Por: Daniel Bencomo

 

El siguiente ensayo aparece como epílogo en la cuarta edición de Litane de Alejandro Tarrab (México, 1972), publicado en fechas recientes por el Instituto Literario de Veracruz (2013, México, DF).

 

Litane es un compuesto de lucidez, melancolía y alegría furiosa. Devenir cifrado al devenir, al escribirse. Se muestra similar a una serie de dientes, cuentas óseas que caen de la atmósfera tras una larga batalla, luego de la descomposición de algo importante. Así vibra su espectro sonoro: así satura. No encarna una plegaria sino, en una frecuencia más baja, su envés: un volumen que despliega. Al contrario del linaje que delinea al enfrentarlo, no procede por la espera de La Palabra, sino por ductos de fuerza, lesiones, anomalías del verbo. El título alude a la letanía y la emula, mas su nombre no se ajusta a ningún idioma occidental: se muestra como un quiebre ríspido y fresco.

Coincido con la precisa lectura de Rodrigo Flores Sánchez: un ingrediente kafkiano se advierte como primer reactivo de Litane; Flores lo ubica en el siguiente texto del praguense: «A partir de un cierto punto, ya no hay regreso posible. Éste es el punto a alcanzar»[i]. La lucidez accede a la noción de origen y la vindica en el instante de aceptarla como categoría histórica incompleta, que sólo puede mostrarse entre las ruinas del presente, en cada percusión de los instantes. Creo que otro aforismo de Kafka complementa el germen de este complejo lírico. Se trata del fragmento 46, también recopilado por Roberto Calasso en los Aforismos de Zürau: «La palabra sein en alemán significa ambas cosas: ser-ahí (da-sein) y pertenecerle a él (ihm gehören[ii]. Sein es existir y funge, a su vez, como el pronombre posesivo de la tercera persona; de Él, imagen y oscuridad del intercambio hebreo. Angustia fundamental —laberinto del Pro-nombre—, originaria del judaísmo, herrada en la mixtura con lo helénico y legada a todo el Occidente, que ha encontrado en su linaje puro sus más complejas protuberancias: Spinoza, Franz Kafka, Bruno Schulz, Paul Celan. De acuerdo con el aforismo kafkiano, el acto poético tendría dos opciones: aceptar la tiranía del Nombre y sus gramáticas, aferrarse al síndrome occidental de Estocolmo o bien adquirir otra forma, asumir el origen como incompleto y deformarse en nuevos nudos expresivos que lo muestren.

Litane traza una imagen tensa: es la anamorfosis de una zona, de un espacio que aspira a lo indeterminado. Ese arrojo implica la impureza, el residuo infiel —a lo animal, a la divinidad— de los que estamos arrojados al mundo. La noción de pureza siempre ha requerido de la impureza para ejercer su terror. En el intercambio entre ambas nociones se juega el Todo, de acuerdo con la lógica del sacrificio. Al asumir la impureza, al desatarla, debe asumirse a su vez el cenit de la soberanía, que despunta más allá de cualquier dictadura categorial o preceptiva —Ley—; de cualquier dictadura del Nombre. Igual de tensa y nebulosa es la relación que une al individuo con el nombre que le adviene desde el Nombre. La exploración de la estirpe acuñada por un Dios cuyo cuerpo es la palabra, aparece aquí en status nascendi, materia inestable y presta al cambio. Se trata de regresar sobre la herencia, cuyo símbolo más estable es el árbol; de revelar sus fisuras y proyectar nuevas formas. Después de comprender la summa arbórea, de sopesar el hálito sagrado de sus nervaduras, la lírica de Alejandro Tarrab remonta el árbol. Lo hiere. La sangre del toro que se ofrece al inicio es la resina de su tronco. Resina que torna protuberancia, nueva forma. Obra que procede por sacrificio non-sacro, por herida que resina. El sacrificio sobre sí mismo implica la mayor de las violencias: extraer el corazón idealizado de la historia y del lenguaje, mostrarlo en el ruido del poema. Así el nombre Tarrab, al quitarle el metal activo y oculto del nombre Maslaton, en la alquimia del choque se transforma en más latón; torna destello y cadencia renqueante. En los sahumerios aparece la libertad como entropía.

Cada cultura en un determinado instante posee pautas para ser y entenderse; tales pautas encarnan el lenguaje, son un estado de lenguaje cuya frecuencia de resonancia puede ocurrir en la expresion poética. Sería inútil determinar si tales pautas son buenas o malas; lo que puede afirmarse es que cada instante implica nuevos engarces, cambiantes opacidades entre la palabra, el individuo y aquello que quiere mostrarse en la palabra —a ésto último podría nombrársele lo Real, sin intención metafísica, sin pensarlo como substrato o soporte de la palabra sino al contrario, como la latencia de la palabra que sólo alumbra en su ilatencia: sólo en su mostrarse expone lo que es mientras lo oculta. Pienso también que la poesía más notable es una exploración de tales opacidades; a ella pertenece este libro.

El escape del enrejado paterno, del secuestro metafísico de un Dios —y su neurosis manifiesta en retóricas y órdenes de dominio—, se torna aquí una de las expresiones más arriesgadas e intensas de la actualidad latinoamericana. Litane torsiona el ejercicio lírico de su país, le da la vuelta para exhibir su envés. Y lo hace porque asume su idioma, las condiciones intelectuales y materiales de todo el continente latinoamericano, y pensados los transforma en protuberancia, poema que supura: «la elasticidad es una deformación – la elasticidad es un modo de salvarse». En nuestro tiempo las sociedades se configuran alrededor de un delirio —descrito entre otros por el propio Calasso y Eugenio Trías[iii]— en el cual todo ha perdido su presencia y se ha aglutinado bajo la idea de un proceso sinfín. Ahí donde el hombre moderno aún atendía a las —en teoría— claras nociones de sujeto y objeto, en la actualidad sujetos y objetos son reactivos intercambiables, negociables, delirantes al canto de las reglas del mercado, en la incordia de los fines y su proyección monetaria instantánea. Todo, todos, circulamos al interior del proceso incesante. Luego del colapso del Humanismo, la aspiración de un ideal unitario se fracciona en coloridos y obtusos parques temáticos, como ha advertido Peter Sloterdijk[iv]. La lucidez desmontada, desmontante de Litane aparece en el horizonte como una fina y perturbadora señal: frente al delirio del proceso utilitario-financiero apabulla por su precisión monstruosa, teratocéfala. No opera desde la pura intuición; por el contrario, recupera la furia perceptiva que acude al pasado, el anhelo de modificar las representaciones comunes, pero desde una inteligencia que reconfigura y posproduce.

Recuerdo muy bien las letanías de la Virgen que acompañan al rosario católico. Los años de mi infancia estuvieron marcados por sus acentos y murmullos; sin embargo, y lejos de su calidad rogativa, mi memoria advierte que el punto de máxima religiosidad se alcanza al descarnar las palabras hasta el puro hueso sonoro. En Litane ese ritmo pendular y narcótico —a veces en hybris, a veces en bajo metabolismo— se graba y edita: la mancha de culpa del cristianismo cambia de ritmo y evapora en nuevos tonos.

En una de las prosas conocidas como Denkbilder, titulada «Desenterrar y recordar», Walter Benjamin apunta:

Así como la tierra es el medio en el que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo, no debe temer volver una y otra vez a la misma circunstancia, esparcirla como se esparce la tierra. Porque las “circunstancias” no son más que capas que sólo después de una investigación minuciosa dan a luz a aquello que hace que la excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios de nuestra comprensión tardía […] quien solo haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor.[v]

 

Una actitud similar, excavatoria, aparece en Litane. Se piensa el pasado desde los vértices de la familia, la religión, la patria, el individuo y la expresión: «me alcé dentro de ti para quebrarte / para quebrar el verso umbilical de nuestra sangre nostra fría». La sonda opera por emoción. Traer hacia el presente es un acto trepanatorio, aquí actúa el riesgo. Frente la concepción petrificada del origen y la tradición, ante aquella tonalidad esmaltada de lo Ideal, cunde el corrimiento de los colores:

los tonos de la orilla van claros es ahí donde perteneces los tonos del fondo mira son oscuros miedo de perderte de entonar un nado hacia la cicatriz […] la agitación de las tonalidades así dadas para ti en tu niñez los colores son lo que son pero eso son no es el mismo para todos los colores están enfermos tú estás enfermo el universo está cargado de falacias causas falsas preguntas complejas

el universo es culpable

 

En «doxas», la primera sección, se envían las preguntas esenciales hacia la propia familia, para luego expandirlas en miríadas de preguntas, en sentencias que hiperventilan: «la negación de un árbol declara una abertura, un agujero en los hechos del mundo la carga eléctrica de un árbol negado su momento lo condena a un plano desnudo de materia como un agujero negro en lo profundo del bosque». Los versos excavan el pasado, lo traen hasta el tajo en que retoña a la luz de complejos registros verbales; lugares y experiencias recodifican esa abertura, la disponen en nuevos juegos de lenguaje (Wittgenstein) para incorporarlas a un mundo y a sus arquitecturas: sea el edificio Seagram en Nueva York —o la serie «Seagrams» de Mark Rothko: vacío de arquitectura— o las cartonas de Babel. En la segunda sección, «travestidas», los poemas se desplazan hacia el código abierto; esa abertura en los hechos del mundo es, a su vez, una fisura del hablante y de cualquiera de sus concepciones: «un árbol negado es la exposición del árbol a las variaciones»: la ironía funciona aquí como un disfraz que obtura y atenta contra todo sistema. En el singular poema «hoy desperté con ganas de cantar a la patria» la voz infecta voces distintas, entre otras, la de José Gorostiza y la figura tutelar de Contemporáneos, Ramón López Velarde, mientras exhibe la agotada imagen de la patria. El travestismo aparece como la apropiación de las cotas de otro individuo para deformarlas. Sin temor a quebrar todo árbol de familia —sea lírico o histórico— se vierte líquido revelador en las fisuras: los versos quedan inermes a nuevas contaminaciones, son intervenidos desde un ritmo oscilante, «ya volátil y nerval ya estacionario y profundo»; otras vocen se agregan al texto —a Paz se le maquilla de geisha, Cristo emerge polideportivo—, o el poema interviene otras matrices del canto, como en «canción mágica para la cacería vers. 123 (intervención watanabe basada en una canción esquimal)», en el cual se agita una cacería con tintes eróticos, desde las imágenes de los aborígenes norteamericanos, adulteradas por un avatar que podría ser el peruano José, o Shin’ishiro, el creador japonés de anime.

El envión inicial de Litane alcanza su máximo de potencia en este punto; su proceder primario, turbio por fuerza, alcanza a refulgir como pregunta: «¿Las borraduras de lenguaje son lesiones, miedos de seguir? ¿Miedos de? ¿Cortezas relegadas?» Rozar la perturbación en un decir que evacúa al Nombre, rasgar desde la nota grave deja flancos abiertos: en «transfectos» se cuelan fuerzas saturninas, la secreción traza un umbral melancólico: «uso la monomanía como una bilis negra». Al exponerse el lenguaje sin ninguna tutela brotan el miedo, el pulso del suicidio en el hablante que se diluye, las borraduras en el paladar de la lengua; pero en la misma sección, de manera simultánea, surge el elemento luciferino, el ángel complejo y demoniaco de la tradición judeocristiana: bajo ese nombre se oculta además el daemon que, en un torcido efecto de eudemonía, de eufonía amorfa, cruza la inquietud «hacia mis piernas / hacia la turba de mis ingles / tocadas en su pornografía»: soportes y zonas líricas, en apariencia destruidos, toman sentido al ser palpados en su músculo montruoso, desde una mirada táctil, excedida y palpante, al interior de la llaga.

Por ello en «intervenir este diálogo destruido» y «doxas. regeneración artificial de una secuencia», surge otro campo de fuerza. Una irradiación que zurce, como zurcen los versos en la «Engfühurung» de Celan[vi]; cierta hebra de vida que aquí se anuda, además, al pathos más intenso de la poesía latinoamericana: terminan por formarse las estrías que se marcaron al inicio, impresas en el tóner de Raúl Zurita, Haroldo De Campos, Juan Luis Martínez, Néstor Perlongher y la vértebra dura de la poesía peruana —César Vallejo, Rodolfo Hinostroza, Mario Montalbetti. A tenor de aquello que pedía el errante de la Bucovina, en este tiempo «la poesía ya no se impone, se expone»[vii]: el poema cruza el tiempo y traslada voces sotto voce hasta remezclarlas aquí. Litane interviene y agita, sin temor, el resiudo tóxico en que terminaron la presencia y la epifanía, que se mostraban aún certeras en la poesía anterior a la hecatombe del siglo XX. Jacques Roubaud piensa el poema como efector de memoria: «Podríamos comparar el efecto de poesía, en una memoria, con una explosión. En la memoria de poesía las palabras se disuelven, se desconcentran, se descentran, se bifurcan en sus sílabas […] Memoria de poesía: luz negra en nosotros, transparente, de lo oscuro» [viii]. Aquí se lleva tal propuesta a un grado de exposición, corrimiento tonal y deformación poco visto: la cinta magnética se graba una y otra vez hasta dejar una capa intensiva de muñones, imágenes, ruido y preguntas. En tal efecto se reafirma el vínculo con las imágenes fotográficas de Antoine D’Agata.  En una nota de «marginales», último apéndice del libro, se anota: «mantener cada obra como un precioso ser amputado, / como la prótesis persistente / para mirar el cielo».

La propuesta de Litane es compleja y vigorosa; se abre así en mis sentidos y estoy seguro que el lector encontrará en ella nuevas resonancias y efectos. Pocos autores actualizan, con tal precisión e inteligencia, tantas preguntas de su época, su lugar —o no-lugar—y su idioma; esto es más notorio si se contrasta con el ámbito poético mexicano, demasiado trabado en la exploración epidérmica o en la glosa débil de los charlatanes. Litane es un acto de pensamiento radical; mucho es lo que abreva, dispone e indispone. Su figura deforme es fruto de una lucidez que se eleva y remonta, que libera a la escritura de la Escritura en un compás histórico y en uno poético. Como ya apunté en otro espacio respecto de Degenerativa[ix] —libro posterior de Alejandro Tarrab, que prosigue la indagación de este volumen y que, con uno más en preparación, configuran una tríada orgánica— quizá el trayecto de su obra emule el espíritu del Angelus Novus de Klee, delineado por Walter Benjamin en el noveno apartado de «Sobre el concepto de Historia»: un ángel con rostro de terror que mira hacia el pretérito mientras pugna por no ser arrastrado por el huracán del progreso[x]. Pero esa figura ángelica es en Litane un daemon protésico y errante, que emerge desde un árbol íntimo y quiebra agotados cielos conceptuales, dispuesto al travestismo desde la pulsión crítica de la ironía. En nuestras manos quedan sus cortezas relegadas que se esparcen por el habla y la memoria. Este libro nos lleva al delirio requerido para comprender cada instante como un estado de excepción en el lenguaje, que recupera al origen como fuerza cambiante en el vértigo de su volverse escritura. Si el poema todavía puede redimir cualquier concepción del pasado para quebrar la falacia del progreso, tal redención será, como propone esta potente obra, porosa, elástica y receptiva a la impureza.

 

 


[i] Flores Sánchez, Rodrigo, «Proximidad de distancia», disponible en: http://www.letras.s5.com/at061206.htm. Consultado el día 30 de mayo de 2013.

 

[ii] Ambos aforismos pueden encontrarse en Kafka, Franz, Aforismos de Zürau, edición de Roberto Calasso, Sexto Piso, 2005, Madrid.

 

[iii] Cf. Calasso, Roberto, La ruina de Kasch, Anagrama, Barcelona, 2000; y Trías, Eugenio,  El artista y la ciudad, Anagrama, Barcelona, 1997 (1ª. ed 1976).

 

[iv] Cf. Sloterdijk, Peter, Normas para el parque humano, Ed. Siruela, Madrid, 2006.

 

[v] Benjamin, Walter, «Desenterrar y excavar», en Denkbilder. Epifanías en viajes, trad. Susana Mayer, El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2011, pp. 128-129.

 

[vi] Celan, Paul, Obras completas, trad. José Luis Reyna Palazón, Trotta, Madrid, 2009 (1ª. ed. 1999). «Angostura», en Reja de lenguaje, p. 144-149.

 

[vii] Cf. Ibid. Nota del 26 de marzo de 1969, p. 493. y «El meridiano». Discurso con motivo de la entrega del premio Georg Büchner, 22 de octubre de 1960, pp. 499-510.

 

[viii] Roubaud, Jacques, «32, Poesía, efector de memoria» en Poesía etcétera — Puesta a punto, trad. José Luis del Castillo Jiménez, Madrid, Hiperión, 1999, p. 108.

 

[ix] «Lecciones de teratofilia. Sobre Degenerativa, de Alejandro Tarrab», en Revista Crítica, núm. 147 (feb-mar 2012), Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, pp. 183-186.

 

[x] Cf. Benjamin, Walter, «Sobre el concepto de historia», en especial los apartados VIII y IX, en: Estética y política, trads. Tomás Joaquín Bartoletti y Julián Fava, Ed. Las Cuarenta, Buenos Aires, 2009, pp. 131-152.

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