La presente es una muestra de algunos poemas del libro Paisaje, tiempo azul, del poeta cubano-español Rodolfo Häsler; poemario que fue editado por Aldus en Ciudad de México, en el 2001. Los poemas aquí mostrados pertenecen a un conjunto que se publicó en el poemario mencionado bajo el título de «Suite de Tánger».

 

Por: Rodolfo Häsler

Crédito de la fotografía: Lisbeth Salas

 

El poeta en Tánger

 

 

Todo aquel que estudia poesía

 

anuda en primer lugar la esquina de su turbante,

 

solitario y azul en torno a la cabeza.

 

Lo que dice quiere ser diáfano, en palabras cíclicas

 

que nunca aclaran el enigma, quizá por culpa de la luz

 

o de tanta desesperación que aflora en ávido tacto.

 

 

 

 

El signo caritativo del pez o de la flor,

 

seres escasamente humanos en una línea que no pretende

 

el arabesco, sí la libertad presente en la escritura.

 

Las formas se diluyen por las cuestas de la ciudad,

 

en la pincelada arenosa de muchas de sus calles,

 

por haber transitado siempre el camino intacto.

 

 

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Souk-el-Hamra

 

 

Si hubiese creado el mundo abigarrado

 

y alguien me exigiese cuentas por ello,

 

lo llevaría a oler la fruta aplastada en el suelo.

 

Desde el inicio tenía la certeza de que las hormigas

 

recorrían continuamente mis piernas, decididas,

 

como luna inmóvil en el recuadro de la plaza.

 

La mancha verde del gomero, por encima de la puerta,

 

hundida en la sombra, es testigo de mis visitas,

 

y el joven que soñaba con el cansancio de sus amantes,

 

regateando a gritos, como mercadería,

 

es vendido ante mis ojos en la impiedad de un gesto,

 

casi pornografía.

 

Qué alivio que esos aburridos europeos

 

hayan dejado de fotografiar la mezquita del viernes.

 

Metamorfosis de la vida,

 

así nombro lo que los muros atesoran,

 

pues una vez conoces el precio de las manzanas en el zoco

 

y qué dátiles transparentan la luz,

 

no hay ya modo de olvidar

 

ni razón para exaltar mayor encantamiento.

 

 

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El inquilino

 

(a Paul Bowles)

 

 

Sonaba en la calle una grabación de la cofradía gnaua

 

en un charco turbulento

 

y el inquilino se despertó confuso,

 

con profunda sensación de desamparo.

 

Paseó la vista por la habitación en penumbra

 

y advirtió que aún faltaba hasta que le sirvieran

 

su acostumbrada infusión de especias,

 

y con el corazón fúnebre de una rosa

 

me confesó que se durmió vestido.

 

Le dije que yo también me despertaba

 

con sabor a arena en la boca

 

y que nunca había asistido a una ceremonia secreta

 

de ñáñigos en Cuba. Él sí.

 

El día había comenzado con signo favorable

 

y de nuevo se escuchó la música en la calle,

 

un grito de mujer, y las palabras dejaron de contar

 

para ser dulce deleite del idioma

 

en el bochorno salobre de la tarde.

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