Por Juan Zevallos Aguilar*

Crédito de la foto www.plectro.lamula.pe

 

 

Antonio Cisneros y el San Marcos de los ochenta

 

 

Leí poemas sueltos de Antonio Cisneros** (Lima, 1942-2012) por primera vez cuando cursaba la escuela secundaria en el Cusco. Estos aparecieron en la antología de la poesía peruana de Alberto Escobar publicada por PEISA. El estilo conversacional y la ironía de sus piezas poéticas cautivaron mi sensibilidad adolescente.  En la primera mitad de los años ochenta asistía a la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Marcos donde Antonio Cisneros era docente. Él tenía la fama de faltar mucho a clases. Por esa razón varios estudiantes se matriculaban en sus cursos porque los aprobaban con mucha facilidad y poquísimo esfuerzo. Los pocos responsables evitaban tomar sus materias. Comentaban qué iban a aprender en cuatro o cinco clases que daba en todo el semestre. Eran los años en que una generación de estudiantes tenía mucho interés en las metodologías y teorías literarias recientes y querían ser críticos literarios científicos. En esa época Patria Roja tenía el poder estudiantil. Trataron de tacharlo varias veces pero no lo lograron.  El autor de  El libro de dios y de los húngaros (1978) estaba blindado. Tenía mucho poder intelectual y político. Abundaban sus admiradores y amigos entre sus colegas y estudiantes sanmarquinos. Para defenderlo recordaban que era ganador del premio de poesía Casa de las Américas (1968) y dirigía el estupendo suplemento cultural El caballo rojo (1980-1984) de El diario de Marka, el único periódico exitoso de la izquierda peruana. Luego la junta directiva del Centro de Estudiantes de Literatura, con conexiones a Patria Roja, ordenó a las bases estudiantiles no matricularse en sus cursos. Su plan era hostilizarlo para que él mismo decidiera retirarse de la cátedra.

Me matriculé en su curso de Literatura Española “A”, en el primer semestre de 1982,  por motivos diferentes a los de mis compañeros de estudios. Además no era cercano a la gente de Patria Roja y  obviamente no acaté sus órdenes. Lo que me importaba era recibir clases  del autor de los poemas que me habían impresionado tanto en mi adolescencia. Su curso, que estaba programado de tres a cinco de la tarde, encajaba perfectamente en mi atiborrado horario de materias que llevaba en dos universidades.

 

El poeta Antonio Cisneros.
C. 1970

 

Fui a la clase inaugural a las tres de la tarde y encontré a un ansioso Antonio Cisneros que fumaba como un descocido en esta hora de siesta. Nos presentamos.  Me miro profundamente a los ojos. Teníamos la misma estatura. Me preguntó de dónde era al darse cuenta de mi acento cuzqueño y empezamos a charlar sobre política peruana mientras esperábamos a otros estudiantes. A las 3:30 llegaron un par más y empezamos la clase. El tema del curso era “La generación del 27”. Antonio Cisneros dictó una clase magistral sobre Federico García Lorca. Se acordaba  poemas de memoria de Romancero gitano y Poeta en Nueva York. Tenía gran capacidad de palabra. Su humor negro era increíble. Su charla estaba sazonada con anécdotas y chistes. A las cuatro llegaron más estudiantes, pero el profesor la terminó a las 4:30.

Continuaron las reuniones semanales con la misma rutina en el semestre. Hasta las tres y media o más tarde teníamos conversaciones personales mientras esperábamos a otros matriculados en su curso. Cuando estos llegaban, teníamos clases sobre la poesía y la vida de Rafael Alberti, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Miguel Hernández y otros poetas de esta brillante generación.

 

El poeta Antonio Cisneros.
C. 1965

 

Me di cuenta que le gustaba hablar sobre si mismo en nuestras pláticas. Yo le preguntaba sobre sus estadías en el extranjero y sus poemas. Para él las memorias más entrañables pertenecían a los años que pasó en Londres. Recuerdo la anécdota sobre la escritura de Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968)  en una  pequeña habitación con problemas de calefacción en un invierno londinense. Tan fuerte era el frío que vestido con ropa de invierno y cubierto con una frazada escribía por segundos uno o dos versos y se volvía a cubrir las manos congeladas con las frazadas. También me acuerdo vivamente la historia sobre la compra de una mesa de segunda mano de un comerciante sefardí en un mercado de pulgas de Londres. Con el viejo vendedor regatearon en ladino y se hicieron amigos durante su larga estadía en la capital británica. Cuando conversábamos sobre su poesía hablaba abiertamente sobre las lecturas que conllevaron a escribir ciertos poemas. Era uno de los pocos poetas que hacía conocer los ingredientes de su cocina literaria. Al respecto me contó de la lectura del poeta Robert Lowell para escribir poemas que reconocí de Comentarios reales (1964). También le gustaba hablar de la vida cotidiana de San Marcos. Yo que socializaba poco en la universidad decana de América por tener exceso de responsabilidades académicas, me enteré de varias anécdotas sobre profesores sanmarquinos, cómo habían entrado por la ventana para enseñar en la cuatricentenaria, las fiestas cursis de sus colegas vecinos en su barrio de Miraflores y los amoríos furtivos entre docentes y alumnos.  A veces las conversaciones se prolongaban por una hora si no venían compañeros de clase. Su regla era cancelarlas si no llegaban más alumnos hasta las tres y media de la tarde. Sus excusas eran que no iba a dar clase a un solo alumno porque iba a poner en desventaja a los estudiantes que faltaban. También en varias oportunidades nos recordaba que tenía que volver a las oficinas de El diario de Marka para cerrar la edición de El Caballo Rojo.

Ese espíritu burlón que lo caracterizaba hizo que por lo menos en una oportunidad jugara con fuego. Nuestras conversaciones tenían lugar en una pequeña oficina, en el medio del Repertorio bibliográfico y otro Salón de clase de la Escuela de Literatura. En el salón de clase vecino se daban clases de inglés de un recién creado Centro de Idiomas. En los diálogos o repetición de frases en voz alta que practicaban, la profesora y sus alumnos, mostraban claramente defectos de pronunciación. Antonio Cisneros hacía mofa de ellos y luego los corregía gesticulando la pronunciación correcta. Después hacía comentarios negativos en contra de la administración de la  universidad que permitía estas improvisaciones con maestros que no dominaban la lengua que enseñaban y utilizaban métodos obsoletos. Después de terminado el semestre me enteré por los medios de comunicación que la escuela de idiomas era un centro de reclutamiento y adoctrinamiento de Sendero Luminoso. Las noticias decían que luego de una larga investigación fueron capturados, en un operativo policial simultáneo, presuntos maestros, directivos y alumnos. De haberse enterado, que en la oficina adyacente, un docente de la izquierda democrática se burlaba de ellos podían haber atentado contra su vida.

 

El poeta Antonio Cisneros, Lima 2012.

 

Fue un privilegio tener estas conversaciones y clases sobre literatura española. No entendía cómo una persona con todas las habilidades para ser profesor no le gustaba enseñar. Es cierto que Antonio Cisneros faltó a varias clases y hacía todo lo posible para no darlas. Sin embargo, comprobé que era una exageración mal intencionada decir que daba sólo cuatro o cinco durante el semestre. Los líos que tenía con el grupo de Patria Roja eran ajustes de cuentas que tenían los partidos de izquierda en los ochenta. Estas luchas por “quítame esta paja” finalmente llevaron a su colapso luego de que Izquierda Unida ganara las elecciones municipales con Frejolito, Alfonso Barrantes Lingán, en 1983. Meses más tarde amigos comunes, entre ellos el poeta Roger Santiváñez, me informaron que Cisneros decía padecer pánico escénico. Por esa razón le era tan difícil dar clases. Después de haber llevado este curso me encontré pocas veces con Antonio Cisneros en bares de Miraflores, su pequeña patria, o en las oficinas del semanario dirigido por César Hildebrandt. Iba a dejarle las ediciones de las revistas La casona y Etiqueta negra de las que yo era editor para que ordene a sus periodistas escribir gacetillas. En dos ocasiones lo encontré por pura coincidencia en la Plaza de Armas del Cusco. Antonio Cisneros, gracias a su conocimiento de varias lenguas europeas, era guía de turistas en una época de crisis donde los docentes universitarios se las agenciaban para aumentar sus ingresos que desaparecían por la inflación galopante.

La última vez que lo vi en persona fue en la calle Berlín a mediados de los noventa. En uno de mis retornos al Perú, yo caminaba con prisa junto a mi esposa hacia un local miraflorino donde nos esperaban amigos. De pronto escuché, desde la acera opuesta,  “Juan Zevallos Aguilar” en voz alta. Reconocí inmediatamente la voz cavernosa de fumador empedernido de mi ex profesor Antonio Cisneros. Estaba con un acompañante más alto que él, creo que era el actor Gianfranco Brero. Le contesté “¡Hola Toño!” -como le gustaba que lo nombraran. “¡Te llamo mañana!”. No me acerqué sino solamente agité la mano con alegría. Desde la distancia se notaba que el autor de Crónica del niño Jesús de Chilca tenía varios tragos encima. El tráfico intenso de la calle Berlín más mi apuro no permitió que nos diéramos un cálido abrazo como siempre lo hacíamos cada vez que nos reencontrábamos. De no haber tenido ese compromiso social me hubiese unido a ellos para beber, disfrutar su amena conversación y ponerme al día sobre la vida artística e intelectual limeña de la que no participaba durante el año mientras residía en Ann Arbor.

 

 

 

 

 

*Obtuvo su bachillerato en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Estudió su maestría y doctorado en University of Pittsburgh y un posdoctorado en Darmouth College. Luego de largas estadías en y Canadá, Guatemala y México decidió establecerse en los EEUU. Ejerce la cátedra de Literaturas y Culturas Latinoamericanas Contemporáneas en Ohio State University desde el 2003. Ha publicado decenas de artículos y varios libros sobre los Andes Centrales. Sus libros Las provincias contraatacan. Regionalismo y anticentralismo en la literatura peruana del siglo XX (2009), MK (1982-1984): Cultura juvenil urbana de la postmodernidad periférica (2002) e Indigenismo y nación. Los retos a la representación de la subalternidad aymara y quechua (2002) son lectura indispensable para los interesados en las culturas periféricas andinas. Es Secretario Ejecutivo de la AIP y JALLA.

 

 

 

 

**(Lima-Perú, 1942 – Lima-Perú, 2012). Poeta, periodista, cronista, profesor universitario. Publicó en poesía: Destierro (1961), David (1962), Comentarios reales de Antonio Cisneros (1964), Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), Agua que no has de beber (1971), Como higuera en un campo de golf (1972), El libro de Dios y de los húngaros (1978), Crónicas del Niño Jesús de Chilca (1981), Agua que no has de beber y otros cantos (1984), Monólogo de la casta Susana y otros poemas (1986), Por la noche los gatos (1988), Poesía, una historia de locos (1989), Material de lectura (1989), Drácula de Bram Stoker y otros poemas (1991), Las inmensas preguntas celestes (1992), Poesía reunida(1996), Postales Para Lima (1999), Poesía (2001), Como un carbón prendido entre la niebla (2007), Un Crucero a las Islas Galápagos (2005), Propios como ajenos (2007), A cada quien su animal (2008) y El caballo sin libertador (2009), entre otros.

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