Vallejo & Co. reproduce la presente nota publicada el poeta Alejandro Romualdo sobre la filosofía en la obra poética del célebre poeta César Vallejo. La misma que fue publicada por su autor, originalmente, en la reconocida revista Zurgai, en 1995.

 

 

Por Alejandro Romualdo

Crédito de la foto Salamanaca al día (RTV)

 

 

César Vallejo y la filosofía

 

 

Sé que me atrevo a entrar en un dominio que no es el mío, pero que quisiera serlo de la misma cautivante manera que los filósofos profesionales penetran en el universo del arte. Deseo que esta intervención se entienda como una sugerencia para esos exploradores del pensamiento que encuentren en ella materia de desarrollos reflexivos. Esta ponencia debe tomarse así como un esbozo inicial. De ello estoy muy consciente pues a medida que mi trabajo se desarrollaba, eran diversas y múltiples las direcciones sugestivas que aparecían en cada poema de Vallejo, imposibles de concentrar y resumir, a riesgo de esquematizar, en estas páginas.

César Vallejo manifiesta desde su primera obra poética, Los heraldos negros, una notable y desasosegada inquietud por las causas primordiales, el nebuloso origen de los acontecimientos humanos, los fundamentos del conocimiento, de la razón y sus sinrazones, de las sensaciones, sentimientos y emociones de los hombres, y hasta de los animales, vegetales y minerales. Los temas del destino, del azar, de la libertad, del bien y del mal, de la fatalidad y de la felicidad, del caos y de la armonía, del ser, de la existencia, del espacio y del tiempo, encuentran sus fuentes teóricas en el pensamiento de muchos filósofos, llamados a veces directamente por sus nombres. En un ensayo[1] señalaba que en la obra de Vallejo no es el hombre el que gira alrededor de la palabra, sino exactamente lo contrario: la palabra gira alrededor del hombre: poesía esencialmente antropocéntrica, palabra giratoria con diferentes y sorprendentes sonidos y sentidos, de sólido soporte ético, plena de preocupaciones meticulosamente domésticas o cosmológicas y de puros estremecimientos que van desde la ternura hasta la rabia y el horror. Terencio encuentra en esta poesía una voz insólita y solidaria porque también nada de lo humano le es ajeno.

 

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Esta indagación vallejiana añade a su significación artística un significado histórico paradigmático dentro de su generación. Su obra atraviesa un arco de 20 años (de 1918 a 1938). Aquí nos ocupamos solamente de su producción poética, situada en diferentes espacios y situaciones que discurren entre «la paz foránea» y la guerra «horrísona», entre la soledad y la barbarie.

Es una verdad incontestable que la poesía no es pura reflexión, sin embargo, el pensamiento poético, lleno de primigenia ingenuidad y asombro, también está sustentado por una densa experiencia, como lo confirman Rainer Maria Rilke y William Blake. Vallejo escribe hondamente desde esta valiosa acumulación factual. La simple enumeración de versos en los que Vallejo muestra sus comunicaciones filosóficas puede proporcionarnos una pista segura para alcanzar su derrotero ideológico sin que esa enumeración nos revele, hondamente, el hueso y el nervio de esa obra singular. No debemos quedarnos en la pura cita puntual pero exterior, sino descubrir, en la totalidad del poema, la gran iluminación que lo revela.

La Unidad, lo Uno, lo Absoluto, la Razón, el Bien, el ser y el no-ser, lo nominal y lo numérico, tienen su expresión en versos de abierta, nítida e irrefutable preocupación metafísica: «y da el ser al cardo»; «jirones de tu ser»; «en la multicencia de un dulce noser»; «nominal como Dios»; «mi ser recibe vaga visita del Noser»; «el sofisma del Bien y la Razón»; «brilla un estoico hielo»; «platónico estambre»; «doncella plenitud del»; «Oh unidad excelsa»; «en transubstanciación azul, virtuosa»; «de las lindes a las Lindes»; y, como título de sus poemas: «Absoluta», «Unidad» batidas por su «aire metafísico», en su «metafísica emoción de amor». Es evidente aquí la presencia de los estoicos y los pitagóricos: el platonismo tiene su presencia en la concepción de ese amor que «ama y engendra sin sensual placer».

Aristóteles se sitúa en «quien como el justo medio» (XXXII, Trilce); más adelante en «la lombriz aristotélica» y en «la expresión de Aristóteles armada/ de grandes corazones de madera». Anaxágoras y Empédocles en el Caos y los Elementos: «azular y planchar todos los caos»; «o que me entierren mojado en agua que surtiera de todos los fuegos».

Vallejo tiene una obsesión numeral, una predilección matemática por la Armonía y el número, «el pensar geométrico», que tiene su traducción temática en el azar y que establece el enlace senequista con sus versos cristianos. Se explica la presencia de la lógica («aromática»); de la física («atada a un palo») y, como sustento de todo ello, la ética: piedra angular de su actitud y respaldo moral de su actitud vital. Si la crítica de la Razón iluminista se asienta en esa otra «razón seminal» que constituye el lado activo de su idealismo primigenio, parece evidente que «lo divino», Dios, tiene aquí en esa otra «razón universal» proyectada su inexorabilidad como Destino, azar o fatum: como «heraldos negros», en esa «Filosofía de alas negras…», que encuentra en el verso «y la gallina pone su infinito uno por uno» una referencia directa al «Huevo cosmogónico», «de alas negras», de los órficos, que, como antinomia de la razón pura, es divisible sin perder su infinitud, pues en él todo está contenido («El Todo, la parte», de su poema «Yuntas»). Estas antítesis hacen los quiasmos, los oxímoron de la retórica vallejiana que lo enlaza con esos secos silogismos brechtianos, y en los que florece el barroquismo de su terrible Quevedo. Son frecuentes las rupturas del sistema en los versos de Vallejo (procedimiento que desarrollan poetas españoles que llevan su huella , como Blas de Otero).

También encontramos en la poesía de Vallejo la consideración de la Providencia y de la Ciencia. Newton, Cell, Cajal, Darwin, Einstein, son citados directa o sesgadamente en sus poemas. Freud se zambulle en ese «sentimiento oceánico de todo»: lo masculino y lo femenino («Amada: Y cantarás;/ y ha de vibrar el femenino en mi alma/ como en una enlutada catedral»; «Hembra se continúa el macho, a raíz/ de probables senos», «alarde fálico», «en mi vientre de macho»; «¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?»; «La mujer de mi padre está enamorada de mí»; «tumor de conciencia»; «el desorden de su alma», «el placer de sufrir», «Y hembra es el alma de la ausente/ Y hembra es el alma mía»; «por los labios inferiores del deseo») encuentran evolución y complementariedad en su «pensar geométrico». Pero la moral estoica que encamará en Sócrates y la derivación en Vallejo hacia la dialéctica de Heráclito, conformará más tarde su visión marxista crítica.

La raíz pitagórica y esotérica, agudizada en Trilce (tres, «porque vale tres soles» decía Vallejo) imprime al 1, al 2, al 3 y sus múltiples (999; habiendo atravesado 15 años y antes 15 y después 15»: 1 más 5 igual 6, son también las «69 veces púnicas», una simbología numeral de perfección pitagórica. El número 7 parece por primera vez en el poema LXII de Trilce y reaparece «en las siete caídas de esta cuesta infinita», se extiende en los versos de España, aparta de mí este cáliz: «vendrá en siete bandejas la abundancia» (ll, Batallas). Como afirma Guénon, refiriéndose a Dante y Swedenborg, en Vallejo son perceptibles algunas «teorías de la Cábala hebraica y sobre todo del esoterismo musulmán». La presencia simbólica de «lo divino» está en esa matemática sagrada donde encuentra su plenitud o su destrucción: «le gritaron su número: pedazos»; «vamos de tres en tres a la unidad’» (PH). Reaparece «la calva Unidad» en «la fatalidad de la Armonía»: «Los Nueve Monstruos».

 

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También en Poemas Humanos, Vallejo sigue observando que «Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del universo» y en ella, se divisa el individuo, el «triste individuo incoloro», el individuo abstracto de Spinoza necesita insertarse en la estructura productiva social para poder ser un hombre: «para que el individuo sea un hombre» y todo lo demás en «la res de Rosseau» pues «Juan Jacobo está en hacerlo».

La batalla entre el bien y el mal recorre patéticamente la poesía de Vallejo. El hombre es «Hijo natural» no político ni artificial, «del bien y del mal», de ese mal que crece «por razones que ignoramos»: la causa, las causas, los orígenes del dolor y del mal: «Qué sería su causa? Donde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa, nada ha podido de ser su causa?». Aquí entramos en la teoría de las causas aristotélicas, que bien pronto irradian en su retórica de la materia y la forma: «A través del metal que huye del plomo»; «a ras del suelo que huye de la tierra»; «el hacha en que están presos/ el acero y el hierro y el metal».

El «el muy grande hombre» de Swedenborg («le ciel esta un trés grand homme») se hace «hombrecito» en Vallejo: «y el mismo cielo todo un hombrecito». Ya estamos «en la tabla de Locke, de Bacon…», en la tabula rasa del empirismo, y más allá «la de Heráclito injerta en la de Marx». Luego, las pasiones, pasiones del racionalismo cartesiano («/o intuyo cartesiano, autómata»); «Batallas, no! Pasiones! gritará en “España, aparte de mí este cáliz”».

La presencia de Hegel («Señor esclavo: el hombre») se reconoce en la dialéctica del Amo y el Esclavo donde el hombre «Procede suavemente del trabajo» y todavía está «sujeto a tenderse como objeto»: la libertad no es tal aún, y «el hambre de razón» «que lo enloquece», ese racionalismo irracional, dentro del «execrable sistema» hobbesianamente hecho (hipócritamente) de «lobos abrazados». La «muela moral» le duele en el alma, sigue con su «tumor de conciencia», de esas «cuatro conciencias simultáneas». Y aparece Leibniz en traza irónica: «Ciencia de Dios, Teodicea!».

 

El Poeta César Vallejo.

El Poeta César Vallejo.

 

Vallejo ha hecho igualmente, desde Los Heraldos Negros su crítica de la razón impura, esa razón insuficiente, situada como sofisma ambiguo e iluminista: «Nada en verdad más ácido, más dulce. Más kantiano!».

El infinito, el yo profundo, la cuarta dimensión, el Sócrates hipocrático, se concentran en un poema cuyos versos evidencian quizás como en ningún otro, una cadena de inquietudes filosóficas frente a una miserable condición humana: «Hablar luego de Sócrates al médico?»; «Cómo eludir jamás al Yo profundo?»; «Como escribir después del infinito?», para terminar dando un grito, «un grito nato», frente al no-yo.

Finalmente, la ansiada Unidad heteróclita de este profesor de marxismo se expresa en aquel «Adiós, hermanos san pedros/ heráclitos, erasmos, Spinozas/ Adiós tristes obispos bolcheviques/ Adiós gobernadores en desorden».

Inmersos ya en el otro mundo de hoy, ante nuevas preguntas que requieren las nuevas respuestas de una mentalidad nueva, el hombre «con su caos teórico y práctico», derrumbado el socialismo burocrático, cuando «no hay más racional error que tu experiencia»? Vallejo atina a decirnos «¡Cuídate del futuro!».

Los propietarios del tiempo, los dueños de la cronología decretarán que esta poesía pasó, pero celebramos el centenario de su nacimiento y por algo será. Repetimos con este Vallejo que hoy nos convoca: «Cuídate de los nuevos poderosos!». «La política no ha matado totalmente lo que era yo antes» (1932).

 

 

 

[1] El humanismo de César Vallejo. Universidad Nacional Autónoma de México. Dirección General de Difusión, 1967. México.

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