Por Ernesto Carriøn*

Nota introductoria por Raúl Zurita

Crédito de la foto www.cartonpiedra.com.ec

 

 

El precio que suele cobrarles la poesía a sus oficiantes mayores es inconmensurable. Ríos y ríos de sangre han sido el precio de que un poema exista, incontables cadáveres alimentan La Ilíada, infinitos asesinatos, holocaustos, lágrimas, pérdidas, son el abono oscuro de la poesía. Nadie que escriba bien se salvará de esta condena. Ernesto Carrión pagó el dolor infinito que solo los grandes pagan y este poema a su padre asesinado, Revoluciones cubanas en Marte, es uno de los grandes poemas de los días convulsos en que vivimos, de la época convulsa en que vivimos, de la historia en que condenados a la poesía, nacemos, matamos, vemos morir a los nuestros y morimos.

 

El poeta y narrador Ernesto Carrión leyendo.

El poeta y narrador Ernesto Carrión leyendo.

 

7 poemas de Revoluciones cubanas en Marte (2017),

de Ernesto Carriøn

 

 

I

 

 

 

Bien están los vivos entre los muertos.

Oliendo en cada segundo el futuro irremediable de sus cuerpos:

el hueso sumergido como séptimo gato.

Palpando la desposesión.

Y su plaga confinada a un sector del camino del que no habla nadie.

 

En la bulla de los ranchos extintos

y de las ciudades con sus rameras jugando al póker

sobre la capa amarilla de los presidentes.

 

Tiranos en hospicios criminales financiando la personalidad del hombre global.

 

Bien están los muertos y los vivos.

Los asesinos y sus víctimas aquí en la Tierra.

Todos entrelazados por el pecado y el brazo descuartizado del amor brillando

bajo el rabo de una luna hecha un canguro.

 

Allí saltando en la noche más triste de todas: la de tu muerte

 

Haciendo de ti un voluminoso bloque de hielo bajo el cielo plateado e irreal.

 

Haciéndote un géiser en la noche concreta

como ausencia firme de la luz.

Como la lesión de un tigre descomunal

que exhala entre las hojas venadas su punto de muerte.

 

Muriéndote, papá, con tus brazos estirados

sobre una mesa borrada dentro de un bar de locas.

 

Cayendo ante la botella

y viajando por el laberinto del alcohol

que graniza sobre tus labios el veneno.

 

Volviéndote irreal como el fugaz machetazo de los rezos

sobre el hierro encorvado de los relámpagos.

Irreal como la sonoridad de una rosa comunista

bajo los blancos lunares de la nieve.

 

Padre irreal sofocándose bajo el fragmento de un cielo corporativo proyectado

con potencia desde un rascacielos.

 

Bien están los muertos y los vivos.

Todos por igual revolcándose en los finos papeles de las comisarías, en los rotos

membretes de las leyes, en los coloridos testamentos bien manchados también, y

en los cheques fechados hacia el futuro.

 

Bien están todos ellos: irreales.

Todos ustedes: imbéciles y canallas.

Todos nosotros: geniales y claudicadores.

 

Todos irreales, pero congelados en un país de suplentes

viajando hacia la lámpara y el cenizal,

moviéndonos desde el cuerpo hacia el mercado.

Palpando el trapo ahorcado de un mismo dolor.

 

Con el pensamiento recorriéndonos la isla de la mente llena de burros.

 

Prefiriendo como tú -tirado en su fachada revolucionaria- la luz artificial a la luz

del sol. La luz artificial de las cantinas, de las salas de estar, de los burdeles, de

las pequeñas y grandes oficinas donde el licor rodaba como ratón ardiente,

venenoso, como hielo azulado de mano a mano, brincando impacientemente por

las barrigas de los abogados, los jueces, los asalariados, los presos, los guerrilleros,

los abandonados y cornudos, los blancos panaderos, los amigos

vendedores de flores, los poetas, los músicos, los mimos y los alguaciles.

 

Huyendo, papá.

 

Chupando siempre.

 

Viviendo en un país irreal ahogado en trampas, en falsas amistades y en hijos

irreconocibles como tiniebla matemática goteando a través de un lápiz sobre un

cuaderno tachado.

 

Padre irreal y Patria irreal

borrándose mutuamente dentro de un bar de locas.

 

Y en la bulla de los ranchos extintos y de las rameras.

 

 

V

 

 

Queda Mao Tse Tung en el abismo.

Blanco hace vibrar sobre su cresta un acordeón rural.

Y Marx abre su trompa de vaca malvada y muge.

Muge hasta que un ángel calvo es arrancado de su área de piedra.

 

Como dos fieras patean sus sepulturas bajo hojarasca glacial.

Rayando fetos como cebollas dentro de sus madres.

 

Y tú, que no comprendes la muerte, ni puedes hablar de ella,

estás en la muerte.

 

Padre irreal

Reclamando por la justicia social, la dignidad humana,

por el derecho al trabajo y a la vivienda.

Haciendo huelgas.

Pidiendo por todo el mundo, menos por ti.

 

Haciendo gotear tu mente en su deshielo.

 

Sin ninguna esposa de venas verdes como reptil ovalado

que pueda identificar tu cadáver.

 

Muriéndote bajo tus propios términos:

Reventado por el alcohol.

Domesticado por el frío que llena tu cuero de vidrio.

Devorando tus uñas con la mugre de los fósforos.

Perdiendo tus papeles y tus cigarros.

Haciendo chisme en la tela de una vagina

sin saber por qué, ni para qué.

 

Estúpido final para tu pequeño cuerpo fiestero

encerrado en un congelador

hundido entre un montón de botellas

formando un bloque de hielo

volviéndose pura escarcha dentro de un bar de locas.

 

Escondido dentro de ti.

Escondido dentro de mí.

Desapareciendo en un país borrado y sádico

que sangra en su plusvalía.

 

Dejando atrás la patria del cóndor silencioso ahogándose en una bañera

interrogado por felices moscas

mientras agoniza.

 

Adiós, padre irreal.

Mantén tu mano apoyada sobre tu corazón

solicitando la majestad del hombre libre.

 

Mantén tu mano firme sobre tu corazón

porque la violencia no está en la naturaleza de los hombres.

«La violencia fue siempre un gusano con nombre de hombre

atrapado tras el hábito de ser un hombre.»

Te cedo eso.

 

Mantén firme tu mano sobre tu corazón

como extendiendo un libro de arena

donde no hayan hierbas amargas ni abecedarios de oro

en bocas negras de muerte.

 

Mantén firme tu mano sobre tu corazón

bajo la hojarasca glacial de este país borrado.

 

Escondido dentro de ti, escondido dentro de mí,

interrogado por felices moscas frente al abismo.

 

 

 

3 poetas conversan (de izq. a der.) Ernesto Carrión (Ecuador), Antonio Gamoneda (España) y Rodolfo Hinostroza (Perú).

3 poetas conversan (de izq. a der.) Ernesto Carrión (Ecuador), Antonio Gamoneda (España) y Rodolfo Hinostroza (Perú).


 

 

IX

 

 

Padre irreal fluyendo a la deriva, junto a las heces negras de Bolívar, entre la

imaginación y el repaso ancestral de nuestro mundo de incas traicionados.

 

Continente de guerrilleros frustrados, de oscuros héroes que no soportan el alza

del neoliberalismo ni el embuste del hombre libre que hace trampa para

sobrevivir, que esconde el pecho en el culo con ávido espíritu.

 

Padre irreal, hijo de un continente irreal,

envejeciendo bajo repisas de libros como goteras de relojes detenidos

sobre la playa de un océano horriblemente anciano.

 

Haciendo de la inconformidad tu auténtico duelo.

 

Bebiendo con dos enrabiados ojos de zapatista, dentro de una capucha.

 

Repasando las armas de tu diálogo encandilado entre grillos reventados sobre

una pista zumbona, abierta por el aire.

 

Iluminando en tu cabeza

                                                          ese aguacero:

Frente Sandinista de Liberación Nacional. Fuerzas Armadas Revolucionarias

de Colombia. Ejército de Liberación Nacional. Sendero Luminoso. Unidad

Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Frente Farabundo Martí. Movimiento

Revolucionario Túpac Amaru. Montoneros. Ejército Revolucionario del Pueblo.

Fuerzas Armadas Peronistas. Fuerzas Armadas Revolucionarias. Frente

Patriótico Manuel Rodríguez. Movimiento de Izquierda Revolucionaria. La

Familia. Tupamaros. Liga Comunista 23 de Septiembre. Alfaro Vive Carajo.

 

Y tus afilados carajos y carcajadas abriendo redondos panes

desayunando caldos humeantes en mesas de plástico.

 

Rumiando el pescado blando. Alistando tus venas en las que cualquier figura

poética, en este punto, bordearía sin justicia el derribado ritual de tu cabeza

salvaje preparándose a beber hasta desintegrar el presente.

 

Apilando botellas de carnívoro licor sobre escaparates.

 

Disolviéndote de círculo en círculo

                                                                                 de vaso a vaso.

Hilando.

 

Padre nacido en 1948:

Hilando tu irrealidad con una tristeza de fondo que nadie puede observar.

Riéndote pero llorando.

Hablando de esa vida más alta y justa entre un montón de amigos

pero completamente solo.

Simulando un gran orificio en tu boca donde hay un corazón rodando hacia tus

muelas heladas girando en centenares de raíces.

 

Bebiendo esa mañana en la que un cable internacional anunció el final de la

lucha de tu pequeño cuerpo fiestero y comprometido:

 

«El presidente de los Estados Unidos pide el levantamiento del embargo

económico a la isla de Cuba, después de 54 años…»

 

Irrumpiendo en un espacio donde por primera vez las naranjas resultan ser

naranjas. Y el sol sí es el sol. Y el silencio abre los poros en tu rostro de hombre.

                                    Soltando tus cabellos a la deriva.

 

Echando por la borda la rabia de tus pensamientos.

 

 

 

 

 

XII

 

 

Hay una granja de conejos, en un círculo de putrefacción,

dentro de tus ojos aún locos por embarcarse hacia el final de la historia.

 

Encorvados a veces para tomar la luz

y saltar sobre hielos abiertos

en jardines cansados de las memorias de la imagen

de un antipresente.

 

Empujando el bote de tu niñez

lejos de la sombra de tu madre con alma pacífica.

 

Inventándote en la tibieza de la ingle. Avanzando hacia las enfermedades de un

país irreal donde las facultades se llenaban de calaveras. Donde los grandes

escritores usaban una camisa de fuerza frente a la máquina de escribir y

rebanaban bananas en torno a fábricas siniestras.

 

Contra el papel, y con doce años de edad, llevando un álbum con las noticias

sobre la guerrilla de Cuba.

 

Hijo de la guerra fría y de Vietnam.

 

Padre paranormal: creciendo con el olor de sangre en todos tus dedos.

Recorriendo las noticias de un continente con sabor a miel y desfloración en una

moneda de oro.

 

América de ayer y hoy donde campean la impunidad

                                                                      y el desamparo:

43 estudiantes normalistas desaparecen en México. 42 estudiantes ecuatorianos

son apresados. Asesinatos del cuerpo y de la comunión por todas partes.

Claudio Castillo, profesor mexicano, asesinado. Kluivert Roa, estudiante

venezolano, asesinado. Fidel Flores, mecánico peruano, asesinado. En esas

morgues un policía escribe, mirando atrevidamente a su víctima, una

declaración de amor al dolido gobierno.

 

Pero, papá, tú no puedes detener a América. Y mientras sigas convencido de tu

lucha, de tu tenacidad irreal, yo no podré curarme.

 

Mientras sigas con tu tristeza

levantándote entre centenares de piernas

soñando con millares de fusiles

penetrando en la noche como un leopardo de nieve

                                                       bajo un disparo de luz

no vas a ser feliz.

Y yo no podré sanar ni comenzar una vida diferente a la tuya.

 

Porque tú no puedes detener a América.

 

Continente de nativos traicionados y vendidos.

Orgía financiera de mestizos fascinados por el sabor del dinero

en países donde los actos se convierten en fosas comunes.

 

Porque,

                Papá,

América es también un cementerio de muchachos con quimeras vacías. De gente

salvando gatos. De gente salvando orcas. De gente salvando larvas y tortugas.

De gente salvando ríos de religiones. De gente exigiendo su derecho a fumar

yerba. De gente salvando lo que sea menos a sí misma.

 

Girando dentro del bello ano de un mundo

                                                    que desaparece.

 

 
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XVI

 

 

Una pieza solo para piano. Descongelándose en los campos elíseos, mientras los

llantos de los sobrevivientes se asoman como insectos azules sobre las venas de

esos ojos ensarnecidos.

 

Un piano frenando la razón con su trompo terrible.

 

Confiando en la máscara de los muertos reflejada, de cuadro a cuadro, en una

labranza de árboles polacos.

 

Un estudio revolucionario caminando hacia el horizonte contra el horizonte.

 

Como tú que vas caminando hacia el horizonte contra el horizonte imitando la

vida con el agua sucia de mis pensamientos.

 

Fuera de la lengua.

 

Heredando finalmente la defensa de la mariposa eternamente roja.

 

Liberándote mimado por la descomposición.

 

Padre real entrando en el polvo de los números exactos de la galaxia.

 

Conduciéndote a toda velocidad por los agujeros de la calavera de Hamlet.

 

Como el nudo nervioso de la eternidad: nevando por el orificio de gusano de la

fresa salvaje.

 

Brotando entre crespones floridos.

 

Y en la cordura de un campo amarillo donde unas túnicas abiertas por la sal te

acorralan con unos brazos pequeños como los de tu padre (quien sentado junto a

su radio te ve de nuevo crecer, besar dos niñas humildes, jugar al béisbol; y

aprender nuestras leyes escondiendo revólveres en el falso techo de un piso en tu

edad universitaria).

 

Padre sin manos y arrancándole la piel a dios en su hombro dormido.

 

Apareciendo en el polvillo de los muebles y en la luz oceánica que cae de pronto

como un jaguar hacia la tierra desde la ventana gris

                                                                                                       de un aeroplano.

 

Naciendo en el llanto de un inca y sus nuevos comercios. Tejido en el color

morado de un poncho echado como una res sobre una puerta de casa. Flotando

hacia las moscas y su felpa brillante en la rutina prohibida de sus acrobacias.

 

Algo seguro, por primera vez, llevado por el aire.

 

Como un árbol mojado junto a un banco desnudo.

Bramando sobre la pura soledad de la piedra.

 

 

XVII

 

 

Combustión. Polirritmia creciendo, borboteando desde la nieve unas partituras

delirantes donde los cuerpos son la secuencia ágil de una carne retratada en su

batalla campal.

 

Padre real emergiendo bajo esa nieve. Cantando una canción de amor de oscuros

sonidos tribales.

 

Revolucionariamente desatándote una corbata. Quebrándote como el autorretrato

en el fondito de luz de una botella de caña.

 

Sobre océanos cuajándose allí en tu sangre reseca. Abandonado como una

mancha de petróleo en la playa del cielo.

 

Padre real inventando la nueva parranda: rodeando las sombras de este país

irreal sobre una canción polaca y africana que marca con toda la furia su ritmo

de fiebre.

 

Creando el sonido del siglo XX: el ruido bestial de toda una generación

destrozada por sus revoluciones perdidas; y ahogada en el alcohol y sus

fantasmas.

 

Desenterrado por facturas amarillas. Alistando la patria y el destino de la patria

en la culpa del otro.

 

Y ahora combustión planeada: escribir tu muerte al lado de mi vida. O reescribir

tu vida al lado de mi muerte.

 

Liberándote mimado por la descomposición.

 

Padre real, desangelado, haciéndote negra espuma sobre el pecho de los

recuerdos familiares.

 

Sin lugar de nacimiento verdadero, pero tatuado a la buena dicción que

conjetura.

 

Eso que eres ahora emergiendo en el deshielo, limpio en la reflexión templada

de tu propio yo.

 

Eso que otros pensaban que eras tú.

 

Eso que eras tú para ti mismo.

 

Esto que escribo yo mientras avanzan las tropas juveniles de Chopin por la nieve

polaca. Igual nadie podrá saberlo con exactitud.

 

Nadie podrá saber quién fuiste, ni quién serás ahora, después de tantos cuerpos

arrojados por ti mismo al mundo de los vivos.

 

Porque un hombre es un secreto del lenguaje y un derrame gestual.

 

Sólo materia dispuesta por colgar

                                                                     entre la realidad y el sueño.

 

 

XIX

 

 

 

Morir es aparecer. Dejar de una buena vez lo que desaparece.

 

 

 

 

 

 

*(Ecuador, 1977). Narrador y poeta. Ha recibido el Premio César Dávila Andrade (2002), el Premio Jorge Carrera Andrade (2008 y 2013), el Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín del Festival Internacional de Poesía de Medellín, el Premio Casa de las Américas (2017) y el Premio Lipp (versión hispana de Le Prix Cazes de París) de Novela (2017); así como la Beca para creadores de Iberoamérica y Haití en México (2009). Ha publicado en poesía el tratado lírico titulado ø que comprende trece poemarios divididos en tres tomos. I. La muerte de Caín: El libro de la desobediencia, Carni vale, Labor del Extraviado y La bestia vencida; II. Los duelos de una cabeza sin mundo: Fundación de la niebla, Demonia Factory, Monsieur Monstruo, Los diarios sumergidos de Calibán y Viaje de Gorilas y III. 18 Scorpii: El cielo cero, Novela de dios, Verbo (bordado original) y Manual de ruido; y en narrativa Cementerio en la luna, Tríptico de una ciudad, Un hombre futuro, Ciudad Pretexto, Cursos de francésIncendiamos las yeguas en la madrugada y El día en que me faltes.

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