaria. El suspenso atmosférico y el logro del absurdo, en cuentos como el ya mencionado “Cacería”, me traen a la memoria al primero; mientras que ese humorismo (negro, muy negro) que se aprecia en “Parábola del esclavo moderno” o “Código 51”, me llevan al segundo autor mencionado. Por supuesto, en cada caso, cambiarán los autores que desfilen junto a la lectura de esta obra. Sin embargo, algo resulta innegable: uno ya ha sentido esa extrañeza, ese poder de desconcierto, en algún otro lado.

 

En eso radica la maestría de un autor que logra ceñir, en escasos 5 cuentos, la facultad de generar la sensación, no solo de una unidad temática, sino también de una estructura que rompe fórmulas convencionales. Por ello, una de las cuestiones más encomiables de la narrativa de Brescia es ese manejo de la atmósfera, a través de la cual los personajes que tienen todo menos lo ordinario (sirva el evidente sarcasmo en el título) encajan de manera perfecta en las circunstancias que enfrentan. No importa la complejidad del entorno. Así se trate de una acechanza creciente, como en el caso de “Ellos”, o de una disquisición sobre el rompimiento del cliché de la necrofilia, lo cierto es que no es la extrañeza de las situaciones lo que nos deleita (muchas de ellas, como en el caso de “Código 51”, llevadas a un extremo entre humorístico y surrealista), sino que todas las piezas funcionan dentro de ese mecanismo narrativo para contrariar la realidad (o cotidianeidad) del lector.

 

Sucede así, que al terminar Gente ordinaria, uno podrá remontarse a esos paralelismos literarios. Lo hará inútilmente.

 

Pablo Brescia es tan poco común, como los personajes que, sin duda, le otorgaron el título a esta obra.

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