Por Lucas Costa*

Crédito de la foto www.librosdelpezespiral.cl

 

 

Baipasear la idea, regenerarla. Sobre Litoral Central (2017),

de Diego Alfaro Palma

 

 

Dicen que es mejor partir por lo evidente. Por eso, recaigo en el título de este, el tercer libro de Diego Alfaro Palma**. Para adentrarnos en esa capa literal, entonces hay que jugar con obviedades: llamamos Litoral Central a la zona costera de la Región de Valparaíso de Chile, flanqueada por Papudo al norte y Santo Domingo por el sur. Me llama la atención que, a través de él, puedo pensar estos poemas como lugares físicos; espacios geográficos con sus propias reglas y matices. Su clima, como lo hemos comprobado, resulta casi siempre mediterráneo. Hablamos de lugares prístinos, aunque no siempre: a veces aparece la vaguada costera y lo nubla todo un poco.

A veces pasa que hay zonas de baja presión y la vaguada costera hace su trabajo: genera nieblas densas y lloviznas. En esos días la claridad tambalea. Quizá eso también pueda correr para el sentido de ciertos poemas: se ve, pero no mucho. La vaguada costera no se puede pronosticar. Por eso, supone una manifestación complicada desde un punto de vista meteorológico y, por otro lado, muy asimilable a los poemas. Pienso en uno de los últimos escritos por Auden (Thank you, fog) donde dice que la niebla es la “enemiga implacable de la prisa”. Y la prisa, como también podemos comprobar, es el deseo más efectivo de lo que se ha permeado en nuestras vidas, en medio del quehacer y del consumo. Todo ahora. En este sentido resulta decidora esta cita de Litoral…: “Soy feliz cuando camino junto a la rompiente y mi cerebro descansa” (40).

Una vez pasado el título, nos encontramos con la dedicatoria, donde se rememora al verano, momento y monumento del descanso (para algunos) e imagino el efecto que buscan estos poemas: asemejar una caminata larga por las costas mismas que enuncian (Papudo, Con-Con, Las Cruces). En un mundo cuyo campo de fuerzas está constituido por el estrés, huimos permanentemente hacia adelante y el futuro funciona como un correlato de todo, casi como un principio de lazo social. Por ello, un litoral pude funcionar de contrapeso, contra nuestras desgracias cotidianas: “Como dijiste es mejor que no nos preguntemos tanto / Para dormir tenemos todo el cansancio que nos suma la ansiedad” (13).

 

El poeta Diego Alfaro Palma

El poeta Diego Alfaro Palma

 

Si vivimos un presente en constante desplazo, los modos de operar de estos agentes climáticos pueden entenderse como procedimientos textuales atingentes. Ahí aparecen distintos tiempos verbales en un mismo plano como “ideas esparcidas siguiendo la forma de una medusa sobre la arena” (23). En él un hablante recuerda (una infancia, tal vez), pero no puede volver atrás, a esa “pureza de la imagen”, quizá porque el poema sea un devenir donde confluyen los puntos cardinales del tiempo (futuro, pasado, presente): “algo de eso había en esa película hasta que ambos se dormían en un motel / solo ahí una trucha habría saltado y el río abierto pasó entre las botas del pescador” (15). Así, la superposición temporal es un núcleo que el poema logra asentar. Desde ahí se puede pensar a la escritura como el espacio posible, la cual puede volver corpórea las fantasmagorías del pasado: “una voz para decir lo que falta / la palabra es un ticket de ida y vuelta” (14). O como dice en otro texto: “Escribir es captar la vida de las cosas cuando las dejamos de mirar” (24). En este vaivén temporal, los versos juegan con un procedimiento similar al del dominó y un poema lleva al otro: en uno se habla del rapto de una chica, el que sigue se queda en algunos fotogramas de una película de Vincent Gallo donde ese rapto sucede; a veces una idea tiene cabida en un encabalgamiento, pero constantemente se establece una autonomía entre los versos y las ideas se mueven como bisagras o como un braceo, de un verso a otro. Y pareciera estar funcionando eso que dice Olson: “que cada percepción nos lleve inmediatamente a la siguiente”. Son cambios abruptos que se asimilan como necesarios. No importa tanto la idea que soporta al poema sino la sucesión de estas. Como cuando aparece la vaguada y la visión se corta repentina y ese destello resulta tan imponente que la idea muta:

“No teníamos ni la menor idea de qué tipo de aparato era un poema

Pero sabíamos que abrían partes de una casa a la que nos daba miedo pasar

Hoy esas zonas están al descubierto con lo que fuimos encontrando o nos cargaron sin querer.

Un parque abierto al público con riego automático” (27).

Ese último verso rompe con el circuito y abre el texto hacia otros conductos. Algo de eso está presente en las formas de enunciar de este libro. Así, lo que podría ser visto como un problema composicional resulta ser una posibilidad, acaso porque estos poemas son paisajes interiores que “ocurren adentro”. Así, no existen diferencias entre lo que pasa afuera y adentro del cuerpo, por ejemplo, donde se quieren “plantar las semillas que nos prohibieron”. Ese adentro también puede funcionar como una casa: “En cada uno de nosotros existen cuartos secretos esos cuartos están saturados de cosas no hay luz solo una vela que guardamos por si tiembla” (27).

 

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La segunda parte del libro es un poema largo y acumulativo, que acopla y acopia un imaginario costero, entre la memoria política y afectiva; en medio de la descripción de cosas vistas y el devenir histórico. Pienso en todos los significados que puede guardar un lugar, en todas esas interpretaciones que pueden desenrollarse de una construcción lingüística y que el poema logra desplegar; en las vetas y capas que soportan solo un par de versos y ponen en relevo, un tiempo y espacio diverso, un adentro y un afuera unidos. Esto nos remite a Litoral Central, que sufre varias formas de polución: la pesca a gran escala, los bancos de residuos químicos o los derrames de petróleo. Por otro lado: chalas, envases plásticos de aceite de motor o botellas de agua mineral. Lo micro y lo macro puesto en un mismo plano (hombre e industria). El dictamen del presidente Balmaceda y la anotación en el cuaderno del poeta. Y aquí llegamos a otro conflicto, la manipulación/contaminación simbólica que los mismos poetas ha ejercido sobre ese litoral. ¿Cómo entonces volver a él con ojos nuevos? Hay una constante en este punto que me parece crucial: este libro vuelve siempre a un nosotros, como su manera propia de enunciar: más allá del yo encapsulado, se indica de manera explícita su construcción con relación a quienes lo rodean. Por eso me gustan versos como este: “hay algo antes del amor que nos duele y nos acerca al otro”. Por el contrario, nos encontramos con imágenes desoladoras como esta:

“En Japón un anciano arrienda un grupo de actores para interpretar el papel de sus hijos

es su cumpleaños y son miles de yanes que llenan esa habitación hasta apagar las velas

Barcos TU 6300 acarrean fragmentos a ser ensamblados en otro lugar”

Esta soledad nos retrotrae a pensar en un nosotros. En el fondo, me parece que estos poemas abren una posibilidad por un sentido de comunidad. En el fondo, son poemas en que la vaguada costera nos lleva a ver muchas cosas, pero finalmente se trata de poemas de amor.

Por último, me parece interesante el gesto de Alfaro por “baipasear la idea” que el lector tiene de un lugar archiconocido. Y vuelvo al epígrafe, donde Matta piensa al poeta como alguien que siempre está arreglando cosas. Se propone como el lugar de reparación, de reconstitución. Y pienso en el concepto de “Lugar Común”, como un punto de encuentro entre miradas disímiles, que repensado desde el poema puede lograr rearticular lo que supuestamente ya tenemos por sabido. Algo tan necesario para los tiempos actuales. En este sentido, Litoral Central acumula, destruye y regenera.

 

 

 

 

 

*(Santiago de Chile-Chile, 1988). Becario de la Fundación Neruda (2010). Ganador del Premio Roberto Bolaño 2012. Ha publicado Encomienda (2013) y Playa de escombros (2017).

 

 

 

**(Limache-Chile, 1984). Poeta, editor, ensayista y traductor. Ha recibido el Premio Municipal de Santiago (2015) por Tordo, libro traducido al inglés por el poeta norteamericano Lucian Mattison. Realizó la antología de la Poesía reunida de Cecilia Casanova (2014) y reeditó la Antología de Ezra Pound en Chile (2011). Ha traducido al español El pensamiento zorro, prosa de Ted Hughes (2013) y sus ensayos han aparecido en El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn (2014). Ha publicado en poesía Paseantes (2010), Tordo (2014; 2016) y Litoral Central (2017), así como la plaquette Los sueños de los sueños de Kurosawa (2017) y el libro-objeto Bolsas (2017).

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