No ajenos al espíritu navideño, Vallejo & Co. celebra esta Navidad (o Solsticio de Invierno o de Verano, como prefieran llamarlo o donde esté), recordando cinco poemas de cinco autores trascendetales para las literatura universal: T.S. Eliot, César Vallejo, Rubén Darío, Vinicius de Moraes y Lope de Vega.

 

Por: VV.AA.

Selección de poemas: Mario Pera

Crédito dela foto: www.ideas.cuidadoinfantil.net

 

 

5 poemas navideños de T. S. Eliot, César Vallejo,

Rubén Darío, Vinicius de Moraes y Lope de Vega

 

 

 

El cultivo de los árboles de Navidad,

por T.S. Eliot

 
Hay muchas actitudes hacia la Navidad,

algunas de las cuales podemos desechar:

la social, la torpe, la abiertamente comercial,

la juerguista (los bares abiertos hasta medianoche)

y la pueril — que no es la del niño

para quien la vela es una estrella y el ángel dorado

que despliega sus alas en la cima del árbol

es no un simple adorno, sino un ángel.

El niño se embelesa ante el Árbol de Navidad:

dejadle conservar ese espíritu de admiración

ante la Fiesta en cuanto evento no aceptado como pretexto;

de modo que el arrebato centelleante, la maravilla

del primer Árbol de Navidad recordado,

de modo que las sorpresas, el deleite en nuevas posesiones

(cada cual con su peculiar y emocionante olor),

la expectativa del ganso o del pavo

y el esperado sobrecogimiento ante su aparición,

de modo que la reverencia y la alegría

no lleguen a olvidarse en la experiencia posterior,

en el aburrido acostumbramiento, la fatiga, el tedio,

la certeza de la muerte, la conciencia del fracaso,

o en la piedad del converso,

que puede estar teñida de arrogancia

desagradable a Dios e irrespetuosa hacia los niños

(y aquí recuerdo también con gratitud

a santa Lucía, su canción y su corona de fuego):

de modo que antes del fin, la octogésima Navidad

(entendiendo por “octogésima” la última),

los recuerdos acumulados de la emoción anual

puedan concentrase en un gran gozo

que será también un gran temor, como en la ocasión

en que el temor desciende a cada alma:

porque el principio nos rememorará el final

y la primera venida, la segunda venida.

 

 

 

Nochebuena,

por César Vallejo

 

Al callar la orquesta, pasean veladas

sombras femeninas bajo los ramajes,

por cuya hojarasca se filtran heladas

quimeras de luna, pálidos celajes.

 

Hay labios que lloran arias olvidadas,

grandes lirios fingen los ebúrneos trajes.

Charlas y sonrisas en locas bandadas

perfuman de seda los rudos boscajes.

 

Espero que ría la luz de tu vuelta;

y en la epifanía de tu forma esbelta,

cantará la fiesta en oro mayor.

 

Balarán mis versos en tu predio entonces,

canturreando en todos sus místicos bronces

que ha nacido el niño-Jesús de tu amor.

 

 

 

Los tres Reyes Magos,

por Rubén Darío

 

––Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.

Vengo a decir: La vida es pura y bella.

Existe Dios. El amor es inmenso.

¡Todo lo sé por la divina Estrella!

 

––Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.

Existe Dios. Él es la luz del día.

¡La blanca flor tiene sus pies en lodo

y en el placer hay la melancolía!

 

––Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro

que existe Dios. Él es el grande y fuerte.

Todo lo sé por el lucero puro

que brilla en la diadema de la Muerte.

 

––Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.

Triunfa el amor, ya su fiesta os convida.

¡Cristo resurge, hace la luz del caos

y tiene la corona de la Vida!

 

 

 

Poema de Navidad,

por Vinicius de Moraes

 
Para eso fuimos hechos

Para recordar y ser recordados

Para llorar y hacer llorar

Para enterrar a nuestros muertos

Por eso tenemos brazos largos para los adioses

Manos para tomar lo que fue dado

Dedos para cavar la tierra.

Así será nuestra vida:

Una tarde siempre por olvidar

Una estrella apagándose en la sombra

Un camino entre dos sepulcros –

Por eso necesitamos velar

Hablar bajo, pisar suave, ver

A la noche dormir en silencio.

No hay mucho que decir:

Una canción sobre una cuna

Un verso, tal vez, de amor

Una oración por quien se va

Pero que esa hora no olvide

Y por ella nuestros corazones

Se dejen, graves y simples.

Pues para eso fuimos hechos

Para confiar en el milagro

Para participar de la poesía

Para ver el rostro de la muerte –

De repente nunca más esperaremos

Hoy la noche es joven; de la muerte, apenas

Nacemos, inmensamente.

 

 

 

¡Duerme, mi niño!,

por Lope de Vega

 

Pues andáis en las palmas
Angeles santos,
que se duerme mi niño,
¡tened los ramos!

 

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto,
no le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
¡tened los ramos!

El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sesegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
¡tened los ramos!

 

Rigurosos hielos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo:
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
¡tened los ramos!

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