El escritor argentino Román Antopolsky, nos brinda un mayor acercamiento a la figura del poeta húngaro Endre Ady, simbolista con el que inició la modernización de la literatura de su país, al introducir la Vanguardia. Fue, también uno de los principales periodistas políticos de Hungría, y modelo del patriota y revolucionario húngaro. Cabe resaltar que la poesía de Endre Ady casi no ha sido traducida al idioma español, por lo que, además, ha sido poco estudiada en nuestra lengua.

 

 

Por: Román Antopolsky

Crédito de la foto: www.youtube.com

 

 

Ady de nuevo

 

 
Endre Ady nació en 1877. Publicó su primer libro de poemas, Poemas nuevos [Új versek], en 1906. Su siguiente poemario, La sangre y el oro [Vér és arany], saldrá en 1907. Mientras que podemos decir que le llevó un año la escritura de su segundo libro, en el caso de Poemas nuevos, fueron al menos veintinueve. Mucho ocurrió entre 1877 y 1906 que haría imposible descartar rasgo alguno de peso en el contexto finisecular del imperio austrohúngaro, las decadencias en las literaturas en Europa y las mismas condiciones en que Ady creció como para llevar ese libro a ser un reflejo de los años inmediatamente previos a su redacción y publicación solamente. A la cristalización del simbolismo, la creciente errancia espiritual de ciertos sistemas de interpretación, el auge de las revueltas centradas en las figuras del trabajador y el campesino debemos sumar un nuevísimo significado de lo “nuevo” en Ady. Y aunque no fuera Poemas nuevos lo primero que publicaba en verso (había sacado en efecto dos colecciones, muy breves, Poemas, en 1899, y Una vez más, en 1903), poemas-nuevos es primero en tanto libro en un sentido particular; no sólo se presentaba como una reunión extensa de poemas articulados en una forma (al menos en su intención) cohesiva sino que indicaba la decidida marca del comienzo de un proyecto, en tanto libro, a ser llevado a cabo en sucesivos ‘libros’.

Y si bien esto que aquí referimos como proyecto no fue algo que Ady se propusiese ni supiese por qué habría de poner por escrito las agitaciones sentimentales e intelectuales que le sobrevenían, abre sin embargo el camino a una trayectoria que comprende desde la publicación de Poemas nuevos en 1906 hasta la aparición póstuma de Los últimos barcos en 1923 once libros a lo largo de 13 años (Ady muere en enero de 1919). Lo que nos interesa aquí y parece un rasgo esencial en la lectura de Ady es, como dijimos, el carácter de “nuevo” que estos poemas comportan.

 

busto en la casa de ady

Busto del escritor y periodista húngaro Endre Ady situado en su casa.

 

“Nuevo” en Ady no es novedoso. Tampoco es una manera nueva de decir. Nuevo es algo que existe como pasado, es decir en el pasado, y que no se actualiza. Esto merece unas líneas. En Ady el pasado, y esto es lo que inaugura Poemas nuevos y prosigue hasta la publicación de Los últimos barcos –publicación, como no podía sino ser, póstuma que Ady no da a luz y de barcos que no zarpan–, es el objeto de una memoria (y de la enunciación en sus versos) de eventos que no arriban. Hay algo que en lo que arriba en el recuerdo, lo que expresa el verso, a su vez no llega, no arriba. Esto que no arriba es lo nuevo. Nuevos son, y en Poemas nuevos el adjetivo es utilizado a diestra y siniestra, dioses, nuevos hay combates, nuevas alas, nuevos cantos, nueva vida, nuevo presente, nueva agua. Pero en

                                    Quede en sagrado enigma,

                                    quede siempre nueva

en el poema nuevo “La mujer de las lágrimas”, la novedad, sentida como tal, es decir lo nuevo, aquello de lo cual antes no se tenía una experiencia, aparece por primera vez inextricablemente ligado al dato en última instancia imperceptible, el enigma. Lo que llega en estos poemas nuevos es antiguo, es el canto magyar nunca antes oído, pero y que no toma lugar. Un canto que ni en la letra se hace presente. Nos llega como lo que no arriba en el recuerdo que nos llega. Una situación terrible para el poema porque desde que abrimos el libro verso tras verso, línea tras línea el ‘libro’ se condena al desastre.

 

Retrato de Endre Ady y mihayly Babits

Retrato de los escritores amigos: Mihály Babits y Endre Ady
C. 1900

 

El futurismo tenía una confianza inmensa en la producción; hasta Khlebnicov se ocupó de transformar la lengua antigua a un saber nuevo, inexperimentado aun, pero presente, que actúa. El make it new! (título y motto de Pound) abogaba por otra producción, el de una lengua que se instaure –por fin y por largo tiempo– y ubique como una disciplina que administre, hasta la total repetición década tras década de los mismos recursos, de ser nuevo. Pero en Ady el páramo y la estepa no, las planicies que sólo consisten de un horizonte que nunca se alcanza nunca dejan de estar lejos. Y en esta planicie, la del imaginario nómade magyar ancestral que Ady trae, el movimiento final es hacia abajo; no escapa, en ella se da cuenta se halla en una ciénaga. Y en ella irremisiblemente se hunde.

                                    Una leyenda hubo, destruyéndose – vivía aún.

Esta línea, ya al final de los Poemas nuevos, en el poema “La leyenda murió”, nos dice que la poesía en Ady se hunde, y doblemente: en las raíces que busca desentrañar (el origen de la palabra que dice “enigma” en húngaro, talány) y en ellas mismas, para de un modo irreparable hundirse en el pasado y no ‘salir a flote’ en un presente. Buscar la leyenda, la fábula, es toda la meta. Ésta no arriba.

 

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Estampilla húngara conmemorativa a Endre Ady

Endre Ady había nacido el 22 de noviembre de 1877 en la ciudad de Érmindszent, hoy día Rumania. Sus ancestros hacía siglos llevaban una vida de campesinos más allá de haber en algún momento muy lejano heredado un título nobiliario. Su familia materna era calvinista, maestros y ministros de larga data. Ady por seguro tendrá presente el despojo del paisaje en las capillas de Calvino y la dureza de gesto y actitud e intelecto del entorno diario en el que creció. Fue introducido a la bebida de muy joven, apenas adolescente. Era pendenciero. Hace el primario en una escuela calvinista local. Prosigue su educación ahora en una escuela católica. En Nagykároly, muy cerca.

Luego de cuatro años cambia a otra escuela, el secundario, ahora en una protestante y en Zilah, también cerca de su ciudad natal. Aquí comienza a escribir. Obtiene renombre como bebedor. También da clases particulares, entre otros a Béla Kun. Trata, y a instancias del padre, de comenzar estudios de abogacía. Se muda a Debrecen. El plan fracasa al instante. Vive aquí un año. Se muda a Temesvár. En enero de 1900 se muda a Nagyvárad a trabajar como periodista para un diario local. Donde vivirá tres años y medio. Aquí contraerá sífilis. Enfermedad que lo dejará en un desamparo constante y sentimiento de fatalidad a lo largo de toda su vida. Escribirá un relato sobre esta contracción, El beso de Rozália Mihályi. A la espera de consumarse la fatalidad. El evento que no llega. En esta misma ciudad conoce a Adél Brüll, mayor que él y esposa de un rico comerciante establecido en París. Se enamorará terriblemente de ella. Ella es Léda, a quien Poemas nuevos es dedicado, y sin cuyo contacto y final fracaso la poesía de Ady no hubiera dado el salto que dio. El ‘romance’ fue terrible. Su fruto fue el libro, el conocer París –su primer viaje allí en 1904, adonde eventualmente volverá, otras cinco veces, a vivir como corresponsal de un periódico, el Budapesti Napló. Es aquí que Ady pone por escrito la novedad en verso. Poemas nuevos comienza con la expresa filiación del poeta con Gog y Mágog, una invocación a la ascendencia magyar. Y termina, en el poema “En nuevas aguas ando”, con la línea “no seré un bardo del pasado gris”. No lo es. Pero el pasado no se aclara y Ady se adentra en él.

 

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Billete húngaro conmemorativo a Endre Ady por el valor de 500 fiorints

El curso que siguen sus poemas, sus libros de poemas, es el de un místico. Se vuelven más y más religiosos. A su vez las referencias bíblicas, siempre presentes en él desde su infancia, ceden también ante la inminente presencia del dios dicho ahora en términos místicos, términos únicos posibles a utilizar y que nunca expresan lo que dicen. Para sus compatriotas y amigos este rasgo será difícil de conciliar con las ambiciones revolucionarias y críticas de Ady. No olvidemos tampoco que había tomado parte fundamental en la organización y dirección de Nyugat, fundada en 1908, la revista que por más de tres décadas acompañó el cambio radical del camino de la literatura en lengua húngara, orientada ahora hacia “occidente” (el significado del título de la revista) e igual de radical en su compromiso político.

Para volver al misticismo de Ady, Lukács en un texto de 1912 sobre él decía:

Endre Ady: un místico. ¿En qué sentido esta expresión? Tal vez éste: el místico (me baso solamente en el contenido emotivo y no en sus enunciados) no posee problemas de distancia. Tampoco hay para el místico contradicciones, ni diferencia alguna entre “modos de visión”; es de una vez por todas todo y lo contrario. Lo cual significa: para el místico no hay cosas grandes ni pequeñas, para él tampoco hay lo sagrado ni lo profano, no hay “realidades” ni sueños y no hay aquellas diferencias que nos esforzamos en encontrar entre lo concreto y lo abstracto, lo subjetivo y lo objetivo.

Es cierto. Pero a esta definición habría que agregar que es adquirido. El carácter místico no es innato. La distancia es la misma entre todo y entre todos. Pero Ady no llega a ella en un santiamén. En el constante vértigo físico y emocional de su vida la experiencia mística toma lugar de a poco y de la mano de los poemas que así lo posibilitan. En Poemas nuevos por primera vez interpone el páramo.

                                    “este mundo silente y blanco está pronto”

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