Por: Brane Mozetič*

Crédito de la foto: Izq. www.delo.si

Der. Ed. Gog y Magog

 

 

7 poemas de Banalidades (2013),

de Brane Mozetič

 

 

POR LA MAÑANA YA HACÍA UN CALOR INFERNAL.

Un día para estancarse. Para boicotear la vida.

Desenchufé la radio, la tele, el teléfono, el móvil,

el ordenador, desenchufaría hasta la nevera para que

no hiciera ruido. De las habitaciones contiguas

voces humanas, fuera los sonidos de coches, trenes,

campanas. Bajo las persianas para amortiguar

un poco esta sarta de ruidos y, sobre todo,

el sol y el calor. Estoy solo,

sudando como ante las preguntas esenciales.

Un día idóneo para que algo me salga bien.

Ordeno y reordeno los libros, no sé qué hacer

con ellos ni conmigo mismo. Mi cabeza

estalla de dolor. Y también

con el deseo de abrirme brechas en las muñecas,

porque un día así cansa. Estoy solo conmigo mismo,

me digo, del principio al fin. Las horas se dilatan

y todo queda inerte. Tengo ganas de cortar

estas sensaciones inútiles conforme a lo que

nos enseñaron. Echo un vistazo a los manuales

de autoayuda, dándome cuenta de que me falta

uno del boicot. Miles de voces me repiten «aguanta,

aguanta», aunque es obvio que

esto no tiene sentido. Todo lo del pasado parece

tan soportable, incluso bello, pero ahora,

con este calor, ya nada está bien. Cierro los ojos

y finjo que no existo.

 

 

 

ALGO DEBE FALLAR EN NOSOTROS. A

los cuarenta y cinco años, no tengo a nadie

en quien pensar con amor. Los recuerdos

duelen. Nunca había pensado que la belleza

podía doler tanto. Miro las caras y

me falta el aire. Tal vez sea la hora

de quitarme la vida con un gesto dramático o

de que me aniquile el sida. Sea el Sena,

sea el Hudson, esto ya no da más de sí.

Frecuento clubes sospechosos, la gente

habla sin tocarse, o calla

y folla en la oscuridad de los cuartos oscuros.

Sólo me dijo: «Cuando salgamos, ya no nos

conocemos». ¿Es mejor así? Miro atento

al andar para no caerme, he confundido

las calles, a veces aparecen grupitos de negros

con ese aire de amenaza, de horror que me atrae,

sea en Nairobi, en Sao Paulo o en el Bronx.

Maldigo a mi mulato porque ha sido

tan imposible, y a mí mismo por seguir

deseando algo, porque algo falla en mí.

 

 

 

ME ENCUENTRO MIRANDO SIN CESAR.

Veo que no dejo de mirar el móvil.

Me gustaría, en realidad, pulsar Leer,

y que allí saliese Te echo de menos.

Veo que me hundo cada vez más

en el pasado que tira de mí.

Para volver a yacer en el heno que había en

el desván del establo. Cuando el chico vecino

me tocó la entrepierna por primera vez. En

realidad, fingía que no lo hacía, lo fingíamos

los dos. Se me echó encima, así, vestido, y sentía

su peso, sus jadeos. Tantas veces nos llamaba

aquel lugar, justo encima de los puercos

chillando. O a lo mejor no lo hacían, y el establo

estaba ya vacío por entonces. En mis recuerdos

ha perdido importancia. Nuestros leves

movimientos se han superpuesto a todo

lo demás. Era verano y hacía calor, y sudábamos.

Nos quitamos la camiseta y nos desabrochamos,

uno al otro, el pantalón. Cuán ávidas

buscaban las manos y cuán punzante era el heno.

No me atrevo a evocar las escenas, pero se

enhebran solas, humedad, el olor de los sexos.

Cuando entro en bares de gays, todo me

resulta ajeno, no hay muchachos vecinos,

ni heno, ni nadie me echa de menos. Me veo

buscando siempre, en realidad, la tecla de

Apagar.

 

9789872730376

 

ME SONRÍE EN UNA LIBRERÍA, DESDE DETRÁS

de un estante, sus dientes resplandecen. Claro,

pienso, otro más que liga con los intelectuales.

Sigo buscando, estoy donde la letra B,

y él aparece detrás, donde la M, supongo,

quién sabe. Como en una película, me digo,

pero él insiste, sigue dando vueltas hasta

llegar a mi lado: «Perdóname», me roza con

su cuerpo delicioso, dice algo más, pero

no lo entiendo. Mi corazón galopa como

la primera vez, y él atrapa mi mano con arte y

disimulo «¡mira!, nos interesa el mismo libro».

Me ha ganado, trato de hacerle entender que

no tengo dinero para pagar por sexo, pero no quiere

oír nada y me invita a su casa. Me resisto

con torpeza, ya que podría hacerme

cualquier cosa. Pero no, su piel me invita

con más fuerza y cuando, más tarde, se mueve

encima, no puedo creérmelo. Me paro…

después escribo despacio, con titubeos,

que mordisquea mis pezones, luego baja hasta…

mi polla y se la mete en la boca. Desliza

por ella su lengua rosada, se la mete

en el culo y, así, se mece encima de mí.

Siento vergüenza al continuar… diciendo que

ahora se desengancha de mi polla y vuelve

a comérsela, y baja para meterme la lengua

en el hueco, y sabe, al sentir su palpitación,

que tiene que follarme. Al principio empuja

despacio, luego más rápido, hasta el clímax, y

yo agarro sus músculos oscuros, sudados, como

si se me fuera la vida en ello . No me da pavor

reconocer que, después, cuando se durmió,

me acerqué a la cocina donde colgaban

los cuchillos de la pared, y pensé que lo mejor

sería acuchillarlo. Que dolería demasiado

quedarme con él. Así, me habría resultado

más fácil vestirme y salir.

 

 

 

CUANTO MÁS SE AGOTABA EL DÍA, MÁS

solo me sentía. Como si la luz fuese destinada al

ancho mundo, a aires grandiosos y firmes. Así

que siempre he ligado por la noche, en la oscuridad.

Como si temiera dormirme solo. Aunque sólo

se trata de dormir, cuando no necesito a nadie.

Pueden incluso irritarme, empujarme, destaparme,

despertarme. Tantas veces me los traje a casa,

con urgencia y un deseo incomprensible de

tenerlos a mi lado, incluso contra mi gusto y,

después, no sabía qué hacer con ellos, cómo

despedirlos, o deseaba que se durmieran ya y

me dejaran en paz. Claro, me esperaba el horror

al amanecer, sobre todo si estaba borracho

por la noche y sobrio por la mañana. Tal vez

deba reconocer que también mis amores

de años, si puedo llamarlos así, tienen que ver

con esto, con noches de este estilo. ¿Les impulsaba

el mismo motivo? El de dejar el mundo para

volver a casa. Es extraño pensarlo de este modo.

Y yo imaginándome que me tenían tanto apego,

que sus sentimientos eran tan profundos, únicos,

amor irrepetible, atracción erótica, entrega.

Después, todo eso resultó fácilmente transferible a

otras personas. Y se sucedían las noches en las que

sentía un impulso inconcebible de volver a buscar.

Y hubo otras en las que me daba cuenta de

que todo era un engaño y que era imposible huir.

 

 

 

SÓLO DOS OJOS QUE BRILLAN EN

la oscuridad y me atraen sin remedio. Como si tuviesen

prisa, mis dedos investigan el cuerpo, la piel y por debajo

de la cintura, mi boca succiona sus labios carnosos que

me llenan por completo. En Christopher Street

o en la calle Metelkova, él desaparece, así que me

voy yendo, me pierdo entre los cuerpos sudados, y allí

lo pillo acariciando la mano de un tipo blandengue.

Que su amigo tiene problemas. Oye, puto negro,

esloveno, francés, bosnio, ¡que te jodan!, ¡vete

a tomar por culo! O cuando pasa por delante con otro

como si no pasara nada o como si yo no fuera nadie,

difícilmente lo tomaría por normal. Los días

pasan, y los años, y demasiadas palabras que carecen

de sentido. Leo que, en el ayuntamiento, un político

le pegó un tiro a otro. Ahora los dos están muertos.

La descabellada historia continúa con fotos del guapo

asesino desnudo, de su cuerpo perfecto, de cuando aún

iba de bares y follaba en los aseos, de cuando se perdía,

como tú, durante horas enteras entre la exagerada

multitud de gente bailando. Menos mal

que mantuve la sangre fría y no te maté. Lo que

podrían haber sacado en los periódicos… y tal vez hubiese

aumentado la venta de mis libros. En ellos te mataba

despacio, a pedazos, a ti y a otras innumerables

víctimas del asesino en serie que hay de mí.

 

 

 

MIRO A TODOS ESOS CHICOS ESBELTOS POR

las esquinas –chinos, árabes, negros, latinos, bosnios–

cómo sonríen, escupen y se agarran la entrepierna.

Los desnudo con la mirada, la paso por sus pechos,

sus vientres planos, sus músculos morenos, por sus cuerpos

enteros. O persiguen la pelota por las canchas,

quitándose las camisetas por el calor, y brillan las gotas

de sudor, les silban a las chicas y me imagino

cómo se me echarían encima si supieran que los

observo. Sus ojos se disparan curiosos por el mundo,

y está claro que lo peor ya ha pasado para mí, que puedo

contemplarlos así, con tranquilidad, pues

qué harían en mi dormitorio, donde todo está

en orden, donde no hace falta temer a la policía, ni

exaltarse con las peleas, ni huir de los disparos.

¿Qué podrían contar a sus amigos?, ¿de qué podrían

vanagloriarse?, ¿qué lucirían esos héroes de la calle

de al lado? En la sala de fitness, donde se exhiben músculos,

encuentro la comodidad. O en los bares, en las playas,

donde miles de gays hacen esfuerzos para ganar

la carrera contra el tiempo. ¿Cómo podrían entrenar

en mi dormitorio?, ¿cómo competir?, si allí el tiempo

se ha parado, ¿cómo entender mis besos menudos?,

¿cómo disfrutar del silencio o sólo del susurro?

Todo eso, lo desconocido, les espantaría, como a ti,

que entraste orgulloso y sonriente por la puerta y,

después, empezaste a menguar hasta que,

al amanecer, se te llevó la niebla.

 

 

 

MI ABUELO FUE EL PRIMERO EN VER QUE

no me merezco vivir. Mis chillidos le desquiciaban

tanto que me encerró en la pocilga. Tal vez los cerdos

me hubieran aplastado, tan menudo como era, si no

me hubiese rescatado alguien. Me salvaron una segunda vez

cuando me caí en un arroyo, mi cabeza se hundió en

el lodo y me quedé sin aire. Me sacaron tirando de mí

por las piernas. La tercera vez, mi abuelo dejó caer desde

lo alto de la casa, donde reparaba la parra, una estaca

sobre mi cabeza, por lo visto sin querer, cuando

me asomaba curioso por la ventana. Sólo pude retroceder

y ver, de pie, la sangre que brotaba de mi cabeza. No

sentía nada. El charco en el parqué se hacía cada vez

más grande hasta que alguien entró por casualidad.

Después mi recuerdo se nubla, sólo retengo la imagen

del médico al que le explicaba que me había dado

contra la pared. Tendría que haberme muerto. Al menos

tres veces, si no más. Después me fueron matando despacio,

año tras año, y me acostumbré, me puse a esperar a

ver cuándo lo lograban. El que más se esforzaba eres tú.

Me estrangulabas, me asfixiabas, me rompías

los huesos, devastabas mi cerebro. Más de mil veces

tuvimos sexo, y cada vez me observabas atento

a ver si cruzaba el límite para no volver más.

Nadie me salvaba ya. Y todo me agotaba

tanto. Me matabas aún más cuando, a mi lado,

follabas con otros, jadeabas y gritabas y nunca te era

suficiente. Era como si me hubieses arrojado a la pocilga.

Me mataste del todo cuando me trajiste en brazos

a mi perro atropellado por un coche, despacio, como en

la secuencia final de una película y, después, la oscuridad.

 

 

 

 

*Ljubljana – Eslovenia, 1958. Ha publicado, en poesía: Sneguljčica je sedem palčkov (‘Blancanieves es siete enanitos’, 1976), Soledadesi (‘Soledades’, 1978), Pesmi in plesi (‘Lo azul del contacto’, 1982), Zaklinjanja(‘Conjuros’, 1987), Mreža (‘Red’, 1989), Obsedenost/Obsession (‘Obsesión’, 1991), Pesmi za umrlimi sanjami (‘Poemas por los sueños muertos’, 1995), Metulji (‘Mariposas’, 2000), Banalije (‘Banalidades’, 2003), Še banalije (‘Más banalidades’, 2005) y In še (‘Todavía más’, 2007); y, en prosa: Pasijon (‘Pasión’, 1993), Angeli (‘Ángeles’, 1996) yZgubljena Zgodba (‘Una historia perdida’, 2001). El autor ha publicado en español los siguientes poemarios: Poemas por los suenos muertos (2004), Metulji / mariposas (2006), Banalidades (2011, 2013). En literatura infantil: El país de las bombas (2014).

 

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