Por: Mónica Belevan

Crédito de la foto: Ed. Liliputienses

  

A propósito de Dime Novel (2015),

de Maurizio Medo

 

Una leyenda talmúdica nos dice que una legión de ángeles nuevos son creados a cada instante para, tras endonar su himno ante Dios, terminar y disolverse en la nada

Walter Benjamin, presentación de la revista “Angelus novus”

 

 

I.

Contra la interpretación anquilosada – que, aunque no incorrecta es, sí, incompleta – del Ulises como una comedia profana, cabe notar que carga con un contrapunto trágico y, a mi parecer, importantísimo: el 16 de junio de 1904, Stephen Dedalus – el prosopon de Joyce – no tiene su primera cita con su eventual mujer. Por más nimia que parezca la exclusión, Bloomsday  se eligió en conmemoración de ese evento implícito. La omisión de un suceso no menos banal que todos los demás que se recuentan en el libro me ha parecido siempre interesante. Me gusta asumirla como evidencia de que la oclusión monádica existe hasta para los demiurgos Autor es quien omite. Quien crea, edita.

Recordemos que, aunque Stephen y el personaje que más se aproxima a Nora Barnacle –la insaciable Molly Bloom- coinciden bajo el mismo techo y a la misma hora –es decir, aunque comparten coordenadas en Ítaca- no se da encuentro alguno entre las partes. Lo que sí se da esa noche es una mediación entre la sala en la que Stephen pasará la noche, en el piso de abajo, y el dormitorio en el que Molly yace arriba. As above, so below.

Según la clasificación de Stuart Gilbert que el propio Joyce avalara, Stephen- Telémaco y Molly-Penélope (y anti Penélope) no son realmente colindantes. Quien los une es Bloom, Ulises polytropos, el judío itinerante condenado a ser-lo-que-es, y a hacer-lo-que-hace, hasta el fin del mundo.

Y la novela es, en cierto modo, eso –el fin del mundo en un día cualquiera- puesto que Ulises es la última ocasión en la que Joyce se escribe en Stephen. Se quiebra, con esto, la prosopopeia que emprendiera en el Retrato del artista (y en su semillero, Stephen Hero).

Ulises es la novela en la Joyce se deshace de su pupa de dos décadas para transmutarse, por un día que es en cierto modo el último, en judío. La mutación expira, como un encantamiento a una cachipolla, en ese plazo de veinticuatro horas y, desde ese punto en adelante, El Autor va a co-fundirse con su Obra.

 

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El poeta Maurizio Medo

 

II.

Todo esto para decir, que según lo entiendo Maurizio Medo  ha tenido un gesto parecido.

Lo primero que salta a la vista en esta, su última entrega, es la ambiguedad del título: Dime novel, en inglés; es castellano, dime novel, dos dicencias que no dicen mucho pero que inducen, desde antes del inicio, el extrañamiento del lector.

Esto lo digo ahora porque el extrañamiento es, por supuesto, uno de los indicadores clásicos del humor, que desde el prólogo se nos advierte es la clave en la que debemos de acometer a un libro que trata de cuestiones denodadamente serias: el desarraigo del narrador, la muerte –por suicidio- de la musa, la usurpación de la inspiración por la interpretación, la misma realidad como un archivo al que puede accederse –y que no puede editarse- sino con el hack  de la memoria.

La opera bufa da inicio con un dramatis personae que incluye biografías sospechosamente detalladas, llenas de información superflua del tipo que abastece a los pasquines, y a las ficciones y mentiras inexpertas: quien quiere a quién, quiénes son sus amigos, cuáles le heredaron a sus padres, de qué se les acusa, etc.; vivos y muertos, gente “real”, y gente “inventada”, comparten tablas indiscriminadamente.

Qué importa, son todos parte de la misma trama que a su vez, supónese, se basa en hechos (más o menos) “reales” –como lo hicieran las primeras dime novels, que fueron en su mayoría, recuentos entre sensacionales y etnográficos sobre la vida en el Far West-.

 

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Presentación de “Dime Novel” (2015), de Maurizio Medo.
En la foto: Izq a der. Mónica Belevan, Maurizio Medo y Emilio Lafferranderie.
Crédito: Facebook del autor

 

III.

Pero antes de seguir: ¿qué es una dime novel?

A la  dime novel conviene emboscarla, como a Dios por la vía negativa; o con relación a sus criaturas, pues fue el insumo original de la literatura de género, la antecesora del cómic, de las weird tales, del pulp fiction¸ de los potboilers  y de sus antihéroes, los hard-boiled detectives.

El nombre en sí es menos un descriptor que una aproximación: un tropos o hasta a un polytropos. Tanto o más que una o muchas cosas, la dime novel fue un fenómeno producto de la Revolución Industrial, en la que convergieron tres factores determinantes: la reconstitución de la economía, que aceleró el avance de la imprenta y de los medios de transporte y de distribución, y la concentración de una público masivo, y paulatinamente más lector, en las grandes urbes. Pero hasta aquí, la dime novel no se distingue de su contraparte transatlántica, la penny dreadful.

Lo que se dice menos sobre la variante americana, cuya esfera de mayor impacto se extiende más o menos desde fines de la Guerra Civil hasta el cierre de la frontera en 1890, es que formó parte de la sintomática del manifest destiny es decir, del gran proyecto-país de los Estados Unidos, que quiso –y pudo-  construir un primer inland empire del Atlántico al Pacifico mediante la mitificación de la frontera y la instalación de una historia oficial.

La tragedia omisa de la dime novel es que, en su intervalo de influencia, fue una difusora temprana, y una de las eventuales fuentes, de lo que vino a conocerse como el Oeste, lejano o salvaje. La frontera fue esa ficción que un país entero tuvo que empujar al borde del acantilado para consumar su llamado.

 

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IV.

Hay que decirlo, aun sabiendo cuántos de nosotros –como gentes de letras- nos dedicamos a estos menesteres: toda historia oficial es mitográfica.

Por lo que no haya de sorprendernos que el destino sea el motivo recurrente de la obra. ¿Qué, sino, podría serlo? Destino en el sentido duro de la entelequia, en la acepción monádica que ya insinuáramos al hablar de Joyce y de los demiurgos: cada ser es su universo y propende irresistiblemente a su becoming, es decir, a su disolución. Ícaro no encuentra otro camino porque no hay otro camino, y hacerlo es siempre regresar al padre Dédalo, a la madre edípica, al camino troncal. First above, then below. Now, repeat.

Y aunque pareciera que Medo, por el título y por las formas, rescata a su propia comedia pagana, de cuyo melodrama y sordidez se recursea libremente, cabe recordar que la fórmula de la comedia es tragedy + timing. El alter- ego del autor es un judío, Rafael Vant, peruano por accidente, apátrida que, en sus propias palabras, no ha venido a “protagonizar ningún potboiler”. Si el infierno son los otros, el dime novel es de los demás. Cuando Vant dice no ser “un poeta joven”, no lo hace, intuyo, refiriéndose a su edad, sino a su aceptación, fatal, de que su quehacer –que su poeísis- “es un campo de desmayo/ que devuelve el sentido/ del cual todos pretenden agarrarse/ sin tener que moverse/ del orden posible que les fuera asignado/ en algún plano general del universo”.

La frontera es tanto el límite ficticio como la ilusión  de límite real. Su dirección, su tropos, es lo que se percibe como inmóvil desde el presente, estando dónde estamos, pero lo que el propio observador desplaza al ser, que es cambiar. En biología se le llama homoeorresis; en filosofía, horizonte de interpretación, y para el judío Vant, que cuando menos reconoce su propia condición de liminalidad, es el fin por delante, ahead last.

A way a lone a last a loved a long

Porque el destino es también muerte. Para la poeta Suzanne Foster, remedo de Sylvia Plath y de la Suzanne Verdal de Leonard Cohen, la entelequia es entropía, el suicidio autorrealización; su matrimonio, como dirigente de “Against the Academy”, a un catedrático de la Ivy League –la liga de enredaderas- su contradicción constituyente. Y aunque el narrador pueda haber estado enamorado de ella, de joven –antes de reconocerse como lo hace ahora-  lo que impera es el destino.

Por más que lo intente, Vant no es capaz de “confundir la imagen aurática de una musa con la estulticia insobornable de la estúpida señora Sísifo […] Yo no soy Sísifo”, dice . Suzanne es una Maga del doublethink: War is Peace, Freedom is Slavery, Ignorance is Truth. And Inmortality is Death. Su lógica, tan femenina es sus contradicciones, es la de los grandes machos de las letras: es la de Byron, la de Hemingway, y a de Wallace. El narrador lo sabe. El judío, condenado a errar, lo esquiva. “La paz no se hace, surge”. La muerte tampoco, aunque el suicido es la frontera de lo que le compete a la poesía.

No es tampoco coincidencia que buena parte de la acción en esta historia, que no es acción sino memoria, se sitúe en Íthaca, destino de Ulises y sinécdoque de Nueva York. Si en la Odisea, y en Ulises, la ausencia del amo se traduce en la aparición, y hasta en la infestación, de pretendientes; la Íthaca médica, sede de la Universidad de Cornell, es una isla de los prosopones.

En ésta Íthaca americana –famosa, además, por la alta incidencia de suicidios dramáticos, a la que la predestinan sus acantilados- Penélope está casada con Mulligan  [amigo y némesis de Stephen, el de Joyce], y tras atender [o no] a su amante, que es el héroe/antihéroe, por un tiempo indeterminado, deja de hacer la de Aracné, la de Ariana, y se ahorca, por no poder hacer otra cosa, por manifest destiny. El poeta tiene que desenredarse de esa frontera invadida para reactivar sus tropos.

Es esa misma clave, hay que notar que el proyecto mayor al que Medo da pie con Dime novel  está incompleto: su visión o vocación no se ha manifestado plenamente aún. Este es el primer capítulo en la conquista de su Oeste, y la frontera del poemario se designa como tal. “TO BE CONTINUED” –hacia el fin del libro, que será el principio del siguiente y así, el límite se sigue postergando y propalando, hasta el día que nos lo encontremos junto al borde del acantilado.

 

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Maurizio Medo.
Crédito: Vanessa Martínez

 

V.

Para cerrar, quisiera presentar un contraejemplo.

En su Tesis IX sobre la filosofía de la historia, Walter Benjamín escribe:

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Angel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se enreda  en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Esa tempestad es lo que nosotros llamamos progreso”.

Hoy leemos este cuadro, que seguramente todos ustedes conocen de más, con la carga trágica que le ha impuesto su historia oficial: lo asociamos al drama judío, a la Segunda Guerra, al suicidio de su propietario y mayor intérprete, quien se desorientó al dejar su compás invertido en Paris.

Sin embargo, su comedia implícita y omisa ya ha comenzado a vislumbrarse: según un estudio, el ángel es bizco, con un ojo que mira hacia la derecha y otro a la izquierda; según otro, tiene el falo en punta pero lleva faldas. Aunque sean distintas, las conclusiones de ambos estudios son coherentes entre sí al notar que el ángel no lo es tanto. Atisbamos como, en tanto ángel de lo nuevo y de la historia, su destino es ser frontera, movilizador de más destinos que del propio.

Ha descartado a Benjamín, su pupa de dos décadas, y ya sabemos dónde irá a acabar.

Esa es, también, mi predicción para Maurizio, a quién –habiéndose ya transmutado en judío- solo le resta seguir, sabiendo que no hay marcha atrás.

El compás que señala al oeste apunta a su norte fatal.

Desde este punto en adelante, el Autor va a co-fundirse con su Obra.

 

 

 

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