Por Juan Manuel Roca

Crédito de la foto (izq.) www.andina.pe /

(der.) Etna Velarde –

www.rresplandores.blogspot.com

 

 

7+1 relatos desde la casa

de José María Arguedas

 

 

A Carlos Vidales Rivera,en la memoria.

 

 

I.

Relato de una pasión y de unos signos

 

Siendo Arguedas un niño su madrastra lo mandaba a dormir entre los indios como castigo. Para esa torpe mujer crecida en la escuela del desdén, no podría haber más terrible correctivo.

Pregonaba su madrastra: “que desde niño sepa lo que es vivir en medio de esa especie torpe e impenetrable”.

¡Ah!, qué bien le hizo el exilio familiar, cómo le abrió los ojos y pudo mirar los tiempos por el otro lado del catalejo, desde esa satanizada torpeza, dulce e impenetrable.

Entre gentes andinas, nadies y pongos, indios exiliados en su pellejo arremolinados contra el frío y más parias que su sombra, Arguedas descubrirá que les dicen torpes porque no saben mentir. E impenetrables, porque desde sus silencios señalan que son escasas. y muy pocas veces son verbales, las verdades.

 

 

 

II.

Relato de los doctores

 

Los doctores, dirá Arguedas, están cotorreando. Están dispuestos a cambiarles las cabezas a los indios que siempre viven pensando mal con el corazón y la mente puestos en el pasado. “Qué hay en la orilla de esos ríos que tu no conoces doctor?”

Así es la cosa. Los doctores son bondadosos, quieren cambiarles las cabezas a los indios, esas testas como nidos para el canto triste de la calandria. Que dejen ya pues de lavar los ríos, de mirar como a un familiar la flor sin heráldica de la papa, de sentir afecto lo mismo por el viejo horno que por la luna acostada entre un sembrado de alfalfa. “Hay que cambiarles la cabeza”.

“Sabemos que pretenden desfigurar nuestros rostros con barro”, les dice Arguedas a los grandes doctores. Les dirá que no están, como piensan, anclados en su condición de muertos: “no tememos a la muerte, durante siglos hemos ahogado a la muerte con nuestra sangre, la hemos hecho danzar en caminos conocidos y no conocidos”.

Los grandes señores se sonreían, cómo iban a ver a la muerte seducida por los aires de un huayno, como una incansable pareja de baile, tan ocupados como estaban en colonizarles el sueño, en cambiarles sus cabezas.

 

Foto extraña del narrador José María Arguedas (1ero de la derecha), en reunión con músicos criollos pese a que dicha música decía no gustarle.

 

III.

Relato de los zorros

 

La palabra camina entre los hombres, siervos y andantes de la puna, parias y pescadores de la costa. El zorro de arriba y el zorro de abajo se encargan de traer noticias de uno y otro lado, llevan y traen mensajes de la sierra a la costa y de esta a la sierra a lomo de mito, como si ese emblemático animal fuera un correo de chasqui de pelaje rojo y hábitos nocturnos.

Arguedas ha oído, desde la noche de su infancia el diálogo de los zorros memoriosos, siempre perseguidos por la jauría invasora, Qué mejor elogio de la oralidad india que esta leyenda recordada por quien ha aprendido a contar como quien canta, como quien trae en sus venas un modo de decir, una manera de preservar un ritmo anterior a las palabras.

El zorro de arriba y el zorro de abajo encuentran en Arguedas su más segura madriguera.

 

 

 

IV.

Relato del sueño del pongo

 

En el sueño, el pongo, el siervo sin más tierra que la que lleva en las uñas milenarias, encontrará la hora del desquite.

Que un ángel ordinario, un ángel de patas escamosas como las de una gallina, sea un vengador, un angelucho maltrecho y sin garbo con las alas chorreantes de no sabemos qué misteriosa sustancia; que ese ser andrógino y celeste sea para el lamentable hombrecito una suerte de justicia frente al patrón y amo de su vida, para algunos aguafiestas podrá ser algo que sólo tiene ocurrencia en la pantala del sueño, y hasta podrán burlarse una vez más los grandes señores de turno.

Lo cierto es que el ángel soñado por órdenes divinas recubre de miel al patrón mientras extrae la melada sustancia de una copa de oro, y embadurna de estiércol el cuerpo lastimoso del pongo. Un tarro de gasolina es el recipiente escrementicio. Algunos satisfechos llaman a esto el destino. No cuentan, sin embargo, con la orden dada al ángel desplumado y senil: debe velar porque pongo y patrón se laman ente sí por un tiempo indefinido. Más allá de una moraleja de naturaleza justiciera, el estiércol puede ser una materia redentora.

 

Mesa de escritores, los narradores (izq. a der.) Ciro Alegría y José María Arguedas y el ensayista Antonio Cornejo Polar

 

V.

Relato del arpista

 

Arguedas conocía la lengua expulsada y olvidada, tanto como su música. Y también a sus cantores. Guitarreros, violinistas y hasta un legendario arpista al que pone a tocar en sus páginas, casi de cuna a tumba.

Como era animista a la manera de un niño o un brujo, sabía que un indio que le da un concierto al río desde una de sus orillas, acomodando en su barbilla el violín que ha hecho suyo, lo hace porque entiende que es de su caudal de donde viene su secreto.

Con el prodigioso arpista, tímido y ensombrecido al que todos dan por torpe y casi sordo, parece hablar de la magia de un instrumento tocado por la lluvia.

El arpista era el pasmo del poblado. Podría decirse que Mariano tocaba en quechua su instrumento. ¿Por qué era tan poderosa y bruja su música? Porque tocaba paisajes. Ejecutaba tormentas y desiertos, interpretaba valles y arboledas, tarareaba ríos y torcazas.

Era un hombre silencioso y ausente que casi pedía permiso por andar, un hombre llegado de los pueblos frutales. De niño lo empleaban, a causa de su aureola de inútil, como al pequeño espantapájaros de los maizales.

 

 

 

VI.

Relato de los veinte arpistas de provincias

 

Los viejos arpistas no necesitaban bastones de chonta para apoyar sus viejas melodías. Los viejos arpistas en vez de ir a una academia navegaban por los ríos, esos ríos profundos que de pronto le sacan la lengua al vacío en forma de cataratas. Lo hacían solo por aprender cómo toca el agua sobre los peñascos, cómo suenan sus arpas invisibles.

 

 

 

VII.

Relato del ausente

 

Más allá de los muros cardinales de “El sexto”, de una cárcel de la que, en su condición de paisaje enfermo o geopatía del espacio, soñaba con salir de un mundo acorralado: forzando la puerta con la ganzúa del impaciente.

Más allá de la periferia, más allá de una infancia sin sosiego, piensa que el viento que palmea su rostro -blanco entre los indios e indio entre los blancos- es un ser misterioso que trae razones de lo incierto, trocitos palpables de lejanía.

Es como si desde siempre se viera a sí mismo desde el andén de las despedidas.

 

José María Arguedas y los danzaq de la danza de tijeras peruana.

 

VIII

Relato final

 

Tras cinco días de balearse, de decidir su salida de una escena que siente vejada y maltrecha, la multitud lleva en hombros al gran solitario. Lo trasladan desde el silencio de sus grandes espacios, sierra, puna y horizontes y desde el silencio de los indios, al cementerio de “El ángel”.

Un muchacho, un estudiante cholo y taciturno escribirá sobre su tumba estas palabras: Kaypiraqmi Kachkani, que traducido a la lengua de la ausencia reafirma su paso indeleble: “aquí me tienen todavía”. Y aún nos acompaña.

 

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