Por Javier Alvarado

Crédito de la foto (izq.) Colecciones Literarias

Domingo Lima Domínguez /

(der.) el autor

 

 

5 poemas de Viaje a una roca de gritos (2018),

de Javier Alvarado

 

 

 

La Patria y el dátil

(1890-1900)

Escribir el viaje

 

La vida ya no es para mí,

Atravesada en la garganta,

Más que una roca de gritos.

Ungaretti

 

-1-

Dejo todo lo que pierdo.

Dejo todo lo que he perdido.

Mi distancia se mide en árboles,

En un mar que ya no canta.

 

Se han derrumbado las piedras

De mi hogar

Como en un coro invisible.

 

La guerra despedaza

Los nidos y los huevos de las águilas.

 

Ya no hay pan para los días.

La poesía termina por deshuesarme.

 

Hoy, invocando nuevos ritos,

Inaugurando con mi ausencia

La partida en nuevos barcos:

Me alejo de todo lo que amo y de todo lo que pierdo.

 

Invocaré palabras para mi boca

(Un canto en la garganta),

(Una epidemia de metáforas para mi mano),

Apedreada

-Y machacada-

Por una roca de gritos.

 

 

-2-

Más que el deseo

De recorrer el desierto, de mirarnos la cara

Y ver la agitación del chubasco

En la espiga de centeno,

Más que el deseo de marcharnos

En las rimas y en las sagas del polvo,

Más que tragarnos las admoniciones de la niebla,

Esa moneda oscura

……………………………..En pago

De la luminosidad de nuestra sombra;

El doble se queja entre los pinos

Y el dolor me recorre en la ausencia

De los olivares.

 

Presiento la ocupación

De un sitio.

 

Un dolor druso,

Sirio, libanés.

 

Una locura mineral

Que se va hasta el sendero.

 

Un estandarte

De paz

que no será erigido para nadie.

 

Una palabra se escribe

En el dintel de la puerta

Con la sangre de nuestro pueblo.

 

La            his               to              ria

Versificará de largo

Y la arena se amontonará a la medida que el hierro

Se esparza

Con su voluntad sitiada,

Invocando alabanzas

Y lecturas

De los libros sagrados.  Arderá la antífona en la tierra.

 

Entonces podremos permanecer juntos en la misma plegaria.

Dejar que los jóvenes arranquen flores

Y las pongan en tu lecho,

Dejar que las vírgenes coloquen pétalos en tus labios,

Dejar que los niños renueven

El fuego del cielo.

 

Todo volverá a doler como nos duele ahora.

 

Todo acontecerá como está narrado en las inscripciones y en las profecías.

 

Todo caerá en la noche primitiva.

 

 

-5-

 

¿Por qué asombrarse de que los muertos

no nos hablen de la muerte?

 

Su silencio será interpretado

Cuando nos acerquemos a ellos.

Edgar Lee Masters

 

Hay algo que concibe el silencio frente a frente

Agua con agua

Hacia el connubio matinal de los turbantes

Donde vivo, donde toco, donde palpo

Este mimo de soledad y de hecatombe

Atravesando siempre niño el humo

Y la tiniebla de mi vida en el plantío.

 

Cuantos días desperté, cuantas noches contemplaba

La buena madre que al otro lado del torrente

Lavaba y lavaba, ahí veía sus dientes funéreos

Como cartílagos de peces, ese silencio que no se puede traducir

En palabras, ese silencio que te recorre como una flor

Desde su tejido epitelial hasta el embadurnamiento

De los aceites y los perfumes. Te amortajaron los pájaros,

El plenilunio de las ciudades que amaste, el ofertorio de las estrellas

En su paroxismo voltaico.  Nos volvemos a desnudar en la huida,

En la marcha y en la refriega como el dínamo

Que se resuelve en pozo, en victoria, en agujero negro.

Vámonos a desfilar

Como montones de tierra que resisten

La plenitud

Y el saludo de los muertos.

 

 

-7-

 

-¿Te mataron a un vástago?

 

-Sembraste para la tierra un hijo.

 

-¿Te mataron a tus abuelos?

 

-Dos piedras más para el horno familiar.

 

-¿Te mataron a tus hermanos?

 

-Cárgalos como ladrillos para la casa sin fin.

 

-¿Te mataron a tu padre?

 

-Ya tienes la roca del molinillo para moler café.

 

-¿Te mataron a tu madre?

 

-Cámbiate de nombre.

 

-¿Te mataron a ti?

 

-Ya no huyas.  Saben que, en este verso, estás aquí.

 

 

-8-

 

A Magdalena Camargo Lemiesek y a su cerrajero de la vida

 

Hoy me han dicho que vendrá la muerte

Vestida de Pashá.  Yo tengo el pecho escarlata

Como si fuese la sangre que emana de una torre

Después de ser sitiada.   Soy una ciudad a la cual sus muros

Se le llenan de lamentos, de cardos, de ortigas,

De sagas recitadas por héroes y mujeres

Que se rasgan el velo como la memoria y el hoy.

Ah, pálido verano.  Sentencia mutable para hallar

Las formas de la divinidad, las estrellas nobles

Y primarias, las más viejas, en redondel,

Otras en vértigo confundiendo el destino

De los hombres.   La mujer es un silencio.

La piedad una roca.  El desafío de caminar y desoír

La niebla y el conserje que con su eficiencia

Te sabrá guiar hasta la puerta, pero falta que descubras,

Quién es el cerrajero de la vida, el alentador

Que mueve su incensario y sus plegarias polvosas

Para que la mente encuentre su fábula de grito,

Lo que cintilará como una acuarela en un destello,

En unos ojos versátiles, en una cuenta final.

 

 

 

Canto a mi llegada

 

El pájaro que escuchas está cantando en griego.

No lo traduzcas.  No va ahorrarte camino.

Eugenio Montejo

 

1

 

Soy un hombre

Que alaba su vida

Atrapando a los relámpagos.  Gran obsesión por el marfil del cielo y las corrientes Voltaicas.  Ignoran el miedo animal y se vuelven a nuestros pechos

Como lluvias filiales.  Caen sobre el mundo como un agua

Extemporal y nuestros textos y cabezas se ofrecen a ejercer de pararrayos,

Calculan el peso y el diámetro de los frutos alineados a mi sangre.

Yo exporto de mi boca la premonición y el arcoíris, se inicia entonces el ritual

De la luz en la mollera; los tucanes rotan la máscara con sus picos que maduran Como uñas pintadas y la risa es un río que se destempla hasta modular el lodo,

El llanto, un frutero descomponiéndose sobre piedras de oficina,

Cuando persigo un cuenco, un epinicio, un palimpsesto

Para verme llorar contra los tendones de mi mano, sobre un tapiz

Con el recuerdo de la última ciudad sitiada, ya no caben las rimas,

Ya no se registran los hexámetros y el pacto de la única mujer amada en el botín de guerra, un texto sucedáneo en el desmadre de mis hijos.

La vida escupe y aún siguen humeando los recuerdos

De aquellas comidas en la madera fugitiva de la mesa:

La gallina revive aleteando al limonero, la vaca atraviesa la cerca,

El cerdo se aparta

Masticando los anillos del satélite, la irradiación del horizonte.

Invoco el connubio de los peces que vuelven a nadar

Y vuelven otra vez a la muerte deslucida del anzuelo,

Equivalen a rosas de agua que se detienen

Y vuelven en el tiempo. Rosas que son rosas.

Rosas que son agua.

Rosas de agua que salpican

La floración interna, esa inocencia brillante.  Hay rosas que se olvidan

En la alta noche

Y del mantel siguen ardiendo todos los manjares:

Rosas en órbitas, en rosas,

Rosas

En agujeros negros,

En la enemistad del trigo,

En el arma química de un instante

Abrazada a la agonía de una estrella,

El hombro estelar

De un hombre y una mujer que pactan vuelo,

Que se internan en el coro de la roca donde mueren las gaviotas

Y las páginas del lirio

Se vuelven opacas como unos labios que no bendicen a nadie.

 

 

2

 

Hay un libro erótico para los muertos, para esta oración que se indica en el manual

para tiranos.

El cerebro refulge en el cuerno de oro de un becerro

Y esta estampida de no dormir me lleva a un país

Donde ya se han extinguido todas las piaras del lenguaje,

Como si existiésemos en la grupa de un sueño,

En la molicie vespertina de un antropoide

Que no seduce al sol

Y bendice la vida

En medio

De piedras de sardio

Y eucaliptos,

Perlas histéricas que deambulan

En medio de los faunos protocolares, se agiganta el eco

De la ostra que sacude el mar;

Fijamos la pupila a un desconocido

Ahora que hay una maquinación para la locura, una vendimia

Para la moral que nos hace sentar sobre las piedras

Sin el temor de los comensales.  Entro en el círculo

Me sumerjo en la primera incisión, la herida es un cuerpo

Balando

En lo oscuro, entro y penetro en medio de los herbazales, canto a pecho abierto,

A boca abierta todo lo funesto de las plazas, me amordazan con un collar

De caléndulas

Y las palabras se suceden en la floresta de la noche;

Corrigen un capítulo de este terror de ser, de morder las espigas

Audibles del barreño, esa causa justa de verte llorar

En la pleuresía del iceberg, la sudoración de las plantas pútridas, de los gases

Y el oxígeno como la muerte de la mariposa

Dentro de una lámpara,

El paroxismo de morder una llave

Y expiar la culpa  en la eternidad de un corazón extranjero.

 

Alquilamos el peso y la densidad de los manubrios celestes, de las mujeres y

hombres celestes,

de todo lo celeste que gime flexionando las bisagras de las puertas,

Cuando estamos en esa libertad de elegir

Entre los postulantes

E irremediablemente nos deshacemos en llanto al saber que Dios se ha inscrito

En un miserable taller de poesía

En sus diatribas feéricas.

 

 

3

 

Su sangre mestiza/su sangre, al hacerse mulata…

Y una de las árabes agolpadas salta

Señalando un rayo que araña

Una roca…

Ungaretti

 

Todo se lo ha llevado el agua

Con sus llamas al desposeído

Con sus caravanas de hormigas delirantes

Ante la luna descarnada de una Reina

Apócrifa,

Como si nos negara

La fiebre de sus vísceras,

Su corona

Lo que en el tiempo vuelve a suceder en el óleo de una tela,

siguen transfigurando mi sueño, el nudo de Dios en la garganta, asilo para mi

respiración

Jamás absuelta.  Vuelvo al trueno y a sus inscripciones,

A ese anillo interplanetario que me recorre de parte a parte,

Constituyendo el ácido que descompone mis nervios,

Las páginas en negro que escarpan la boca, la desintegración de la lógica, Estratificando el espíritu,

Parecen sucedernos leyes,

Parecen acribillarnos leyes,

Parecen fornicarnos y desquiciarnos leyes,

La cólera del cuchillo que reverbera la carne, el hormigueo en los sexos

Cuando las habitaciones se cierran y vuelven a desmembrarse,

Las imágenes y las palabras en virtud del cráneo

Todo parece suceder después de morder el todo, de aleccionarme entre la hierba que corre

conjunta a la margarita

Y a la magnolia que mastican las fieras, ese ejercicio de la desintegración junto a los

pétalos helados,

Pétalos pulverizados que entran en el fornicio de los floreros, las manos que nos alejan de toda la flora para siempre

Y siguen envejeciendo

Como el letal ejercicio de la abeja y su panal, escribiendo oscuramente en el agotamiento

del petróleo.

Me avergüenzo del sonido en esa melodía inexacta

del péndulo que actúa entre la guerra de los números,

Ese aneurisma plural y singular de las manecillas que caen al fondo golpeándome en sílabas

negras,

Sílabas negras que acometen contra el coral de mi voz prestándole atención al agua atenta,

Al agua esquilmada y recordada, el árbol tronchado

Y la raíz que salta;

Voy

Con la levedad de los altramuces

Asidos a mi mano,

En una paráfrasis de la voz

En una boca

Sin orillas,

En un océano saqueado para lastimar la claridad,

Todo se sucede en muertes y leyes, en aneurismas y ataques cardíacos, en novelas

inconclusas,

Todas las imágenes y las palabras en virtud del cráneo.

 

 

 

El bosque es mi bitácora

De todo lo perdido.

 

Soy un joven comediante

En las narraciones de familia.

 

Mi bisabuelo prestado y libanés

Llegó en un barco

Y apostó a sus nombres en español

después de la noche de San Jorge.

 

En tus palabras, remo,

En esta sed

Convocada por caballos.

 

Dominó luego el arte

De subirse a la palmera

Y beber

El oasis de los cocos;

Habitante en la cruz

Y en el ojo de la pirámide;

Odió y amó el arte de los símbolos.

A mi bisabuela Francisca, la raptó

Olvidando una sandalia.

“Dájala” fue su respuesta en castellano,

Su añoranza en árabe.

Su cuerpo fue el mar

Que se agitó en su barco.

 

 

 

 

Pónganle al feto

Sangre indígena,

Sangre africana,

Sangre asiática,

Sangre europea

Y desde pequeño me incitaron

A construir murallas.  Ahora

Todo lo que amo

Está detrás de un muro.  El poema es un mazo con el que me destruyo.

En toda memoria, fulge un astro distante.

Otros pies te señalan el camino. Mi destino no está en Troya,

Sino en otras ciudades. Hay otros cantos

Que inventan el nombre

De una posible ciudad.  Una posada, un hotel, un hostal, es el resultado de alguna

traducción.

Dentro de mí hay un pueblo. Escucha el agua. La mujer es río, la mujer es valle.

Su cuerpo es la cartografía de lo que desconocemos.

Ignoro mi destino y el polvo es la anunciación de mi llegada.

Yo sólo conozco el exilio

De cada piedra, la emigración de mi poesía

Y la inmigración del dolor en cada tramo.

 

 

La poesía se reduce a fuego, a inmigración

 

Nombrar al nacimiento y al chamuscamiento, seta de imágenes,

sucesos que se advienen al añico y al polvo medular

como quien nos crea, el arbitrio cenagoso de la plantilla y el origen,

apareamiento de átomos, ya se traviste una partícula, una familia homoparental en una

tolerancia heteroparental,

 lo que cubre la danza cuando los pies se endilgan a volar sobre ese cuerpo y otro cuerpo

y se nos apoderan de las manos otras manos discursivas

ante el carámbano soñante.

El cerebro se encoge y los recuerdos

se pulverizan en la algarabía de la tierra que golpea como un estilete clásico.

Cuerpos, cuerpos en medio de la luz cerúlea,

cuerpos al alba, entre los hervidores y los apagones de aire,

como una memoria que se arquea entre los árboles y el viento,

Va ganando el transatlántico otra costa,

otra velocidad del mar y sigue fulgente el versificador con su pipa electrónica y su narguile

pronosticando las rebeliones del humo;

una tormenta de arena, la poesía épica, la poesía de trova, el siglo de oro, el siglo de plata,

el siglo de cobre, la poesía lírica e intimista, la poesía neobarroca engorda sobre frutas tropicales y enumera de a diario

señala el búcaro de a diario

donde las rosas del desierto y los pomelos de cuarzo se despeñan por los bordes ásperos

y el chasquido de los dedos va arrinconando a la piedra y su música murada.

Yo me quedo como una imagen sin restaurar en un mosaico,

en una superficie lívida que no se quiere marchar como los gestos y las marchas y las

muecas humanas,

Máscaras de oro y sol, máscaras de escarcha y luna y la mente envuelta en telas de ricos

colores

se propala en un movimiento disyuntivo, impenetrable,

la vida se ama más en la muerte de los otros, nos aferramos o nos soltamos en el deslave de

la mente,

Lo cognitivo es rapaz (una idea devora a otra idea o sigue luchando con las otras,

Rompemos o amamos tradiciones, alguien deja caer un diccionario

Y salen como ratas huyendo las palabras u otras van a un jardín y se convocan al oficio de

los topos u otras se van a hacer girar su reloj escondrijo o la rueda de algún experimento,

menos en el poema creación que viene del fango y al fango regresa en su ecuación perfecta.

Otros creen que pueden dar de comer a esas ratas con su poesía forzada y estreñida (aduce

lo eficaz de un intertexto) o con grafitis con frases rebuscadas o con no mala, perversa

verborrea.)

La rata es un vocablo y es inflamable como el material de los planetas que se van a pique

en nuestra praxis,

un encalado de estrellas gozosas, piadosas y vengativas en el destino de los hombres y de

las mujeres que proclaman su llama

o su extinción

En medio de la selva.  Combustión.  Combustión.  Petróleo roto.   Con sus pavanas negras, sus resurrecciones de tiempo y el residuario de los años que hay que salvar, oh fiera, oh moraleja inmortal.

 

 

 

Las memorias del café*

 

En el pueblo de Ocú, a principios del siglo XX, durante las noches, un hombre cubierto con

una sábana blanca y arrastrando una cadena asustaba a sus habitantes.   Ninguna persona

salía por miedo hasta que mi bisabuelo, Jorge Juan Medrano Herrera (ya con apellidos

castellanizados), proveniente de Líbano, acompañado de un termo de café y una taza; se

decidió a esperar y desenmascaró al cobarde apuntando con su inseparable pistola y

diciendo: “O la paro o la tiro.” El cobarde se identificó y la abusión no volvió a

asustar a nadie.

 

I

 

Sabio el café en su actitud de observarlo todo.

Este retrato de mi bisabuelo entre sus dos perros y su rifle

Atisbando la nostalgia y catando la soledad del siglo XX.

 

Yo me derrumbo en el borde de la foto para recordar a los parajes

De la desértica llanura, las palmeras y los dátiles

Y el camello arrancando la corteza

Y así rumiar

La corola del sol y la sequedad de los muros vegetales,

Cuando una mano

Se disponía a desordenar los círculos concéntricos en el agua y a escribir fechas

Sobre las caídas de ciertos imperios, guerras de religión o la construcción del Canal de

Panamá, ganando un flete en aquel barco.

 

Sólo así comprobaste que ciertas hazañas y ciertas esperanzas son inhundibles.

 

El bisabuelo libanés acogió el néctar del cafetal en sus labios

En la noche atestada de poderes,

Esperando a que el aparecido apócrifo

Iniciara su arrastrar de cadenas y gemidos

Hasta el enfrentamiento y desenmascaro del cobarde, geómetra en su atisbar de

constelaciones

Y de avivamientos con la turquesa y el fuego, en la humareda expectante con sus lágrimas,

 el recuerdo transatlántico de recorrer el estrecho de Magallanes y quedarse anudando la

orfandad en cada puerto.

 

El bisabuelo se mantenía a sus saudades

Y a su familia

A través del servido en el termo,

La absorción del café y la noche fue honda sin remedio

Hasta el claror horadante de la mañana exacta.

 

Sabio el café en su actitud de espera.

Dádiva en la actitud del cántico,

Manos de muchachos y muchachas

Que se yerguen sobre la tierra, arbustos en su furia,

(En su pasividad arbórea), cuentas de coral, inexistentes,

Como las parábolas del aire

Y las fronteras entre la turba y el sueño,

Del gusto y el olfato

(Deviniendo) en el tamiz antiguo de las horas,

En la fecha gregoriana, en el pensamiento árabe, en la actitud taoísta

De meditar en el éxtasis de los colores

Anunciando la vertiginosidad

De una ofensiva, de una lluvia sobre el mortero, de un éxtasis perpetuo

Tronchando el aire,

Excitando a los labios a sorberlos

En señal de plegaria y alabanza.

 

Viene de tan lejos y es tan cercano a la glorificación

De sus verbos de montaña y valle, que devienen en la alegría sonora de las cosas,

A mensajeros diurnos y nocturnos que van detrás de las vaharadas

A dirimir sus dones, sus sonatas, sus fragatas de verano o invierno.

 

Ay, si el otoño se demora en balancear sus vestiduras.

 

Ay, si la primavera se vuelve café en la oleada de un exilio.

 

 

II

 

Me levanto nuevamente entre las heredades de la haya

Y el cafetal me espera con su sonido seco,

Con su esperanza húmeda; no me callo

Ante las voluntades de seguir por la autorruta

De los minerales de la sombra, argumentando un cuerpo

Entre marmitas, reposiciones y batracios,

Las puestas de sol ante la abdicación de un rey,

Sus vasallos de oro, la carne elemental

Con el soplo en la nuca, la caricia en la miel de los cortejos,

La nube trepidante en el solsticio, el café voluntario

En la voz de las cocineras, el café que se va a dorar

En las plenitudes de las playas, convoco al pescador

Y el ermitaño en su bosque, al eremita y al cantor del mundo

Entre las hojas, entre las colmenas y sus laboriosas habitantes,

Las torrenteras que van a las bocas, a la sumisión de los rostros,

El café que ondula en mis iniciales como un vapor de antorchas,

Otras vidas y otras muertes que van conmigo, en pequeños pueblos,

En caóticas capitales, en todas las entidades posibles

Que se puedan apoderar de la porcelana, de la totuma,

De la turba y de la casa, así voy llegando al árbol de la trasparencia,

A la nomenclatura sin nombre, llevando y despidiendo

Al pan y al surtidor y la corona desayunatoria del perfume.

 

 

III

 

Aquí me detengo para tomar un sorbo.

 

Soy un sorbo y todos los sorbos en la taza de la historia.

 

Somos conocidos, somos extraños,

Ante el capuchino,

Ante el americano, ante el expreso, ante el café helado

Que transitan por las tiendas, bajo el techo cubierto de palomas,

En la cocina, en el balcón, en el patio del hogar

Que se renueva con el aroma de la bebida que algún dios

Olvidó esconder sobre la lumbre del desmadre.

 

Soy joven, soy viejo.  Infancia y senectud se definen

En un pocillo de café como una luz pálida, como un neón creciendo

De súbito dentro de la boca, donde la toma

Me ha convertido en exiliado y habitante,

De mi casa y otras casas.

 

Mi bisabuelo deja a un lado el tazón

Y apunta al hombre disfrazado y convoca

A su identidad en la tierra.  El nombre se revela

Entre el aleteo de las lechuzas silvestres

En medio del campanario hispánico.   El café lo supo acompañar

En la resaca de la noche.  La cafeína acrecienta la voluntad

Y la valentía de los hombres.  

 

Nada me puede aguardar con un motivo de conmoción,

Con una naturaleza anudada a mis dedos, como los granos

Orientados al molino y al espolvorear sobre el agua hirviente

Las angustias y la quietud del ansia renovada,

En la mutabilidad de lo que existe y no existe,

Así quedándome sobre el nimbo y la pureza,

Sobre la abyección y el mutismo, sobre la fijeza y la inestabilidad,

El todo y la nada y la ambigüedad de sorber y sorber

La tertulia de los vivos y los muertos, de las esquinas fantasmas

Donde Dios y el hombre se congregan,

Donde tomo el café eterno con mi bisabuelo, aguardando a la abusión

En el portal de Ocú, en la mesa bendecida allá en el Líbano,

En un café concreto, en un café atemporal, ganado o vencido,

En una sensación bucólica o abstracta.

 

*Texto añadido posteriormente

 

 

 

Fotografía de los Medrano, 193…

 

En homenaje al poeta venezolano, Eugenio Montejo y a su poema Álbum de familia.

 

Miro el tiempo veloz, qué prisa lleva

Por asilarse a la fotografía

Por escudriñar la luz del mundo,

El sepia de la imagen

Donde me quedé transformado en árbol

Contemplando los que posan

Bajo otra luz, en el patio solitario.

 

Son los mismos que asisten a esta cita con la tierra,

Congregados en una fila como si fueran a existir

Más allá de sus manos, más allá de sus ropas,

Más allá de esa tregua que no es otra que el cansancio

De seguir posando, aunque la materia se cuartee,

Aunque nos miren pensativos, ya lejanos,

Como la estrella fugaz, que intermitentemente,

Sigue adentrándose como una raíz pactada de recuerdos.

 

Ese es tío, Tulio, ancho de espaldas y mirando

El horizonte como si fuese el mago de una tela;

Vendedor de maravillas, que me proveería amor

Sin conocerlo o percatarme.  Allí está ella,

Lucila del Carmen, abuela mía,

Más allá del siglo, más allá de los enigmas

Que trascienden a la sangre,

Flor envuelta en los copos de lluvia del Tijera, en su pollera roja;

Todavía oigo tu máquina de coser,

Aún me visto de tu faena de modistería.  Me llevo un traje.

 

También posa Francisca Mirones, siempre callada

En su monólogo de espera; una palabra bastaba

Para amar el silencio, para urdir la trama y la ternura.

La Titi, es una perra que muerde el tiempo,

Su ladrido me devuelve a la vida, me regresa de esa muerte lenta

De la observación, tras la nostalgia, convertida en espejismo.

Luego viene Papa Jorge vestido a la usanza de otra época,

Elegante en el calor, venido desde El Líbano

Huyendo de las guerras.  Su negocio La Cañaña

Sigue abierto, aunque aún no nos decidamos a entrar

Al preguntarle por sus pistolas, por los precios.

Tía Rosa es la última en fijarse desde el titilar

De una lámpara, ha esperado a que yo la viese

Aún antes que naciera, esperando un nuevo siglo,

Un toque que suspende la meditación

En el bosque perenne de las adormideras.

Una panadería le bastó para forjar los giros de su heredad.

Aún la veo en su mecedora

Hablando de historias de familia, de sus hermanos muertos

Juan Manuel, el cholo, Romelia, la muñeca,

José Trinidad, Jorge Vicente, Berta, Rafaela,

Juan Antonio (el poeta), Carlos, Julio, Marta del Carmen, que siguen jugando tras de ellos

En la impalpable imagen, donde quizás escribiré un poema

Usurpando la labor eterna del fotógrafo,

Ahora bajo la luz del mundo, en el patio solitario.

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