Por Dew Donelon

Crédito de la foto www.travelandleisure.mx

 

 

Cero en la verdad de una uva.

Poema de Dew Donelon

 

 

A la esposa primitiva,

destinada a generar como el lodo,

o sea, muerte.

 

 

 

Los espectadores saben, todos sin excepción, que no existe diferencia entre mi señora y aquel que se convierte en una sed sin centro.

 

Todos duermen con las sílabas dormidas.

En cuanto se vacían de sexo y edad, reciben de El Antiguo

las manos y las lenguas en la dimensión pequeña.

Según la escritura autóctona se ha hablado del uso de los rápidos del sol,

aquí femenino.

El sol fue tomado de un león y se refiere a la intimidad.

Como una medusa que aborta al primer atisbo de archipiélago.

 

Acabamos de decir muchas cosas.

Muchas cosas no han cambiado, aunque sí la intención fundamental:

contra lo indecible se convierte tarde

en insecto se escarcha el hueco de su pantalón.

 

La propensión de la gente a aspectos rodeados por picos

corresponde en canto quejumbroso a

espíritu-que-podría-entrar-en-conflicto-con-el-fenómeno-de-las-estaciones.

¿No te parece precioso?

 

La lectura de los agujeros nos unía.

Me deshice de lo que se tradujo.

Del primer caos surge La que invita.

 

No fue fácil convencer a ese hombre de que quien tenía que venir

era una mujer anónima.

Se trata en este caso de una hija de Israel que nos ama con ese amor

que además de sacarse del pozo anuncia

lo que se encuentra al otro lado de la Santa Misa de la Jornada de la Defensión.

 

Al insomnio llega una lluvia sin principio y sin espalda y el horario parece enemistarse contigo.

Es una palabra mal formada, contigo es una palabra que empieza y termina exactamente igual.

 

Levanta entonces dos dedos el que entiende y afirma: toda paralela conduce a un punto, el punto de acumulación. Suma topológica: el resultado es el límite en el espacio.

 

Pañuelo y paño. Ciruela y cera. Duelo y dolo. Me gustaría deletrear el sufijo de las madres que habitan el mundo, que son cerámica, mundo y término.

 

A sus pies me coloco. Está amaneciendo en los alimentos, en dirección contraria. El Pantocrátor del poema observa.

Y me digo a modo de ley sagrada: entre los perfectos la vergüenza es la segunda causa de mortalidad.

 

Aparta las mantas, hace lo necesario. Bebe, me dice. El calor se derrama por la barbilla y el pecho. La madre de piel triste se habría cortado las manos. Un espejo roto hubiera sido suficiente, unas tenazas.

 

El meteoro que te ocupa los ojos te recorre la entraña, hace días que abandonó la blancura en beneficio de las malas ideas.

Abandonada en los escombros.

El perro negro ha muerto en sus inmediaciones, en el mismo solar, a escasos metros de la antigua casa de sus padres.

 

Ato los zapatos al caballero ciego. ¿Dónde están los demás? me pregunta.

Al fondo ríen los seis bufones extranjeros y la lombriz se desliza a lo largo de estas líneas sucesivas.

 

¿Dónde están los demás? ¿Detrás de las puertas? ¿Encogidos en la oscuridad que se va?

¡Se va, se va!

¿No te parece precioso?

El Pantocrátor del poema sigue observando. Le gusta mirar.

 

Me precipito si digo: contigo es una palabra que empieza y termina exactamente igual.

 

Escribo en el papel, con miedo a equivocarme: mis hijos, que también fueron blancos, esperan mi regreso.

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