Por Carlos López Degregori*

Crédito de la foto (izq.) www.crearensalamanca.com /

(der.) Ed. Animal de Invierno

 

 

5+1 textos de A mano umbría (2019),

de Carlos López Degregori

 

 

Escenas de un western imaginario

 

Me he movido de muchas maneras. Lo hice empujado por el aire o mis pies, por máquinas de fuelles y poleas. Discurrí de una extensión a otra extensión, al sur o desde el sur. Partí hace mucho tiempo de la dureza del agua y llegué al vórtice de la horca. Nunca fui jinete, pero entre todos los movimientos siempre amé el del caballo.

 

En 1967, en el aire cargado del cine Azul de Arequipa, fui uno con mi deseo. En aquel tiempo era un refugiado y solo ansiaba moverme para ser otra persona. No como identificación, sino como invasión. Como un verbo que pusiera en movimiento un sustantivo.

 

Todo estaba dispuesto. Un círculo como el fondo de un ojo y en tres puntos equidistantes el Hombre sin nombre, Sentencia y Tuco. Inmóviles. Las manos como garras cerca de los revólveres.

 

El pistolero sin nombre era el sustantivo y ahora me correspondía el verbo justo. Probé Malherir – Vilecer – Descarnar. Sonaban como armas que se rastrillan, pero no me servían. Tampoco Mancillar – Tundir – Retorcer. No hallaba el término que conjurara ese momento, ninguno se volvía una bala silbante que lo alcanzara. Mi cabeza ardía sin ninguna palabra. Nunca me confundiría con el hombre sin nombre. No tendría otra oportunidad.

 

Grité con esa voz que solo sale a los quince años cuando uno se entrega al movimiento por primera vez porque ha llegado su hora. Entonces tomé el caballo y me alejé galopando mientras desaparecían el sol, las espuelas, las crines, los turbiones de tierra, las espirales de polvo.

 

Y mientras huía en el caballo todo era un largo latigazo de movimiento. Todo era extensión.

 

 

 

La hora invisible

 

Mujer leyendo una carta junto a la ventana abierta es una máquina del tiempo. Vermeer representó con sus pinceles tres instantes que son las coordenadas de una prisión. Está el rostro que lee de perfil y vibra en un luminoso presente con las mismas facciones repetidas en el reflejo de los cristales. Las palabras que nunca conoceremos de la carta relatan lo que ya pasó. Quedan los colores lujuriosos de los duraznos y las manzanas, el cuello tenso que sobrecoge, los ojos entrecerrados de la mujer que arañan y humedecen las pestañas, los pliegues abultados de la cortina. Ellos ocultan lo que vendrá, insinúan en los contornos de la tela la carne ansiosa y la respiración. Son un reloj detenido que señala, con su contrapunto de poleas, rubíes y resortes renuentes a la exactitud, el tiempo impreciso del deseo.

 

Mi padre nunca supo de Vermeer. Mi padre era ciego para la pintura y cuando me obsequió su reloj casi no hablaba. Recuerdo que esa tarde solo acarició el estuche con dignidad, contempló por última vez la dirección temblorosa de las agujas y me lo entregó como si se tratara de la ofrenda de una tierra indebida. Yo no lo usaba para que el mecanismo cumpliera su verdadera finalidad. El reloj maduraba en el cajón que lo aprisionaba. Acumulaba en la cuerda que no recibía cantidades proporcionales de ansiedad y ardicia. Una mañana alguien entró con engaños en mi casa y el reloj desapareció. El ladrón que me lo arrebató no sabía lo que acababa de robar. Se llevó el deseo inmóvil, feroz y brillante en su insaciabilidad como un peso vivo en la caja.

 

Estoy seguro de que eso quería legarme mi padre cuando me entregó su reloj. Te lo doy para que te lo roben. Eso lo preservará en su naturaleza. De ahora en adelante, marcará para ti una hora invisible que ya nunca podrás consultar. Y esa es la hora del deseo.  A veces imagino al nuevo propietario siguiendo absorto las agujas enloquecidas sin entender el tiempo que miden: se lleva continuamente la máquina al oído y trata de escuchar algún sonido.

 

El reloj que me obsequió mi padre y el cuadro de Vermeer se parecen. Ambos encierran ese resplandor anhelado, pero incomprobable. Es como si salieras de tu habitación y te despidieras de las cosas que dejas en su interior. ¿Te has preguntado qué pasa con ellas? Tal vez te observan como nadie te ve o ríen o permanecen asustadas agitando su incierta vida en el espacio que lentamente se vacía.  O es como el instante detenido en la mirada de la mujer que devora las palabras de la carta. No sabemos qué dicen, pero están en la superficie dolorosa del papel y en ellas está contenida una inminencia que decidirá el resto de nuestra vida. El reloj ciego, las figuras de Vermeer, la habitación son máquinas del tiempo. Unos latidos deseantes y deseados.

 

Por eso me extravié en ese cuadro. Yo sobrevivo de alguna manera allí. Cuando se llevaron el reloj me quedé inmóvil en las cortinas de la habitación sin poder salir. Desde allí presiento la respiración de la mujer como un animal apremiante que busca mis ojos.

 

Febrero, 2010

 

 

Filacteria 2

 

Toda mano umbría tiene dedos de más o de menos. Se avergüenza de que la vean trabajar o escribir, de ser monstruosa, distinta. ¿Qué nombres les pondrías a esos dedos? Los nombres habituales son insuficientes. Mejor intenta Catalina de Aragón, Ana Bolena, Juana Seymour, Ana de Cleves, Catalina Howard, Catalina Parr. Despliega con Enrique VIII una danza de repudios y sangre. Seis grietas, seis esposas. Todo es señal. Guido Ceronetti apunta en El silencio del cuerpo que Ana Bolena tenía seis dedos en cada mano.

 

Julio, 2015

 

 

 

Hermano sastre

 

He pensado toda la semana en Shoichi Yokoi, el soldado japonés que sobrevivió treinta años en la selva de Guam empeñado en una guerra invisible. La historia es conocida. Después de la última gran batalla en la isla y la rendición del Japón, un pequeño grupo de sobrevivientes se internó en la selva para ocultarse, ignorando que la contienda había terminado.

 

Veo cómo el sargento Yokoi y sus ocho compañeros borran minuciosamente sus huellas. Las hojas filudas de los árboles cortan sus rostros y brazos, pero ellos siguen buscando la zona más remota de la isla, allí donde cesan los colores y todo se vuelve una sombra verdosa. Ese es el tono del calor y el de las nubes de insectos, el del olor de la jungla que se extiende en una dulce podredumbre semejante al gas mostaza. Al principio mataban ganado para alimentarse; luego, huyendo de cualquier sombra amenazadora, se contentaron con frutos amargos, ranas y serpientes, peces, extraños roedores que devoraban a dentelladas. El sol se volvió una gran bestia blanca y les entregó una férrea disciplina en la que todo se deshacía. Fue una tenacidad inútil. Poco a poco la desnutrición, las enfermedades y las inundaciones los fueron diezmando y solo quedo Yokoi.

 

Así vivió ocho años. Puedo imaginar la pérdida de sus instrumentos de guerra. Casi siento en mis dedos el óxido de su fusil inservible que empuñaba como una prueba de identidad. Sus recuerdos se desvanecieron. Extravió el lenguaje que zumbaba como un insecto venenoso cuando le hablaba a la única granada que tenía. Trazó un círculo y en el centro excavó una madriguera. Allí pasaba la mayor parte del día sin deseos ni pensamientos, enroscado en un capullo de tiempo detenido, aguardando un signo o un mensajero que le comunicara el fin de la guerra.

 

Hay un hecho que me asombra. Antes de enrolarse en el ejército imperial, Yokoi había sido sastre. Cuando su uniforme se deshizo, cosió uno nuevo con hojas y fibras vegetales. Cada mañana marchaba con rígidos pasos y ensayaba en el aire un enérgico saludo militar con ese atuendo que le restituía, de alguna manera, la patria perdida.

 

Supongo que Yokoi me ha visitado porque vislumbra un parecido. Tal vez cree que somos compañeros de armas y formamos parte de un mismo pelotón que avanza en una remota isla del Pacífico. Ambos respiramos un verdor enrarecido y hemos luchado una guerra que ya lleva demasiados años. Imaginará que también soy soldado y aprendiz de sastre. Pero Yokoi es mi hermano inverso. Él aguardaba una orden venida de cualquier parte que le dijera: descansa, la guerra ha terminado / entierra tu viejo fusil en la madriguera y tiéndete bajo los árboles. La desesperanza nunca lo atenazó; a lo sumo maldecía al lejano emperador, pero nada podía hacer, solo extender las reglas y los límites de su breve círculo natural o innatural que fue su cuerpo y su casa: en su uniforme de hojas no cabían decisiones.

 

Yo, en cambio, nunca aprendí a esperar. Cosí un traje de palabras: lo hice con fisuras, excusas, omisiones. Ellas son mi madriguera y también el parco asentimiento de que no hay ninguna guerra, ni tampoco una patria o un cuerpo en mi uniforme vacío.

 

Diciembre, 2013

 

 

 

 

Lisbon revisited

 

Se me esperaba en Lisboa. Recurro al impersonal para referirme al poeta más despersonalizado que existe y a una de las ciudades con más identidad y belleza de Europa. Desde 1973, Lisboa era un destino para mí y siempre aparecía unida al perfil de una figura espigada, vestida con un traje oscuro, bebiendo una copa de ajenjo o tal vez oporto frente a la simetría de una barra y un espejo. Ese año leí la antología de Fernando Pessoa preparada y traducida por Rodolfo Alonso para Fabril Editora y las versiones y diversiones que Octavio Paz proponía del poeta de cuatro cabezas. La dicción y la mirada de Pessoa me envolvieron, al igual que las aguas del Tajo con sus promesas incumplidas, hasta el día de mi último cumpleaños. 64 años es una edad respetable y la cita no podía postergarse. Tres días después dejaba mi hotel y recorría el Paseo da Libertadores hasta alcanzar la Plaza de Rossio.

 

Lisboa es una ciudad de rostros y tiempos que se superponen. Las calles estrechas ascienden y bajan por sus siete colinas y discurren en un vértigo de siglos. Pasados sucesivos se entrelazan en la explosión de este 19 de diciembre de 2016 que abruma y hiere mis retinas. Ahora sé que solo en Lisboa pudo nacer Pessoa para nunca salir de sus coordenadas. Sus años en Ciudad del Cabo fueron una preparación para fundar ese espacio interior que alberga su cabeza o el baúl de los manuscritos.  Fernando Pessoa es la ciudad que brota de él como un ectoplasma y Lisboa es un tumulto de sombras y heterónimos que se reúnen en intervalos inconexos. Alvaro de Campos no pudo expresarlo mejor: “soy yo el mismo que aquí vivió y aquí volví y aquí torné a volver”.

 

Miro desde un tranvía los edificios cubiertos de azulejos y repito un verso de “Magníficat”: “¿cuándo despertaré de estar despierto?”. Son exactas esas palabras porque sé que formo parte de un sueño ajeno. “Casual en la vida como en el alma” recorro sin rumbo las calles con mi esposa y mi hijo y cumplo así con las exigencias del viajero. Me detengo en el centro exacto de La plaza de Comercio con sus palacios simétricos. Entro al Monasterio do Carmo después de recorrer las calles abarrotadas de luces navideñas. Subo en el elevador de Santa Justa y me asomo a la ciudad extendida a mis pies. Devoro croquetas de bacalao y pasteles de nata. Busco el café La Brasileira, donde acudía Pessoa con regularidad, y pruebo allí un espresso iniciático y amargo. Hasta me tomo la foto previsible en la mesa de bronce con su figura. Al día siguiente llego a la Casa Fernando Pessoa y toco apenas con los dedos las hileras de traducciones y estudios, los objetos personales, las copias de los manuscritos con esa letra menuda que parece hecha por hormigas enfebrecidas. Escucho la respiración y las voces del Sonhatorium y entiendo los versos de Alberto Caeiro:

 

Si después de morir, quieren escribir mi biografía,

no hay nada más sencillo.

Solo tiene dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi muerte.

Entre una cosa y otra, todos los días son míos.

 

No hay identidad más exigua que la de Fernando Pessoa. Él encarna la renuncia a una existencia tangible para reemplazarla por seres y páginas interminables escritas en una aventura descomunal. “Los poetas no tienen biografía”, escribió Octavio Paz en un ensayo dedicado al poeta portugués, “su obra es su biografía”. El nacimiento y la desaparición son límites fortuitos que encierran lo único que verdaderamente le importó a Pessoa: una sucesión y días y años que solo son escritura, un destino que se recluyó en el laberinto interior y que casi carece de puertas y ventanas que se abran al mundo externo.

 

Han pasado cuatro días y mañana partiré a Madrid. Antes de dejar Lisboa voy por última vez a la Casa Pessoa y subo a la segunda planta. Es la habitación del poeta. Una cama estrecha mira la luz de una ventana y resplandece escoltada por un velador, una lámpara y una copia del enorme baúl colmado de papeles arrugados. Allí quedaron todos sus manuscritos antes de sus últimos días en el Hospital San Luis. Espero que no haya nadie y pongo mis anteojos en la almohada. Ellos son mi metonimia y por un instante soy CLD, un heterónimo más en el aire frío de esta mañana. Y en mi último día en Portugal recuerdo unos versos que escribí en 1987 y que pertenecen al poema “Aguas ejemplares”:

 

Distinto a Fernando Alberto Ricardo Álvaro mudándose

con sus baúles a cuestas al hospital de San Luis.

Habían renunciado a la magia con los puños manchados de tinta

y no sirvió la repetición de un mismo encantamiento

ni las flores y acrósticos que enviaban turnándose

a la misma lavandera.

 

 

Los escribo en una hoja de papel que doblo con cuidado y deposito en el marco de una ventana. Siento que me desprendo de un peso grande o diminuto. No sé qué hará con este Menssagen quien lo encuentre.

 

Febrero, 2017

 

 

 

 

Desde una jaula de huesos

 

los utosos pronuncian fonemas sibilantes

y hablan en silbidos porque han perdido los labios

los leprosos bíblicos también

los pulmones de acero con sus alas poliomielíticas

las serpientes que alargan sus cuerpos en sus túneles-oídos

las nubes que fracturan las montañas

y traen el viento a la ciudad para que devore

los cuerpos dormidos

las abejas no

ellas zumban

como las moscas

como los aviones monomotores moribundos

 

CLD silba y zumba

en su jaula de huesos

 

Mayo, 2013

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1952). Literato por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia). Miembro del grupo La sagrada familia. Recibió el Primer Premio de Poesía en los Juegos Florales de la Universidad Javeriana (1976), el Premio en la Bienal de Poesía de la Asociación Cultural Japonesa del Perú (1990) y Premio en el Concurso Internacional de Poesía El Olivo de Oro (1997). En la actualidad, se desempeña como catedrático en la Universidad de Lima. Ha publicado en poesía Un buen día (1978), Las conversiones (1983), Una casa en la sombra (1986), Cielo forzado (1988), El amor rudimentario (1990), Lejos de todas partes (1994), Aquí descansa nadie (1998), Retratos de un caído resplandor (2002), Flama y respiración (2005), El hilo negro (2008, Antología de sus poemas en prosa), A quien debemos temer (2008), Una mesa en la espesura del bosque (2010), Aguas ejemplares (2012, reedición), Temblor de Judas (2018), Lejos de todas partes 1978-2018 (antología, 2018) y 99 púas (2018).

 

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