Por Augusto Munaro

Crédito de la foto (izq.) Komorebi Ed. /

(der.) Adriana Quesada –

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“Cada vez tengo menos control de lo que escribo”.

Entrevista a Tania Favela

 

 

La marcha hacia ninguna parte (Komorebi Ed., 2018) reúne un conjunto de poemas escritos entre los años 2012 y 2017 por la poeta y ensayista mexicana Tania Favela Bustillo*, quien previamente escribió los poemarios Materia del camino (2006) y Pequeños resquicios (2013). Éstos se inscriben en la ruta señalada con anterioridad por autores como Hugo Gola y Mario Montalbetti, con quienes comparte la experimentación formal, la relación activa con el silencio y la negación de una mirada totalizadora de la realidad.

 

 

Entrevista

 

Augusto Munaro [AM]: Hugo Gola es un poeta significativo para vos. Tomaste el título de un fragmento del poema «13» de su Resonancias (que a su vez, trae ecos del cineasta húngaro Béla Tarr). Además, abrís el libro con una cita suya. ¿“La marcha hacia ninguna parte” es, en parte, tu homenaje a su poesía?, ¿por qué?

Tania Favela [TF]: En todo lo que escribo está de alguna manera Hugo. Fue él quien me descubrió la poesía y le dio un giro de 180 grados a mi vida. Así que podría decirse que hay algo de homenaje en La marcha hacia ninguna parte, aunque te confieso que el título se me ocurrió ya que tenía listo el libro.

Yo había estado trabajando Resonancias renuentes para un ensayo y me pareció que los poemas que había estado escribiendo tenían que ver precisamente con una marcha que no iba a ningún lado, una especie de ir y venir sin meta definida, y fue en ese momento que recordé el verso y decidí tomarlo prestado. Ahora, el libro de Resonancias renuentes me impresionó mucho cuando lo leí, y en especial ese poema dedicado a Béla Tarr, a quien conocí también gracias a Hugo. Al estar escribiendo mi ensayo sobre Resonancias me puse a buscar la escena que señala Hugo en el poema y vi varias escenas de Satantango que podrían ser a la que él se refería: en todas lo que se percibía era ese vacío, el viento resonando, y creo que pensé también que mi libro tenía algo de esas resonancias, de ese eco contra el vacío que se siente en lo de Tarr. Pero como te digo, todo esto lo pensé después, ya cuando tenía el libro armado.

 

 

[AM]: Tania, ¿cuánto de “experiencia” hay en esta “marcha” transformada en libro?

[TF]: Yo creo que mucha, una experiencia dolorosa porque lo escribí tras la muerte de mi madre, así que es en realidad ella la que se metió en mí y me empezó a susurrar frases, versos. Eso lo creo de verdad, porque La marcha… me sorprendió, me pareció y me sigue pareciendo una lengua extraña la que ahí se elabora, una lengua a la que, aunque parezca mentira, yo misma no logro entrar, o no logro entrar del todo. Así que muchos de los poemas tienen que ver con una especie de monólogo o diálogo con ella.

En ese tiempo me la pasaba (y todavía lo hago) conversando con mi mamá y muchas de esas conversaciones entrecortadas entran en los poemas. Pero también están en La marcha… muchas otras voces que vienen de otros tipos de experiencia, por ejemplo, la experiencia de la lectura, que me parece tan intensa como la de la propia vida.

En los años en que estuve escribiendo esos poemas estuve también leyendo mucho, casi compulsivamente, días completos los pasaba leyendo, sobre todo ensayo y poesía, pero también cartas, diarios de autores que admiro, y creo que todas esas voces tan distintas fueron entrando sin querer, es decir, sin proponérmelo, en los poemas.

 

 

[AM]: ¿La poesía y el asombro van/deben ir juntos?, ¿por qué?

[TF]: Creo que sí y aquí pienso nuevamente en Hugo Gola que siempre decía que la poesía es un tanteo, que no se sabe jamás hacia dónde se va y por lo tanto lo que se escribe está lleno de encuentros y de hallazgos. Me interesa ese nivel de incertidumbre que supone la escritura de un poema y creo que es desde ahí que se genera el asombro: de pronto algo surge, y uno debe seguir la punta de eso que  aparece hasta que tome forma en la escritura. Esa nueva estructura que es el poema mostrará esos ángulos insospechados desde dónde sentir y pensar la vida.

 

La poeta Tania Favela Bustillo leyendo en la Casa de la Literatura Peruana (Lima).
Crédito de la foto: La poesía embiste

 

[AM]: Reynaldo Jiménez cierta vez escribió, que nuestra lógica era la alucinación. Recordando varias piezas tuyas aquí reunidas, ¿qué misterios sagrados intenta revelarte la poesía?

[TF]: Cada día que pasa me parece más real esa lógica alucinante de la que habla Reynaldo. Y lo digo porque cada vez tengo menos control de lo que escribo. No sé si eso es bueno o malo, pero es lo que sucede. Es por esto que creo que la lengua que se elabora en el poema viene de ahí, de esos estados de percepción alterados, estados de acumulación de intensidad que de pronto generan otros procesos de pensamiento. Es decir, esos estados, me parece, permiten que surja un pensamiento más flexible, más arriesgado, que se introduce en zonas poco conocidas, y es quizás por eso que el lenguaje que pende de él parece distinto, una especie de lenguaje extrañado o alucinado que rompe con esa otra lógica discursiva, con ese pensamiento domesticado.

Ahora bien, en realidad no sé qué misterios me revela la poesía, sería muy difícil precisarlos, pero sí te puedo decir que después de escribir siento que algo se “aclara”, aunque después se vuelva siempre al caos y al miedo.

 

 

[AM]: Tal vez te resulte demasiado banal, superficial la siguiente pregunta. No es esa, desde luego, la intención. ¿Qué es lo que más te gusta de la poesía?, ¿por qué?

[TF]: No me parece banal la pregunta, al contrario, me parece muy sugerente. Lo que más me gusta de la poesía es la energía que me transmite. Cuando leo un buen poema es como si pudiera tocar la vida por un momento. Es que pienso que la poesía genera en quien la lee una experiencia vital, y esa experiencia es plena y hermosa, te carga de una energía tan intensa que te dan ganas de seguir viviendo y de seguir haciendo cosas. Hugo, para volver a Hugo Gola, siempre decía que el amor por la poesía se contagia, y yo creo que es así: cuando estás ante un poema que te emociona, lo primero que quieres es mostrárselo a la gente que amas; a los amigos, a los alumnos. En ese sentido, me parece que la poesía crea lazos entre las personas, eso es algo que ahora me interesa muchísimo: la poesía y la amistad, y los vínculos que se crean gracias a esa experiencia poética.

 

 

[AM]: En La marcha hacia ninguna parte, hay un canto múltiple entretejido de voces disímiles. ¿Cómo y por qué se llegó a ese grado de forma para estructurar tus poemas?

[TF]: Como te comentaba en la segunda pregunta sobre la experiencia, todas esas voces son de alguna manera diálogos con otros (con mi madre, con los libros que estaba leyendo en ese entonces) o conmigo misma. Pero también entran otras voces: conversaciones escuchadas al vuelo en la calle o en el transporte público. Si una frase me llamaba la atención, la anotaba y después casi de forma natural entraba en alguno de los poemas. También entran las conversaciones con los amigos o familiares: por ahí hay frases de Nina, mi sobrina, o de Luis Verdejo (poeta y pintor) con quien llevo treinta años conversando.

Ahora bien, la forma de los poemas, que es muy distinta a la forma de los poemas de mis dos libros anteriores, no tengo idea de cómo surgió, pero sí te puedo decir que al empezar a pasar los poemas a la computadora (yo escribo siempre a mano), empecé a sentir que necesitaban otro espacio distinto, otros desplazamientos, y me pareció que la frase larga entrecortada era lo que mejor funcionaba. Sentí que esa disposición en la página tenía que ver con la lectura en voz alta que yo hacía de los poemas. Así que la forma fue emergiendo desde mi voz (o voces), de ahí los matices que intenté introducir con los paréntesis, los guiones y las cursivas.

 

 

[AM]: Cada poema, cada deslizamiento progresivo de los versos, en esa zona móvil del decir, se construye (y deconstruye) un proceso de continuo cuestionamiento de la realidad: la del poema mismo. Es un libro cuyo eje esencial, parece apuntar al riesgo de preguntar, la aventura de indagar. ¿Por qué?

[TF]: Creo que es tal como lo dices,  mi sensación era (y sigue siendo) que no hay nada que afirmar ni nada que negar, y que siempre nos movemos en esa zona oscura, de incertidumbre, así que lo que hay es más bien un decir y al mismo tiempo un desdecirse, una especie de tartamudeo o balbuceo, de ahí la fragilidad de todo decir y de toda concepción de la realidad. Me parece que siempre nos encontramos entre contradicciones: pensamos, sentimos, decimos, hacemos y buscamos una coherencia imposible; el poema de alguna manera muestra ese cuestionamiento continuo y también esa inestabilidad de la que no se puede escapar.

 

 

[AM]: En un fragmento de tu poema “Habla su habla el que habla…”, escribís: “Habla su habla el que habla su habla/ (ahí) el que habla se introduce en su habla/ -blanda lengua- (dices)  ablanda la lengua el que habla/ -esta lengua- dice la bella nadadora” ¿Cómo adecuás tu imaginación a la cadencia lógica de tus versos? ¿Cuán dificultoso es originar esa operación transitiva de una, a otra?

[TF]: Ese poema tiene que ver con Émile Benveniste. Estuve leyendo sus libros de lingüística porque estaba trabajando en unos ensayos sobre la poesía de Olvido García Valdés y de Miguel Casado, y en uno de sus libros Benveniste dice: “El acto individual de apropiación de la lengua introduce al que habla en su habla” y esa frase me encantó y funcionó como pivote del poema. Algo muy loco, porque la frase es más bien árida, pero hizo que desde ella resonarán otras voces.

Lo de la bella nadadora, por ejemplo, es del Altazor de Huidobro, al que no estaba leyendo en ese momento, pero al que he leído mucho, y de pronto ese verso entró casi sin pensarlo, lo tenía, por decirlo así, al borde de mi propia lengua.

Así que la escritura del poema tiene que ver, supongo, con asociaciones conceptuales y sonoras que se van entretejiendo en el proceso mismo de la escritura. El paso de esa imaginación  asociativa a la cadencia del verso se da casi de forma natural: voy escribiendo y voy escuchando al poema y lo dejo fluir. Ya cuando lo pasó a la computadora hago leves correcciones, quito o agrego de acuerdo a cómo suena: si algo me suena mal lo borro. Así que creo que lo que me ayuda a escribir es el oído, mucho de la escritura tiene que ver para mí con saber escuchar.

 

 

[AM]: En muchos versos trabajás —y con acierto— la musicalidad de la repetición. ¿Qué efectos te permiten indagar esa operación específica en relación al tono?

[TF]: La repetición en La marcha hacia ninguna parte se conecta con lo recurrente. Me explico: frases, palabras sueltas, pensamientos, imágenes, sensaciones, que vuelven una y otra vez, casi obsesivamente, al momento de la escritura. Y esa recurrencia es la que genera resonancias, ecos o murmullos al interior de los poemas. Imagino que de ahí surge un tono que es casi atmosférico, es decir, envolvente y algo espectral.

Un amigo me comentó que cuando leyó mi libro pensó en Rulfo, en esas voces medio fantasmales que se desprenden de su novela. Su comentario me interesó porque quizás, esas voces rulfianas están atrás y eso me encantaría. El tono tiene que ver además con el “habla”: si algo me interesa indagar ahora es cómo esas formas del habla entran en el poema, más como “actos” (lo performático, por llamarlo así), que como formulas a imitar; es decir, me interesa cómo irrumpe verdaderamente el habla en un texto.

 

 

[AM]: Intuyo que, en tu caso, priorizás el sonido por encima de la imagen. ¿Qué valor le otorgás a la musicalidad de las palabras a la hora de escribir un poema?

[TF]: Claro, tal como dices el sonido viene primero, incluso una palabra puede estar ahí más como un significante que como un significado. Muchas veces no me interesa lo que la palabra significa (a lo que se refiere), sino cómo suena y qué hace al resonar con las otras palabras y las conexiones que éstas pueden llegar a establecer. Ahora bien, no siempre el sonido lleva a lo armónico, puede también generar ruidos, choques, asperezas, vacíos entre las palabras y ese tipo de “musicalidad” más quebradiza, también me interesa.

 

 

[AM]: Por cierto Tania, ¿cómo mantenés viva la llama de la imaginación?, ¿es producto de la curiosidad, o se trata de un don innato?

[TF]: Antes de responder tendría que decir qué es para mí la imaginación o qué es lo que me interesa de ésta, y pienso que lo que me interesa es su poder de construcción y al mismo tiempo la libertad con la que se mueve para construir. La imaginación interroga a las cosas del mundo para descubrir nuevas relaciones entre ellas.

Ahora bien, creo que una de las cosas que puede mantener viva la imaginación es la lectura: leer pone a girar todo, acelera el pensamiento y las percepciones y por lo tanto permite que se generen asociaciones que luego entran al poema, y que sin tal o cuál lectura no habrían sido posibles.

Además de la lectura, está también la vida, claro, todo lo que se vive sirve como material para la construcción del poema: los encuentros que tenemos, los sucesos que vivimos, los conflictos o las alegrías. Y no sólo lo que vivimos conscientemente, ya que creo que en el poema entran también elementos extraños: impulsos, deseos, intuiciones, frustraciones, miedos, obsesiones; sensaciones más irracionales que razonadas. Sospecho que estar atentos y abiertos a esos estados también ayuda a ampliar la imaginación. Están además los momentos de soledad que son momentos muy productivos por el silencio que generan. Yo vivo sola y por las mañanas me pongo a leer, a pensar o a divagar y a veces a escribir, y creo que ese trabajo solitario también ayuda a avivar la imaginación.

 

 

 [AM]: ¿Te ves identificada con algunos autores surrealistas latinoamericanos? Pienso en Miguel Ángel Bustos, o César Moro, por ejemplo.  

[TF]: A Moro lo he leído muchísimo y me encanta, pero en realidad no me siento tan cerca de los poetas surrealistas por más que me gusten y me interesen. Ya me gustaría tener como ellos ese manejo tan potente de las imágenes; pero creo que en lo mío no hay ese trabajo con la imagen. Sin embargo, en lo que sí me sentiría identificada es en la importancia que los surrealistas le dan a los sueños. Pienso que desde el sueño (los sueños) emergen muchas sensaciones y visiones que después entran en el poema. En ocasiones trabajo con ese material tan extraño y vaporoso que surge cuando duermo.

 

La poeta Tania Favela Bustillo.
Crédito de la foto: Nina Solorzano

 

[AM]: ¿Recordás la historia o anécdota que te llevó a escribir las piezas vinculadas a la serie “Dos para Emily”?

[TF]: Claro, estaba leyendo las cartas de Emily Dickinson, que por cierto me impresionaron tanto como sus poemas, son hermosísimas y duras y escritas, por momentos, como en clave, muy extraño; en fin, fue a partir de esa lectura que surgieron los dos poemas (lo que en el poema está en cursivas es de ella.) Ahora bien, en ese entonces estaba leyendo también a Rodolfo Hinostroza y se me había quedado pegado ese “thalasa oh thalassa” de Contra Natura: es por eso que en el poema aparecen el mar, los soldados y la anábasis (de Jenofonte), elementos que están detrás del poema de Hinostroza. Todo eso se anudó de una forma bastante ilógica,  pero me pareció que funcionaba bien en el poema.

 

 

[AM]: Tu poesía se muestra expansiva en su experimentación acerca de la forma siempre cambiante de sus versos, su sintaxis. ¿El poema es siempre algo inacabado, y por ende, que niega una mirada totalizadora de la realidad?, ¿por qué?

[TF]: Yo creo que sí, que no puede haber mirada totalizadora de la realidad porque de entrada yo no sé qué es la realidad o sólo percibo pedazos de ésta, fragmentos, y esos pedazos son los que entran en la escritura. Pienso también que el poema es más un proceso que un resultado: si se piensa en procesos, necesariamente se excluye el principio y el final de algo. En ese sentido, el poema empieza antes de que se escriba y finaliza después de haberlo terminado: esos lapsos temporales son interesantes porque dan la sensación de una continuidad, más que de un cierre. Tu pregunta me hace recordar también una crítica que me hizo Bruno Madrazo (un querido amigo y buen poeta) cuando publiqué mi libro Pequeños resquicios, que es el libro anterior a La marcha hacia ninguna parte. Bruno me dijo que en mis poemas no le convencían los finales conclusivos. Quizás eso se me quedó en la cabeza y rompí con esos poemas redondos optando por una escritura más abierta y porosa, y esa porosidad es quizás la que permite la expansión de la frase o del verso.

 

 

[AM]: Me gustaría te refieras brevemente sobre la disposición de los espacios en blanco en la página y su relación con los poemas. ¿Qué buscan reforzar, o simbolizar?

[TF]: Los espacios en blanco son silencios distintos, no siempre producen el mismo efecto, a veces producen un vacío, un eco; otras veces tienen que ver más con una especie de tartamudeo, con lo entrecortado, con la dificultad de pensar y de decir. Yo escribo desde ahí, desde esa falta de seguridad, algo que no me gusta porque preferiría tener certezas y no siempre tener esa sensación de desasosiego que me acompaña y que creo que está en el fondo de mis poemas. Quizás un poema que me marcó, y aquí tendré que volver a Hugo Gola, es el último poema de Samuel Beckett que Gola publicó en la revista Poesía y poética 19, Cómo decir. En este poema hay justamente una especie de tartamudeo, una incertidumbre y un cuestionamiento, y aunque mis poemas están muy lejos de ese excepcional poema, tal vez todas esas marcas tipográficas y esos espacios en blanco y esas frases entrecortadas buscan, casi en el sentido de un anhelo, el efecto que ese poema me hizo sentir cuando lo leí por primera vez.

 

 

[AM]: Y sobre su hilo argumental… sus instantes más narrativos. ¿Donde hay descripción, hay anécdota, Tania?

[TF]: Sí, exacto, esas descripciones, como bien dices, tienen que ver con sucesos “reales”: generalmente  algo que veo en la calle, una escena, por decirlo así, pero la escena no alcanza a dibujarse del todo en el poema, entran sólo pedacitos de ella. Por ejemplo, el poema del “viejo que está desentendido de sí mismo”, retrata a un viejo que dormía en la calle. Yo de tanto en tanto me paraba a platicar con él y el viejo estaba en verdad en otro mundo, conversaba y me contaba un montón de cosas, pero siempre rebasando la realidad, literalmente fuera del mundo, desentendido de sí mismo. Ese viejo entra en el poema, pero claro, solo una parte de él, lo demás viene de otro lado. (Por cierto, ese entrañable viejo tuvo un final feliz en la vida real).

 

Los editores de Komorebi junto a la poeta mexicana Tania Favela Bustillo.

 

[AM]: Siguiendo el concepto Saeriano, Tania. ¿Por qué hay que oponerse a la lengua del Estado?, ¿claridad expresiva puede significar ideología?

[TF]: Estoy absolutamente de acuerdo con Saer: el poema debe generar líneas de fuga, debe huir de todo discurso ideológico. Poesía e ideología van por caminos opuestos. Es por eso que ante la claridad, lo que el poema propone es la opacidad. El poema busca una lengua más porosa, más dura, o más flexible, eso dependerá de cada quién, pero en definitiva los poetas que leo y a los que amo se alejan de ese lenguaje puramente instrumental que es el de la lengua del Estado.

Recuerdo ahora un texto muy lindo de Francis Ponge, “El murmullo”, que Hugo publicó en Poesía y poética 3: ahí Ponge dice precisamente que el poema no debe de convencer ni conmover, ya que según él, el ser humano es más que ideas y sentimientos; Ponge dice que somos algo mucho más complejo, menos fácil de reducir, y es por eso que un poema no debe manipular a nadie, sino todo lo contrario: el poema debería romper siempre nuestro equilibrio, dejarnos en silencio, generar un pensamiento crítico, cuestionar los clisés sentimentales y renovar matices de la experiencia, en fin, por ahí va lo que creo.

 

 

[AM]: ¿Las palabras guardan colores? (es una pregunta que apunta más a la idea en torno a la sinestesia)

[TF]: Mi mamá decía que siempre que escuchaba una palabra venía acompañada de un color, a mí desgraciadamente no me sucede eso. Más que colores, las palabras para mí guardan texturas: son blandas, ásperas, lisas, rasposas, húmedas, curvas, granulosas, cálidas, suaves, etc. Lo sonoro y lo táctil van de la mano.

 

El Poeta y Maestro, don Hugo Gola.
Crédito de la foto: Luis Verdejo y Tania Favela Bustillo.

 

[AM]: ¿La poesía intensifica la conciencia del mundo?

[TF]: Claro, la poesía tiene ese poder, intensifica nuestra conciencia y nuestra experiencia del mundo. Quizás lo hace porque la poesía, o mejor, los poemas, tienen la capacidad de abrir intersticios, de desplegar nuevos estratos desde dónde pensar y percibir el mundo. Un buen poema puede generar en quien lo lee un proceso de desestabilización muy grande y es sólo cuando estamos desequilibrados cuando podemos encontrar en nosotros mismos nuevas visiones y formas de conocimiento distintas. Basta leer un poema de Trilce de Vallejo para darse cuenta del nivel de desequilibro que produce. ¿Y qué hacemos con eso? Esa pregunta, y las acciones que conlleva, abren mundos. Y hablo de acciones porque creo que la poesía es suceso, acto, de ahí su poder de dinamizarlo todo.

 

 

[AM]: Sos Doctora en Literatura latinoamericana por la Universidad Nacional Autónoma de México, y desde 1994 que impartís clases de literatura en el Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana. ¿Cómo sentís que estas actividades hayan influido en tu pulso escritural?

[TF]: Pienso que dar clases es algo que me ha ayudado mucho, en principio por la relación con los alumnos, que cuando son buenos te impulsan y te ayudan a pensar. En mis cursos intento siempre dar clases de los poetas, narradores o ensayistas que me interesan (eso también se lo aprendí a Hugo), así que la clase se convierte para mí en una especie de laboratorio. Me sirve para problematizar ciertas cuestiones en torno a la escritura y a la lectura. Con los alumnos estamos siempre cuestionando lo que en clase llamo “poética”, que sería la relación que se da entre el yo que escribe  (y el yo que se enuncia), el lenguaje, y la realidad, y le damos mil vueltas sin llegar a conclusiones tajantes. Cada poeta o narrador nos lleva por caminos distintos, lo que nos ayuda a trazar infinidad de caminos posibles desde dónde pensar la poesía o la escritura en general. Imagino que esa reflexión y las discusiones que se dan en clase tienen un peso después en lo que escribo.

Ahora bien, mis estudios de licenciatura, maestría y doctorado me ayudaron mucho. Hacer una tesis es la oportunidad de investigar y pensar un tipo de escritura que te interesa. En la licenciatura trabajé a Juan L. Ortiz, en la maestría a Hugo Gola y en el doctorado a José Watanabe. De cada uno de ellos aprendí muchas cosas que seguramente se filtraron en mis poemas. Además tuve la suerte de que Hugo me dirigiera mi primera tesis y William Rowe la segunda. Con ambos entablé discusiones bien interesantes que me ayudaron a pensar el problema de la poesía. En el doctorado me dirigió Adriana De Teresa Ochoa, a la que hasta hoy le agradezco la libertad que me dio para trabajar en mi proyecto. También estuvieron acompañando mi trabajo Enrique Flores y Rodolfo Mata, así que con los tres pude tener conversaciones que ampliaron mi visión.

En fin, lo que quiero decir, resumiendo un poco, es que el estudio, las clases y la investigación han permitido que se genere en mí un pensamiento crítico (o eso es lo que me gustaría creer que ha sucedido). El ensayo, por ejemplo, es la forma que prefiero después del poema, y creo incluso que ensayo y poema muchas veces van juntos, en el sentido del nudo que podemos percibir entre la teoría y la práctica. Es justamente cuando estoy trabajando en un ensayo cuando más poemas escribo: imagino que pensar en la poesía es un impulso (y un pulso) para la escritura.

 

La poeta Tania Favela Bustillo.
Crédito de la foto: Luis Verdejo.

 

[AM]: ¿Pensás que cada poeta funda su propia mitología?

[TF]: Me haces pensar en Cesare Pavese con tu pregunta y pienso que sí, que muchos poetas logran crear una mitología propia, pero la verdad no sabría cómo ver eso en lo que yo escribo, quizás no lo veo porque no está…

 

 

[AM]: Por último, ¿cuáles son tus próximos proyectos relacionados a la poesía?

[TF]: La marcha a ninguna parte no vino sola: cuando estaba armando el libro me di cuenta que no todo el material que tenía podía entrar en él, así que fui articulando tres libros al mismo tiempo. Los tres libros tienen que ver con la misma época y con una escritura similar, pero me parece que aunque hay semejanzas entre ellos, también hay diferencias, así que a la par de La marcha… surgieron: La imagen rueda y El horizonte inalcanzable. Los títulos, como ves, se desprenden todos de los versos de Hugo:

…………………………y siempre el sonido

………………………………de la lluvia

…………………………..adentro         afuera

………………………………la marcha hacia ninguna parte

…………………………..la imagen rueda

…………………………………por las piedras

…………………………las descubre

…………………………..el horizonte inalcanzable

………………………………franja de luz lejana

 

Así que son libros trillizos… son tres, pero también uno solo. Intentaré publicarlos en algún momento si se da la oportunidad. Pero más allá de eso, de que pueda publicarlos o no, te confieso que yo no trabajo con proyectos, simplemente escribo poemas, poemas sueltos, así que lo que espero es seguir escribiendo poemas y espero también que éstos se alejen de La marcha…, que sean distintos, que no me repita y pueda seguir buceando en otras zonas.

 

 

 

 

 

*(Ciudad de México-México, 1970). Poeta, ensayista y traductora. Doctora en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue parte del consejo editorial de la revista El poeta y su trabajo, dirigida por el poeta Hugo Gola. En la actualidad, se desempeña como catedrática en el Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana (México). Ha publicado en poesía Materia del camino (2006), Pequeños resquicios (2013) y La marcha hacia ninguna parte (2018); en ensayo El desierto nunca se acaba. Antología poética de José Watanabe (2013), Un ejercicio cotidiano. Selección de prosas de Hugo Gola (2016) y El lugar es el poema: aproximaciones a la poesía de José Watanabe (2018); y en traducción En la tierra de Robert Creeley (junto a Jahel Leal, 2008).

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