Por: Eugenia Cabral

 

 

1956 – 1980: durante 24 años residió en Córdoba, Argentina, el poeta español Juan Larrea. Entre amanecer y ocaso, brote y marchitamiento, vínculo y demarcación. Y esta “crónica de una elegía” podría haber seguido casi al milímetro los pasos de las cartas que intercambiaron Larrea con David Bary entre 1953 y 1978, de no poner un límite necesario la extensión de un artículo, no de un largo ensayo, y de no tratarse de la mirada de un tercero, en este caso, la mía propia como escritora argentina.

 

Circunscrito ya el alcance de este trabajo, pasaremos a situarnos en las coordenadas que determinaron primero la vinculación y luego el aislamiento de Larrea con respecto al movimiento cultural de Córdoba. Para ello, es preciso puntualizar algunos hechos de aquella época en nuestro país. Argentina surcaba -como es habitual en los países latinoamericanos- la avenida de las contradicciones expresada como “democracia o dictadura”. El derrocamiento del presidente general Perón había significado “democracia” para las clases medias intelectuales, comerciantes, profesionales; para los medianos y grandes empresarios, la iglesia católica, los terratenientes. Por su parte, los sin techo, los peones rurales, los obreros industriales, las madres solteras, retornaron al desamparo, exclusión y pérdida de derechos previos a 1943 (y el resto de ese periodo del peronismo). Esta “democratización” -auspiciada por el Desarrollismo, el Radicalismo y otras corrientes políticas-, en la vida universitaria se plasmó en la apertura hacia nuevas voces o hacia voces silenciadas durante el peronismo, la convocatoria a especialistas extranjeros y el enriquecimiento de la bibliografía académica. En América, se busca con intermitencias una “época de las luces”.

 

Tan sólo dos meses antes de la llegada de Larrea se produce, el 9 de junio de 1956, un levantamiento cívico-militar encabezado por el general Juan José Valle, contra aquel gobierno de facto (a cuyo frente estaban el general Aramburu y el almirante Rojas). El levantamiento de Valle fracasa y desde el gobierno se ordena fusilarlo. Y no sólo él es asesinado: la trama oculta de lo sucedido en los «fusilamientos de José León Suárez«, un descampado en la provincia de Buenos Aires, es develada en 1957 por Rodolfo Walsh en Operación Masacre, primera obra de «ficción periodística» o novela testimonio, aparecida nueve años antes que Truman Capote publicara A sangre fría, libro generalmente citado como iniciador de este género literario. Vale decir, las “luces” intelectuales y literarias ambicionadas por el “democratismo” transitan por la otra mano de la avenida: Walsh será peronista hasta sus últimos días, hasta su asesinato por la dictadura militar instaurada en 1976.

En la vida cotidiana, Córdoba se mantenía como ciudad de buen pasar económico, con alta industrialización y cuidadas instituciones educativas. Fuera de los límites estrictos de las confrontaciones políticas, la convivencia social era agradable y pacífica. Ese era el ambiente donde Juan Larrea invitaba a algunos amigos los sábados por la tarde, una vez instalado en la casa del barrio Cerro de las Rosas. En 1958, por ejemplo, recibía la visita de Christian Sorenson, ejecutivo de Industrias Kaiser, y su esposa Magda; del catedrático, traductor y poeta Enrique Luis Revol; de Magalí Andrés, adjunta de Larrea en la cátedra de Filosofía de la Historia y discípula suya. Toman whisky, comen bocadillos preparados por Lucienne, como llamaba Larrea a su amada hija. Comentan la publicación de César Vallejo. Hispanoamérica en la cruz de su razón, aparecida en 1957; intercambian ideas acerca de la realización del Simposio Internacional sobre César Vallejo; Sorenson con Varela, esposo de Magalí, se refieren a las exposiciones de arte que auspicia Kaiser (en cuya Primera Bienal, 1962, Larrea presentará a Herbert Read). Pero la placidez de esas reuniones es cortada, en 1961, por el rayo del accidente aéreo en que fallecen Lucienne y su esposo, Gilbert. El cuervo de la soledad puja por desplazar a esa tórtola a la que Guite, esposa de Larrea, daba de comer en el pico. Vicente Luy Larrea, el nieto, deambula por las habitaciones entre las obras de arte cubistas y el retrato fotográfico de su madre, tomado por Jorge Schneider.

 

Mientras tanto, en la “avenida de doble mano” Frondizi distribuye a derecha e izquierda: se funda EUDEBA, la digna editorial de la universidad de Buenos Aires, al tiempo que se reprime toda manifestación popular con el plan CONINTES que, a su vez, venía en la carretera por la mano del peronismo, que nunca llegó a implementarlo. Aunque el gobierno francamente desarrollista de Arturo Frondizi es amenazado por múltiples intentos de golpe y por asonadas, subsiste hasta el 29 de marzo 1962, en que asume la presidencia J. M. Guido, un dictador civil. En septiembre de 1962, se desata la polémica de Juan Larrea con el consejero estudiantil procedente del aparato cultural del Partido Comunista, en las páginas dominicales de uno de los diarios de mayor difusión: Córdoba. El conocido debate es el que dará por fruto el ensayo Teleología de la Cultura, respuesta de Larrea a la polémica planteada.

 

Lo interesante es destacar el encuadre de la discusión: si vamos a llevarnos por los titulares y las fotografías de portada en los ejemplares de Córdoba en que figura, Argentina habría estado inmersa en una guerra civil similar a la española dada su virulencia, salvo porque se dirimía entre facciones militares, los “azules” y los “colorados”. Bombardeos, movimientos de formaciones castrenses, pronunciamientos, amenazas. A su vez, este enfrentamiento se enmarcaba en el conflicto entre Estados Unidos y Rusia denominado Guerra Fría. Es más, en los artículos periodísticos, ambos polemistas hacen referencia a dicho conflicto. El detonante de la polémica es la visión que Larrea sostiene acerca de la poesía y la figura de César Vallejo, tema sobre el que han versado casi todas sus actividades en la Facultad de Filosofía y Humanidades, donde es profesor contratado (el más perdurable de sus emprendimientos será la edición de los trece números de Aula Vallejo). A inicios de 1963, ya le confía a David Bary que sólo escasas personas que se interesaban en su producción literaria y que, a su juicio, tampoco éstas entendían cabalmente el objeto de dicha producción.

 

¿Significará este debate público la bisagra, el punto de giro de la valoración intelectual y literaria de Larrea en Córdoba? Es probable, pero la distancia de tiempo y panorama histórico vuelve muy difícil leer en esas entrelíneas. Lo que consta es la progresiva acentuación de las divergencias sociales y políticas en la nación argentina, con directas consecuencias en la vida universitaria. Al gobierno progresista del presidente Arturo Humberto Illia, del Partido Radical, que asume en octubre de 1962, le sobreviene el golpe encabezado por el general Onganía, en junio de 1966. Un mes después, el 29 de julio, Onganía ordena la represión a la universidad de Buenos Aires denominada La Noche de los Bastones Largos, estigmatizando a dicha casa de estudios como la cuna de la subversión y el comunismo. El desalojo es inmediato y violento. Los destinatarios de la represión: Rolando García, Decano de la Facultad de Ciencias Exactas (quien devendrá colaborador de Jean Piaget, en epistemología genética); Sergio Bagú, historiador y sociólogo; Gregorio Klimovsky (eminencia en lógica matemática y filosofía de la ciencia); Pablo Miguel Jacovkis (matemático, decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA); Félix González Bonorino, el geólogo más eminente del país; Tulio Halperín Donghi (uno de los principales historiadores de América Latina); Risieri Frondizi, filósofo y ex rector de la UBA; Juan G. Roederer, físico a cargo del Instituto de Radiación Cósmica; Catherine Gattegno de Cesarsky, astrónoma de fama mundial; Telma Reca, directora del Instituto de Psicología Evolutiva; Mariana Weissmann, física atómica, primera mujer incorporada a la Academia Argentina de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Eugenia Kalnay, meteoróloga; Manuel Sadosky, introductor de la computación en la Argentina… ¡Ah!… ¡y “Clementina”!… ¡la primera computadora de América Latina!.. La colosal máquina se hallaba en el Instituto de Cálculo de la Facultad de Ciencias Exactas y fue destruida, desmantelada; los setenta miembros de ese Instituto renunciaron y emigraron. A seguido, se procedió igualmente con el Instituto de Radiación Cósmica.

 

No es preciso comentar tamaño vandalismo contra la cultura y el saber. A pesar de ello, las artes y las ciencias prosiguen prosperando, apoyadas por instituciones -ya fuesen privadas o públicas- que no condescendían con los métodos ni con las categorías ideológicas de la dictadura. Un ejemplo de esas actividades es la revista Sur,[1] que sostiene su edición de manera independiente en el aspecto económico y cultural. Pero Sur se edita en Buenos Aires, a 800 kilómetros geográficos y millones de años luz culturales. Juan Larrea le comenta en una carta a David Bary (en el Epistolario publicado por la Residencia de Estudiantes) que dicho órgano literario había ignorado su presencia en la Argentina hasta la fecha en que le escribe, 1963. No obstante, la revista le solicitó una colaboración para el trigésimo aniversario de la muerte de Vallejo; Larrea envía un artículo sobre el cual duda de que se decidan a publicarlo, por su excesiva extensión (57 páginas) y por discrepar del Occidentalismo del pensamiento de Sur. Efectivamente, su artículo es rechazado aduciendo una excesiva extensión, pero sí acepta uno acerca de El canto errante.

 

En las circunstancias que atravesaba la universidad argentina no es extraño que Larrea deba discutir con firmeza las condiciones de cada nuevo contrato, cada edición de Aula Vallejo, hasta cada licencia por razones personales o profesionales. Adentro y afuera de las aulas académicas la atención está imantada por las respuestas políticas que elaboran las distintas clases y sectores sociales, hasta que 1969 decide los términos: en la propia capital donde reside Larrea eclosiona el “Cordobazo”, una masiva insurrección popular que resume en sí el reguero de luchas anteriores, en la ciudad de Córdoba y en otras del interior del país. La dictadura de Onganía queda herida de gravedad, aunque perdure hasta 1973, en que un segundo gobierno peronista asuma el gobierno.

 

La edición de Versione Celeste por la Casa Einaudi de Torino está fechada el 10 de mayo de aquel año y la insurrección se inscribe el 29 del mismo mes. La edición en Barral es de 1970. Ha dado comienzo la etapa que Benito Del Pliego señala como de resurgimiento del nombre y la producción literaria de Juan Larrea. Pero se dará puertas afuera de nuestro país. Aquí, el periodo es de convulsión social, cultural, religiosa, las placas telúricas parecen estar removiéndose como no lo habían hecho desde 1945. Aquí, desde 1969 se observa “aquel paisaje de operarios industriales vestidos con over-all, barbas a lo Che Guevara, neumáticos incendiados, fábricas y aulas ocupadas” (…) (donde) “se deshojaron sobre los lectores las inefables páginas de su Versión Celeste.”[2]

 

Probablemente, a partir de la edición de su poesía sea más conocido su derrotero dentro y fuera de la Argentina, así como más comprensibles las razones de su soledad en una sociedad en letal estado de convulsión. Al decir de Larrea, exponiéndole su situación a Bary en 1974: “aguantando los embates de estas marejadas transformativas, pero erre que erre en mi guerrilla cultural aunque en la corta medida en la sigue siendo factible.”[3] Hasta el último aliento, su condición de extrañamiento cultural –más que de extranjería geográfica- lo irá lanzando hacia un punto irreversible. El exilio de los mejores intelectuales de Córdoba ya se ha iniciado por razones políticas, académicas y económicas. Y quien no se exilia es perseguido. Y quien no es perseguido es ignorado. Pero la comunidad académica que lo había recibido a su llegada queda tatuada con el signo fatal de la disgregación.

Y 1976 señala el Finis Terre ineluctable. “En la universidad reinan una paz y una limpieza un tanto marmóreas, sepulcrales”…[4] Efectivamente, son sepulcrales esa limpieza y paz, pero no habrá mármoles para cubrir las tumbas que permanecerán sin identificar, a los muertos se los denominará “desaparecidos”. A partir de ese año, el legajo de Larrea es casi exclusivamente administrativo; en cambio, en otros países se editan y reeditan sus obras, visita España.

 

Y todo termina aquel día invernal de 1980, bajo la más cruel de las dictaduras que a nosotros nos haya tocado vivir, en uno de los patrióticos 9 de Julio en que la Argentina celebra su Independencia de… España.

 

Y en Argentina casi nadie volverá a recordar a Larrea, especialmente en la propia ciudad donde residió. Hasta ahora, únicamente encontré un artículo publicado en el suplemento cultural de un diario de corta existencia, Tiempo de Córdoba, firmado por Luis Waysman.

 

Supongo (o, como prefería decir Jorge Luis Borges, conjeturo) que una auténtica elegía por la muerte de Juan Larrea debería tener la delicadeza de aquellas palabras de T. S. Eliot: “…así acaba el mundo,/ no con un estallido / sino con un gemido”. Pero esta era apenas una crónica más periodística que literaria, para vengar su olvido.



[1] La revista Sur fue fundada y dirigida por Victoria Ocampo. En su redacción permanecieron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo por muchos años.

[2] Cabral, Eugenia. La Voz del Interior, Jueves 17 de Agosto de 1995. Córdoba, Argentina.

[3] Larrea, Juan, en Juan Larrea. Epistolario. Cartas a David Bary (1953-1978). Edición de Juan Manuel Díaz de Guereñu. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Página 172.

[4] Op. Cit. Página 196.

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