Roberto Forns Broggi

 

Esta es una tentativa que busca probar si la intención de lo que Transtierros pone en tus manos, lector—o mejor dicho pone en tu pantalla—, puede ser también la del libro que publiqué en Lima en agosto del 2012. Sé que “Nudos como estrellas” es un resultado de un proceso complejo y fascinante que me tomó años.  Y ahí está.  Lo que a continuación dejo en manos de Transtierros es un ejercicio de revisión y, a la vez, de jugar con un plazo concreto que creo necesario para los que crean y escriben–yo también estoy en contra de la rigidez textual— ¿Cómo decirle algo inteligente a Lucrecia Martel para que no se espante cuando lea sobre la imaginación ecológica?—Sé que la organicidad de “Nudos…”  teje diversas significaciones y resonancias. Es parte de ese proceso que no culminó con la publicación en Lima. Los temas me desbordan y no creo que me alcance toda una vida para aproximarme a ellos como quisiera, en profundidad y en diálogo con una comunidad activa y diversa. Sin embargo intuyo que respondo a un llamado vital indesmayable y renovador que desafía la lógica aristotélica y que de algún modo se entronca con la lógica borrosa del “Pez de Oro” y de “Los ríos profundos”.

 

Transterrear

 

Escribir para Transtierros. Reto a la imaginación para no copiar ensayos con miras a publicarse en revistas especializadas de crítica literaria ni ponencias en congresos y demás requerimientos de la institución en la que trabajo.  Escribir sin recibir un sol por ello, sin miras para un premio o un reconocimiento oficial u oficioso. En relación al libro “Nudos como estrellas. ABC de la imaginación ecológica en nuestras Américas” (Lima: Editorial Nido de Cuervos, 2012) complementar lo que escribí sobre los humedales. O escribir sobre una presencia fuerte en mi vida que omití como entrada en ese libro, aunque empapa y subyace en todo lo que observo, reflexiono o transcribo acerca del sueño, algunos olores, el devenir-pez, el devenir-plankton. El mar no sólo es un asunto de gravitante importancia en el futuro de la vida en el planeta. El mar, la mar, siento su presencia en todo momento, a pesar de vivir lejos de la costa. Voy a transterrear con mis aproximaciones, recuerdos y lecturas sobre el mar.

 

Uno que transterrea como nadie es Jack Kerouac. El mar parece gritarme OBEDECE A TUS DESEOS, NO TE QUEDES AQUÍ PERDIENDO EL TIEMPO.

 

Otro que transterrea que da miedo es José Ángel Valente. La escritura es lo que queda en las arenas, húmedas y fulgurantes todavía, después de la retirada del mar. Resto, residuo o ejercicio primordial de no existencia o de autoextinción.

 

Pero quienes transterrearon como el mismo mar fueron los tejedores de Wari y de Paracas.

 

Eielson diría que esos nudos son sombras

de infinitos nudos

celestes

y no quiero asumir lo que diría Eielson de su búsqueda abierta de nudos que esperan ser desatados y reatados. ¿Qué reanudan los que transterrean? ¿Debería decir transtierran? ¿Acaso sé cómo decirlo?

 

¡Cómo no voy a transterrear!—¿Qué sabe el mar de las estrellas?—Transterreo con palabras el cuerpo que difícilmente aprisiono con lo que usualmente reproducimos en el lenguaje como cuerpo—Expando los límites usuales con la respiración, prestando atención a los objetos y seres vivos, practicando un estar en el momento presente, firmemente, siento profundizar la experiencia del aquí y ahora—Disuelvo ese yo tan aceptable y manipulable, para no pensar, ser nada—Pero tampoco dejo de lado la conciencia de que somos mortales, la aceptación de que la muerte está detrás de todo.

 

Transterrear me permite confiar más en mi paciencia y comprensión. Encuentro más ternura en los márgenes de mi camino hacia las personas. Agudizo mis sentidos al margen. Ignoro las presiones del centro, me entrego al querer lo que no puedo experimentar, dejo libre la imaginación. Transterreo con la convicción de que voy a lograr algo único—no para la prensa, sino para la experiencia vital. Pero no dejo de pensar en la muerte de Ken Saro-Wiwa y su lucha contra la Shell. Ha habido días en que no me di cuenta de que la gasolina que le había puesto al carro era Shell y eso me hecho pensar en el tipo de complicidad que los grandes criminales del mundo han logrado inclusive con el más militante crítico que creía que yo era.

 

Escribo para transterrear, para que uno pueda captar el mundo fuera de las cajitas en las que nos lanzamos o lanzamos a los demás. Escribo para preparar la conciencia de transformación y proyección en la vida. Para traducir las intuiciones y el inconsciente colectivo en un eco o en una corriente de vida que siembre más fuerzas creativas. Algo muy parecido a embarrarse las manos con tierra arrancando mala hierba y mojándose los pies.

 

Uno transterrea para desatascarse de las formas de leer con indiferencia o desquiciante conformismo. O sea, es un ejercicio de cambio de ritmo—que es el mejor antídoto para las rutinas que aburren y matan—Volver sobre las omisiones: pensar en las entradas que dejé de hacer o que eran obvias como la que me hubiera encantado escribir sobre el mar y que ahora aprovecho para agregar imaginariamente al que acepte que desde Transtierros uno puede recomponer el texto ya impreso y solo—Poner un límite al placer de conectar, al hecho de encontrar conexiones en cada frase que leo y trazar, idear un plan, dar con la estructura de la obra—Componer un hipertexto o, dicho en forma más corriente, disponer de enlaces—Todo esto para salir del estancamiento que no logro precisar si es espiritual o intelectual o motivacional o disciplinario—Supongo que en cada uno de esos niveles hay ciertos estancamientos donde es más fácil repetirse y repetir.

 

Transterrear no siempre es un modo de lucha anticolonial, pero sí sirve para encarar la violencia lenta y poner a funcionar el motor de la imaginación en diversos frentes—así termina la última entrada del libro—sueño, vigilia, lectura lenta, diálogo entre mundos, nuevos medios, reconsideraciones mayores.

 

En la isla donde llegan millones de turistas al año, en Tenerife, observo el desplazamiento del espacio natural por las construcciones de ladrillo—La escritura como la luz que se levanta detrás del mar—Siento el sol, la brisa, me aventuro a filtrar esa energía que viene del lugar que no alcanzo a comprender del todo, por estar encajado en un modelo urbano que no quiere ver el mar—En Puerto Cruz, el mar de la playa jardín me devolvió mucha vida y ganas de vivir con más intensidad—Allí vi un restaurante peruano de comida canaria cuyo emblema era un rostro más maya que inca.

 

La escritura como actividad pesquera. Los peces nadan en sueños y las veces que se atrapan son contadas y necesitan producir una actividad preconsciente de varios días de pescar personas recurrentes con rostros cambiantes y en lugares disparatados donde el lugar tiene de diferentes lugares—Hay que escribir apenas se abren los ojos—Hay que echar las redes de palabras.

 

Transterreo con los nudos que pongo en Transtierros: con el acervo de la papa,  de forma ambigua con la noción de armonía, con un compromiso de vida que es inseparable de la poesía y el arte, con los cinco sentidos en el cine a oscuras, con el devenir y la metamorfosis de la vida, con el sueño y con mis paseos de antes y de ahora.

 

En el paseo del arte en la avenida Santa Fe en Denver—el 2 de julio del 2013—vi el retrato de un tigre y le dije a mi hija para ver esa galería. Laia me contaba fascinada por la belleza de los tigres historias increíbles de memoria y de venganza. Quedan sólo seis mil tigres en el mundo. Resultó que pudimos ver una exhibición de pinturas y dibujos de Patrick Maxcy, un joven artista nativo de Florida. El rostro de un tigre comiéndose un pulpo, “Subspecies”, fue lo primero que vimos. Un pez emergía a la superficie con una pequeña ciudad en su lomo (“Never Too Small”); un pájaro carpintero parecía caminar sobre la superficie del mar pero estaba sobre un pez naranja (“The Taxi”); unas mariposas se posaban sobre los tentáculos de un pulpo en el fondo del mar (“Common Ground”); un caracol acuático flotaba entre ramas de un árbol sin hojas, pero con gorrioncitos y algunas flores en el pasto (“The Farewell”); un pez espada hacía de rama para un búho y tres aves de colores, rodeado de mariposas (“Unforeseen Journey”); un koala tenía una mariposa posando en su nariz que era la cabeza de un búho (“Affinity”); hasta había un pulpo jugando con un cubo de Rubick (“Octodextrous”). Sin embargo, una de las pinturas que me hizo pensar en el nudo-epílogo sobre la violencia lenta fue “La más poderosa ley de la naturaleza”, un pájaro azul que se posaba sobre las aletas de una bomba que parecía yacer en el fondo del mar por la medusa que flotaba a su alrededor, aunque el fondo fuera una selva tropical bajo una neblina espesa y algunas mariposas revoloteando. A lo mejor este tipo de ilustraciones serviría para la versión en inglés de Nudos.

 

Poco después del paseo, en Tattered Cover, nuestra librería independiente favorita, me di con el último número de la revista Lapham’s Quarterly (volumen VI, Número 3, verano 2013) dedicado al océano. Citas, fragmentos de clásicos, ilustraciones y un mapa increíble sobre el mar hecho por Haisam Hussein en las páginas 10 y 11. En ese mapa se pueden apreciar las zonas de biodiversidad y los bosques de algas y especialmente aprender de los manantiales de aguas termales entre Oceanía y la costa del Pacífico Sur. Es uno de los ecosistemas cuya fuente de energía no depende del sol y está considerado un sitio posible para el origen de la vida. Jung hubiera hablado de sincronicidad. Yo pensaba en una omisión en Nudos: no haber mencionado la merma de la población de aves guaneras de la que me enteré en una de mis visitas a las islas Ballestas. Recuerdo que me chocó tanto como el escaso número de tigres vivos. En 1955 la población de aves guaneras se estimaba en más de 22 millones. En 1989 la cifra era 700,000 y en febrero del 2012, 100, 000. Sé que la explicación biológica es compleja, pero es obvio que la sobrepesca es una parte importante del problema. Y no sólo es un asunto grave que se deriva directamente de nuestros fatales descuidos como país. Ya en una revista científica había visto otro mapa interactivo en la internet (Scientific American, setiembre de 2012, www.scientificamerican.com/article.cfm?id=new-ocean-health-index-shows-clean-water-poor-management). sobre la salud y sostenibilidad del manejo océanico en la que era evidente lo que reflexiona el editor de Lapham’s Quarterly en su edición especial sobre el mar:

 

Nada en el océano vive por sí mismo; nada tampoco en la tierra o en el aire o en la mente de los hombres. Saber que el océano es mortal es saber que no podemos estar aparte de él. El hombre es la naturaleza remodelándose creativamente. El abismo es humano, no divino, obra en marcha, hecha con una metáfora de poeta o con un bodoque prodigioso de plástico (Lapham, 21, la traducción es mía).

 

Lapham confiesa que se dio cuenta de la seriedad del problema que tiene la humanidad con lo que le ha hecho al mar leyendo el libro de W. Jeffrey Bolster, The Mortal Sea. Aunque el libro trata de un caso localizado en el noreste del Atlántico, la historia que se cuenta es fascinante y me hace pensar en las pequeñas cosas que se pueden hacer, como lo demuestra el programa inaugural de AmbienTV que es una serie peruana promovida por el Ministerio del Medio Ambiente. Vean cómo cosas simples como recoger las botellas y bolsas de plástico en las playas pueden marcar diferencias notables en el cuidado y mejor apreciación de esa gran maravilla que es el mar. El primer episodio dura poco menos de media hora pero está disponible en You Tube:

 

“El Mar”, AmbienTV

www.youtube.com/embed/6_AaFiJq92k  9:32

www.youtube.com/embed/thlUVOQlydE  8:54

www.youtube.com/embed/ovO3WhL_6lM  6:51

 

Otra omisión del libro es no hablar de la experiencia de ver dos videos experimentales de Ernie Gehr donde el mar, personaje central, sirve como cuestionador de nuestros hábitos perceptivos en Glider (2001) y Waterfront Follies (2008).

 

Mar

 

A punta de respiración—Ya Roberto Juarroz invocaba respiraciones nuevas—el lenguaje salta, une, el artificio con el flujo del aire, la articulación del sonido, su música y la carne natural. No sólo es resonancia, también es unión, boda, fusión, convergencia. ¿No es acaso la actitud poética la que nos lleva lejos y cerca, la que da el salto y a la vez  fusiona? Desde la perspectiva del plankton, el cuerpo es sitio de movimiento y sensación que siempre está atravesando puntos, saltando escalas: preindividuos, componentes, individuos, colectivos; máquinas, rayos, moléculas; historias, archivos, genética, futuros, telefuturo (Gambs, 116).

 

Hay que zambullirse en el mar, no sólo interpretarlo.

 

Modelo de escritura. Ejemplo de vida. Escribir como si se pudiera articular la voz del mar. Al menos algunos poemas de Jorge Eduardo  Eielson (1924-2006), Blanca Varela (1926-2009),  Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001),  Nicanor Parra (1914-) y Alfonso Cisneros Cox (1953-2011) interpretan la voz del mar. También Jack Kerouac lo hace en el poema “’Sea’ Sounds of the Pacific Ocean at Big Sur” al final de su novela Big Sur. Kerouac inyecta de manera continua una escala de millones de años a los sonidos del mar en la costa. Una suerte de maridaje entre sonidos lingüísticos y naturales que me hacen pensar en el mar como modelo de escritura. Leo en esta escritura poética la letra del mar como si escuchara lo que dicen las olas. Me interesa la continuidad entre las palabras de estos poemas y los sonidos del mar. Forzando la terminología, son ecopoemas que selecciono y uso para ilustrar lo imposible que es separar la voz humana del sonido fundamental del mar. No distingo textos de ritmos como si consiguiera borrar las diferencias entre la realidad del mar y el viento de las palabras. Sé que dejo de lado muchísimas otras poéticas que darían para otro tipo de comparación. Por ejemplo, el poeta uruguayo Roberto Appratto (1950-) tiene una prosa poética en que aparentemente el ritmo está descentrado por el contemplador del mar en Lugar perfecto (2011). La ironía del extenso poema en prosa nos pudiera hacer pensar en un seguimiento rítmico del mar en “Agua”. A lo mejor la reflexión de Appratto sirve de modelo de escritura. Dejo al lector que saque sus propias conclusiones con dos extensos fragmentos de Appratto:

 

En la cabeza, estuvieron, escenas de películas marinas de todo tipo: de guerra, de submarinos, de surfistas, de nadadores, de tiburones, de Cousteau; de adaptaciones de Julio Verne, de piratas; el agua, salvaje, abarcaba todo el espacio, toda la acción, cuando entraba por las escotillas, golpeaba las velas, rompía los mástiles o transparentaba monstruos. Uno veía cómo lidear con eso, que era, a pesar de la ficción exhibida, la misma agua de la playa o el balneario, y se daba cuenta de que ese paisaje inabarcable era, a su vez, una forma interior, un misterio que no permitía ser develado, sino, a lo sumo, contemplado. Reproducirlo=asumir la profundidad, la arbitrariedad de los movimientos como un dato, proveniente del meas allá, que usó más de un director de películas de terror. Reproducirlo= darse cuenta de que el mismo más allá estaba en uno, y el mismo carácter de insondable, desconocido, abismal, del mar, podría alcanzarse en una fuga, un escurrimiento de ideas, sensaciones y recuerdos, por igual imprecisos y fragmentarios, pero que a partir de la reproducción de la autonomía del mar alcanzaran su lenguaje. Pensé, así como he aprendido a escribir por la práctica, día por día, el paso del agua por el cuerpo a través del tiempo enseña a pensar de una manera particular, enseña a ver los contenidos mentales desde el cuerpo (28).

[…]

Yo estaba de pie, a pocos metros del agua, y veía cómo ese punto, de actualidad particularísima, era lo suficientemente fuerte como para dejarme prescindir, por el momento, del deseo constante y tenaz de estar en otro lado, en otra cosa. Sin pensar, sentía cómo el agua me duraba en el cuerpo, ya pequeño en el plano general de la playa, una figura entre muchas, en silencio, recordando una situación cualquiera, ya casi invisible, contra el mar que seguía moviéndose a su ritmo, natural; el espacio, animado por la brisa, por los núcleos de atención que se desperdigaban de un punto al otro, por las miradas que de vez en cuneado alguien dirigía al agua, tratando de comprobar si era cierto que allá a lo lejos venía una corriente más verde, se estiraba a mi alrededor, en los márgenes del cuadro; nada, pensé, no hay nada que entender, o por lo menos no desde un punto de vista racional; no hay nada, en todo esto, que ya conozco muy bien, que ya he vivido antes desde la misma sensación de soledad, que ahora tiene un signo diferente; se entiende, sí, pero es la grandeza de la situación, y lo singular de la situación, por más trivial que parezca, lo que se impone. El significado se mantiene oculto, se retrae al mismo tiempo que se ve, en toda su expansión, limpio como si el agua escribiera su propia historia con cada uno, cada vez que uno se mete en ella o piensa en ella, con tiempo y vuelve a entrar.

 

 

 

En este Nuevo Mundo confuso abierto en todas direcciones

 

Se escribe para sobrevivir el constante desequilibrio al que se está sometido. He escrito una entrada discutiendo la noción de armonía en el pensamiento ambiental contemporáneo (Nudos como estrellas, 2012, 55-64) y sé que lo que decía de algún modo ya se desfasó y tal vez sea una metáfora precisa de lo poco que se puede fijar lo que uno escribe y lo que uno piensa. Se escribe para empezar de nuevo, para movilizar una actitud abierta, para despojar la mente de sus armaduras prescriptivas, funcionales a injusticias y despojos que terminan produciendo ansiedades.  Jorge Eduardo Eielson escribe un poema que imita los sonidos del mar antes de que Jack Kerouac lo hiciera con los neologismos de Big Sur que, según Allen Ginsberg, no eran oscuras precisiones filológicas sino invenciones audibles con significado. Jorge Eduardo Eielson, eco-artista que a lo largo de su vida cruzó desiertos y mares, hizo instalaciones de esos viajes, pintó, exploró muchas posibilidades de sus nudos y sus textos, en su libro Tema y variaciones (1950) expresó con sencillez la captación del ritmo de las olas del mar, el movimiento de un mar de sentimientos de comunión amorosa:

 

Poesía en A mayor

 

Estupendo Amor AmAr el mAr

Y vivir sólo de Amor

Y mAr

Y mirar siempre el mAr

Con Amor

mAgnífico morir

al pie del mAr de Amor

Al pie del mAr de Amor morir

Pero mirando siempre el mAr

Con Amor

Como si morir

fuera sólo no mirar

el mAr

o dejAr de AmAr

 

Aparentemente y por el contexto inmediato de este poema, el lector pudiera quedarse con la actitud iconoclasta y la resistencia a las definiciones simplificadoras. Pero es mucho más que ello. En el poema se indaga, como también en otros poemas que vamos a ver luego, por senderos de compasión y expresión del alma. En el poema de Kerouac se expande la ola, la onda, la pregunta, a orillas de diverso horizonte: religioso, literario, musical, personal, impersonal, geológico, rozando muchas veces con incisos cómicos y disonantes—¿anticlimáticos?—. La voz del poeta logra confundirse por momentos con la voz del mar como ocurre con los sonidos del verso 17:

Shoo—Shaw—Shirsh—

Go on die salt light

 You billion yeared

  Rock knocker (219)

 

Cuando conseguí la traducción al castellano, esperaba con ansiedad y curiosidad qué había hecho el traductor con el poema final y mi decepción fue grande al comprobar que el traductor dejó el poema en su versión original que contiene algo de francés y de otros idiomas, aparte de los neologismos y el ritmo del idioma inglés. Supongo que es imposible traducir ese poema—pero ¿qué traducción no va a ser una traición? Y además, ¿es posible capturar el sonido del mar en un poema? ¿El mar como modelo de vida o de escritura? ¿O ambos?—. Los poetas nadan mar adentro en su escritura si quieren captar o pescar chispas, destellos de vida, rastros vitales, semillas de lo que más importa. Escriben como el mar o recitan para vivir más. El mar también interpreta, especialmente las rutas del deseo que  despliega toda su movilidad. ¿Brújula natural? En este poema de Eielson noto que la atención va del mundo extenso del amor y del mar hacia una dirección interior que no apunta a la exaltación ni por supuesto a un estado de depresión. Más bien el vaivén de las palabras apunta a un bienestar consigo mismo. Pero ese yo no está separado del mar. Para Kerouac las palabras también se hacen ondas y el nosotros (“We”) es plural, es “el Mar” en el que la neblina truena y ponemos una luz plateada sobre el rostro y tomamos los héroes y un billón de años no es nada:

 

The fog thunders—We put

  Silver light on face—We

    Took the heroes in—A billion

       Years aint nothing— (222)

 

Otro aspecto que me llama la atención de ambos poemas es que pueden tomarse como lección persuasiva de humildad, como llamado de la especie que depende del mar y del amar. Frente al mar la voz poética se sabe insignificante y más bien opta por sentirse parte del mar. Por el lado de las sensaciones rítmicas el ecopoema es una forma de inmersión en la corriente de la vida. Otro ejemplo de seguir el mar como modelo de escritura poética, es el poema narrativo de Nicanor Parra “Se canta al mar” (Obra gruesa :23) donde cuenta la historia personal de su primer encuentro con el mar de la mano de su padre. Los últimos versos del poema son más explícitos acerca del modelo de escritura poética:

 

nació en mi mente la inquietud y el ansia

de hacer en verso lo que en ola y ola

Dios a mi vista sin cesar creaba.

Desde entonces data la ferviente

y abrasadora sed que me arrebata.

Es que, es verdad, desde que existe el mundo

la voz del mar en mi persona estaba.

 

Toda la obra del poeta y en especial su más reciente producción ecopoética sigue ese impulso de las olas con una fuerte dosis de humor y crítica ecológica. Hasta en un twitter del 29 de marzo de 2011 que el poeta responde a la pregunta “Háblenos x favor Ud. Q está cerca del mar cuéntenos q se escucha”. Parra sigue con su oído al mar convirtiendo su twitter en un pequeño ecopoema:

 

El mar con sus infinitos dialectos y su tartamudez enfermiza dice: Since the beginning I’m the “Big water”. Please stop diarrhea!

 

El discurso de la ecología política busca hacer visible la contaminación a gran escala, la acidificación de las aguas, los islotes de plástico cada vez más extensos, la sobrepesca y el mal manejo de recursos marinos. Parra logra, con un efecto cómico que en el contexto actual es sarcasmo puro, evidenciar la sordera humana en el grito de socorro en lenguaje de telegrama—ahora más popular y circulante como twitter–. Y también expresa esta urgencia de escuchar las historias del planeta. “La voz del mar” en palabras de la nieta de Jacques Cousteau es la marca de sostenibilidad y el lienzo en el cual el péndulo de nuestra lucha por alcanzar la armonía con la naturaleza divisa las ondas desestabilizadoras que atraviesan nuestros sistemas. Con estas ondas que Parra escucha y que otros poetas también impregnan sus versos, con “la voz del mar”, con lo que cuente el agua en su queja de tormenta, deshielo y desborde, finalmente los seres humanos podrán sentir los efectos del cambio climático. El agua será el vehículo por el cual se sienta el cambio climático (Cousteau, Alexandra. “Water is life”: 286). En el poema “Sea” Kerouac despliega una crítica a la civilización contaminante pero en un sentido filosófico.

 

La pura letra del mar

 

Kerouac lanza en sus entrelíneas muchas ideas contradictorias sobre el mar y en una de ellas dice luego en un verso entrecortado que termina con con la palabra “écriture”: “—el mar no dice/ mucho de veras—“ (227, la traducción es mía). Los poetas descreen de la escritura y a su vez renuevan su fe en ella.  Nicanor Parra escribe ecopoemas para sorprender al lector y llegar al fondo mismo de lo que está hecho que viene a ser lo mismo de lo que el autor está hecho. Quizás el ecopoema sea un río de voces, una corriente que sea también la voz de la tierra que no es otra cosa que la voz de la raíz. ¿El bienestar no tiene que ver con esto? Blanca Varela  en un poema de Concierto animal (1999) usa una interminable caja china pero no para contar historias, sino para ahondar en la escucha y describir este bienestar interior al captar las resonancias simbólicas de la condición animal:

 

mi cabeza como una gran canasta

lleva su presa

 

deja pasar el agua mi cabeza

mi cabeza dentro de otra cabeza

y más adentro aún

la no mía cabeza

 

mi cabeza llena de agua

de rumores y ruinas

seca sus negras cavidades

bajo un sol semivivo

 

mi cabeza en el más crudo invierno

dentro de otra cabeza

retoña

 

La voz poética va presentando el cuerpo como una experiencia plural que es capaz de renacer, reproducirse y también mostrar su potencialidad. Pero no sólo el poeta escribe. O escribe que escribe. También el mar escribe.  Kerouac tiene chispazos de esta misma idea:

 

(…)How sweet

the earth, yells sand!

  Xcept when tumble

boom!

  O we wait too

for Heaven—all

in One—

      All is there

in fair & sight (228)

 

La inmediatez de la presencia de las olas, los oleajes, las brisas, la espuma, interrogan los sonidos del ecopoema. ¿Son simples anotaciones que no alcanzan a sonar en el universo? ¿Quién será capaz de escuchar y atender al ritmo de lo que se escribe? Aun inaudible, aun invisible, la escritura del mar es también un registro de la perspectiva celular que busca un eco del tamaño del universo. Lo cierto es que ese asunto de cambiar las escalas de los puntos de vista tiene repercusiones muy graves en el esfuerzo por llegar a acuerdos comunes. Otro poema de Concierto animal alienta este tipo de ajuste de manera que las fronteras individuales se pierden de vista respecto a una escala mayor como es el horizonte marino y los vientos que afectan el movimiento del mar:

 

la pura letra del mar

despierta el alma

el cuerpo duerme todavía

 

único tono

el agua contra el agua

 

instrumento cortante

el viento

pulsa el instante

 

son uno ahora

mar y viento

 

no hay reposo

 

sólo el bélico dúo amoroso

de vida entrecortada

de párpados cerrados

y venas que se agitan

preparándose

 

Quizás la escritura poética posee mejor que otros discursos literarios esta necesidad de abrazar una perspectiva de largo plazo porque se escribe para releerse una y otra vez en el contexto de un proceso que se abre a las contingencias de las corrientes y mareas de la vida.  El lector del ecopoema está en continuo estado de permutación. Cuando lee el ecopoema se desorienta para volver a encontrar otra ruta y ya reorientado prosigue a una nueva lectura. Ese ciclo de operaciones de recomienzo no termina, con lo cual una perspectiva de corto plazo no podría aplicarse para hallar sentido. Necesita de todos modos una perspectiva de largo plazo. Esto coincide con lo que el ambientalismo quiere que se piense del agua. El agua, como diría Jorge Recharte, abre las puertas para las visiones de largo plazo que son más inclusivas de lo que significa ser parte del mismo planeta (“The Páramos de Ayabaca”: 218). El científico Curt Stager en su libro Deep Future: The Next 100,000 Years of Life on Earth (2011) va inclusive tan lejos como Kerouac al pensar en términos de millones de años.  Stager relaciona la historia de la atmósfera con el cambio climático del presente. Me impresiona el sexto capítulo sobre la acidificación del mar porque explica en un lenguaje bastante comprensible para un público no especializado la descalcificación producida por las emisiones de carbono que al entrar en contacto con el agua se convierte en ácido carbónico. El impacto ambiental irreversible de pérdida de especies marinas traerá en consecuencia una cadena de extinciones y la verdad es que no puedo imaginarme el futuro sin conchas ni peces ni muchas especies que no podrán volver. A decir verdad, no puedo imaginar un futuro sin un buen cebiche. El décimo capítulo trata de los climas tropicales y me hizo pensar en la necesidad de guardar y cuidar el agua de los hielos de los Andes porque el achique de glaciares no sólo es una desaparición de nieve en los picos, sino un futuro de sequías que también abarcarán los valles de la costa que recientemente han tenido un renacimiento agrícola espectacular. Pero quiero aclarar que no es necesario estudiar biólogos, paleontólogos  y geólogos como Curt Stager para comprender la urgencia de adoptar perspectivas de largo plazo.

 

En el poema de Varela, el mar “despierta el alma” a través de un sentir que cierra los ojos y conmueve el interior vivo del que forma parte de esa mezcla de “mar y viento”. El movimiento ocurre en una escala mayor: se proyecta el alma del lector a un mar que se agita al ritmo de una unión amorosa de muerte y vida. El yo poético adquiere las dimensiones del mar y el viento.

 

Kerouac en el poema “Sea” escribe que “el Mar es yo—

Nosotros somos el mar—No es todo nieve” (229).

 

La muerte y la vida jugarán de nuevo su danza entonces con una tormenta huracanada o una ola que inunda. La mente del siglo XX atrapada en los avances tecnológicos y la racionalidad económica jamás podría salir de su lógica de crecimiento y apreciar el mar como escenario clave  para compartir la historia de la humanidad que demanda perspectivas de más largo aliento. Otra vez Kerouac que se preocupa de la condición mortal y convierte el poema en oración: “Envía iluminación/a nuestros cerebros que se ahogan/–Nosotros somos patéticos, Señor/¡necesitamos tu ayuda!/Sálvanos, Querido—/ (Sálvate tú mismo, Dios hombre…(233, la traducción es mía).

El modelo de escritura, “la pura letra del mar”, convoca a la conciencia humana a unirse a una corriente mayor, un flujo de retos y fragilidades cuyo lenguaje remite al ritmo antiguo de las olas, a una textualidad múltiple:  las palabras del poema quieren dar cuenta de una complejidad modal y multisensorial. Esta perspectiva de mar y viento permite pensar al yo como un proceso en transformación. Acaso sea una justa metáfora de las oposiciones que se establecen a corrientes o flujos que van en otras direcciones. Hay que tener una capacidad extraordinaria para divisar una corriente y optar por ella y navegar con ella. Puede que ocurra una deriva, o también que uno vaya sin mucha convicción a explorar un matiz que surja de la fineza de la aproximación o de un elemento sorpresivo que abre otro curso al agua. ¿Cómo leer el poema como modelo de escritura? Sé que es muy difícil arriesgar una interpretación que trascienda la impresión del momento de lectura, pero la obra poética de Blanca Varela ciertamente convoca una disciplina espiritual que alberga momentos maravillosos, corrientes, soplos, sueños, fatiga, cuerpo adolorido, rocas, sufrimientos,  desolación, alegrías, tormentos y miedos. Disciplina espiritual que regala renovación y prepara una mente alerta de sus propias resistencias. ¿También escritura del mar?

 

El agua como voz profunda que sale por la grieta

 

Se escribe cerca de lo soñado, aún lejos de la vigilante conciencia racional. Se escribe de lo primero que se piensa como técnica de aproximación al inconsciente, a una infancia primitiva e instintiva, a lo que uno bebe desde la profundidad de sus expandidos límites que siguen modificando los límites impuestos y que, finalmente, revela un vaivén parecido al de las olas, sus islas, sus corrientes, la flora y fauna de uno mismo. Se escribe porque se pensó en algo importante antes de dormir, por el acto de infiltrarse en el inconsciente para provocar un diálogo. Se escribe, así, como un submarino capaz de explorar los océanos más profundos. Se escribe por la grieta, desde lo que uno sienta que no puede simplificarse en prescripciones de la sociedad de consumo. El mar entra en los sueños, entra en la cueva, en los huecos, en las sombras. Un tercer poema de Concierto animal  anuncia la importancia del cuerpo para la operación afectiva de vivir:

 

incorpóreo paseo del sol a lo umbrío

agua música en la sombra viviente

atravieso la afilada vagina

que me guía de la ceguera a la luz

 

bajo la alta cúpula sonora

en este colosal simulacro de nido

toco el vientre marino con mi vientre

registro minuciosamente con mi cuerpo

hurgo mis sentimientos

estoy viva

 

Me atrevo a navegar en esta escritura femenina del mar porque aprendo desde el sentimiento maternal de la voz poética a navegar por las zonas sin bordes ni separaciones. El inconsciente ha escuchado las indicaciones de los códigos dominantes que han separado ya lo humano de la naturaleza y ahora conversa con el mar, “agua música” que despista las indicaciones manipuladoras de esos códigos para producir una inmersión multisensorial conectada a la memoria del útero materno como origen de la vida. A pesar de que Kerouac escribe en el poema que el océano es la madre (231) la voz poética no oculta marcas masculinas y poses de su habla vulgar y usa giros orales (por ejemplo, “sonofabitch”, 221). Sin embargo en Keruoac y en Varela encontramos una inmersión simbólica que se proyecta a la escala marina. Las indicaciones al inconsciente son complejas y tienen que ver con lo que escribe el agua que es el destino humano. Escribirá algo que inunde, algo que mantenga la cadena de comidas, lo que revele con su voz profunda. Lo que pase con el agua, ya sea lo que irriguemos, lo que desperdiciemos, lo que contaminemos, lo que cuidemos, definirá nuestro destino colectivo. Y no estamos hablando de un milenarismo acuático, sino de un reto clave del siglo XXI.

 

El mar en la ciudad

 

Hay un fragmento en el que Kerouac se burla de la vida urbana de la que contrasta con el ritmo que habla libre de la rigidez de la mente. Especialmente en un tono anticlimático y crítico del movimiento Beatnik, también autocrítico, Kerouac arremete contra la vida urbana:

 

                     –What hype sidereal did he pit down

 bending beatnik sea goatee

 over old gota manuscripts

to find the other side of Flat?

  See round, see the end of me?

Rounden huge bedroom?

Awp hole cave & shwrul—(229)

 

Hay un poema de Westphalen de magnífica factura que vale la pena contrastar con el tono irónico beatnik y que también fusiona la idea de mar con la suciedad del mundo urbano desde la función de limpieza. “El mar en la ciudad” pertenece a su libro Belleza de una espada clavada en la lengua:

 

¿Es éste el mar que se arrastra por los campos,
Que rodea los muros y las torres,
Que levanta manos como olas
Para avistar de lejos su presa o su diosa?

¿Es éste el mar que tímida, amorosamente
Se pierde por callejas y plazuchas,
Que invade jardines y lame pies
Y labios de estatuas rotas, caídas?

No se oye otro rumor que el borboteo
Del agua deslizándose por sótanos
Y alcantarillas, llevando levemente
En peso hojas, pétalos, insectos.

¿Qué busca el mar en la ciudad desierta,
Abandonada aun por gatos y perros,
Acalladas todas sus fuentes,
Mudos los tenues campanarios?

La ronda inagotable prosigue,
El mar enarca el lomo y repite
Su canción, emisario de la vida
Devorando todo lo muerto y putrefacto.

El mar, el tierno mar, el mar de los orígenes,
Recomienza el trabajo viejo:
Limpiar los estragos del mundo,
Cubrirlo todo con una rosa dura y viva (126).

 

No sé si se acepte la licencia de imaginar por un momento un sentido literal del poema, un mar que inunda la ciudad. El tono poético de inundación no resiste una interpretación literal porque se trasciende la barrera del momento, ni siquiera del evento mismo de la inundación, tan sólo se plantea una fusión difícil de pensar con el mar:  limpiar la ciudad de desperdicios, de malgastos y contaminaciones. Pero si mantenemos la interpretación literal, ¿no estaríamos ante una especie de anticipo del cambio climático, no en el sentido de contaminar el mar, sino en los términos del achicamiento de glaciares, incremento del nivel de las aguas, inminentes inundaciones costeras? Es evidente que el poema retoma el asunto de la música del mundo, de la mudez de las megaurbes, de la historia vital y mensajera de vida del mar que transforma el silencio en borboteo, ritmo de una continuidad milenaria, muy anterior a la ciudad, que restituye verdades básicas de la vida con el símbolo de “una rosa dura y viva” que cubre todo. Tal vez en un lenguaje sencillo Westphalen empuja el mar adentro de los muros y no sólo con el afán explícito de limpieza, sino de profundizar la vida. El video de Chel White, Wind, ofrece imágenes de nevados achicándose y el nivel de las aguas inundando las ciudades, también con una especie de interrogación como el poema de Antonio Machado que traduce libremente Robert Bly con la voz de Alec Baldwin.

 

 

Estoy esperando quietamente que mi cuerpo tome el curso de las fuentes

 

Los poemas de Alfonso Cisneros Cox recogidos en la antología de 2008, El agua en la ciénaga, me parecen un delicado y concentrado esfuerzo por agrandar la resonancia de la escucha interior y expansiva a ese llamado a expresar el complejo flujo de la vida. En la introducción, Oscar Quezada Macchiavello señala que el poeta “asume el paisaje marino como ventana a su fluctuante interioridad” (10).

 

Se escribe para pescar los peces que nadan en los sueños y las veces que se atrapan son contadas y necesitan producir una actividad pre-consciente de varios días de pescar personajes recurrentes del sueño, mares impensables y mezclas de ciudades disparatadas. Se escribe cuando se cierran los ojos. Se escribe cuando se echan las redes de palabras.

El ecopoema resulta ser también un método para recoger lo que quedó en la memoria de una serie de preocupaciones de corta y larga data—aunque no haya tenido la oportunidad de dialogar de este concepto con el poeta, ciertamente me parece válido arriesgar esta imposición del término por la clave emotiva que se formula y que encaja perfectamente con la clave del pensamiento ecológico de dar la bienvenida a lo extraño en palabras de Tim Morton—. Las cosas de la playa y del mar recogen el afecto, poseen auras, matices, fantasmas. El mar escribe también con detenimiento, no tan sólo con agitación y viento fuerte. De allí que el pez que flota muerto hable al poeta (poema 9 de El pez muerto, 63):

 

Un cuerpo detenido

perdura aunque la voz no lo alcance

me vuelvo y soy otro articulado

por lugares deshabitados

un brillo late en el pecho

antigua resonancia tocada por

tu aliento

mi cuerpo cambia

la marea retorna a lo anterior

brisa que flota en el agua

como un espejo limpio que no refleja

 

Entiendo que si la voz no alcanza al pez muerto, hay un esfuerzo por lograr superar ese impase y la clave es saber escuchar la música del cuerpo. Por supuesto no poder visualizar ese cuerpo es un problema ya que el espejo no refleja. Ese saber escuchar implica cambiar el cuerpo y atrapar el ritmo con el que se quiere comunicar. Implica expandir las tradicionales coordenadas del cuerpo y así expandir los alcances de las capacidades comunicativas del cuerpo. No se trata de mejorar la visión, sino de cambiar la forma de sentir, de usar los sentidos, de cambiar la forma de percibir. Aunque el comentario de la contraportada de Carlos López Degregori lo resume muy bien, esa práctica de experimentar las resonancias del movimiento del mar a través de la interconexión del cuerpo a textualidades múltiples es un aspecto ecopoético que lamentablemente me parece perdido en el mar de poemas que esperan aún más de sus lectores. López Degregori dice de la colección de poemas de Cisneros Cox:

 

En cada poema de este libro el fango de la realidad y la existencia se sedimenta para liberar el agua transparente que es vida, luz y sabiduría.

 

Cisneros Cox diluye fronteras de especie y de contemplación. A través de varios poemarios y con las mismas imágenes logra articular una escritura ecopoética del cuerpo con la realidad compleja y viva del mar. De la colección de 21 poemas de Despoblado cielo (2005) escojo uno que me parece ilustrar muy bien esta continuidad expresiva (123):

 

El espinazo cautivo del pez en la marea.

Agua transparente de murmullos moviéndose en la calma.

Un pozo de veneno. El sol castiga con su tinte rojo

el giro inexistente de su inmovilidad.

Voces muertas como sábanas vencidas al amanecer

de un fuerte oleaje.

Las olas me revuelcan y estoy dormido.

Pez y luna mirándome a los ojos.

 

Lo que más me admira del poema es su capacidad para captar el ritmo de imágenes que a su vez captura un plano profundo de la voz del mar. No es el típico ejemplo de saber navegar y dejarse llevar por la corriente. También la voz poética expresa las habilidades de desacelerar el ritmo y hacer un tiempo y espacio para la meditación, la reflexión del flujo que es la vida. Ya Blanca Varela había escrito poemas en los que el poder de desaceleración permitía un espacio de introspección para desarrollar una reflexión existencial en correspondencia con el mar en El libro de barro (1993-1994).  Prefiero dejar a los propios poemas añadir sus resonancias:

 

¿QUÉ dice ese cuerpo inmóvil en su movimiento? Está

solo. Lo otro es aire alrededor de la isla que danza.

 

Digo isla y pienso en mar. Digo mar y pienso en la isla. ¿Son

lo mismo?

 

Se suceden vacío continuo y plenitud sin nombre (75).

 

LENTOS círculos, infinitas islas en un mar interior que

gira sin pérdida ni ganancia.

 

Llegar a eso. Al inexplicable balcón sobre la noche silenciosa

y desvelada. Retroceder hacia la luz es volver a la muerte.

El reloj vuelve a dar las horas perdidas (76).

 

BASTA de anécdotas, viandante.

El mar se ha detenido. Hasta aquí tu vida, ha dicho. Y el

     cielo demasiado maduro ha inundado paredes y

     ventanas.

 

A grandes pasos se ha detenido llegando a todas partes y

    ha repetido lo mismo.

 

Hasta aquí—seda oscura y ripiosa su voz—tu vida, ha dicho.

     Éstas fueron sus letras (89).

 

Se escribe para acceder a esas zonas de la vida en las que el ser humano percibe y siente como suyas y son enormes, complejas y abarcan una comunidad de seres en las que lo que cuenta no son las cosas sino las relaciones. Se escribe para mirar esas relaciones, para abrir una puerta a los sentimientos que se forjan en esas zonas relacionales. Se escribe para rastrear las posibilidades que tienen los hábitos perceptivos de expandir el yo al entorno y para desarmar las costumbres internalizadas que no permiten siquiera asomar en la pantallas del radar planetario. Una vez rotas o eliminadas esas costumbres se escribe sobre una mirada diferente que incluya sin someterlos los otros sentidos. Se escriben los ciclos donde se destruyen los convencionalismos y seguridades y se vuelven a reparar las ruinas con reconstrucción y creatividad, con renovación y repeticiones, con el reuso del agua como compleja caja de resonancias. Se escribe frente al mar. Se está frente al mar. Se es el mar.

 

Tanto los poemas de Varela como los de Cisneros Cox hablan de una contención del movimiento, como una especie de paréntesis que la escritura provoca: una pausa que se aprende a hacer en medio del mar de libros, especialmente en medio del asombro y la curiosidad. Se escribe tal vez porque se quiere cavar profundidades para deslizarse por las opacidades y por las fronteras lábiles. Pero es necesario hacer una parada, detenerse en medio del movimiento mismo para procesar aquellos pensamientos que procedan de lo noción de persona que incluya el cosmos y la fauna y la flora. Ya en la colección más reciente de poemas de Cisneros Cox, La ensenada,  26 poemas con un haiku al final de cada poema, puede notarse una excepcional articulación de una conciencia temporal de la experiencia de vivir. En el poema “Escondido en el peñón” el mar y la escritura se yuxtaponen en ese proceso de desaceleración que permite sentir y expresar ese manejo del tiempo. Concluye el poema:

 

…sentí la brisa

como voces que alguna vez tocaron tu piel

y lavaron tu cuerpo.

 

las ideas corren

mas mi escritura es lenta:

reflejos en el agua (155).

 

Especialmente el haiku que contrasta la velocidad de las ideas como un signo obvio de la mentalidad del siglo XX con algo que refleja el agua que es una escritura “lenta” lo que me hace pensar en el tiempo de la escritura, al proceso de la creación. Lo que hace el texto poético de Cisneros Cox es una compleja operación en el tiempo de las escalas mayores que desbordan los límites relativamente breves de las vidas de los sujetos.

 

Algunos poemas se opacan con la brillantez del haiku final como en “Reposo del océano” (157):

 

Hacia el misterio

del océano, se desprenden

los piqueros

 

Es admirable poder captar la magia del vuelo de las aves migratorias en pocos trazos, especialmente si hasta hoy se sabe poco de los complejos sistemas de orientación de estas aves en sus largos viajes que incluirían sensores magnéticos naturales y otros sistemas de percepción sensorial. No sé si veo en estos versos lo que Alan Pauls entiende como rasgos antiguos de la playa: libertad, tolerancia, sociabilidad igualitaria (51), pero lo entiendo mejor si pienso esos rasgos marítimos al admirar esta brújula natural de los piqueros. Ello añade a la textura homogénea y neutra del paisaje marítimo una capacidad de crear imágenes como lo hacemos en los sueños. De allí que me atraigan tanto las repeticiones más acertadas de los poemas de Cisneros Cox:  imágenes del mar que se diluyen lentamente como tinta sobre el papel. Otra vez la metáfora de la escritura, la escritura del mar.  En el poema “Detenido” (161) resuenan las imágenes del mar que en los otros poemas van resaltando sus diversos aspectos sensoriales como aromas, huellas, ritmos, texturas de sueño. La quietud permite practicar la contemplación ecopoética y reactivar la memoria del cuerpo múltiple:

 

Detenido, junto a las olas que despiertan,

arrincono el paso de los años y esas palabras

que hieren los sonidos y el mar que se agranda

en las olas que pasan y pasan resonando bajo la piel,

mientras las piedras golpean la brisa y el recuerdo

de los nombres fatiga el cuerpo de la niebla

que despierta entre las peñas cuando miro el mar

entre los años, detenido.

 

Entre la niebla

viaja una ola

que nadie ve.

 

Sé que las sutilezas no son fáciles de percibir cuando se escribe o se lee, pero nuevamente estamos frente al tema temporal en un cambio de perspectiva. Podría considerar ese cambio como un entrenamiento del que va adoptando la perspectiva del largo plazo y despliega una actitud paciente de quietud para contemplar el presente y también las huellas del pasado en “el mar que se agranda” que implica un sinnúmero de resonancias de recuerdos, de apropiaciones imaginarias y de sentimientos de nostalgia y de pérdida. Se presta atención al mar pero no basta verlo. La ola viaja, la corriente ocurre, la vida pasa, pero no es tan fácil verla. Las palabras se juntan para resonar como los acantilados lo hacen con el mar. Hay un concierto de voces que el ecopoema atrapa con sugerencias y transforma con su textura de sueño y de haiku.

Se escribe para viajar con la ola, ir a lugares, conectar puntos, trasladar miradores. Se escriben raíces sensibles que se desprenden de sus órbitas y que son como semillas que germinan en una red de nudos de vastas terminaciones. Se escriben filamentos que nadan y cambian el edificio entero y se desvían, se filtran en los miedos y las frustraciones como agua-savia.

Se escribe como el mar para independizar el alma de los estancamientos que debilitan y apagan la llama que es el vivir. Es una gran paradoja que sea el agua quien avive mejor esa llama. Pero es por eso que se escribe en la orilla que se abisma. Se escribe para salir del estancamiento que paraliza y despilfarra el tiempo. Se escribe con el ritmo de las olas, de sus ondas que repiten los viajes, que construyen una sensación de retorno en medio del agotamiento, para luego expandirse, llegar a una plenitud que es quietud pero que luego se diluye y otra vez es ola que viaja. Se escribe para eludir la flojera mental y el aturdimiento del espíritu inteligente y solidario. Se escribe para resistir la separación del mundo-más-que-humano. Se escribe para sentir el fondo de corrientes que están ahí—por imaginación, sueño o buen oído–, dispuestas a burlar los controles con tal de no variar su curso y su frescura. Varían de una manera que requiere seguimiento y capacidad de notar matices infinitos y responder a ellos. La única manera de escribir es notando y otra vez el mar, que nota mejor que nadie los ritmos, las escalas, los colores, las muertes, los cambios, la quietud. Se escribe como el mar para embarcarse en una búsqueda energética de la corriente de la vida lúdica, creativa, igualitaria, pluralista, libre de cualquier abuso y basada en la comunicación y colaboración de olas chicas y grandes. Se escribe para cuidar, no para destruir. Se escribe para desarmar las tiranías de la mente.

 

 

Trabajos o sitios citados:

 

Transterrear

wwwpatrickmaxcyart.com

 

Mar

Appratto, Roberto. “Agua”, en Kent Jonson y Roberto Echavarren, eds. Hotel Lautréamont. Contemporary Poetry From Uruguay. [Edición bilingüe] Bristol, UK: Shearsman Books, 2011. Traducción al inglés, Kristin Dykstra. 22-33.

 

–“Agua” [texto completo] en: Lugar Perfecto. Montevideo: Yaugurú , 2011. 56-74.

 

Bolster, W. Jeffrey. The Mortal Sea. Fishing The Atlantic in the Age of Sail. Cambridge, MA-London: The Belknap Press of Harvard University Press, 2012.

 

Cisneros Cox, Alfonso. El agua en la ciénaga. Antología poética (1978-2008). Lima: Editora Mesa Redonda, 2008.

 

Cousteau, Alexandra. “Water is Life”. En: Salina, Irene, ed. Written in Water. Messages of Hope for Earth’s Most Precious Resource. Washington, DC: Nacional Geographic, 2010. 283-291.

 

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Eielson, Jorge Eduardo. Poesía escrita. Lima: INC, 1976.

 

Gambs, Debora. “Myocellular Transduction: When My Cells Trained My Body-Mind”. En:  Ticineto Clough, Patricia con Jean Halley, eds.  The Affective Turn. Theorizing the Social. Prefacio de Michael Hardt. Durham-London: Duke University Press, 2007. 106-118.

 

Halpern, Benjamin S. “How Healthy Is Your Ocean? The First Science-Based Assessment of the World’s Seas Shows Clean Water But Poor Management”. Scientific American 307.3 (2012): 16-17

 

Kerouac, Jack. Big Sur. Trad. Pablo Gianera. Buenos Aires: Editorial Hidalgo, 2001.

 

Big Sur. New York: Penguin Books, 1992.

 

Good Blonde & Others. Donald Allen, ed. San Francisco: Grey Fox Press, 1993.

 

Windblown World. The Journals of Jack Kerouac 1947-1954. Douglas Brinkley, editor and introd. New York: Penguin Books, 2006.

 

Lapham, Lewis H. “Sea Change. (Preamble)” Lapham’s Quarterly 6.3 (2013): 13-21.

 

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White, Chel. Wind. US, 2007. 5 min. [Disponible en YouTube y en Vimeo]

 

Varela, Blanca. El libro de barro y otros poemas. Lima: INC, 2005.

 

 

Roberto Forns Broggi nació en Lima en 1962. Obtuvo un doctorado en la universidad estatal de Arizona con un estudio sobre la Poesía Vertical de Roberto Juarroz. Sus primeros artículos  de perspectiva ecológica se consideran fundacionales en la ecocrítica hispanoamericana y ha publicado también en inglés acerca de la poesía latinoamericana sobre la naturaleza en la enciclopedia que editó Patrick Murphy en 1998,The Literature of Nature: An International Source Book. Ha enriquecido esa línea de reflexión ecocrítica en numerosas conferencias internacionales y con ensayos sobre narrativa y cine; y también con artículos sobre poesía en revistas como Anales de la literatura hispanoamericana, Evohé y Fórnix. Actualmente vive en Colorado y es profesor en la universidad estatal Metropolitana de Denver. Allí está cultivando, con una amplia gama de cursos sub-graduados de literatura, cine y lenguaje, la práctica creativa de la imaginación.

 

 

 

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