Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.elprogreso.es

 

 

Alejandra Pizarnik.

Poesía en la piel de un diario

 

La soledad de la escritura es una soledad

sin la que el escribir no se produce…

Marguerite Duras

 

 

Mis ojos… trozos de infinito

La poesía no ambiciona como casa una cárcel de papel; ese no es su verdadero destino. Sin embargo, nos esforzamos en atraparla y creemos que lo logramos al ponerla bajo el dominio de la tinta. Algo de su esencia fundamental se queda por fuera; algo de su esencia fundamental no resiste la caparazón que le imponemos. Al hacerlo, la llevamos hacia el olvido y la resequedad, y contribuimos quizás, incansablemente, con esta pena.

La poesía está en la memoria y en el sonido que nace del recuerdo que trae cada palabra venida de otro tiempo, de otra tradición, de otro lenguaje más ajeno que añoramos y que los poetas saben subir a las escalas musicales del lenguaje una vez se tropiezan con él. En Alejandra Pizarnik convive el viejo aroma del lenguaje y su afanosa necesidad de volverse sonido puro, así como también la tarea del escribano a sueldo de la vida, que se teje y se desteje en las páginas secretas de sus diarios para decir, para hacer, para marcar con otro aliento el sonido misterioso del lenguaje. Estos son dos de los lados de una obra, juntos danzan hacia la superficie movediza de la infancia para decir desde allí la vida toda.

 

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Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires Argentina, en 1936. Hija de inmigrantes judíos que llegaron al sur procedentes de Rovne, Polonia. En Avellaneda se encienden los ojos de Flora Pizarnik, su nombre, y nace la poeta que todos hoy conocemos, Alejandra. Alejandra publicó en 1955 su primer libro de poemas La tierra más ajena, luego en 1956 aparecía La última inocencia y en 1958 Las aventuras perdidas. Tres libros iniciales que comenzaron a darle voces a una poética que desentrañaría el universo nocturno de una poesía hasta ahora secreta, misteriosa, intensa y sacrificada. En 1960 viajó a París, viajó a su encuentro con el surrealismo, viajó a su mundo solo para construirlo, para dibujarlo, para desentrañarlo en el papel reseco de la soledad. Alejandra trabajó incansablemente en su voz, la hizo día a día, como el taumaturgo silenciándose en el papel. En París, en esa ciudad que daba vueltas en la fascinación de la literatura surrealista se estacionó 4 años y llenaría o vaciaría así la vida de un mundo fundamental para su íntima formación. En esta ciudad cultural conoció y trabajó con Yves Bonnefoy, Gerard Philipe, George Bataille, así como también acrecentaría sus años de cercanía con Cortázar y Octavio Paz, residentes en París, entre tantos otros que cobijaron sus años de niña entre la amistad y el consuelo; también destaca su cercanía con Simone de Beauvoir, quien sostenía para entonces que la revolución no sería posible sin las mujeres, y Sartre, el Sartre del existencialismo, la moda de aquellos años. En París conoció a Marguerite Duras, con quien sostuvo diálogos cercanos sobre el lenguaje y la escritura, la Duras que dejaba huellas en la piel, en el papel, en las palabras. Fueron años de trabajo arduo, de lúcida escritura ad honoren de la vida. En 1962 aparece Árbol de Diana, libro que comenzó a definir su estilo más auténtico, depurado, cincelando la palabra justa, dejando fuera todo adorno, toda impureza; libro que contó con un prólogo de Octavio Paz; de este prólogo nos alumbran estas palabras: “…el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema, que produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta volatizar a los incrédulos.”

 

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En 1965 publicó Los trabajos y las noches, y en 1965 una versión inicial de La condesa sangrienta. Alejandra decide partir en 1972, a sus apenas 36 años. En 1971 dejó su último libro El infierno musical. Murió en una soledad sin nombre que le abrió las otras puertas que tanto buscó en la vida. Ella nunca aceptó la realidad a la que siempre vio como triste y fingida. Cuando se encontró en París con el surrealismo, encontró sus ojos y su manera de mirar con ellos de otra forma. Seducida por esa apuesta de vivir una libertad otra, muy distinta de la impuesta, estalló de emoción y locura. Fue una lectora voraz, detenida, silenciosa, penetrante. Así lo denotan los libros de su biblioteca, los apuntes, las marcas, las líneas, los dibujos en los márgenes de cada página; las líneas otras que perseguían la sombra de otras palabras para hacer con ellas su otro mundo alucinante.

Ante todo, fue una poeta que tomó consciencia de lo que leía y de sí misma. Luchó con intensidad. Hizo un trabajo de escritura y sus reflexiones hoy son tan apreciadas por sus ideas, su pensamiento agudo, sus escritos sobre la poesía y el lenguaje, sobre algunos poetas esenciales de nuestra lengua, entre tantos otros, como Porchia y Juarroz: todo un universo de palabras que nos abren el camino hacia su obra, para comprender también la obra de otros.

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debajo estoy yo

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La poesía entra en acción, se hace piel y en la frente de la historia dormida de cada persona penetra para cambiarla. Así, reflejo de esta tarea es este fragmento: “mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuros, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta, la ubico…” como misterio que solo se pueden enfrentar en la soledad. Cada palabra como imagen que siempre se vuelve con una fascinación porque abre otras puertas del lenguaje. Su obra poética nos dejó luego de su muerte otros papeles, otros poemas, otros libros que consiguieron con el tiempo eco en el mundo de la poesía de Alejandra Pizarnik, hoy muy leída y estudiada por otras generaciones. Una poeta esencial sin duda para comprender el oscuro misterio de la palabra que también hace eco en las páginas de la memoria y no se queda atrapada en la cárcel del olvido y el papel.

 

La poeta Alejandra Pizarnik

La poeta Alejandra Pizarnik

 

Diario señalado

Quiero considerar el otro de los lados que Alejandra Pizarnik nos ha dejado, el de los diarios. 24 cuadernos manuscritos y unos cuantos papeles adicionales hacen posible la aparición de los Diarios de Alejandra Pizarnik, que van desde 1954 hasta 1971. Sin duda alguna un libro esperado del que ya ha salido recientemente una nueva edición definitiva. Constituye así el lugar más íntimo que la poeta ha dejado para sus lectores. No es que la poesía no tenga esa condición, pero el diario congrega las otras páginas también teñidas de dolor y amargura, de felicidad y consuelo ante la dura tarea del vivir. En sus diarios está entretejida la vida, sus sueños, los pesares más hondos, las líneas que ahogan, las que marcan el destino, las que ahondan en su alma. Una orfandad que llevó a cuestas y una soledad casi monacal. Detrás de esos ojos, en cada página de sus diarios, está su nombre y todo lo que su nombre desentraña para nosotros.

Cuando intentamos comprender los diarios sabemos que ellos nos permiten vislumbrar otros aspectos de una obra, de un escritor, de un mundo casi secreto de un ser casi también secreto para muchos. Se congregan en las páginas de los diarios de escritores la vida y la muerte. Sin adornos, sin artilugios, sin embellecimientos. Asistimos, cuando nos acercamos a un diario de algún escritor, a un encuentro con los temas de lo humano: el amor, la angustia, el dolor, el abatimiento de la muerte, el día y la noche copulando en la palabra, el suicidio, la pena, la alegría, la vida manifiesta en la página blanca que luego se va quedando en la memoria y en el olvido. Así vemos como con los años un escritor se dibuja y a su vez se desdibuja en el papel que ha decidido dejar en el tiempo, como esculpiéndose, como negándose a pasar bajo la tela invisible del abandono de los otros.

 

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Quien escribe se hace partícipe de la orfandad a la que está destinada la palabra. La escritura pide silencio, exilio, pide otro tiempo, otro aire, otra luz. Entonces se encandila el horizonte de papel que hay ante los ojos. El diarista comienza a dejarlo todo, lo poco o lo mucho, en la palabra escrita para que otros puedan seguir su mapa secreto. Se vacía de sí mismo para decirle a otros con un lenguaje dibujado en el papel: en fin de cuentas, son marcas, señales, pequeñas rutas para esos ajenos a su vida. Establece así un puente invisible entre su rincón escondido y el de otros para comunicar más allá del lenguaje. La piel, el aroma, el silencio que persigue el día y la noche.

Lo no dicho, lo callado, lo protegido por la palabra consigue en el diario su destino, su casa, su lugar, su morada. El escritor en el diario se olvida de sí mismo para hacerse palabra y para dejarse en la palabra entonces se vacía de todo artilugio, logrando así encontrarse con otro ahora. El escritor busca decir, al decir se libera, se precipita hacia un abismo que le dará, sin medida, lo no esperado. Quien escribe ya no huye de nada. No teme nada. Ni de nadie. No olvida su condición, pero se nutre de las migajas que ella le da para vivir.

 

Caricatura de la poeta Alejandra Pizarnik

Caricatura de la poeta Alejandra Pizarnik

 

Un diario como el de Pizarnik es una posibilidad de emprender un viaje a muchos destinos escritos de su vida. Unos físicos, otros emocionales, otros íntimos; todos destinos del alma, sin duda. Muchos de ellos silenciados destinos que apenas lograba ver detrás del tejido agónico de las palabras y que vivían en las páginas de sus cuadernos para dejarse en ellos, para mostrarse en ellos, para quedarse tatuada en ellos.

Sus diarios han querido dejar para el tiempo su vida agónica, su vida en el papel, su escritura y su mundo en unas cuantas páginas que congregan el difícil arte de deshojar lo vivido, lo sentido, lo palpado, lo amado y por qué no, lo odiado, lo rechazado, lo negado.

No quiero ver a nadie. Necesito soledad. Desearía estar en un lugar desolado, o en una clínica. Dormir bien, tener un florero con violetas frescas, fumar poco y beber limonada. No llorar ni reír. Tomar en serio mis apuntes y mis libros. ¡Oh, cómo deseo vivir solamente para escribir! (2012)

 

El 11 de noviembre de 1955, Alejandra Pizarnik escribía en su diario íntimo estas reflexiones que desentrañan la difícil tarea de dejar en papel los movimientos palpitantes que se van cayendo con palabras en un mundo otro: el papel blanco. Alejandra Pizarnik es una de las escritoras que ha dejado en los diarios su alma. Con ella he visto que un diario nunca termina de leerse. Siempre dice, siempre termina abriendo más páginas, quizás esas otras páginas no escritas que duermen en el libro y que hacen daño.

Sus últimos años fueron un encierro. Una niña herida que se seguía escondiendo, que huía y al mismo momento se hundía en el olvido, en el cuarto de sombras y de noche que siempre le acompañó haciendo su soledad mortal; pero esa niña, en estos años, nos legó la palabra escrita para seguirla, para encontrarla, para celebrarla e intentar conocerla, pero sobre todo para escucharla:

Mañana

me vestirán con cenizas al alba,

me llenarán la boca de flores.

Aprenderé a dormir

en la memoria de un muro,

en la respiración

de un animal que sueña.

 

A Ivonne Bordelois

 

 

 

 

 

*(Avellaneda-Argentina, 1936 – Buenos Aires-Argentina, 1972). Poeta, crítica literaria y traductora. Estudió Filosofía, Periodismo, Letras en la Universidad de Buenos Aires (Argentina) y Pintura en el Taller de Juan Battle Planas, no concluyendo ninguno de estos estudios; ya en París estudió Historia de la religión y Literatura francesa en la Universidad de la Sorbona (Francia). Trabajó en la revista Cuadernos para la Libertad de la Cultura de la UNESCO. Recibió el Premio Municipal de Poesía (1965), la Beca Guggenheim en Artes América Latina y Caribe (1969) y la Beca Fulbright (1971). Publicó en poesía La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968), El infierno musical (1971), entre otros.

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