Por: Laura Giordani y Arturo Borra*

Crédito de la foto: Izq. El autor

Der. Ed. Tigres de papel

 

 

A propósito de todo tanto (2016),

una conversación entre Laura Giordani y Arturo Borra

 

 

 

Laura Giordani [LG]: Hay un hilo invisible que enhebraba Para trazar lo (im)posible con tu libro anterior  Figuras de la asfixia.  En aquel libro, la palabra apretaba nuestra garganta para aflojar levemente en la sección final, “Material utopía”, en la que se insinuaban ínfimos resquicios para no perecer, resquicios que luego fueron hechos tierra arrasada por el viento y un tiempo nuevo en Para trazar lo (im)posible. ¿Puedes reconocer qué hilo enhebra todo tanto al libro anterior? ¿Hay conciencia de esas relaciones umbilicales mientras escribes o es algo que se te revela más tarde?

Arturo Borra [AB]: A pesar de algunas teorías que la conciben como un principio soberano, considero que la conciencia suele ser oscura y casi siempre es tardía. Los hilos se van enhebrando porque uno se mueve en un horizonte de sentido que aunque es cambiante mantiene ciertas líneas de continuidad. Por eso diría que hay un diálogo interno con respecto a lo precedente, no tanto por ánimo de coherencia como por una necesidad de retornar a algunos interrogantes que insisten. Si en Umbrales del naufragio aparecía la experiencia del hundimiento individual y colectivo es previsible que nos cueste respirar o que haya asfixia ante un presente bastante desolador. Pero contrariamente a quienes piensan que eso conduce al derrotismo o la desesperanza, para mí la apuesta siempre ha estado y sigue estando en aquello que otros quieren confinar a lo imposible, incluso si esta apuesta es incierta y se topa, en cada traza, con lo desconocido. En esa tierra de nadie tal vez pueda crecer una promesa de algo diferente. Y digo tal vez porque no hay ninguna garantía que así sea. De todas maneras, además de la voluntad de contribuir a cambiar la sociedad actual está el deseo de cambiar nuestra subjetividad y, en definitiva, erosionar nuestras corazas. Por eso lo que intenta plantear Todo Tanto es esa revuelta de nosotros mismos, tratando no sólo de dar cuenta de nuestras heridas vitales sino también de aquello que podría desbordar un sistema totalizador que produce en buena medida esas heridas. En este sentido, pienso que este poemario continúa por otros medios Para trazar lo (im)posible, en este caso, más centrado en la búsqueda de resquicios en el aquí-ahora, sobre todo a partir de la apertura ante ese excedente o ese “tanto” que el presente sofoca y que a menudo nos pasa inadvertido.

 

LG: Para trazar lo (im)posible culminaba con un paisaje asambleario, de revuelta e insurrección. De espacio abierto y colectivo como pudimos vivir aquellos días de Mayo del 2011. Las plazas, las calles, tomadas por los anhelos postergados que encontraron su promesa efímera de encarnación. En todo tanto,  en cambio, hay una vuelta a lo íntimo, a la infancia, a lo ínfimo. ¿Qué significado tiene esa escritura de “retorno” al hogar? Y qué significado cobra después de que las calles fueran nuevamente desalojadas y aquella brevísima primavera asamblearia domesticada de nuevo.

AB: No se trata de una retirada de lo político, sino de su entrecruzamiento con nuestras hebras más íntimas. No cabe descartar que esa primavera domesticada esté ligada no sólo a la criminalización de la protesta pública por parte del neoconservadurismo, sino también a las propias dificultades al momento de construir otras formas de vida y otras alternativas políticas. Pienso por ejemplo en las divisiones internas del movimiento 15-M, en sus problemas para articular prácticas y proyectos en común, para incluir a otros colectivos o incluso para crear estrategias de resistencia más efectivas. Habría mucho que decir al respecto. Lo que aquí entra en juego es algo diferente: pensar la intimidad como un campo de batalla. Como dice el feminismo, lo personal es político. Pero para que ese dicho no quede en un simple eslogan, entiendo que hay que volver sobre nuestra historia, marcada también por el dolor y la necesidad de reflexionar sobre él, ante todo, para dejar de repetir de forma compulsiva y quizás alumbrar un horizonte de posibilidad diferenciado en nuestra existencia. En vez de tanta proclama grandilocuente, confío más bien en esos cambios moleculares, revoluciones invisibles que, en definitiva, son la contrapartida de cambios institucionales impostergables.

 

 

 

Tanta noche de mano vacía, tanto mínimo, tan ínfimo el gesto de la mano abierta, tendida sobre su oscuridad, tanteando la soledad y sus resquicios: tanto buscar por los sótanos -bajo la alfombra, dentro de habitaciones dormidas-, tanto rebuscar en el armario alguna manta y dar con nada: hilacha de mí en la noche abierta al subsuelo.

Tanto todo, tan nimio, sin más que esta herida en los ojos que ensayan otro camino para la ceguera, sin sosiego para su trayecto exiguo, esta visión de lo que escapa tan inasible, esquivo como un cuerpo en la noche: tanto derrame para la tierra, toda la tierra para una cantera en la que crece tanto hueco.

Todo tan poco, entretanto, múltiplo que aumenta la contabilidad de lo desaparecido, que tan sólo queda la mano, los ojos, todo amor insuficiente, toda esa fragilidad, todo este tanto que tantea su soledad toda apenas visionaria buscando abrigo.

 

***

 

Sorprendido de tanto nadar en la nada uno se habitúa a no ser uno; se empecina en nadar por una nada que tampoco es suya; se hace resta, nadie que nada por la aritmética donde uno no es uno.

Nadea por ahí, se desintegra entregado a la deriva en la que no queda más que un testimonio impropio, escritura sin voz, afonía empecinada en inventar un sonido,

y seguir en la noche cuando nadie escucha nadando en su nada, cuando no hay más que corriente,

nadiendo sin uno.

 

***

 

Horadar el secreto: empezar desde lo más bajo

                                                                                            el escombro.

Entonces las fábulas

                                          caerán desde el yo al subsuelo

                                          vulnerables

como una esperanza.

 

***

 

Esta suma de soles apagados que se precipitan sobre la frente como fogatas abandonadas en la memoria, esa sombra crecida, este semen oscuro que se seca, esos países imaginarios, estas raíces enredándose a la tierra, infecunda ya, ese hurto a la noche en nombre de no sé qué dioses, estos pies gélidos de febrero, la garganta sin voz, la afonía que horada lo dicho, lo que fuimos callando, lo que fue rompiéndose dentro, lo que persiste a pesar del invierno, aquellas pistas que no llevaron a ninguna parte, la arena inadvertida en los ojos,

estallan,

                    trazan la fisonomía del derrumbe,

mientras seguimos tirando piedras

al desierto.

 

***

 

este sinsabor no se disuelve en la boca esta insípida liquidez que raspa la lengua hiende
el aire

                                                corta con su amargura

y uno intentando que los labios no se sequen de nada

 

 

LG: Antonio Negri le preguntó a Deleuze sobre el tema de los devenires micropolíticos: ¿qué política es capaz de prolongar en la historia el esplendor del acontecimiento y de la subjetividad? Si lo micropolítico es la expresión de un leve murmullo, a veces imperceptible, que los excluidos del sistema comienzan a expresar (“En busca de un contramundo que hay que crear bajo el signo de la catástrofe”), ¿es “todo tanto” un ensayo de ese contramundo que invocabas? ¿Cómo ―a su vez― construir un contramundo que no suponga huida, enajenamiento, repliegue al ámbito privado?

AB: El único esplendor que conozco es el esplendor saqueado (y no digo inexistente). Si estamos marcados por el signo de la catástrofe eso significa no sólo que no hay sujeto pleno sino que estamos en un momento histórico que nos hace más frágiles aún, porque la posibilidad de la autoextinción aparece ya en nuestro horizonte histórico. Con eso no estoy diciendo que todo está perdido ni mucho menos, sino que nuestro devenir nos expone, quizás de forma más evidente que antaño, en toda nuestra vulnerabilidad, nuestras fracturas e incluso en toda nuestra indefensión. Pero en vez de intentar tapar el hueco ―y aferrarnos a todos esos delirios de grandeza que están devastando la superficie de este planeta, incluyendo buena parte de la humanidad―, se trata de aprender a vivir ahí, en esa ética de lo real ―como diría el psicoanálisis―. Aun así, no se trata sólo de una ética ligada a mi mundo particular, sino del deseo de construir un contramundo que nos implica junto a los demás, en ese campo de batalla que es el mundo cotidiano. Y ahí está lo micropolítico: no sólo en nuestras luchas a gran escala sino también en nuestras formas de goce, en las formas de sensibilidad y vinculación con los otros, en nuestros límites y en aquellas prácticas que suelen ser recluidas en lo privado y que, sin embargo, sostienen el mundo social en el que nos movemos.

 

LG: todo tanto se inaugura con una “Gramática de la afonía” y al final del libro, encontramos una cita de R. M. Rilke: “hay que atenerse a lo difícil… “que precede a una serie de aforismos en torno a la escritura, entre los que leemos:

AB: Cuestionar el «estilo» como meta: hacerse irreconocible

 

Eludir cualquier ficción de neutralidad: no hay palabra inocente

 

LG: Háblanos sobre la relación entre lenguaje y construcción/demolición en el terreno político. Después de que Mallarmé tirara sus dados fracturando la sintaxis, abriendo la semanticidad,  a finales del siglo XIX y la experiencia de las vanguardias históricas que precedieron el horror las dos guerras mundiales, ¿podemos encontrar alguna esperanza en el lenguaje? ¿Cómo se habla después de ese Auschwitz que aún no ha cesado y que ahora amenaza a toda la biosfera (ecocidio)? ¿Hay algo en el lenguaje que no sea finalmente sintaxis/separación/desastre?

AB: Son varias preguntas, todas difíciles. En todo tanto parto de algo indecidible. No puedo hablar, pero tampoco siento que deba callar. Entonces, lo que no puedo hablar se convierte en escritura. Hay un dolor debajo de la lengua, no sólo personal sino anónimo, ligado a diversas experiencias traumáticas que nos ensombrecen aun si somos capaces de inventar resquicios. Ante esos traumas que desembocan en un presente fuera de control, desquiciado, si hay una mínima esperanza ―algo que no deberíamos dar por evidente― es en nuestra capacidad de construir otra morada en común. Y puesto que también moramos en el lenguaje ―aunque sea una morada que no tiene nada de apacible y que está horadada por diversos antagonismos―, no se me ocurre que pudiéramos cambiarnos si no comenzamos por construir otros discursos y apostar por la erosión de esos automatismos del lenguaje que no cesan de crear muros. Pienso en todas las fábricas de violencia simbólica en las que vivimos y en la necesidad de desplazarnos hacia formas de comunicación donde la escucha y el diálogo sean posibles. Ahora, el mundo del lenguaje no es un mundo que se cierra sobre sí mismo. Si uno admite que en el propio lenguaje está inscripta la violencia del mundo, me resulta imposible concebir una crítica del lenguaje que no sea al mismo tiempo un cuestionamiento del mundo. Hacerse irreconocible significa en este contexto aceptar este exilio, que está implicado en ciertas escrituras poéticas, con respecto al discurso de la certeza o incluso al discurso del amo que quiere controlar el devenir poético en nombre de un estilo cristalizado. Es ese exilio lo que nos permite imaginar otras formas de vida. Aunque en estos tiempos mirar para otra parte suele ser habitual, es a partir del lenguaje como podemos formular una crítica que también es recordatorio de una justicia posible.

 

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Gramática de la afonía

-I-

Sobre una gramática fracturada, escritura que agoniza.

Para conjugar la afonía -su traza imposible.

-II-

Ante la gravidez del desaliento, levedad de quien canta en el aire.

Y robar otra confianza. Arrastrarla hasta su lecho más frágil, arrebatar sus manos a la esclerosis de las puertas.

En el frío que entumece los labios, morderse. Para no callar, escribir la hendidura, derretir el invierno en los cuerpos.

 

***

 

No preguntan quién queda/ fuera. Preguntar sería abrir puertas diminutas/ traspasar el umbral/ hundirse en los otros.

En la habitación vacía: el mismo grito.

Las autopistas no disimulan las arterias del hambre/ ni resguardan de esta indiferencia mortal de los párpados. Sobre la memoria huérfana/ los hijos de nadie seguirán sin lugar donde morar.

Vendrán los mandatarios sin ley para desahuciar cantos dispersos en las aceras. Vendrán a demoler la casa de otra existencia -mientras afuera alguien aprende a resistir el frío.

 

***

 

Nadie quería ser portavoz de la desdicha. Hubiera preferido abrazar cosas luminosas, acariciar un jacarandá y dejarme acariciar por sus flores. Yo venía a sentarme sobre la tierra húmeda, mirar el arroyo en deshielo, siguiendo una hoja que se pierde en una pequeña cascada. No quería hablar de vírgenes lujuriosas suicidándose en verano, del hambre de un gorrión revoloteando en busca de un pedacito de pan en alguna mesa exuberante ni de los escombros de la felicidad arrojados desde la ventana o del reloj de plástico que se apagará en unos minutos, dos días después de navidad.

Tampoco hubiera querido hablar del aliento en el cristal de quien mira desde fuera, del gesto desencajado de quien insiste en reparar la distancia, del hombre que diseca mariposas mientras recuerda la belleza del vuelo, de ídolos de escayola ensayando la pantomima del sacrificio, de los doctores ventrílocuos que cierran los ojos a los muertos. Ni de paredes decoloradas ni de la ciénaga del mundo. Nadie quería venir a murmurar palabras llenas de insectos buscando el calor de una lámpara en invierno.

Yo quería hablar de aquella mirada llena de munditos locos en su plenitud de infancia, recorriendo un canal de lluvia; no de los hijos del rencor, de la memoria inagotable del golpe. ¿Y quién hubiera querido recorrer esos océanos donde naufragan los cuerpos, donde se hunde el cielo cada noche?

 

***

 

En un terraplén al lado de la vía por la que ya no pasa ningún tren, en la cima de un basural asediado por el hambre, en la escalera de los subtes ensayando algún malabarismo para llevar la sobrevida, en el semáforo detrás de los vidrios cerrados de un auto que acelera, en la calle evitada y en las esquinas que separan dos hemisferios inseparables, entre tanto silencio circundando su mugre, sin juego nunca, sin más que pies descalzos y risa sucia, me topé con sus ojitos mirándome mientras pasean invisibles por mis venas y se apaga su candor.

Sus ojitos miran como quien insiste en mostrar su materia famélica: interponiéndose en un trayecto ciego. Como quien grita a pesar de la sordera.

Revolotean desnudos alrededor de la mirada que los esquiva.

Se cuelgan a la noche,

suben la desmemoria

y todavía

llaman.

 

***

 

Harán guardia. Volverán a disparar contra la oscuridad y a distancia insistirán en el vano afán de ocultarse. Buscarán callar los sueños gestados en la frontera, mientras siguen alzando vallas en los cuerpos.

En la penumbra los perseguidos seguirán desafiando la noche, sin alambre que detenga el salto.

 

***

 

Te fumigan, te desahucian, te enjaulan; culpable de tu miseria, te estiran los brazos, te arrojan al suburbio, te invitan a marcharte, te dicen «pan» y te dan hambre, dicen «derecho» y te fustigan, dicen «abrigo» y la escarcha te sorprende a medianoche, te parten los dientes, te saquean, dicen «dios» y crean tu infierno, muelen tus huesos y dicen «futuro», te prestan una pajarera, aprietan tus esperanzas, levantan tumbas para los suicidas, abren escuelas para las sirvientitas desorientadas, te enseñan el credo de la rendición, disciplinan tus añoranzas, ultrajan tus sueños, confinan tus movimientos, informan por la radio de tu muerte mientras te niegas a firmar tu certificado de defunción, te declaran ruina, te condenan a ser «nadie», a reconocerte «ninguno», a respirar bajo el asfalto o dejar que tu sacrificio sea su salvación.

Planifican el desastre –y vos respirando, a pesar de todo, buscando una hendija.

El frío cala cada vez más hondo: en un recuerdo herido/ en la piel horadada que invoca todavía una pradera.

Se frota la noche en sus ojos. La oscuridad es un temblor mudo. Debajo de la garganta respira una promesa.

La misma súplica da la espalda al día: de frente a lo recóndito.

Qué saben las palabras de la sanación. El mundo hiere, sin bálsamo que no sea fuga.

 

LG: “Quién irá a explicarte lo que ven. Quién intuirá lo que preguntan a los objetos minúsculos que, a cierta altura, parecen murmurarte. Apenas llego a esa magia que evita el desastre que se precipita en lo visto. Tus ojitos revelan la ceguera ensayada. Que el mundo no te los cierre”. La experiencia de la paternidad parece haber conducido la mirada poética hacia paisajes más íntimos, esos pequeños rincones de la vida cotidiana, esa cifra de lo mínimo tan asociada a la mirada extrañada de la infancia: paternidad y recuperación del propio niño; la ternura como un valor revolucionario; tiempo capitalista vs tiempo de la ensoñación (su valor de resistencia).

AB: Diría que esa experiencia paterna me ha permitido conectarme más ―y no sólo en lo poético― con lo que hay de asombroso en nuestra cotidianeidad, con aquello que pasa desapercibido en esta aceleración ligada a un capitalismo desenfrenado y voraz e incluso con cierta belleza que hay en lo minúsculo. De algún modo, me ha ayudado a potenciar una mirada que interroga desde la extrañeza lo que hemos naturalizado, incluyendo desde ya las diferentes injusticias con las que convivimos sin inmutarnos demasiado. Quizás por eso en la última parte de todo tanto aparezca la infancia como esa promesa de una mirada nueva, pero también como un alfabeto de la ternura e incluso de la alegría de existir en una temporalidad a contramano de la productividad (sea en el tiempo de la ensoñación, del juego o de los afectos). Uno aprende a resistir en esas experiencias amorosas y puede que sólo desde ahí seamos capaces si no de cambiar el mundo sí al menos de cambiarnos a nosotros mismos. Eso no implica ningún conformismo, una especie de consuelo de conciencia. Sí supone, por una parte, una exigencia de cambio que, literalmente, no tiene término y que comienza por nosotros mismos.¿Cuándo podría acabarse la tarea interminable de cambiar(nos)? Por otra parte, eso tampoco conduce a la idealización de la niñez, ante todo, porque no hay retorno posible a la ingenuidad. Se trata más bien de recuperar su distancia con respecto al mundo hegemónico y desde ahí formular, en voz baja, la promesa de otro porvenir.

 

 

 

¿Y por qué noche, zumbido sin origen, ranura por la que se cuelan insectos ciegos?

Donde no llega más que un miedo interrumpido por un paso inerme, insiste la resonancia de lo desconocido.

Ver, entonces, cómo la agitación del agua remueve la vida dormida.

 

***

 

OTRO TOPO cavando la noche, otro que profundiza un pozo ciego.

Topo que busca qué, más allá de lo visible –y así estas pequeñas garras, así volver a empezar hasta que no haya más fuerza y el agotamiento determine el punto al que se llega, la noche más profunda y tanto más ciega cuanto más irreversible.

Hacer madriguera: seguir cavando otros túneles, sin concesiones a la superficie donde ya no somos.

 

***

 

No es hora de callar/ pero tampoco se puede/ hablar.

Habrá que decir todavía noche, lluvia, viento/ seguir raspando las palabras/ lijar su aspereza / tanto/ silencio adherido a su paso angostado.

Aquello que fue afonía será obertura/ y lo que rasgó la voz/ murmullo.

Entonces sacarse este sabor a tierra entre los dientes: balbucear de nuevo la cifra desconocida del cielo.

 

***

 

Ese miedo en el medio de los ojos, ese temblor desraizado que te persigue, con esas ganas de hallar un hemisferio para no irse siempre, también tendrá su instante de júbilo, la pequeña osadía de no cerrar los párpados

y seguir mirando más lejos

la experienza

que traemos en nuestra espalda

 

***

 

No querías tierra ni árbol. Tal vez algo de dulzura en alguna parte del frío.

Y de tanto errar arrebatar un abrazo, arrancarte de la mano vacía que arrasó

la tierra y el árbol.

 

***

 

Esa carita sucia comiendo pedacitos de galleta del suelo, haciendo piruetas en el aire como un remanso de ternura recién nacida.

Algún resquicio arrebatado al desfiladero; como si tanta contorsión bordeando el cuerpo esbozara un movimiento grácil, aleteo de ángel suspendido entre dos hemisferios.

Luego las comadronas continuarán mirando de reojo a los que regresan de las cosechas recontando sus bolsillos llenos de hojas de naranjo.

A trasmano, en un viento de septiembre, volverá esa risa que te sentás a recordar en una estación despoblada, para que no se vaya, para que nadie se la lleve.

 

***

 

Cómo se habla la ternura decime cómo

si yo aprendí a vivir en un subsuelo

en el aire

cómo

si el invierno raspaba vestigios mínimos

en los que uno se recostaba para amar

cómo se habla ese lenguaje arrebatado a la tristeza

 

decime

 

***

 

Arrebatar a una meseta calcinada la posibilidad del brote, de lo que cae sobre la vida una leve ascensión, un contrapunto a la rotura, un temblor a lo exangüe, algo a nada, un hueco donde fecunde lo solo y arrebatar el viento nocturno que agita la sangre, murmullo que resuena en el instante y estremece lo ausente, sin otro tiempo que lo extemporáneo, exilio que insiste rompiendo las vallas penas que dulces hacen pozos en el corazón, y arrebatar una lectura a todo ese silencio amontonado en la garganta, un destello en la oscuridad

que sigue su ruta,

hasta cuándo.

 

***

 

Entretanto

vivir en los gestos

diminutos, en esos ojos de asombro,

tu risita subiendo la escalera

de regreso del jardín y que los desórdenes

de entrecasa persistan en todo lo puro

que hay en esta impureza de aire maltratado.

 

Como si ya no hubiera

más que ganas de levantar del suelo

esta pesadumbre y que conversen

las ventanas con los ceniceros y la madrugada

nos sorprenda conspirando

y el deseo

vuelva a asomarse

entretanto

en estas manos que no se resignan

a vivir enfundadas, frías de otro,

en el punto exacto

donde la caricia cae.

 

 

 

 

 

*(Argentina, 1972). Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Entre Ríos y doctorado en Estudios Interdisciplinarios de la Comunicación en la Facultad de Filología, Traducción y Comunicación en la Universidad de Valencia (España). Ha publicado Anotaciones en el margen (2008; 2014), las plaquettes Cielo partido (2009), La vigilia del deseo (2013) y Esplendor saqueado (2015) y los poemarios Umbrales del naufragio (2010), Figuras de la asfixia. El libro de los otros (2012; 2014), Para trazar lo (im)posible (2013) y todo tanto (2016). Dirige el blog personal: www.arturoborra.blogspot.com.es

 

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