Vallejo & Co. reproduce una entrevista aparecida en “Lundero”, suplemento cultural del diario La Industria, N° 148 y publicado el 22 de julio de 1990.

 

 

Por Jorge Eduardo Eielson*

Crédito de la foto (der.) www.archivirocarey.it /

(izq.) Centro Studi Jorge Eielson

 

 

Conversación con Joaquín Roca Rey**

 

 

Toda especie humana tiene sus caracteres, sus sellos, cada una tiene sus virtudes y sus vicios, cada una, su pecado mortal.

Hay bastantes personas de índole parecida a como era Harry; muchos artistas principalmente pertenecen a esta especie. Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de ventura y la capacidad de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro, como estaban en Harry el lobo y el hombre. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia tan alta y deslumbrante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de ventura alcanza y encanta radiante también a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo eternos y penosos, está infeliz dolorosamente desgarrado, es terrible y no tiene sentido, si no se está dispuesto a ver dicho sentido precisamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que irradian por encima del caos de una vida así.

 

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Jorge Eduardo Eielson [JEE]: Joaquín, tú vives en Italia, y precisamente en Roma, desde hace treinta años, lo que demuestra claramente tu amor por esta ciudad. Sé también —como todos quienes te conocemos desde siempre— de tu profundo cariño al Perú, a su historia, a su espléndido y doloroso pasado, a su angustioso presente, a su extraordinaria humanidad. ¿Puedes decirme cómo vives este desgarramiento?

Joaquín Roca Rey [JRR]: No lo vivo, es un desgarramiento que, a pesar de la larga ausencia y la distancia, lo padezco, como ciertamente lo padece cualquier peruano con un mínimo de sensibilidad y conciencia social. Como consecuencia de esta crisis que, en nuestro país, se arrastra desde hace años —por no decir desde hace más de cuatro siglos— mi último reencuentro con el Perú de 8 años atrás, me sumió en una depresión tan aguda que estuve intelectualmente paralizado durante casi un año. Sin embargo, gracias a la ayuda de los doctores Javier Mariátegui y Saúl Peña, logré salir del precipicio, pero con cuánto esfuerzo y rescatado ulteriormente por mi propia actividad artística y por el oxigeno que me da Italia.

 

 

[JEE]: Para el catálogo de tu reciente muestra en la Galería Borgogna de Roma, has elegido como presentación un bello fragmento de Hermann Hesse que sintetiza muy bien el pathos subyacente en toda obra de arte. Allí Hesse dice lo siguiente: «Así nacen —preciosa y fugaz espuma de felicidad sobre el mar del sufrimiento— todas las obras de arte, en las cuales un hombre que sufre se levanta un momento tan por encima de su destino, que su felicidad brilla como un astro y aparece a quien lo contempla como una cosa eterna, como un propio sueño de felicidad». Esta experiencia interior ¿no corresponde también —en tu caso— al sufrimiento que pruebas por vivir lejos del Perú, unido a la felicidad de vivir en Roma? En otras palabras: ¿no crees que tu trabajo sea el resultado de un profundo mestizaje espiritual entre tu dolorosa raíz peruana y la luminosa cultura mediterránea?

[JRR]: Es indudable que para un artista el medio en el cual vive (más aún si él es Roma) «influye» en su quehacer permanente. Por ello, a pesar de haber traído yo los huesos hechos, Italia se ha ido filtrando en el espíritu para cargar con acentos barrocos mis esencias, que son tantas. Ello no obstante creo que las raíces y nuestra historia son evidentes en mi obra y como tales ineludiblemente dramáticas. De todas maneras, se trata de una lógica y enriquecedora simbiosis por encima de la cual yo seguiré siendo siempre un peruano en Roma.

 

Joaquín Roca Rey en su taller.  Crédito: www.archivirocarey.it

Joaquín Roca Rey en su taller.
Crédito: www.archivirocarey.it

 

[JEE]: Existen en toda tu obra tres constantes perfectamente reconocibles: la presencia insistente de Thanatos, por un lado, y la de Eros, por otro; ambos indisolublemente unidos por un humor negro irreverente e iconoclasta. Sin embargo, en tus últimas piezas percibo un proyecto expresivo menos lúdico e irónico. Un poco como si, con el pasar del tiempo, tú avizoraras siempre más claramente el definitivo triunfo de la muerte, que todo lo congela y lo vuelve majestuoso, inmóvil, sereno. La pieza denominada «Templo de los tiempos» es un buen ejemplo al respecto. ¿Estás de acuerdo con esta lectura?

[JRR]: Prescindiendo de las constantes que señalas (presentes y unidas en todas las culturas y épocas y en la memoria del hombre), Eros y Thanatos perduran naturalmente en mi labor actual aunque en forma menos evidente. Igualmente hay siempre, más qué un «humor negro irreverente» diría un marcado acento irónico y ambiguo; iconoclasta sí, pero en ningún momento irreligioso, aunque esto pudiera parecer contradictorio. Será quizá un culto diferente, con intención desmitificante, pero siempre con predominio y preocupación de un espíritu religioso que es, precisamente, el que me lleva a tratar de expresar esa majestad serena, inmóvil o misteriosa a la que haces referencia y que da sólo la idea del tiempo, del tiempo que pasa. De allí la búsqueda hacia formas más arquitectónicas, a manera de templos estáticos (y estéticos) en el espacio, pero que sólo definen otras hormas precedentes.

 

 

[JEE]: La elección de tus materiales (te ruego nombrar aquí algunos de ellos), siempre hermosísimos e incorruptibles ¿no constituye ya, de por sí, una toma de posición ligada a un determinado lenguaje plástico?

[JRR]: La materia y su nobleza, su elección y perdurabilidad, son factores fundamentales en la confección de una obra de arte, sobre todo cuando se cree en el propio trabajo. No es posible que obras que se hicieron sólo ayer tengan que ser restauradas hoy y que diariamente se barra en los museos de arte moderno residuos o fragmentos de «obras maestras». El arte de consumo no es arte y no entiendo por qué el arte debe ser pobre y no rico, como lo ha sido siempre. El artista debería pretender que su obra sea eterna. Creo sinceramente que en los últimos 30 años se ha abusado de la buena fe y se ha exagerado en el juego. Ya en los años veinte Giorgio de Chirico hacía un llamado en favor del «retorno al oficio». Sería pues el momento de volver a poner los pies en tierra y de trabajar en serio. Hoy como ayer, existen materiales espléndidos. y no comprendo por qué en escultura se deba renunciar a la eterna nobleza del bronce o maderas, a la gama infinita y coloreada de mármoles y piedras duras, materiales todos que, para responder a tu pregunta, estoy empleando en mis últimos trabajos.

 

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[JEE]: Tus últimas piezas representan una suerte de ar­quitectura total, sincrética, absoluta algo así como una summa de los valores trascendentes del hombre, claramente contrapuestos a la descomposición de la carne, tan evidente en tus trabajos anteriores. Este sentimiento, que te llega de nuestro doble pasado, precolombino y español (pero también de Egipto y Caldea, de Grecia y de Roma) ¿no ha derivado en una opción atemporal, citacionista, del sujeto escultórico bastante cercana a la estética post­-moderna?

[JRR]: Este doble pasado que llevamos en la médula, unido a una larga convivencia con la cultura occidental, ha provo­cado una fusión, una síntesis, que es la que quizá me aleja de una catalogación concreta. Me alegra por ello que lo que hago pueda ser considerado «atemporal» o tal vez «cercano a una estética post‑modernista», como insi­núas; pero al margen de clasificaciones creo que lo positi­vo sea producir arte. Las etiquetas llegarán luego.

 

 

[JEE]: ¿Estás de acuerdo cuando digo, a propósito de cierto arte precolombino —y te ruego me perdones la auto‑cita— que todo arte, cuando es tal, es siempre contemporáneo?

[JRR]: Absolutamente de acuerdo. La vigencia la dará siempre la calidad. Cuando ella falta la obra «envejece»; de allí que hay arte antiguo modernísimo y arte contemporáneo sin tiempo ni época, como aquel que realiza hoy el impor­tante escultor uruguayo Gonzalo Fonseca. El arte es la historia del hombre, una sucesión hilvanada de imágenes que cronológicamente vienen registradas según los esta­dos del alma individual o colectiva. Así la historia, como el arte, se desenvuelve angustiosamente, con continuos cambios, entre incertidumbres, búsquedas y aciertos de vanguardia, pero también con ciclos de revisión (de «ri­pensamento») que la ligan a su pasado para revitalizarlo y seguir luego su irrefrenable proyección al futuro, por­que el hombre es siempre imprevisible y la última pa­labra no será nunca dicha.

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1924 – Milán-Italia, 2006). Poeta, narrador, ensayista y artista plástico. Uno de los más importantes escritores y artistas plásticos latinoamericanos. Su obra literaria comprende los géneros de narrativa, dramaturgia, ensayo, crónica periodística pero, esencialmente, poesía. En 1945 ganó el Premio Nacional de Poesía del Perú por su libro Reinos (1945) y, en 1948, el III Premio Nacional de Teatro del Perú, por su obra Maquillage. En 1978 se le otorgó la beca Guggenheim para la Literatura. Obtuvo gran reconocimiento como artista plástico. Realizó su primera muestra personal en Lima, en 1948; y tras ello participó en múltiples ocasiones en la Bienal de Venecia (1964, 1966, 1972, 1988), así como en la Bienal de Paris (1971), la Bienal de Trujillo (1987) y la Bienal de La Habana (1989). Su obra plástica se constituye por pinturas, esculturas, ensamblajes, performances e instalaciones. Ha publicado en narrativa: El cuerpo de Giulia-no (1971) y Primera Muerte de María (1988); en ensayo: La poesía contemporánea del Perú (1946, con Javier Sologuren y Sebastián Salazar Bondy); y en poesía: Reinos (1945), Canción y muerte de Rolando (1959), Mutatis mutandis (1967), Poesía escrita (1976), Noche oscura del cuerpo (1989), Sin título (2000), Celebración (2001), Canto visibile (2002), Nudos (2002), De materia verbalis (2002), Del absoluto amor y otros poemas sin título (2005) y, póstumamente, Habitación en Roma (2008), Pytx (2008) y Poeta en Roma (2008), entre otros.

 

 

**(Lima-Perú, 1923 – Lima-Perú, 2004). Escultor. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes (Perú), donde después fue docente así como en la Escuela de Arte y en la facultad de Arquitectura de la Universidad Católica (Perú). Trabajó en los talleres de Victorio Macho y Jorge Oteiza. Recibió el Premio Nacional de Escultura en 1952. Hizo sus primeras exposiciones individuales en Lima (1948 y 1952) y París (1951). En 1963 se trasladó a Roma. Presentó 38 muestras personales y 150 colectivas a lo largo de su vida.

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