Presentamos ante ustedes un fragmento de Canción de tumba, de Julián Herbert, galardonada con el Premio Jaén de Novela en 2011. Se trata de las primeras páginas del libro (publicado el mismo año de su premiación por Random House Mondadori).

De niño quería ser científico o doctor. Un hombre de bata blanca. Más pronto que tarde descubrí mi falta de aptitudes: me tomó años aceptar la redondez de la Tierra. En público fingía. Una vez en el salón (uno de tantos, porque cursé la primaria en nueve escuelas distintas) expuse ante mi grupo, sin pánico escénico, los movimientos de traslación y rotación. Como indicaba el libro, representé estos procesos atravesando con mi lápiz una naranja decorada con crayón azul. Memorizaba cada cuenta ilusoria, los gajos perpetuados en actitud de giro, las horas y los días, el tránsito del sol… Pero por dentro, no. Vivía con la angustia orgullosa y lúcida que hizo morir desollados a manos de san Agustín a no pocos heresiarcas.

Mamá fue la culpable. Viajábamos tanto que para mí la Tierra era un polígono de mimbre limitado en todas direcciones por los rieles del tren. Vías curvas, rectas, circulares, aéreas, subterráneas. Atmósferas ferrosas pero leves semejando una catástrofe de cine donde los hielos del polo chocan entre sí. Límites limbo como un túnel, celestes como un precipicio tarahumara, crocantes como un campo de alfalfa sobre el que los durmientes zapatean. A veces, subido en una roca o varado en un promontorio de la costera Miguel Alemán, miraba hacia el mar y creía ver vagones amarillos y máquinas de diesel con el emblema N de M traqueteando espectrales más allá de la brisa. A veces, de noche y desde una ventanilla, pretendía que las luciérnagas bajo el puente eran esas galaxias vecinas de las que hablaba mi hermano mayor. A veces, mientras dormía tirado en un pasillo metálico abrazando a niños desconocidos, o de pie entre decenas de cuerpos hacinados que olían a sorgo fresco y sudor de cuatro días, o con el esqueleto contrahecho sobre duras butacas de madera, soñaba que la forma y la sustancia del planeta cambiaban a cada segundo. Una tarde, mientras el ferrocarril hacía patio en Paredón, decidí que el silbato de la locomotora anunciaba nuestro arribo al fin del mundo.

Todo esto es estúpido, claro. Me da una lástima bárbara. Especialmente hoy, cuando veo a mamá desguanzada e inmóvil sobre su cama de hospital con los brazos llenos de moretones por agujas, conectada a venopacks traslúcidos manchados de sangre seca, trasformada en un mapa químico mediante letreritos que publican a pluma Bic y con errores ortográficos la identidad de los venenos que le inyectan: Tempra de un gramo, Ceftazidima, Citarabina, Antraciclina, Ciprofloxacino, Doxorrubicina, soluciones mixtas de un litro embozadas en bolsas negras para proteger a la ponzoña de la luz. Llorando porque su hijo más amado y odiado (el único que alguna vez pudo salvarla de sus pesadillas, el único a quien le ha gritado “tú ya no eres mi hijo, cabrón, tú para mí no eres más que un perro rabioso”) tiene que darle de comer en la boca y mirar sus pezones marchitos al cambiarle la bata y llevarla en peso al baño y escuchar –y oler: con lo que ella odia el olfato– cómo caga. Sin fuerzas. Borracha de tres transfusiones. Esperando, atrincherada en el tapabocas, a que le extraigan otra muestra de médula ósea. Lamento no haber sido por su culpa, por culpa de su histérica vida de viajes a través de todo el santo país en busca de una casa o un amante o un empleo o una felicidad que en esta Suave Patria no existieron nunca, un niño modelo: uno capaz de creer en la redondez de la Tierra. Alguien que pudiera explicarle algo. Recetarle algo. Consolarla mediante un oráculo de podredumbre racional en esta hora en que su cuerpo se estremece de jadeos y miedo a morir.

 

 

 

 

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“I don´t fukin´ care about spirituality”

 

 Mamá nació el 12 de diciembre de 1942 en la ciudad de San Luis Potosí. Previsiblemente, fue llamada Guadalupe. Guadalupe Chávez Moreno. Sin embargo ella asumió –en parte por darse un aura de misterio, en parte porque percibe su existencia como un evento criminal– un sinfín de alias a lo largo de su vida. Se cambiaba de nombre con la desfachatez con que otra se tiñe o riza el pelo. A veces, cuando llevaba a sus hijos de visita con los amigos narcos de Nueva Italia, las señoritas viejas de Irapuato para las que había sido sirvienta cuando recién huyó de casa de mi abuela en Monterrey (hay una foto: tiene catorce años, está rapada y lleva una blusa con aplicaciones que ella misma incorporó a la tela), las fugaces tías políticas de Matamoros o Lázaro Cárdenas o Villa de la Paz, nos instruía:

–Aquí me llamo Lorena Menchaca y soy prima del karateca.

–Aquí me dicen Vicky.

–Aquí me llamo Juana, igual que tu abuelita.

(Mi abuela, comúnmente, la llamaba Condenada Maldita mientras la sujetaba de los cabellos para arrastrarla por el patio, estrellándole el rostro contra las macetas.)

La más constante de estas identidades fue la de Marisela Acosta. Con ese nombre, mi madre se dedicó durante décadas al negocio de la prostitución.

El seudónimo tiene un roce de verdad. El padre biológico de Guadalupe se llamaba Pedro Acosta. Era músico (hay una foto: toca el tresillo al frente de su grupo Son Borincano con mi tío abuelo Juan –hermano de mi abuela Juana– en la guitarra), y se supone que andando el tiempo llegó a ser propietario de bodegas de perecederos en La Merced. Mamá lo conoció muy poco. Quizá llegó a verlo una vez, o a lo mejor ninguna y nada más lo imagina. Quien la asumió como su hija fue un padrastro: mi abuelo Marcelino Chávez.

No sé en qué momento se volvió Marisela; así se llamaba cuando yo la conocí. Era bellísima: bajita y delgada, el cabello lacio cayéndole hasta la cintura, el cuerpo macizo y unos rasgos indígenas desvergonzados y relucientes. Pasaba de los treinta pero lucía mucho más joven. Era muy a gogó: aprovechando que tenía caderas anchas, nalgas bien formadas y un estómago plano, se vestía solo con unos jeans y un ancho paliacate cruzado sobre sus magros pechos y atado por la espalda.

De vez en cuando se hacía una cola de caballo, se calzaba unos lentes oscuros y, tomándome de la mano, me llevaba por las deslucidas calles de la zona de tolerancia de Acapulco (a las ocho o nueve de la mañana, mientras los últimos borrachos abandonaban La Huerta o el Pepe Carioca y mujeres envueltas en toallas asomaban a los dinteles metálicos de cuartos diminutos para llamarme “bonito”) hasta los puestos del mercado, sobre la avenida del canal. Con el exquisito abandono y el spleen de una puta desvelada, me compraba un chocomilk licuado en hielo y dos cuadernos para colorear.

Todos los hombres viéndola.

Pero venía conmigo.

Ahí, a los cinco años, comencé a conocer, satisfecho, esta pesadilla: la avaricia de ser dueño de algo que no logras comprender.

Visto en retrospectiva, mamá tenía muy buen y muy mal ojo para escoger a sus galanes. Recuerdo que había un italiano, Renato: me compró un títere con traje de mariachi. Recuerdo a un Eliezur –al que yo rebauticé como Eldeazul–, quien una vez nos llevó al circo del payaso Choya. Nunca hablaba de ellos. Quiero decir, no conmigo. El único método con que cuento para evaluar su vida amorosa es observarla a contraluz de los vástagos que tuvo –cada uno de un padre diferente.

Mi hermana mayor, Adriana, es hija bastarda de Isaac Valverde, empresario y lenón excepcional, accionista de un prostíbulo legendario: La Huerta.

Al otro lado del canal estaba La Huerta. Su emplazamiento abarcaba quizá media manzana. Pudo ser el sueño de opio de cualquier anciano acaudalado que no temiera contraer disentería o infecciones venéreas. La propiedad contaba en los años 60 con vereditas particulares para coches, policía privada y tres o cuatro salones dispersos entre árboles de mango y cocoteros; recintos especializados en las diversas preferencias de su público. Nunca supe en qué consistían estas preferencias y supongo que puedo vivir sin saberlo. Había también un bar y un restaurant, agua casi potable y, de cara al exterior, sin anuncios luminosos, una gran barda de ladrillos rojos que se prolongaba, serpenteando, hasta los límites del callejón Mal Paso. Una barda que lo sacrificaba a uno al lugar común pues producía la sensación de estar bordeando una fortaleza medieval. Era la primitiva crossover acapulqueña, un laberinto/laboratorio de lo que México es hoy para el American Way of Life: un gigantesco putero seudoexótico con la infraestructura de un suburbio gringo lleno de carne barata a la que puedes meterle el dedo por el culo y arrojar después al otro lado de la barda. Una vez, mientras caminábamos junto al muro de ladrillos, Marisela me dijo: “aquí tocaban Lobo y Melón”. Yo sabía –como lo sabe cualquier niño que haya crecido en las inmediaciones de un congal– que detrás de aquel bastión campeaba el revólver del sexo. Y tenía la vaga idea de que el sexo dimanaba una volátil mortificación de la carne mezclada con lo cotidiano, el dinero, el barullo de la noche y el silencio del día. Fuera de esta percepción esquiva y asquerosa, nunca entendí un carajo. Pero gracias al comentario de mamá logré, años más tarde, relacionar el sexo con la música, esa otra fuerza de la naturaleza que tundía a machetazos la desgracia desde nuestra consola Stromberg Carlson.

Mi hermano mayor es hijo de un madrina de la judicial de Monterrey que, a principios de los 80, se había convertido ya en el comandante Jorge Fernández, jefe de grupo de la DIPD. Dicen que era un tipo muy bragado. Lo asesinaron en un operativo antidrogas hará unos quince años. Jorge chico llegó a verlo esporádicamente. En una de esas ocasiones, cuando mi hermano tenía catorce años, el comandante le regaló una motocicleta.

De las antípodas nació mi hermano menor, Saíd, hijo de Don B. Don B es un goodfella regiomontano de no muy alta monta pero muy querido por el gremio. Don B sigue siendo hasta la fecha uno de esos outlaws decadentes que se tomaron la foto con Fernando y Mario Almada. Don B fue un hombre extraordinariamente guapo –un rasgo que heredó mi hermano– y de joven era célebre por su habilidad para obsequiar golpizas. Nunca, sin embargo, lastimó a mi madre. Mis recuerdos infantiles lo sitúan comprándome juguetes y tratándome con el máximo y más puro afecto que recibí jamás de un hombre adulto, así que se trata de algo así como mi padre platónico. Mamá afirma que yo lo escogí para ella porque empecé a llamarlo “papá” antes de que se hicieran amantes. Han pasado más de veinte años desde la última vez que lo vi. Hace unas semanas me envió de obsequio un traje Aldo Conti acompañado de una nota: “para mi hijo el Cacho”. Yo jamás uso traje. Además no me quedó.

A principios de los 80, mamá tuvo una hija con Armando Rico, baterista de sesión apodado La Calilla. Él no llegó a conocer a Diana, mi hermana pequeña: vivía tan deprimido que, luego de una discusión amorosa, se rellenó la panza de barbitúricos. Lo encontraron los vecinos. Dicen que intentaba decir algo al micrófono de una grabadora y arrojaba espuma por la boca. Mamá había huido, en uno de sus clásicos arranques de histeria gitana, no sé si a Coatzacoalcos o a Reynosa, dejando abandonados lo mismo a su padrote que a sus hijos. Para cuando ella volvió a Monterrey, La Calilla se pudría en un cementerio y nosotros le debíamos dinero a medio mundo.

Yo soy el hijo de en medio. Mi padre, Gilberto Membreño, es el novio menos espectacular que tuvo Marisela. Empezó como repartidor de una farmacia y llegó a ser gerente de ventas para varios establecimientos de la compañía hotelera Meliá. En 1999, con el criterio destrozado a punta de whisky Chivas Regal y tequila Sauza Hornitos, pretendió convertirse en un playboy: renunció al trabajo, se casó con Marta (una chica colombiana de mi edad), compró un Mustang 65 y fundó una empresa que en menos de un año se fue a la bancarrota. Desde entonces no lo he visto.

Apenas concluyo esta enumeración, me siento avergonzado. No por narrar zonas pudendas: porque mi técnica literaria es lamentable y los sucesos que pretendo recuperar poseen una pátina de escandalosa inverosimilitud. Estoy en la habitación 101 del Hospital Universitario de Saltillo escribiendo casi a oscuras. Escribiendo con los dedos en la puerta. Mi personaje yace yonkeado a causa de la Leucemia Mielítica Aguda (LMA, la llaman los doctores) mientras yo recopilo sus variaciones más ridículas. Su ceño fruncido en la penumbra reprueba tácitamente el destello de mi laptop mientras añora en sueños, quizá, la ternura asexuada de sus hijos.

Hace tiempo, en un coctel celebrado en Sant Joan de les Abadesses, un poeta y diplomático mexicano me dijo:

–Leí esa nota autobiográfica tuya que apareció junto a tu cuento en una antología. Me resultó entretenida pero obscena. No me explico por qué te empeñas en fingir que una ficción tan terrible es o alguna vez fue real.

Observaciones como esta me vuelven pesimista acerca del futuro del arte de narrar. Leemos nada y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime. Y peor: vulgar sin lugares comunes, sublime sin esdrújulas. Asépticamente literaria. Eficaz hasta la frigidez. En el mejor de los casos, una novela posmo no pasa de costumbrismo travestido de cool jazz y/o pedantes discursos Kenneth Goldsmith´s style que demoran cien páginas en decir lo que a Baudelaire le tomaba tres vocablos: spleen et ideal.

“La técnica, muchacho –dice una voz en mi cabeza–; baraja la técnica”.

A la mierda: mamá fue en su juventud una india ladina y hermosa que tuvo cinco maridos: un lenón legendario, un policía abaleado, un regio goodfella, un músico suicida y un patético imitador de Humphrey Bogart. PERIOD.

Su último compañero data de principios de los 90. Acabábamos de mudarnos a Saltillo (esta ciudad en donde hoy, mientras amanece, escucho en lugar del canto de los pájaros el murmullo de las bombas de infusión que gobiernan el hospital) cuando se lió con Margarito J. Hernández. Periodista. Alcohólico. Feo. Duró poco. Mamá no lo quería.

Margarito me dio mi primer empleo adulto: corrector de estilo en una corrupta revista política. Yo tenía 17 años. Un día me dijo:

–Tienes que mandar todo a la chingada y largarte de México. Porque tú vas a ser escritor. Y un escritor en este país no sirve de nada, es peso muerto.

Al promediar la cincuentena, Marisela decidió aceptarlo: estaba sola. Sus tres hijos mayores habían dejado de dirigirle la palabra. No tenía amigas. Ni sus nueras ni sus nietos la visitaban. Se fracturó tres huesos en el transcurso de pocos meses. En 1997 le diagnosticaron una severa osteoporosis. Poco a poco, como quien no quiere la cosa, comenzó a usar su nombre verdadero: Guadalupe Chávez Moreno. Nuevecito. Recién extraído del baúl de la niñez.

Lo que ninguno sabíamos es que, al practicar esta simbólica renuncia a su fantasía de ser Otra y tener por lo tanto un sobrescrito nombre de princesa, mamá había decidido también envejecer. Nunca llegó a convertirse en una mujer adulta. Pasó en menos de diez años de la adolescencia mórbida a la senilidad prematura. Y ese récord –o mejor: ese mal hábito– es la única propiedad que legará a sus hijos.

Salgo del hospital luego de las primeras 36 horas de guardia. Mónica pasa por mí en el auto. La luz de la vida real me parece bruta: una leche bronca pulverizada y hecha atmósfera. Mónica me pide que junte las facturas por si resultan deducibles de impuestos. Agrega que mi ex patrón le prometió cubrir a nombre del instituto de cultura una parte de los gastos. Que Maruca se ha portado bien pero me extraña horrores. Que están recién regados el jardín, la ceiba, la jacaranda. No entiendo lo que dice: no logro hacer la conexión emocional. Respondo sí a todo. Agotamiento. Hacen falta la destreza de un funámbulo y el furor de un desequilibrado para dormitar sobre una silla sin descansabrazos, lejos del muro y muy cerca del reggaetón que trasmite la radio desde la centralita de enfermeras: atrévete te te salte del clóset destápate quítate el esmalte deja de taparte que nadie va a retratarte. Una voz dentro de mi cabeza me despertó a mitad de la madrugada. Decía: “No tengas miedo. Nada que sea tuyo viene de ti”. Me di un masaje en la nuca y volví a cerrar los ojos: supuse que sería un koan de mercachifles dictado por la adivina Mizada Mohamed desde el televisor encendido en el cuarto de junto. No es la realidad lo que lo vuelve cínico a uno. Es esta dificultad para conciliar el sueño en las ciudades.

Llegamos a casa. Mónica abre el portón, encierra el Atos y dice:

–Si quieres, después de almorzar puedes venir un ratito al jardín para leer y tomar sol. Siempre es buena noticia que el sol salga.

Desearía burlarme de mi mujer por decir cosas tan cursis. Pero no tengo fuerzas. Además el sol cae con un bliss palpable sobre mis mejillas, sobre el césped recién regado, sobre las hojas de la jacaranda… Me derrumbo en la hierba. Maruca, nuestra perra, sale a recibirme haciendo cabriolas. Cierro los ojos. Ser cínico requiere de retórica. Tomar el sol, no.

Julián Herbert (Acapulco, 1971) es un escritor -poeta, novelista, cuentista y ensayista- y promotor cultural. En 2011 ganó el Premio Jaén de Novela con ‘Canción de tumba’.

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