Por: Aníbal Cristobo

La novísima editorial Kriller 71 cumple un año. Aníbal Cristobo, contramaestre del proyecto, nos pone al tanto sobre con este testimonio.

Escribir sobre lo que uno hace, sean libros o biología nanomolecular, equivale a caminar en círculos en el desierto. Todo el resto de lo que diré podría ser reducido a una frase: hay un tipo de impulso que arrastra a ciertas personas a buscarles un sentido a sus existencias embarcándose compulsivamente en cruceros, mientras que otros nos vemos arrastrados a compartir la obra de poetas que admiramos por este medio, la edición. También podría repetir algo que otro editor respondió, días atrás, cuando le preguntaron cuál era el objetivo de su editorial: «Nuestro objetivo, como el de cualquier otra guerrilla, no puede ser otro que el disolvernos por habernos convertido en una herramienta innecesaria para la sociedad: la edición de poetas que creemos valiosos y que son desconocidos en España es un modo de poner en práctica una crítica al sistema editorial desde la acción. ¿Por qué un particular, sin ninguna estructura más que su propia experiencia y sus amistades, es capaz de detectar a esos poetas y de contactarlos, traducirlos, y editarlos —mientras una gran editorial de poesía está ocupadísima montando una polémica bizantina acerca de la «claridad» poética? En cierto sentido cada libro que editamos es al menos dos cosas: el libro en sí y la pregunta acerca de qué está haciendo cada uno por la poesía: qué estamos publicando, leyendo, reseñando. Qué tan permeables somos en lo que suponemos que es poesía, en lo que imaginamos que debe ser publicado y leído y asimilado. Por eso hablaba antes de un ecosistema: nuestra suerte es circular, y no nos pertenece a nosotros únicamente». Eso, y que una editorial de poesía siempre despierta más interés que una gran corporación petrolera. O al menos esa es mi sensación cuando, cada vez que explico que hace un año dirijo el proyecto de Kriller71 Ediciones (www.kriller71ediciones.com), alguien me pregunta cómo hago para mantenerlo, económicamente hablando. El petróleo impulsa a esos vehículos silenciosos que vemos en los comerciales, justo al borde del mar, bordados por eslóganes del tipo «feel it»; y la poesía, cuando condensada, cae en forma de gota en el centro del círculo por el que caminamos en el desierto — y nos evapora. ¿Qué otra cosa decir, si no? ¿Que mi madre dio a luz sin milagros, siguiendo la planificación urbana del Río de la Plata, y que, pocos años después, sentí el pulsar de mi defectuoso QI bajo el llamado de unos versos de Poe que no podía dejar de repetir? Hay todo un menú de anécdotas disponibles que nos permitirían ganarlos la simpatía de los principales comisarios culturales, y esta no es la principal.

 En cambio, nos situamos con aquello de «un gruñido casi inaudible y desafinado entre lo que las voces cantantes proponen para la época», como antes las embarcaciones caían de los mapas. Creyendo que la ampliación del vocablo «nosotros» puede ser suficiente para que el territorio se haga visible como sitio de encuentro e intercambio. Así nos va, aunque no sepamos cómo. Lo cierto es que en Barcelona es primavera: hace poco estuve sentado (ahora estoy sentado), con un señor sentado también a mi izquierda (ahora a mi izquierda hay unos cajones de madera pintados de blanco) que convirtió al vocablo «nosotros» es un espectáculo de hipnosis colectiva. El señor se llama Arnaldo Antunes, y estábamos presentado su libro INSTANTO, traducido por Reynaldo Jiménez e Ivana Vollaro. Antes de eso publicamos un libro de Antonio Cisneros, otro de María Rosa Maldonado, una antología de Paulo Leminski. Y después de eso, vendrán Robert Bringhurst, Mary Jo Bang, Marcos Siscar, Manoel Ricardo de Lima. Mucho tiempo después, algunos de esos libros se perderán en una mudanza; otros, en la estantería de una casa en Bilbao, serán testigos de las discusiones de un hombre con su familia respecto a la orientación religiosa de su pareja. Alguien apuntará el correo electrónico de la editorial y nos enviará sus cuentos, acerca de un escritor que no puede dejar de embarcarse en cruceros, compulsivamente.

Como dice el poema, no nos darán toros ni paraguas por eso.

 

 

Aníbal Cristobo (Buenos Aires, 1971) Ha publicado libros como Teste da Iguana y jet-lag. Actualmente dirige el proyecto editorial KRILLER

 

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