Por: César Belan

 

Lima, marzo de 2013: tengo en mis manos la última obra de Enrique Bacci, prolijo poeta uruguayo y mejor amigo: Aguas de Te Aroha. Bajo el novel sello editorial chileno Fuga!, Enrique nos regala un texto que en primera instancia es definido como una bitácora o cuaderno de navegación, escrito a propósito de un viaje que hubiera realizado años atrás a la localidad de Te Aroha, en la lejana Nueva Zelanda. Sin embargoeste libro excedeelescenario propuesto: el reencuentro con su familia en tierras Oceánicas; la vida rural en comarcas extrañas; observaciones sobre la inmigración de irlandeses y orientales a los confines del mundo. Todo esto será tan solo un buen pretexto.

 

II

En primer lugar podemos decir que Aguas de Te Aroha es un texto limpio y concreto; una obra en la que la precisión y claridaddel verbono rebajarán la experiencia poética, sino más bien,la llevarán hacia susmás altas posibilidades. En Bacci lo simple no ha devenido en simplón: muestra de verdadera poesía:

                   “El maorí no              rasguña

                   Insta

                   de perfil    parece río

                   su habla

                   haka

                   y tierra      y temblor

 

Me cuenta la azafata que sus tintas no degradan, en caliente, el agua. es criteriosa, isleña”

 

Así pues, en el texto, el habla se condensará hasta destilar lo sublime: lo estricta y necesariamente bello; razón por la cual ironía y frescura impregnan todo el artilugio poético. Luego, mediante estos delicados mecanismosel autorconseguirá asir –también delicadamente– lo inasible: eso que pasa sin pasar en el día a día, pero que a la vez constituye el entramado mismo de la existencia: la partitura del universo. Bacci redefine (mejor dicho “define”, abrevando en lo verdaderamente clásico) la realidad, mediante una íntegra aprehensión de aquello cotidiano que, a fuerza de ruido tecnológico, se ha hecho espurio.

“En pascuas qué hace la palabra abedul encima de Pascua

¿Los pascuences_islas más, islas menos_

escucharán

esta memoria?”

 

Es por tal que, lo coloquial o anecdóticoocupará, en el texto de Bacci, su justo sitial; su voz poética no degenerará en una suerte de colección de digresiones históricas disfrazadas de intimismo. No.Lo accidental constituye, en Aguas de Te Aroha, el propio basamento del discurso, soportando el lenguaje en toda su liviandad. La palabraen el texto, por tanto, se hará ligera y menuda para así revelarla profundidad de la escena que retrata, la que emerge del silencio de aquel espacio –sin espacio– en el que se encharcan todos los significantes y donde se divisa, por fin y tímidamente, el mismo significado de “lo real”.

“La técnica aeronáutica es un gran idioma extraño, llena de

                                                                                /relojitos

Una voz presurizada te explica que al oeste de Pascua y al este

                                                                    /de Fidji existe una línea

donde se cambia de día. ¿qué?

Veníamos en un viernes y sin decir agua va quedamos en un domingo,

¡en serio!

_¿Y quién devuelve el verbo de este sábado? ¿la razón no escrita?_

 

Como dijimos anteriormente este libro es más que lo que a simple vista se intuye: “una crónica de viaje”. En Aguas de Te Aroha, Bacciasume que el proceso quedefineal hombre –viejo símil homérico– se asemejaa la mecánica de un viaje. Para él, entonces, el desplazamiento importará todo ámbito y no se circunscribiráúnicamente al espacial. La noción de “viaje” en el libro equivaldrá más a una aproximación antropológica con tintes metafísicos, a un cuaderno de bitácora donde el lenguaje es verdadero protagonista del desplazamiento a una Nueva Zelanda constituida de palabras (lugar en el que el yo poético busca hacerse espacio balbuceando quizás una Nueva nueva Zelanda).

Finalmente, la “posibilidad” que encarna la existencia –sobre todo en el espectro de la lengua– será la brújula de este viajero. Sin embargo presiento que en su viaje nada cambia, todo se encuentra: las esencias –verdaderas realidades largo tiempo olvidadas y conjuradas por el lenguaje– vuelven a mostrarse ante el viajante como aquellas amistades que, luego de una dolorosa ausencia, nos reciben en la plenitud de su amor. El hombre, en suma, no se hace: sólo recuerda:

“Ahora quedan pocas horas de pradera,        de mamar esta verdad

el caballismo es la cualidad de todo caballo”

 

III

Aguas de Te Aroha es también una crónica de encuentro. Bacci disecciona con sus versos el instante mismo donde la amistad se funda –o se refunda. La informal cordialidad que emerge de las relaciones humanas (aquellas que merecen ese apelativo) se transluce en el texto, destilando con su claridad el sedimento mismo de lo amical.

Las tertulias, las lecturas en algún rellano del camino –¿algún lobby de hotel, o el porche de la casa de un amigo?– se fundirán en el libro con la particular dicción del viajero. Hablamos de conversaciones que –paradójicamente- versarán sobre las posibilidades mismas del lenguaje y de su tarea mimética.

 

“¿Podrá que discutan toda la vida la dicción original? ( en

una silla Valverde, en otras Salas Subirat, más aquí, el Pancho

García Tortosa…)”

 

La idea misma de “vacaciones” tiende en Bacci –incluso- a dar algunos días libres a nuestros viejos esquemas de pensamiento:

“en este plato semillas de macadamia

en ese plato pájaro nui

en el lugar el verde en su lugar (la inflexión de la voz demarca

el borde de la montaña,

cuento un cuento, monólogo un monólogo)”

 

tener a la mano el Ulises “del viejo Jota Joyce” mientras fluye ante nuestros ojos el monumental paisaje neozelandés harán posible tal hazaña.

El babel joyceano, de otra parte, tropezará con nuevos horizontes cuando el hablante poético busque penetrar las densidades del maorí y las peculiares adaptaciones lingüísticas/enunciativas/ontológicas que los kiwis (neozelandeses, hijos ya del mestizaje) han esbozado y propuesto. Luego pues, mientras el viajante discurra en su trayecto, conocerá que las palabras nunca serán susceptibles de “traducción”y sólo serán posibles de pronunciar –asumiendo por completo todo el contenido del vocablo– en su propia lengua.

“Volviendo a aquello,                                no ves oro en las

maraes,

sí madera, hueso o piedra.

Yo pregunto a ti presente: _ ¿el oro, un concepto inglés?_

 

                                      Kamaumaharatonutatoukia a ratou*

:!recordaremos!_ la piedra que talla en la madera,                       la

piedra

                          que insta la piel.         ¡El hueso en el volcán

                          de la lengua para afuera!

                            *el corazón en mi mano para el amigo

                          ¡su corazón en mi mano si es enemigo!

 

Los mineros pecosos, avarientos,

pobres irlandeses de madre pisoteada se burlaban:

_to wear your heart on your sleeve_

                                      (Menos mal que no entiendo).

 

Quizás la lógica (o a-lógica) de la escritura moderna, de la mano de Joyce, constituirá el mecanismo más idóneo para la vinculación de la cultura occidental y las tradiciones más arcaicas:

 

“El principio de identidad es una tonada el viernes,                        cebada

en los bigotes, macadamia.

cuerno de toro, casco de caballo, sonrisa de sajón’ al decir

del viejo James”

 

Así pues, el texto también intenta la aproximación antropológica, social, lingüística de las coordenadas que definen lo que conocemos como Nueva Zelanda. Sin embargo aquel abordaje sobre tales cuestiones discurrirá –afortunadamente- en el plano de lo subjetivo, fundándose en la experiencia re-asimilada del medio supeditadas a las posibilidades y necesidades de enunciación del propio individuo.

En el verde de Te Aroha hay algo así como teros

pájaros alados, vuelos del magpie

¿Subjetivo esto que miro?                       hay ciertas razones,

que Lamb entone      el Llano de los Pájaros Negros

y el viejo james se ponga sus anteojos                      para leerme

el blanco y el negro de alas subjetivas,        leerse

con las manos,         el pasto en la boca de la vaca (…)”

 

En esa línea su poética abordará, asimismo, la noción de la identidad y de la patria, condicionada por la lengua y el espacio físico, aquella lengua sin palabras:

“la mano kiwi no saluda, gesta. La cara maorí

toca dos mundos con la nariz,    el suyo, tuyo (…)

 

“Creo, mirando la montaña, que en algo de esos silencios está

                                                                                     /la noción de matria”.

 

IV

Leer el texto de Bacci necesariamente me remonta a aquellos instantes –sólo instantes, no momentos- en que el paisaje, el momento y el devenir corresponden: como cuando echo un vistazo al atardecer mientras paseo en avión, o cuando la carretera me indica el final del camino luego de un largo trayecto.

Aguas de Te Aroha no será, finalmente, un libro de viaje; en sus páginas advertimos aquella mezcla de asombro y feliz desamparo que nos recorre cuando el “desplazamiento” nos invade, es decir cuando vemos por un instante reveladas las realidades plenas mientras nuestro ser, en movimiento constante, en trayecto eterno, pretende aprehender la eternidad.

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