Por: Enrique Solinas

Crédito de la foto: la autora

 

 

“Cuando ocurre la poesía,busco tender un puente hacia el otro,

pues tengo la esperanza de que habrá otro,

en algún lugar, al final del camino”,

entrevista a Marialuz Albuja

 

 

Albuja Básico

 

MARIALUZ ALBUJA (Quito, 1972). Escritora, traductora y editora. Estudió Artes Liberales en la Universidad San Francisco de Quito y obtuvo su maestría en Estudios de la Cultura, con mención en Literatura Hispanoamericana, por la Universidad Andina Simón Bolívar. Fue docente en las áreas de Literatura Hispanoamericana, Inglés y Español en diferentes colegios y universidades del Ecuador y del extranjero (Estados Unidos, Francia y República Popular China). Forma parte de antologías nacionales e internacionales, siendo traducida al euskera, al francés, al inglés, al italiano y al portugués. Hasta la fecha publicó Las naranjas y el mar (1997), Llevo de la luna un rayo (1999), Paisaje de sal (2004), La pendiente imposible (2008), Detrás de la brisa (2012), Cristales invisibles (Antología personal, 2013) y El invisible despertar del páramo (2014, recopilación). También ha publicado poesía para niños: Cuando cierro mis ojos, Aunque no sea cuento de hadas esta historia y Cuando duerme el sol. Es cofundadora del sello editorial Rascacielos.

 

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Entrevista

 

¿Cómo llegó la literatura hasta vos y cómo fue el camino que recorriste hasta ahora?

La literatura llegó a mí de la manera más natural del mundo, pues fue el resultado de salir al jardín y mirar lo que estaba alrededor; observar a mi abuela pelando las papas al mediodía, mientras me contaba historias de su niñez; sentarme en la cama, junto a mi abuelo, para escuchar lecturas de Charles Dickens o de Julio Verne; acomodarme en las rodillas de mi tía Eugenia para mirar las ilustraciones de un cuento o sentir a mi madre cantando en la oscuridad mientras yo me quedaba dormida. Fue también la noción del dolor, como el presentimiento de algo que me esperaba en algún sitio y cuya llegada sería inevitable.

El lenguaje me entró en forma de poesía, pues escuchaba poemas de todo tipo, recitados de memoria por mi abuela, que acaba de morir hace muy poco (cuando estaba a punto de cumplir los cien años) y que tuvo una memoria y una sensibilidad prodigiosas.

También presentí la literatura en las historias de miedo que la nana, Esperanza, nos contaba a mis hermanos y a mí cuando mis padres salían de casa, así como en el ingenio del tío Eduardo (un humorista reconocido en su ciudad natal, Cuenca) repleto de juegos semánticos que, años después, me recordarían a Cabrera Infante.

Muy pronto intuí que existía un mundo paralelo del cual quería ser parte. No conocía el alfabeto, pero ya había descubierto mi vocación.

Y en busca de ese territorio intuido, fui entrando en el mundo de la lectura y en la búsqueda de experiencias vitales que, durante toda mi juventud, me impulsaron a viajar, a guardar mis impresiones en libretas, a darle un significado –en palabras- a eso que yo consideraba “mi vida”.

Hasta que un día me atreví a publicar el primer libro de poemas y asumí el compromiso de seguir escribiendo, ya no solamente como un modo de expresión, sino desde el desdoblamiento de quien se lee a sí mismo y descubre que sus textos no son perfectos ni hermosos, sino que requieren un arduo trabajo. No ha sido fácil. En más de una ocasión he querido bajarme del tren, pero sigo encontrando en la escritura mi forma de estar en el mundo. Mientras así siga siendo, me quedaré.

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¿Qué significa ser hoy un escritor en el Ecuador? 

Puede significar lo mismo que ser un escritor en cualquier otro lugar, aunque con el aporte de una mirada distinta. Sin embargo, esta mirada distinta no me parece que nazca del hecho de “ser escritor en el Ecuador”, sino de una visión particular del mundo que es, más bien, individual.

Toda persona construye, inevitablemente, su propia visión del mundo. Es cierto que esta visión se ve configurada por el entorno, por la naturaleza circundante, por la política, por los hechos sociales e históricos, por los escritores fundacionales de una nación… Sin embargo, el mundo se ha abierto cada vez más, y los ciudadanos nos hemos ido convirtiendo paulatinamente en seres que atraviesan fronteras de todo tipo. Fronteras que, sin embargo, sorprenden cuando tras ellas nos encontramos con las mismas inquietudes universales: el amor, la muerte, el dolor, el gozo, la fragilidad…

Ser escritor, aquí o en China, significa ir en dirección contraria hacia la que el mundo, con sus necesidades apremiantes y engañosas, pretende arrastrar a quienes no puedan resistirse.

 

¿Cómo es tu proceso de escritura?

No escribo por obligación ni por el compromiso de mantener mi “identidad” de escritora. Creo que si la necesidad de escribir desaparece, hay que dejar de hacerlo, al menos hasta que vuelva. Forzar la escritura sólo dará como resultado textos notoramiente impostados. Me refiero a la escritura de poesía, pues reconozco que en otros géneros es muy importante mantener otro tipo de disciplina.

Mi proceso de escritura obedece, en un primer momento, a la mencionada necesidad, manifiesta en el texto que se abre camino como entidad viva.

Una vez presente el texto, repito, como entidad viva, viene el momento más importante: un trabajo largo y minucioso, que no admite apuros ni cronogramas. Aparecen las dudas, los insomnios, el miedo a haber fracasado en la escritura. Y, muchas veces, el fracaso. Otras, el gozo de conseguir algo no esperado, que no reconocemos como propio porque ya no lo es.

Mis poemas demoran años en alcanzar su versión, no quiero decir “final”, porque siento que nunca estarán del todo terminados, pero, al menos, la versión que me siento capaz de compartir con el lector.

 

¿Qué te interesa a la hora de leer?

A la hora de leer busco textos (sean novelas, cuentos, poemas, ensayos) que me remuevan profundamente. Necesito verme confrontada en mis creencias, en mi modo de ver el mundo. Hay libros que nunca salen de mi mesa de noche: La Ilíada, la Odisea, Rayuela, El Romancero Gitano… Hay autores que releo cada cierto tiempo, como a Faulkner, Kafka, Pessoa, Marina Tsvetáieva, Anna Ajmátova, Jorge Luis Borges… Y libros a los que siempre regreso: Trilce, Cien años de soledad, fragmentos de El Quijote o de Las mil y una noche.

Busco textos que me ofrezcan algo nuevo cada vez, aunque los haya leído antes, como quien entra en las aguas de Heráclito. Y frecuentemente me veo atacada por descubrimientos u obsesiones temporales, aunque se trate de libros antiguos que se hayan tardado en llegar a mis manos. Tal es el caso de La Cartuja de Parma, que ahora me tiene sin pestañear.

También me obsesionan en estos tiempos, léase algunos años, los ensayos de Fernando Iwasaki, que me abren constantemente las puertas hacia otras lecturas y hacia temas contemporáneos o del pasado con una naturalidad asombrosa. Lo mismo me ocurre con mi paisano, Abdón Ubidia, cuya lectura me conduce a referentes imprescindibles.

¿Qué busco en un texto? Quizás, dialogar con otros más sabios que yo, ésos que han creado no sólo obras literarias sino un universo.

 

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Tu poesía tiene el don de los poetas románticos: belleza y verdad sobre cualquier trampa del discurso, y al mismo tiempo, es posible intuir elementos autorreferenciales que describen con dureza el mundo contemporáneo. ¿Cómo percibís que sucede en vos el fenómeno poético?

Cuando escribo, jamás priorizo el discurso sino lo que quiero mostrar, sin ocultarlo. Siento que el fenómeno poético ocurre en mí como un quitar velos para decir lo que el mundo convencional pretende suavizar o disimular. En el momento en que ocurre la poesía (porque me parece que ocurre, literalmente, como un suceso real y vivo) busco tender un puente hacia el otro, dondequiera que esté, pues tengo la esperanza de que habrá otro, en algún lugar, al final del camino.

Me resulta inevitable dejar de lado los elementos autorreferenciales que pueblan mi escritura, pues tanto como las lecturas que me nutren, están las vivencias que me hacen. Sé, sin embargo, que nada de esto es lo que realmente “soy”, pero la escritura implica invención, y cuando transporto a un poema momentos de la existencia, estoy reinventándome a mí misma y al mundo. Muchas veces hay dureza en este acto, pues su ejercicio supone desnudar las cosas para que se vean expuestas vergonzosamente en su dolor, en su intensidad, en su riqueza. Es una especie de desdoblamiento que consiste en exponerse, sin defensa alguna, desde el mundo paralelo que todo lo puede contar porque todo es ficción, aunque fuese verdad.

 

¿Cómo sientes que los lectores recepcionan tu poesía?

Los lectores reciben mi poesía como algo suyo. Se apropian de ella casi al instante y dialogan con lo que está presente allí. Es cierto, también, que quienes buscan experimentación o ruptura, no encuentran en mis textos nada que les llame la atención. Pero no escribo para dar gusto a nadie sino obedeciendo a una necesidad expresiva que ha encontrado su propia forma de manifestarse. Si en algún momento cambiase dicha necesidad y se llegran a abrir caminos aventurados, entonces tendré que tomarlos. Estoy dispuesta a todo, siempre y cuando sea honesto. Por ahora, me siento más que satisfecha con mis pocos lectores, ésos que dicen hallarse a sí mismos en lo que escribo.

 

 

En el Ecuador, ¿el género es importante? ¿Es tenido en cuenta?

El Ecuador es un país en donde la poesía tiene presencia. Además, los poetas han sido los que han abierto el camino hacia nuevos modos de expresión. Hemos tenido a Hugo Mayo, a Alfredo Gangotena, a César Dávila Andrade, a Francisco Granizo, por nombrar a unos pocos, todos ellos fundacionales de la nueva poesía no solo ecuatoriana sino latinoamericana. El hecho de que hayan sido menos difundidos en el extranjero, en comparación a algunos de sus colegas de otras nacionalidades, se debe a factores extraliterarios.

En la actualidad hay poetas que están escribiendo y publicando sostenidamente, en diálogo con sus contemporáneos de América Latina, de España y de otras lenguas. Muchos han sido traducidos y editados en varios continentes.

Además, en el Ecuador hoy en día se llevan a cabo encuentros internacionales de poesía que se han ganado un lugar importante entre los escritores de diversos países. Tal es el caso de Poesía en Paralelo Cero, cuyo fundador y realizador es Xavier Oquendo Troncoso; Desembarco Poético, impulsado por Ernesto Carrión; El Festival de la Lira, por Cristóbal Zapata; el encuentro Ileana Espinel Cedeño, por Augusto Rodríguez, todos ellos poetas y gestores culturales. No son éstos los únicos esfuerzos que se realizan, pero son quizá los que más se han sostenido en el tiempo y que han traído al país a voces muy representativas de la poesía en español y en otras lenguas, y que, al mismo tiempo, han posicionado a nuestros poetas en el imaginario del público local, que espera cada vez con más entusiasmo la realización de estos encuentros abiertos a todo el quiera disfrutar de la poesía. Por otra parte, su realización ha favorecido el que escritores ecuatorianos sean visibilizados afuera de las fronteras.

Existen, además, poetas y escritores dedicados a la labor de antologar y de rescatar constantemente el trabajo poético de sus coterráneos. Tal es el caso, otra vez, de Xavier Oquendo Troncoso, de Luis Carlos Mussó, de Raúl Serrano Sánchez, también por nombrar a unos pocos.

 

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¿Por qué y para qué escribir?

En un mundo en el que ya todo se ha dicho, parecería que escribir es un ejercicio inútil. Sin embargo, la visión individual de cada escritor, sobre los temas de siempre, que son tres o cuatro, es lo que enriquece el diálogo iniciado desde la antigüedad hasta hoy. Y es que la literatura es una conversación interminable en la que participan lectores y escritores por igual. Es cierto, también, y muy triste, que lectores y escritores estén convirtiéndose en una especie en extinción. Pero no soy tan pesimista: creo que siempre habrá quien encuentre su “nicho” y su modo de existir en la literatura. A la final, todo es literatura. El cuento que nos hacemos sobre nosotros mismos. La identidad que nos creamos. La idea que queremos dejar en los demás. Nuestros dramas. Nuestras desdichas. Nuestra supuesta –y pasajera- felicidad. Acaso dejar constancia de ello sea lo que nos sigue llamando con tanta fuerza a llenar páginas con signos. Y siempre, inevitablemente, el deseo de crear un nuevo lenguaje que vuelva a decir, como por primera vez, lo que ya tanto se ha dicho, pero sin un discurso desgastado e incapaz de alcanzar el origen.

Dime cuáles son tus proyectos actuales

Quisiera dar la vuelta al mundo en 365 días, pues 80 me parecen muy pocos, aunque ahora podría hacerse en 2, o hasta en menos. Pero como soy profesora universitaria, madre de tres, traductora y sobreviviente –no sé hasta cuándo- del sistema monetario (porque capitalista ya no me dice nada), mis proyectos son mucho menos aventurados: aprender a tomar la vida como llega, terminar mi nuevo libro de poesía, que está casi listo pero que aún no tiene título ni editor, disfrutar lo que queda de la infancia de mis hijos, terminar una antología de poesía ecuatoriana que estoy preparando, seguir trabajando con el sello editorial que fundé junto con la poeta Sandra De la Torre Guarderas, y bajo el cual hemos ya editado cuatro libros, publicar una colección de cuentos que han permanecido escondidos desde hace mucho tiempo… Y atreverme a terminar una novela corta.

Tengo claro que el oficio de la escritura no es una carrera de caballos. Y sé que me tomará tiempo finalizar lo que está en proceso. Pero suelo terminar lo que he empezado, así que seré paciente.

Quién sabe si un día de estos realmente me embarco en la vuelta al mundo y desaparezco de esta faz de la tierra… Una tentación que todos tenemos, ¿o no?

 

Para terminar, ¿qué se puede esperar del poema?

Nada.

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Así escribe Marialuz Albuja

 

Si ella pudiese

sólo ahora

recuperar los ademanes de la casa

el entusiasmo en la cocina

apenas sombra que habitó estos muros antes que su cuerpo

antes, también, de conocer

esa manera en que la muerte imprime señas sobre un rostro

gestos que nadie ha descifrado

laberintos.

 

Si aún supiera descubrir la madrugada

en que corrió tras la negrura del ciprés

para entrever en las pupilas del abuelo

ese dolor que se escondía bajo tierra

como un despojo que hasta ahora puede amar.

 

Y si quisiera recordar el breve júbilo

de las palabras descubiertas

como sueños

 

comprendería lo que tanto le hace falta

y en amistad con cada cosa

partiría.

 

Casi fugaz.

De frente.

Sin ninguna culpa.

 

 

 

SIMULTÁNEAS ALREDEDOR DEL MUNDO

Golpeo el teclado

este piano de vocales y consonantes que lanzan su música inaudible

dejando que la ciudad se me escape lentamente por el oído izquierdo

mientras por el derecho me invade la tierra cruda que está del otro lado

los chaquiñanes detrás de mi casa…

Si los seguía llegaban a la autopista

que sin saberlo rompe los montes

separa el campo

 

y mi madre

en su pequeño escarabajo por el camino empedrado

mientras yo, en la Gran Muralla,

bajo la luna llena

me recuesto.

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Esto de no dormir

de quebrarme

de alzar la cabeza en la madrugada

para rumiar no me acuerdo qué cosas.

 

Esto de verme las manos como si no fueran mías

porque unas venas azules, gruesas y serpenteadas ahora las surcan.

 

Este deseo de huir

tras la niebla húmeda de la costa

y no volver más al escritorio, a la calle, al ropero.

 

Esto de hablar para nadie

para mi abuelo cuando era novato

para la puta que descubrí en una calle de Santo Domingo

para la Pájara Pinta, que ayer extravió su quietud…

 

¿Acaso todo esto será El Desamor?

 

 

 

No soy yo

ni soy esto que escribo.

Tampoco soy la sombra de lo que habría querido ser

o escribir.

Menos aún, mi rostro en el espejo

fiel a su imagen

desde hace cuánta soledad en los relojes.

 

No soy la madre de tres hijos

ni la mujer de un irlandés americano

misógino

anarquista

 

ni el fantasma de mí

ni la serpiente en que pensé me había convertido

(en el poema para Ulises

tú lo sabes).

 

No soy la palabra que sigo esperando en las noches despejadas

-como caída del cielo-

y nada tengo que ver con ésa que se sienta a leer versos en la mecedora.

Pero me he acostumbrado tanto a mí

que tengo miedo de perderme

 

aunque, en verdad, no pierda nada si me esfumo

si mis sentidos

mis ideas

mis terribles presunciones

hacen un pacto con la muerte

a mis espaldas.

 

Tal vez por eso

mi pequeño personaje

inútilmente se entretenga en fantasías y supuestos…

 

Intimidado frente a aquello que sí soy

no puede más que alucinar

por si le creo, nuevamente, sus mentiras.

 

 

 

Ven a decir lo que se te antoje

insulta

grita

despierta a todos.

No temas desenmascararme

hace tiempo perdí la reputación.

 

Quisiera dormir para siempre

mas la curiosidad de escuchar lo que digas

me tiene en pie.

Tu voz me ayuda a cruzar murallas

cuando presiento la cercanía de lo perfecto.

 

Quisiera asumir la entereza de ser lo que soy

con el descaro de los que llegan a cualquier hora

sin importar hasta dónde

ni cuándo.

 

Quisiera…

 

Pero agonizo al saber que en mi mano

estuviste.

 

 

 

Hoy retumba en el muro un sonido

la cadencia que tanto esperé

y solo ahora

porque no me sirve

llega.

Igual que en la lejanía

tus pasos anuncian encuentro

se apartan las aguas

la noche bordea tu filo…

 

Y te dejo partir

 

otra vez.

Como siempre.

 

 

 

Háganse a un lado desertores de lo bello

quiero estar sola entre las uvas esta tarde

no vaya a ser que todo caiga en el olvido

sin yo guardar su nitidez.

 

Cédanme espacio para el duelo

y no me miren

mientras beso la palmera

hundo las manos en el césped

me despojo…

 

Hagan silencio mientras salgo de esta casa

donde mis pies reconocieron la quietud.

 

Ahora pueden regodearse entre mis restos.

He conocido el paraíso

antes del fin.

 

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El frío me araña los huesos.

Padre, me has desterrado.

Voy en busca de un lugar para quedarme

y sólo me encuentro con las colinas donde se eleva tu casa en el horizonte.

 

No sabes que ya no soy yo,

que hace tiempo me dejé esperando un tren que jamás llegaría,

que una tarde me abandoné en un mercado repleto de gente

mientras mi boca se perdía en las delicias de la fruta.

 

Ahora tú me echas.

Pero no sabes que ya no soy yo

que hace tiempo me abalancé bajo las ruedas de un coche

que una mañana desperté en otra tierra

y volvió mi vacío.

 

A veces me espanta la noción de mi cuerpo

llamándome desde ese lugar al que no tengo acceso.

Sin embargo pueden ser bellos el destierro y el abandono

como lo son las gotas de sangre en el cristal destrozado por un puño.

Como lo es mi dolor en la oscuridad.

Él será la tierra que habrá de sacarme a flote

cuando todo lo demás comience a hundirse.

 

Me has desterrado, padre.

Tal vez sea justo.

Pero hace tiempo que ya no me importa saberlo.

 

 

 

El miedo me traspasaba con deleite

cuando venía el gato negro a pronunciar todos mis nombres

 

cuando asechaba tras de mí

para arrancarme.

 

Cómo volver

si ya los pájaros limpiaron el sendero

y las luciérnagas borraron su reflejo en el paisaje.

Si no ocurriese que la duda me persigue

ya ni siquiera intentaría recordar

 

pero  la niña sin escrúpulos que fui

deja sus huellas en el fango

escupe

llora

se revuelca

 

mientras aquella

la de los abuelos

viene a buscarme entre las sombras

todavía.

 

 

 

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