Para muchos Chris Talbott es, por hoy, la manzana de la discordia dentro de la poesía norteamericana. Ezequiel Zaidenwerg, autor del reciente La lírica está muerta, nos entrega en exclusiva este revelador reportaje.

¿Cómo descubriste la poesía?

Es una buena pregunta. Ya que hablás de descubrimiento, diría que más bien me convirtieron. Antes de entrar a la facultad, vivía en un mundo sin poesía, como el Brasil pre-colonial, o este país, o cualquier otro sin cristianismo. Por supuesto, esos países tenían su poesía y sus tradiciones, pero yo no. Vos me entendés lo que te digo. De hecho, me interesaban más el básquet y el porro y las chicas de lo que me interesaba lo artístico, una palabra que hasta el día de hoy me revuelve el estómago. No me interesaba.

Cuando entré a la facultad, quería estudiar japonés y cultura e historia orientales, y tenía la vida bastante bien planeada. Me imaginaba muchas mujeres orientales y muchísima plata. El primer contratiempo de ese plan fue que reprobé el ensayo de ingreso que determina en qué materias pueden anotarse los alumnos. Por boludo, en mi caso tuve que inscribirme en un curso de escritura. Una de las tareas que nos dieron en ese curso fue escribir un poema. Saqué un par de antologías de la biblioteca, y me dediqué un par de horas a hojearlas. Acto seguido, escribí un poema.

Todavía lo tengo, y la verdad que no es tan malo. Bah, la verdad, es una cagada, pero no es tan malo.  De todas maneras, el profesor se volvió loco. Creo que era gay y que estaba caliente conmigo, pero creo que además le gustaba de verdad. Tal vez se sorprendió de que un pibe deportista que parecía enojado con el mundo diera muestras de sensibilidad más allá de las obviedades esperables. Los profesores viven para eso. Estaba entusiasmado, y su entusiasmo a la vez me confundía y me contagiaba. Quería contentarlo. Así que seguí escribiendo poemas. Era mi instinto atlético que me hacía querer contentar al entrenador. Así que seguí escribiendo estos poemas bienintencionados, con influencias de los clásicos de todo el mundo –una especie de world music en verso–, que trataban de recrear lo que había hecho en ese primer poema. Y cada vez me salían más chotos. Pero cuanto más pedorros me salían, más escribía. Así que en vez de estudiar japonés y estudios orientales, y de recibirme luego de economista o de administrador de empresas, terminé estudiando a Milton,  a Coleridge y a Bly. Ya te dije que era un boludo.

En algún momento, después de la facultad, dejé de escribir poesía. Volvía a leer los poemas que había escrito y me daban ganas de vomitar. No tenían ningún sentido para mí. No eran una expresión de mi vida, sino del deseo de contentar a otros. Para esa época, ya había tenido un par de lesiones bastante graves que me cerraban la posibilidad de un futuro en la NBA (ja ja), se me habían muerto algunos amigos y varios familiares cercanos, y todo me empezó a chupar un huevo. Pasaron unos años, y un día de repente me puse a escribir un poema que, según me parecía, podía ser un poema escrito en una servilleta de un bar de Brooklyn. Supongo que podría decirse que ése fue el momento en que descubrí la poesía. Mi papá, que es maestro, dice que no cree en los descubrimientos sino en los redescubrimientos,  y tal vez tenga razón, porque desde ese día no paré de escribir, salvo para mirar partidos de básquet, coger, comer y escabiar. Ahora me parece que todo es parte de lo mismo, la poesía y la vida. Capaz porque no duermo nunca.

  ¿Cómo llegaste a publicar? ¿Cómo entraste al mundo institucional de la poesía?

Me alegra que me lo preguntes. Mandé mis primeros poemas a la revista literaria de la facultad. Los editores los aceptaron, por supuesto. Era una universidad chica, y necesitaban más cantidad que calidad. De todas maneras, fue una buena experiencia, en el sentido en que me mostró el placer de ver mi propio nombre escrito en letras de molde. No te voy a mentir: soy vanidoso, y todavía me gusta ver mi nombre en un índice al lado del de alguno de mis ídolos. También fue el estímulo que necesitaba. Experiencias como ésa son como la versión de bolsillo de la fama literaria y la canonización que todo poeta anhela de forma secreta o no tan secreta.

Dicho esto, paso a la segunda parte de tu pregunta. No podés confiar en esas sensaciones. La búsqueda de estímulos es el peor enemigo de la buena literatura. Es algo humano, pero es mortífero. Los poemas que el editor de una revista o de una antología elige publicar son los poemas de los que uno más debería desconfiar. ¿Por qué? Tal vez porque suelen ser los menos arriesgados. Uno podría haber hecho más, corrido más riesgos, ofendido el gusto del público. Cuando seguís el camino más fácil y empezás a escribir para la tribuna, tu poesía se desmorona rápidamente. Imaginate que sos un boxeador: ¿por qué tu rival insiste con el jab de izquierda? Seguro que para que no te esperes el golpe con que te va a noquear después.

Me volví un escritor “profesional” de la manera más típica. Cuando me recibí, me mudé a Manhattan con el sueño de ser un editor literario de fuste. Para ir armándome un currículum, hice una pasantía en una editorial independiente. Ahora soy editor ad honórem de esa misma editorial. De pasante a editor, fue un aprendizaje increíble. He reunido un conocimiento enciclopédico de la poesía contemporánea. Más profesional que eso no se puede ser, supongo.

En cuanto a escribir en sí, no soporto las maestrías de escritura creativa, y creo que cualquiera que quiera escribir en serio debería mantenerse lo más lejos posible de ellas, así que no sé si alguna vez vaya a convertirme en escritor profesional. Soy un ser humano, y me hinchan mucho las pelotas los profesionales. Hoy en día, los concursos y los premios han pasado a formar parte de la concepción que tiene la gente de la poesía. La cantidad de amigos que tenés en Facebook se considera tácitamente un indicador de méritos literarios. Sin embargo, al mismo tiempo la poesía es una forma de comunicarse con otros seres humanos, y si uno evita las innovaciones en las vías de comunicación, no sólo corre un riesgo uno, sino también lo que uno escribe. ¿Cómo te van a leer los demás si no mostrás lo que hacés? Y, a la vez, si escribís porque pensás que a la gente le va a gustar (y, en consecuencia, que te va a poner “me gusta” en Facebook), en ese intento de ser actual, lo que hacés envejece aún más rápido. Para ponerlo en términos competitivos, tenés que estudiar a tu rival, adaptarte a sus movimientos, pero siempre respetar la estrategia que te trazaste.

Y aquí nos encontramos con el problema contrario, que es escribir para la posteridad, un propósito igualmente funesto. Es irónico que la sociedad de las felicitaciones haya hecho su hogar en la academia. Es una estrella que ha alcanzado un umbral de densidad. El estallido es inminente. Me entusiasma esa explosión, y la nueva oscuridad que va cernirse sobre la poesía.

De modo que tal vez la pregunta sea: ¿qué hacer? Bueno, depende de cada uno. No estoy tratando de escaparme por la tangente, ni estoy siendo ambiguo ni enigmático. Ocurre que todo es tan confuso que no podría decirle a nadie qué hacer o qué no hacer. Tal vez haya por ahí alguien que nos enseñe cómo exprimir el dinamismo lírico de los posts de Facebook. Es posible, pero lo dudo. Alguna gente es capaz de equilibrar el placer de agradar con el placer de estar solo, ambos requisitos de la poesía. Yo, por si no había quedado del todo claro, me mantengo del lado más hermético del espectro. Pero a veces me sobreviene un poderoso deseo de asistir a la fiesta, y a veces lo hago –con bastante torpeza, por cierto. A veces tengo rachas de alcoholismo. Sin embargo, soy editor de una editorial bastante conocida, e incluso di clases en algunos programas de escritura creativa. Estas oportunidades siempre desencadenan crisis de conciencia, de las que también aprendí a desconfiar. ¿Para qué lo hago, entonces? Lo hago porque quiero ser parte del presente. Me interesa la gente y me interesa lo que hace, y además es divertido. Y porque, quiera o no, estoy en esto. Es lo que hay. Quiero que la gente lea lo que hago. Y quiero que le guste. Pero desconfío de lo que hago, y también de mí mismo.

¿Cómo definirías tu relación con la tradición estadounidense, o con la tradición clásica? ¿Quiénes fueron tus autores formativos?

  Trato de tener una relación abierta con la tradición estadounidense, pero no siempre es fácil. También pienso que es importante estar en tu lugar de origen. Tal vez sea tan importante como explorar lugares nuevos y desconocidos. Esto lo aprendí tarde, porque los primeros poetas que me interesaron eran de Europa del este. Charles Simic fue el más importante. Leí todo lo que escribió: poemas, ensayos, sus reseñas, todo. A través de él, aprendí mucho sobre poesía de Europa del este, gente como Popa, Herbert, etc. Quería resolver el enigma de cómo había sido capaz Simic de escribir lo que había escrito, y la mejor idea que se me ocurrió fue leer todo lo que él había leído y todo lo que habían escrito sus vecinos de región. Fui un metido total. Al final, sabía mucho más sobre oscuros poetas eslavos y macedonios que sobre Wallace Stevens y Robert Frost. Y mis investigaciones también tuvieron una consecuencia imprevista: me convertí en un tipo raro. Cuando me juntaba con otros poetas (cosa que trato de evitar lo más que puedo), teníamos pocas referencias en común. Eso alimentó en mí cierta reticencia, cierto carácter de outsider, algo a lo que evidentemente me sigo aferrando. En fin, es culpa de Simic.

De todas maneras, los poetas de Europa oriental eran profetas oscuros. A fin de cuentas, a todos los perseguían fantasmas de una u otra guerra. En ese momento, leí todo lo que pude de esa tradición. Entendía la dimensión humana que expresaban, pero los fantasmas que perseguían a esos hombres y mujeres no eran los mismos que me perseguían a mí. Además, había muy poca gente con la que podía hablar de esos poetas. Así que fui a la búsqueda de fantasmas más familiares, fantasmas que pudieran expresar anhelos más cercanos, anhelos que se me presentaban en mi vida cotidiana, y también en las conversaciones con los demás. Whitman fue el primero, qué duda cabe. Para muchos poetas, Whitman es todo. Creo que Neruda hubiera dicho algo así. De todas maneras, después de Whitman, empecé a avanzar lentamente hacia el presente. Diría que Frank Stanford, Yusef Komunyakaa, CD Wright y Hart Crane son los poetas estadounidenses a quienes más he tratado de imitar. Ocupan los primeros puestos de mi ránking personal. También quisiera agradecerles a James Wright, Robert Bly y W.S. Merwin, tres poetas de los que me he enamorado y desenamorado a lo largo de los años. Más que sus poemas, sus traducciones me abrieron la otra América. Hablo de Neruda, Vallejo, Jiménez y tantos otros. Ahora, leo a mis hermanos y hermanas de otros países más que a mis coterráneos. Creo que el truco está en pensar que todo es local, y que a la vez todo es universal. El viejo truco de entrar y salir.

Así que, a la hora de hablar de mis autores formativos, pienso en la forma en que pensaron la poesía, el lenguaje y la vida. Me vienen a la cabeza algunos nombres: Whitman, Basho, Simic, Vallejo, Komunyakaa, Bly, Lorca y Stanford. Rimbaud. Melville.

Pero esta pregunta parece una pavada si no incluyo la música con la que me crié. Hoy en día, los músicos llevan el estandarte de la poesía con mayor entusiasmo que los propios poetas, si tiene algún sentido la paradoja. Los así llamados “poetas” son por lo general intrascendentes, o no hacen nada por volverse trascendentes. Y los músicos le hablan a la gente. Todavía tengo la fantasía de ser una estrella de rock. Es imposible, qué le voy a hacer, pero no puedo dejar de mencionar a Bob Marley, Wu-Tang Clan, Red Hot Chili Peppers, la primera época de Common, Mos Def, Bob Dylan, Biggie Smalls, Eric B. y Rakim, Pearl Jam… Podría ampliar la lista hasta el infinito. Amo la música más allá de todo lo demás, y creo que la música me ama más como quisiera que me amen de lo que la poesía jamás podría amarme. Por eso está bueno tener una relación abierta. No estoy siendo superficial. Uno tiene que buscar influencias para perfeccionar su espíritu, su arte y su mente. Nunca voy a dejar de buscar a ese o a esa poeta que me va a explicar todo. Cuando lo encuentre, a ella o a él, voy a sentar cabeza.

¿En qué sentido dirías que la influencia de los autores que mencionás se ve en los poemas que elegí para esta antología? Tu poesía me parece muy vital, optimista, incluso sentimental por momentos, a pesar de que siempre se percibe cierta oscuridad de fondo… 

Es cierto. Estos poemas son como vos decís. Tal vez agregaría que tienen una sintaxis muy coloquial y cotidiana. En términos de dicción y sintaxis, los poemas son fácilmente legibles. A mí me parece muy evidente la influencia del rock y del hip-hop de finales de los 90, aunque no sé si a los lectores les parecerá así. Digo, los poemas tienen cierta dosis de astucia cotidiana, por así decirlo, que les da naturalidad y espontaneidad, y que hace que parezcan productos más o menos redondos. Pero espero que, tras la lectura de los poemas, por medio de las imágenes y de las ideas filosóficas, bastante explícitas por cierto, se perciba un dejo de añoranza y de incertidumbre. La idea de que la pérdida y la tristeza pueden adherirse a los objetos, e incluso constituir su núcleo, se origina en Sudamérica. Es una ausencia tangible que tiene forma, contorno y sexualidad. Uno puede llevarse esa ausencia consigo. Puede atarse los cordones con ella. Puede dársela a otro. Y, como se la puede compartir, supone cierto optimismo.

A la vez, hay una especie de desapego metafísico. Antes, cuando hablaba de los fantasmas y de sus acechanzas, me refería a ese desapego. En este caso, el que habla acecha su propia vida a través del fantasma de la memoria.  Creo que la añoranza hace que un fantasma perciba los objetos físicos con más claridad que un ser humano de carne y hueso. Por lo general, recordamos las cosas más claramente de lo que las vivimos, especialmente cuando sabemos que se han ido para siempre. Esa sensibilidad fantasmagórica que tal vez se perciba en mis poemas viene de los europeos del este. Mi tendencia a hablar de situaciones cotidianas y de una realidad accesible a la mayoría de los estadounidenses (como la imagen de la pileta) viene de Whitman. Estas dos corrientes convergen en algún lugar. Espero que eso se note en los poemas.

El sentimentalismo del que hablaba se me hace más evidente en poemas como “El chico enamorado de su amiga”, que me gusta porque queda ahí en el borde de la cursilería, haciendo equilibrio. “El hijo único” tiene un tono parecido, pero da la impresión de ser mucho más personal. Y “Los zurdos” me parece menos claro y transparente en sus procedimientos poéticos. Finalmente, tus poemas parecen estar compuestos casi íntegramente de imágenes. ¿Por qué?

 Empiezo con los poemas y el sentimentalismo, porque me parece que se relaciona con lo demás. El sentimentalismo es algo con lo que lucho. Por un lado, me parece que es algo necesario para cobrar conciencia de cuánto te importan las cosas; por el otro, si cedés demasiado, es muy probable que te lleves un chasco. Vas a dejar de percibir los detalles que te sedujeron originalmente. Vas a tener un objeto, un poema lleno de sentimientos pero carente de matices formales. En mis poemas, trato de hacer lo mismo que en mi vida, en el sentido en que me veo tironeado por los sentimientos pero trato de luchar contra ellos cuando me doy cuenta de que me estoy dejando arrastrar. Muchas veces, como en el caso de “El hijo único”, es más fácil usar la experiencia directa. Aunque otras veces es más fácil inventar, porque los sentimientos te pueden llevar a escribir un poema pedorro; como cuando no le sacás algo a un poema porque te gusta mucho, porque te hace sentir especial. Pero, en un borrador, esos versos “especiales” son muchísimas veces los peores. Como dijo Nietzsche en El origen de la tragedia, hay que aprender a ser atenienses, a manejar con plasticidad las propias emociones. Es cuestión de equilibrio. La dialéctica entre celebración y cerebración es vieja como el mundo.

En cierto sentido, la batalla entre el sentimiento y el discernimiento se aplica a las relaciones entre los objetos, un término que me gusta más que “imágenes”. Las imágenes me parecen algo muy trillado, y no creo que valga la pena que los poetas pierdan tanto tiempo preocupándose por ellas. Déjenles las imágenes a los cineastas. No lo digo de manera para nada despectiva. Digo, los poetas tuvieron su momento en el reinado de la imagen, y después fueron reemplazados. Tenemos que remontarnos más atrás en el pasado, antes de la obsesión por las imágenes bidimensionales. Tenemos que volver a las relaciones humanas. Por ejemplo, vos y yo. Somos objetos. Somos objetos complejos. Tenemos las capacidades de celebración y de cerebración de las que hablaba antes. Estamos llenos de músculos: “Los zurdos” habla de eso. Pero también somos más que máquinas subjetivas. Tenemos una forma de existir por consentimiento mutuo que se extiende más allá de la filosofía, hacia el dominio de la ética, la moral, la guerra y la ecología. Nos transportamos a estos ámbitos abstractos a través de la magia. Nos damos entidad los unos a los otros, y por eso podemos ser. La vida es eso. Por ese motivo, cuantos más objetos tenga un poema más mágico me parece. Neruda es un buen ejemplo. Es un mago. Otros poetas, los poetas coloquiales, hacen magia de otro tipo. Pero, para mí, la magia con los objetos es la más poderosa. La magia con los objetos juega con la constante sospecha de que el mundo material es un sueño, un dilema ya señalado por Lao Tsé, Sócrates y –supongo– por sus antecesores que vivían en cuevas, deltas, etc. En los poemas, los objetos son todavía menos reales que en nuestra vida cotidiana; no son más que palabras en una página. De modo que el poeta objetivista tiene que hacerte creer que esas palabras son objetos. Pienso en Vvedensky, el poeta ruso, que afirmó que cuando llegara a perfeccionar su arte sería capaz de arrojar la palabra “ladrillo” por la ventana. Está claro que no soy Neruda ni un concretista ruso. Soy un estadounidense común y corriente, o al menos escribo como si lo fuera. Pero un estadounidense común y corriente es uno de los objetos menos fijos y sustanciosos que pueden encontrarse –aunque nunca se sabe, a juzgar por la forma en que se comportan los políticos.

Para mí, la magia con los objetos es también la forma más elevada del humanismo en poesía, porque implica una existencia a través de la fabricación y del consentimiento mutuo. Así que, en “El hijo único”, cuando digo “lo encuentro con los ojos / abiertos, en la noche conyugal,  / mirando las esquirlas”, hablo de la magia de percibirse a uno mismo por medio de la memoria. La acumulación de los recuerdos es, en cierto sentido, la forma que tenemos de convertirnos en otra persona o de aprender a vernos a nosotros mismos de manera objetiva. Es lo que nos permite mejorar como seres humanos, y por consiguiente mantener el optimismo. La manipulación de los recuerdos es muy poderosa porque es en sí misma un acto que le muestra al que recuerda que él mismo está siendo fabricado todo el tiempo, y que existe por medio del consentimiento mutuo entre su ser pasado y su ser presente. El recuerdo también es algo mágico. En realidad, es imaginación disfrazada de experiencia, lo cual significa que, en nuestro fuero interno, somos todos travestis.

Para mí, el cuerpo es la bisagra de la puerta entre lo concreto y lo abstracto. A veces uno está en la cocina preparándose un sándwich y otras veces está en el living leyendo un libro y pensando cosas. Eso es lo que traté de hacer en “Los zurdos”. Hay nervios, músculos y tejidos, y está la “sorda música del cuerpo”. No sé qué responder. Por lo general, voy de la cocina al living. El resultado suele depender del ambiente de la casa en el que haya estado el suficiente tiempo para escribir un poema.

  ¿Qué pensás de tus contemporáneos y del estado general de la poesía estadounidense? ¿A quiénes recomendarías?

Es una pregunta difícil de responder. Hay muchos poetas excelentes que están escribiendo actualmente que nacieron acá. Otros poetas excelentes se vinieron a vivir acá. Algunos se mudaron acá antes de empezar a escribir. Hablan con sus padres en su lengua materna, pero escriben en dialecto estadounidense. De todos ellos, sólo unos pocos serán leídos por la generación siguiente. ¿Quién puede predecir quiénes serán? Lo mío no son las profecías, así que supongo que en cien años sabremos en qué estado se encontraba la poesía estadounidense.

Algo que me gusta es que se consiguen traducciones, muchas veces distintas traducciones, de muchísimos autores a los que, de lo contrario, los lectores estadounidenses no tendrían acceso. Por lo que pude leer, hay muchas más traducciones hoy en día de lo que había en generaciones anteriores. Las editoriales corren para traducir y publicar a autores nuevos. Autores desconocidos. Autores muy famosos. Descubrí a algunos poetas excelentes, polacos, chinos, griegos, a quienes me encanta leer en inglés. No sé si las versiones son fieles, pero los traductores han logrado algo que vale la pena leer y reflexionar, y supongo que debe tener algo que ver con el original. Siento una conexión con muchos de estos poetas, muchos de los cuales murieron hace más de mil años, y muchos de ellos en lugares a los que nunca voy a ir. Me gusta que las traducciones de poesía, y las múltiples experiencias que ofrecen, se consigan con facilidad.

Si nos ponemos a hablar de poesía estadounidense, en oposición a la poesía traducida que los estadounidenses podemos encontrar en muchas librerías, y del estado actual de la poesía estadounidense, prefiero dejarles la palabra a los profesores. Diría que uno de los motivos para desconfiar de la profesionalización de la poesía que ofrecen las maestrías de escritura creativa, una de las salidas laborales más comunes que tienen los poetas en los Estados Unidos, es que la comodidad que proporciona lleva a una mentalidad aun más provinciana. Se escribe más, pero la ambición es cada vez menor. En la academia, hay que portarse bien. No hay cosa más provinciana que eso.

Los programas de escritura creativa no van a durar mucho porque una mentira puede sostenerse durante una generación, pero después se acaba. Habrá otras mentiras, mentiras nuevas, pero nuestras mentiras se van a terminar. Dicho esto, la verdad no me importa lo que pasa en la academia o en las editoriales independientes o en ningún otro lado. Lo único que me importa son los buenos poemas. La poesía no necesita guardianes. Lo bueno siempre se destaca. No importa si uno es médico o decano de la facultad o bachero; todos experimentamos la vida, que es la materia prima del arte, y por consiguiente todos tenemos el potencial para escribir poesía. Esto también incluye a los poetas profesionales. Sin embargo, sólo un puñado de personas por generación escribe grandes poemas, y un título universitario no tiene nada que ver con eso. La aparición de un gran poeta tiene que ver con el destino, o con el nombre que cada uno le quiera poner a las fuerzas que coinciden de manera muy infrecuente y azarosa para dar origen a un gran poeta. Esos poetas son pocos, pero existen. Nacen, no se hacen.

Además, que me preguntes por el “estado de la poesía” indicaría que me adjudico conciencia nacional. Te lo agradezco. Ya me habían dicho que tenía un ego importante, pero me gusta más cómo lo decís vos. La verdad, como te dije acerca de la poesía en general, nunca me importó demasiado el hecho de ser estadounidense. Supongo que esa declaración me convierte en un estadounidense auténtico. De todas maneras, tratar de definir qué es la poesía estadounidense –un paso necesario para describir el estado en que se encuentra–, no tiene sentido si uno no tiene que vender una revista o un libro de crítica. No me planteo ninguna de esas metas.

En resumen, yo relaciono la poesía y todos los demás géneros con la supervivencia personal. Es una manera de transformar el sexo, las peleas, las risas y la confusión en algo universal. Estados Unidos, más que cualquier otro lugar del mundo, ofrece infinitas oportunidades para hacer todas esas cosas. Y lo mismo vale para el resto del mundo.

 

The Lefties

Face to face before the mirror, they seek
each other’s best hand — they write
with their fingers in the night’s moist air
& stare while they sip the liquor
of consciousness — they make
a point to back away — they tangle up
in telephone wire & are rewoven
in the morning sun — they play hide & seek
in the immediate & the oblique, & stay close
to the wild heart — they listen to the deaf
music of the body — detachment finds them
at home again — dusk falls — they take a broom
& try to free a restless dragonfly,
stuck & buzzing on the ceiling
of their rooms — they meekly sink
in silence & take shelter in the work
of muscle & spirit — both mute, they speak
telepathically when night falls upon the fields
before the storm — a ray of lightning strikes
nearby & holds them in an instant
of sheer light, while the wind blows, opening
& closing the window of their opportunity.



Los zurdos

 

En el espejo, el uno frente al otro,
mutuamente se buscan la mano hábil;
escriben con los dedos en el aire
húmedo de la noche y miran fijo
mientras toman de a sorbos el licor
de la conciencia; afirman retractándose;
se pierden en el hilo del teléfono
y vuelven a encontrarse bajo el sol
de la mañana; juegan a esconderse
en lo inmediato y en lo oblicuo, cerca
del corazón salvaje; escuchan, sorda,
la música del cuerpo; el desapego
los encuentra de vuelta en el hogar;
cae la tarde; en sus habitaciones,
con una escoba intentan el rescate
de una libélula que zumba inquieta,
pegada al cielorraso; se sumergen
mansos en el silencio y se refugian
en la labor de músculos y espíritu;
mudos, conversan por telepatía
cuando avanza la noche sobre el campo,
antes de la tormenta; un rayo cae
cerca de ahí y los deja detenidos
en un instante luminoso, mientras
sopla un viento que va abriendo y cerrando
las ventanas de la oportunidad.

The Only Child

 

I see him splash in the pool

of his childhood, struggling not to sink,

a pair of floaters on his skinny

arms–– on vacation with his mother,

I see his thick glasses, watch

how he devours a book

in bed, while outside the sun shines &

the other children play in the yard––

I can picture him locked in

his room, away from the wrath

of his young stepmother–– or at school,

sucking in his belly in a futile

attempt to tie his shoes––

I see him reeling in the kitchen

as, somewhere, a plane taxis

to the runway, moments from taking

off with his childhood– I see him

tremble by the river, learning

precociously, in the middle of a chilly night,

a new gymnastics from another

body–– I find him again, sitting on wet

grass in the dull haze of drugs, drunk

& chain-smoking, chattering incessantly

with a lone friend–– I catch him

tormented by sex, alone before

love & its atavism, lucid in

the naïveté he doesn’t know he has–

I watch how his muscles open, how

his height flowers upward– how, while

he grows shadowed with the desire

of other people, he is burned, as by a silent ray,

by his own– in college, I see

him with his hand raised, ready

with an inconvenient question–

I watch him transform soon after

into a serial boyfriend, the most likely

husband– I find him, eyes open,

in the conjugal night, gazing at the splinters

of light that pass through the half-closed

blinds and float across the ceiling–

I see him suspended in the air

in his assigned seat, unable

to sleep, sick to his stomach

before the decision he will make, a plastic

cup in hand– I discover him

alone again, lost in the music,

teeth coated with cement, trying

to learn how to live from flash

to singular blinding flash–

I observe how he floats amid

fragility, gently, on his back– I watch him

shut in himself, peeking over

the edge of his own youth.

 

 

El hijo único

 

Lo veo chapotear en el estanque

de la infancia, luchando por no hundirse

con flotadores en los brazos flacos;

de vacaciones con su madre, miro

cómo lee de un tirón una novela

en la cama, con sus anteojos gruesos,

mientras afuera brilla el sol y todos

los demás chicos juegan en el patio;

podría imaginármelo recluido

en su cuarto, escapando de la furia

de la madrastra joven; o en la escuela,

comprimiendo la panza en un intento

frustrado por atarse los cordones;

lo contemplo aturdido en la cocina

mientras, en algún lado, carretea

el avión que está a punto de llevarse

su niñez para siempre; lo descubro

precoz, temblando junto al río, mientras

aprende en medio de la noche helada

una gimnasia nueva en otro cuerpo;

vuelvo a encontrarlo sobre el pasto húmedo,

bajo la bruma blanda de las drogas,

borracho, parloteando sin parar,

fumando un cigarrillo tras de otro

con un único amigo; lo sorprendo

atormentado por el sexo, a solas

frente al amor y su atavismo, lúcido

en ser ingenuo sin saberlo; miro

cómo se abren sus músculos y crece

la flor de su estatura; cómo, mientras

se va cubriendo de deseo ajeno,

lo quema como un rayo silencioso

el suyo propio; en la universidad,

lo veo con la mano levantada

hacer una pregunta inconveniente;

lo miro convertirse, en poco tiempo,

en un novio serial, en el marido

más probable; lo encuentro con los ojos

abiertos, en la noche conyugal,

mirando las esquirlas de la luz

que pasan a través de la persiana

entrecerrada y flotan por el techo;

lo veo suspendido por el aire

en su asiento asignado, sin poder

dormir, con el estómago revuelto

por su futura decisión, y un vaso

de plástico en la mano; lo descubro

solo otra vez, perdido entre la música,

con los dientes cubiertos de cemento,

intentando aprender cómo se vive

de un fogonazo cegador a otro;

observo cómo flota entre lo frágil,

de espaldas, mansamente; lo contemplo

recluïdo en sí mismo, encaramado

al borde de su propia juventud.

 

The Boy in Love with His Friend

 

Like a very cold, bright day –– like dogs

barking to each other in the distance

in the middle of the night –– like

a pruned tree –– like a three-

leaf clover –– like apple peel coiled

onto a plate – like a shopping list with every

item crossed out, but one –– like a birthday

party before anyone arrives –– like hiccups

–– like your own image in the mirror, sideways.

 

El chico enamorado de su amiga

 

Como un día de sol con mucho frío;
como perros que, en medio de la noche,
se ladran a lo lejos; como un árbol
podado; como un trébol de tres hojas;
como la cáscara de una manzana
retorcida en un plato; como un vaso
medio lleno; como una lista en lápiz
de las compras con todos los artículos
tachados, menos uno; como fiesta
de cumpleaños a la que todavía
no empezó a llegar gente; como el hipo;
como uno en el espejo de costado.

 

 

Ezequiel Zaidenwerg nació en Buenos Aires en el año 1981. Ha publicado el libro La lírica está muerta.

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