Por: Rafael Courtoisie

 

 

 

 

 

Dispositivo, artefacto, ingenio. Tales los vocablos que designan la maquinaria literaria engendrada, urdida, dispuesta y echada a andar por esa conjunción de palabras llamada Jorge Luis Borges.

Borges representa una manera distinta de saber, un modo por completo diferente de los métodos de la gnoseología habitual. Borges es un saber literario, un saber que sitúa su punto de inicio en lo particular, en el absoluto individual y que deriva y evoluciona, a través de lo particular, en la amplitud de lo universal.

En la remota antigüedad, desde el Renacimiento, y luego a través del desenvolvimiento del Siglo de la Luces, mediante las líneas de la racionalidad se ha insistido, preferentemente, en la prosecución de dos métodos cuyo supuesto roza el alma de la verdad.

A saber: la denominada deducción, madre o madrastra de las grandes verdades, engendradora de axiomas, señora de la vida del sentido; y la otra, germinante, inducción, la que va de lo particular a lo general, la que asciende, la que intenta generalizar, la que eleva el paso particular a la dimensión insólita de lo abstracto.

 

UNA MANERA DISTINTA DE SABER

 

¿Cuál es esa manera distinta de saber? ¿Qué tiene que ver esa manera distinta de saber con los monumentos consagrados de la racionalidad?

En la Edad Media, el centro del universo era Dios.

Con el advenimiento del Renacimiento se verificó un desplazamiento: el centro del universo pasó a ser el hombre.

La Modernidad, a su vez, desplazó al hombre y puso en su lugar a la razón.

Una razón absoluta, una verdad cuyo zumo o sustancia de secreción era emitida por el secreto duende o daimon cuyo lugar de residencia estaba probablemente situado en la glándula pineal.

 

LA VIDA ES SUEÑO

 

                        «En el mundo en conclusión

                        todos sueñan lo que son

                        aunque ninguno lo entienda»

 

Estas líneas pertenecen a Calderón de la Barca, a la obra titulada «La vida es sueño».

Jorge Luis Borges soñó lo que era.

Su trabajo, su ficción, su metodología siempre tuvo que ver con el sueño de la vida.

Borges escribió cuentos, ensayos y poemas, pero lo que perdura de toda su obra es un aparato cognitivo, una maquinaria que aún anda y se desarrolla en el tiempo, la plenitud de una forma que se establece en el corpus de una cultura.

Borges echó a andar un ingenio cognitivo, un aparato para saber y aprehender más allá de la estúpida y procaz definición de los géneros.

Cuando el inglés Olaf Stapledon, a la sazón filósofo y urdidor de historias, también prologado por Borges con motivo del inolvidable, fundacional, «Star Maker», hablaba de la posibilidad de otras escalas de tiempo, de otras disposiciones o concreciones del espacio, en realidad estaba hablando de un universo escrito. Prefiguraba lo que Borges había plasmado mediante esa suerte de ingenuidad metafísica que lo acompañó cada una de sus horas hasta el instante de su muerte.

 

MUNDOS IMAGINARIOS

 

Nadie que haya leído «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» puede permanecer indiferente.

El texto supone la intersección cuasi perfecta entre erudición y fabulación.

Desde que empieza a escribir, Borges echa a andar una maquinaria, un artefacto, un aparato cognitivo construido en base a piezas de la metodología académica y a la más pura ficción.

«La única forma de decir la verdad es mentir», dice un personaje de una oscura obra de teatro.

La afirmación es obvia, pero insuficiente.

Jorge Luis Borges diseña, urde, levanta y pone a punto una maquinaria ficcional al servicio de la verdad.

Si «El acercamiento a Almotásim» o «Tema del traidor y del héroe» recuerdan a, o se relacionan con, más o menos  próximamente, parágrafos perdidos o fraguados de la archifamosa «Encyclopaedia Britannica», «Hombre de la esquina rosada» o «La intrusa»  aluden a su vez a remotos y flagrantes pasajes de una jamás escrita y vastísima «Enciclopedia Criolla».

Borges mezcla los detalles, las circunvoluciones de las historias que se desarrollan en el hemisferio norte con las pequeñeces abyectas, espurias, del acontecer arrabalero.

Borges reúne a Spinoza y a Gardel, Borges exhibe la maldición iluminada de una sabiduría mixta.

Este cruzamiento entre simulación del objeto y propiedades del objeto, esta mixtura entre «mentira» y «verdad», este constante vacilar entre la «luz» y una especie de paródica «necedad», este aplicado ir y venir entre las cosas y lo que parecen ser las cosas, conduce al lector de Borges a la reflexión sobre el mundo y su pluralidad.

La pregunta o indagación racionalista sobre la pluralidad suele desembocar en una falacia, en una proclama trágica, metafísica, o ambas cosas a la vez.

Puede hablarse de Borges del mismo modo en que se habla de un vaso de agua.

El agua es transparente. En el agua viven miríadas, millones de animalitos crepusculares, unicelulares, que en cuanto ven la luz del sol, o apenas sus rayos indirectos, corren a esconderse.

Según el Principio de Heisemberg, formulado en el ámbito de la física cuántica, existe un límite, una barrera de sólida incertidumbre en la posibilidad de conocimiento de la realidad: no se puede conocer más allá de un límite, de cierta magnitud dada de incertidumbre o error.

El apócrifo cognitivo salta ese límite por el método de pensamiento de sistema abierto. Pero supera ese límite sólo para crear otra incertidumbre de grado superior.

 

APÓCRIFOS Y DESTERRADOS

 

En el caso de Jorge Luis Borges, la calidad de apócrifo supone un paso más allá en el largo camino, en el sendero de piedras que conduce a la «verdad».

Borges propone una permanente vacilación entre la realidad y la irrealidad. Borges propone una especie de método por el absurdo. Llegar a la total «mentira» para volver a la dignidad de lo claro y exacto, a un paso de una im/probable «verdad última». A la dignidad ínsita en la palabra, a una categoría ética situada más allá del raciocinio cartesiano.

En la antigua Grecia, casi más temido que la pena capital, era el destierro. El exilio, el destierro era la verdadera condena más que la muerte, peor que la muerte.

Pero la tierra que existe es la tierra de las palabras, los ríos, mares y altitudes de las letras.

El verdadero destierro es el destierro del idioma.

Des/terrar es arrancar de cuajo las puntas de las raíces de los verbos.

Des/terrar es transvasar de un idioma a otro la cara de los adjetivos, la transparencia última de las letras.

Al parecer, Borges estuvo doblemente desterrado en el idioma español y en el inglés. Transterrado.

Por otra parte, ambos destierros fueron formas de la verificación. Formas exactas, maneras de llegar a la misma cima del lenguaje por un único camino doble. Por el camino más evidente y desconocido.

«El camino al cielo está empedrado de buenas intenciones», afirma un añejo refrán popular a la vez que marca la distancia entre pensamiento y obra, entre obra y espíritu.

Esas piedras pesadas, compactas, que componen el camino arduo de las buenas intenciones, son las mismas con que se levanta el edificio raro de la literatura.

 

EL APOCRIFO COGNITIVO Y EL VACÍO PERFECTO

 

            La  puesta en funcionamiento del apócrifo cognitivo a partir de Borges se ha verificado en escritores diferentes entre sí. Uno de ellos, cuasi virtuoso, es el ucraniano polaco Stanislaw Lem. En particular su obra titulada, con inquieta certeza, «Vacío perfecto».

La obra se abre en círculos concéntricos a partir de la nada. Se dispone mediante una estructura de reseñas de libros inexistentes. El primero de los libros reseñados es el único cuya tangibilidad se encuentra al alcance de las yemas de los dedos del lector: es el mismo «Vacío perfecto», de Lem. Se indica que fue publicado  en Varsovia.

Se inicia así:

«La crítica de libros inexistentes no es una invención de Lem. Encontramos intentos parecidos no sólo en un escritor contemporáneo como J.L. Borges (por ejemplo, «Examen de la obra de Herbert Quain», en el tomo «Ficciones»), sino en otros mucho más antiguos, y ni siquiera Rabelais fue el primero en poner en práctica esa idea. Sin embargo, «Vacío perfecto» constituye una especie de curiosum, por cuanto la intención del autor es presentarnos toda una antología de esta clase de críticas. ¿Cuál fue su propósito?»[1]

La pregunta final pone de manfesto uno de los típicos mecanismos del apócrifo, el uso metódico, sistemático de la cuestionabilidad de lo referido.

Lem actúa en circuito cerrado, hablando de algo que no existe pero cuya realidad comienza a verificarse en cuanto se lo menciona. El mismo procedimiento que había usado tantas veces Borges, «intra» y «extra» ficcionalmente.

El «Vacío perfecto» de Lem es un vacío, al fin, repleto de revelaciones. El referente desaparece en un proceso de ahuecamiento para dejar lugar a lo que se puede conocer, a otro entero sistema de realidad.

 

LA CONJETURA COMO RAZÓN

 

A los  catorce años leí por primera vez estas palabras que componen el «Poema Conjetural»:

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día

22 de setiembre de 1829, por los montoneros

de Aldao, piensa antes de morir:

 

 

«Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

se dispersan el día y la batalla

deforme, y la victoria es de los otros.

Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,

cuya voz declaró la independencia

de estas crueles provincias, derrotado,

de sangre y de sudor manchado el rostro,

sin esperanza ni temor, perdido,

huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

(…)

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre

de sentencias, de libros, de dictámenes,

a cielo abierto yaceré entre ciénagas;

pero me endiosa el pecho inexplicable

un júbilo secreto. Al fin me encuentro

con mi destino sudamericano.

(…)

 

Pisan mis pies la sombra de las lanzas

que me buscan. Las befas de mi muerte,

los jinetes, las crines, los caballos,

se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe

ya el duro hierro que me raja el pecho,

el íntimo cuchillo en la garganta.»

 

El texto poético-narrativo (aquí es inútil intentar un estricto ejercicio taxonómico y determinar el género cono se determina el sexo de un recién nacido) data de 1943.

 

No hay manera de evadirse, no hay manera de escapar, no hay modo ni método de fuga.

La precisión borgeana todo lo comprende, la intuición poética ha puesto en palabras la música de la Historia.

Ese «Poema Conjetural» es una especie de monumento a otra clase de realidad, un monumento de sílabas, un monumento vivo de pensamiento y sonido inventado para referir una verdad de orden histórico-escritural, de orden discursivo.

 

CALVINO, LOS NIVELES DE REALIDAD Y EL APÓCRIFO

Puede trazarse una correspondencia entre los principios de construcción que sustentan la maquinaria del apócrifo y las reflexiones de Italo Calvino:

«Varios niveles de realidad existen también en la literatura, es más, la literatura se basa justamente en la distinción de distintos niveles de realidad y sería impensable sin la conciencia de esa distinción. La obra literaria podría definirse como una operación en el lenguaje escrito que implica simultáneamente a varios niveles de realidad».[2]

Eso afirma Calvino en «Una pietra sopra. Discorsi di letteratura e società».

La maquinaria del apócrifo conecta, pone en comunicación distintos niveles de realidad de modo de crear un conocimiento nuevo, irónicamente «claro y distinto».

 

EL MECANISMO

 

El apócrifo cognitivo consiste en una maquinaria que se dispone a saber a partir de una mixtura, de un melange, de un coupage.

El apócrifo cognitivo es un artefacto cultural que Borges, a lo largo de décadas, va construyendo por diversión (en el sentido de «maniobra de diversión») y, por supuesto, por abducción.

El apócrifo cognitivo es una invención compuesta de engranajes de verbos, de sustantivos, de adverbios, de oraciones subordinadas.

El apócrifo cognitivo es una bizarra intersección entre la línea que guía el hilo del pensamiento y la realidad que lo anuncia o lo imita.

Borges echó a andar este mecanismo.

Mezcla de palabras huecas y palabras repletas, mezcla de voces sin sonido y alaridos. Los mismos que se escuchan al encender la televisión, sólo que aumentados un punto, un grado, un ápice silencioso.

Subidos, alzados hasta la extrañeza como tallos o espigas.

El trigo de la escritura inventado por una erudición fantástica, arte y método del apócrifo cognitivo.



[1] Lem, Stanislaw «Vacío Perfecto», Primera Edición, Barcelona, Editorial Bruguera, 1981, pág. 7 (título original: «A Perfect Vacuum», traducción de Jadwiga Maurizio)

[2] Calvino, Italo «Punto y Aparte. Ensayo sobre literatura y sociedad», Primera Edición, Barcelona, Tusquets Editores, 1995, pág. 339 (título original: «Una pietra sopra. Discorsi di letteratura e società», traducción de Gabriela Sánchez Ferlosio)

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