El presente texto, reproducido por Vallejo & Co., fue publicado originalmente por su autor en la revista El uso de la palabra, en diciembre de 1939.

 

 

Por: César Moro

Crédito de la foto: Cortesía www.onirocritique.wordpress.com

 

 

A propósito de la pintura en el Perú

 

 

El problema de la pintura en el Perú ha tomado los caracteres más odiosos en su forma y contenido; una vaguedad débil mental cubre la nitidez de los fines o fin propuestos. Se trata de ver claro a través de las volutas imponentes de este nuevo esoterismo: la pintura indigenista cuya cruzada a tomado virulencia alarmante en mi país.

Hay quienes pretende ayudar la gran miseria que el indio sufre en el Perú, su ostracismo total, llevándolo con verdadera hazaña al lienzo infamante o al cacharillo destinado al turismo y adjudicándole todos los estigmas con que las reblandecidas clases dominantes de Occidente gratifican a las admirables razas de color.

En el Perú, país sin tradición pictórica, la barbarie pobre que nos caracteriza como conjunto se empeña, afanosamente, por crear dentro la horrible penuria de recursos, una pretendida pintura que no tenga nada que ver con la pintura europea; es decir, que en lugar de las rollizas bretonas, holandesas y de más suizas que poblaron otrora la pintura en Europa, tendremos ahora indios a granel. El indigenismo no se circunscribe, como es fácil de comprender, solamente a la pintura; toda la gama de intelectuales en el Perú quiere levantar las nuevas murallas chinas que nos aíslen de Europa, a quien nuestros sabihondos lectores de las traducciones de Spengler llaman decadente, sin reflexionar un instante en que si Europa es decadente, nosotros intelectualmente, no somos sino un pobre reflejo considerable en años y una falta de vitalidad que nos es peculiar, debida, entre otras cosas, a la pobreza de la facultad de pensar, tan poco desarrollada en los países de habla hispana, comprendiendo a España, naturalmente. Todos sabemos o deberíamos saber que el español es una lengua estancada desde el Siglo de Oro y en la que la filosofía, la poesía, no han tenido los representantes máximos que en oras lenguas abundan entre nosotros los intelectuales que hablan de todo y de nada a través de la mala digestión de las traducciones fraudulentas de aquella Editorial famosa, entre nosotros de Chile; editorial que no es suma sino índice de la cultura reinante en nuestro «continente estúpido» como brillantemente lo definiera, hace años, Pio Baroja. Continente estúpido, pese a los regocijantes meridianos intelectuales que unos sitúan en Buenos Aires y otros según su pobre regionalismo sentimental. Lo único evidente es que la sede del tango está en Buenos Aires irradiando sobre la producción poética continental.

 

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El poeta César Moro

 

Pero volvamos a la bisoña pintura peruana que tiene una enojosa tendencia a disolverse y a producir espesas nubaredas en el cerebro del espectador optimista que se decide a contemplarla; es necesario tomar precauciones para ocuparse de ella, como -no perdamos el sentido de las distancias- para descender o penetrar en el laberinto faraónico de una tumba egipcia recientemente descubierta. Guay! del que en mi país se atreva a mirar el mundo con ojos que no sean de un denodado pintor indigenista o los del escritor folkórico, inmediatamente es tratado de extranjerizante, afrancesado y enemigo acérrimo del indio, de ese fabuloso mito de cartón que les produce rentas, entendiendo, sin duda, por amigos del indio a las vetustas turistas sajonas que, álbum de acuarela en mano, se dedican a sorprender «el alma del Ande», para hablar como un indigenista perfecto, dándonos hasta la náusea la consabida imagen del indio en una postura pre-natal con la «quena» entre las manos como símbolo compensatorio demasiado claro de la virilidad adormecida y cantada por cuando vale al servicio de la casta explotadora a existido en el Perú.

El indigenismo es la piedra de toque. O se es indigenista, o se es un farsante; o se pintan en la forma más primaria y más ajena a la pintura, con la mentalidad más atrasada, indios sin relleno, indios como figurones de feria, o se es el afrancesado más perdido que haya podrido producir la «suave patria» sumergida desde hace milenios en la opresión.

 

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Atahualpa

 

No sabíamos pensar por nosotros mismo bajo la provocación del Inca que una vez al año cogía el badilejo simbólico para enardecer a sus siervos en el trabajo, mientras el resto del año lo dedicaba a la preparación del próximo gesto simbólico. Bien es verdad que en la era incaica tuvimos la enorme compensación de ignorar totalmente la seria de sentimientos «Salvation Army». La caridad y la insolencia del que siendo más fuerte puede trabajar, para con el que siendo físicamente incapaz, no lo hace, no existían. La dignidad humana tenía su nivel. Vinieron los españoles y con ellos el cortejo horripilante de las virtudes cristianas. Nuestra época de aborto de todo aquello que no sean las grandes empresas cretinizantes que tan pronto conquistan extensiones territoriales, como tratan de colonizar las aguas furiosas y desbordantes de la verdadera cultura atacada sin descanso en el cine, el libro, la inmunda prensa venal, etc, etc… Nuestra época, en la que Hitler y Satalin son los más feroces enemigos de esta cultura, se caracteriza, precisamente, por esta saña castradora en que el fascio y el martillo llegan a fraternizar. (1)

De las manos férreas del Inca pasamos a las garras del conquistador guardador de puercos, fanático, analfabeto, vorazmente hambriento de oro, goloso de revolcarse en este excremento ideal y con el conocido complejo de inferioridad que lo lleva a asesinar a Atahualpa cuando éste descubre que Pizarro no puede descifrar los signos que representan la idea de Dios, mientras los soldados leen con facilidad la palabra escrita en una uña de Atahualpa, (2) del soberbio Atahualpa a quien debemos un resplandeciente homenaje por ser el primer hombre que en el Nuevo Continente arroja por los suelos el Evangelio y lo restituye a su lugar adecuado. No eran los españoles, que por boca de uno de los suyos, una jesuita naturalmente, el P. Aranda, se vanaglorian de destruir hasta seis mil encarnaciones del demonio en un solo día (se refiere a los admirables y sensacionales vasos del Perú), los sandios conquistadores, los que pudieran traer a nuestro pueblo una nueva forma válida de pensamiento, ellos no pensaban sino en forma de iglesia; así reemplazaron el Templo del Sol, en el Cuzco, con una iglesia católica, arrasando hasta lo cimientos el templo solar.

Al liberarnos de España hicimos sino quedarnos con unos españoles peores, los mestizos y mulatos españolizantes con títulos de Castilla que, a través de la república, amordazan el pensamiento y mantienen en riguroso inéditas las más elementales conquistas de la democracia.

Y así, naturalmente, pretendemos circunscribir, ahora, la expresión esencialmente poética, por ende universal, del lenguaje pictórico, a normas que encaucen el problema del espíritu del hombre actual en el Perú, dentro del callejón sin salida y sin seducción de la reproducción arbitraria o justa del indio, de su mujer, de la suegra y del suegro del indio, del hijo del indio y de toda su parentela, vestidos con los trajes que, como la perpetuación de algo incierto, son los únicos que le permite llegar hasta hoy el explotador de su suelo.

A estos latrocinios inmemoriales suscribe sin disputa quien, consciente o inconscientemente, adula a la clase dominante pintando para ella y solamente para ella, indios deformes, a quienes dicha clase acepta en sus casa de pésimo gusto, a condición de que vengan en marcados y ya sin el peculiar olor a lana que, según ella, caracteriza a los indios. Prefieren sin duda el olor de cada verina que despide la pintura indigenista. Estos cuadros sirven a los arios gatosos como prueba de la pretendida inferioridad de las razas de color.

 

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Escuela de Bellas Artes en Lima, Perú

 

La Escuela de Bellas Artes en el Perú es el baluarte más fuerte de esta anodina tendencia; de la salen, año tras año, hasta la náusea, los innumerables mantenedores del arte cretinizante, los que creen cumplir con la misión profundamente transformadora del Arte, devorando diariamente su ración del indio al óleo. No creo necesario defenderme del estúpido cargo que pudiera hacérseme de escribir guiado por un sentimiento de enemistad o antipatía personal absolutamente inexistente, ni de otros cargos que los imbéciles en su miseria moral no dejarán de hacerme. Ellos solos se juzgan y se definen. Esto dicho, puedo afirmar que no creo en el porvenir mesiánico del indio: veo su actualidad incontestable, veo que todo intento de confinarlo en lo anecdótico no es sino una maniobra de la peor reacción; veo, como cualquiera puede verlo, su explotación en mayor o menor grado, al mismo título que los mestizo que poblamos la costa. Los pintores indigenistas tampoco creen en el porvenir de los indios ni en su pasado, que desconocen; para ello el indio es y ha sido siempre el quechua; las depuradísimas civilizaciones de la costa no existen: no perciben la resonancia extraordinaria, y no cancelada como resonancia y revelación, de su arte ejemplar que, como una bestial cabeza decapitada no cesa de amenazar con sus terribles fuerzas de sueño, la miserable realidad que lo circunda y lo desvirtúa. No ven sino el indio mutilado que nos dejó la Colonia de nefasta memoria, al indio vestido de harapos multicolores.

Pero hay un indio que es bestia de carga en competencia con la llama esbelta: un indio igual a todos los hombres explorados; un indio que puede tener y tiene, inúmeras veces, una impecable belleza clásica; un indio que trabaja sin descanso bajo climas implacables con un miserable puñado de maíz como alimento; un indio que se hunde en el refugio de la coca y del alcohol; un indio que deberá escupir el salivazo de su desprecio sobre aquellos que lo pintan como un monstruo de farsa. (3) A ese indio prefieren ignorarlo porque no es lo bastante particular para distinguirse de todos los hombres que no son sino uno solo; ese indio no es pintoresco y en ese caso más vale recurrir como tema a ciertos aspectos del barbarie costeña: se puede pintar, por ejemplo, la procesión del «Señor de los Milagros».

Los pintores indigenistas no creen en la actualidad del indio, porque la actualidad significa la pérdida de los colorines y el crepúsculo de lo pintoresco y antes que perder el temario, prefieren ayudar a perpetuar a toda costa el estado de cosas que les asegura frescos, buenos trozos ya listos de pintura fácilmente exportable.

No propongo ninguna escuela en reemplazo de otra. Sólo quiero suscribir al postulado de «toda licencia en Arte». Contra las escuelas que no hacen sino dar fórmulas para mejor atraer y entretener al comprador y no quitarle el sueño ni interrumpir su digestión. El arte empieza donde termina la tranquilidad. Por el arte quita-sueño, contra el arte adormidera.

 

 

 

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(1) En Octubre de 1939 no queda ya ni la sombra de una sombra de duda sobre la estrecha similitud de los fines perseguidos desde siempre por Stalin y Hitler. Inútil decir que el slogan «Defensa de la U.R.S.S.», tiene, actualmente, tanto contenido revolucionario como el próximo slogan que le cadáver de la ill Internacional puede lanzar: «Defensa del Imperio Japonés»

 

(2) Prescott: «Historia de la Conquista del Perú»
 

 
(3) Salivazo que debe extenderse al próximo Congreso Indigenista a celebrarse dentro de poco en alguna república latinoamericana.

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