Por Beatriz Russo

Crédito de la foto (Izq.) Ed. Tigres de Papel/

(der.) David García Torrado

 

 

 

5 poemas de Nocturno insecto (2014),

de Beatriz Russo

 

 

 

ENTRE LA MUJER y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.

 

 

 

III

 

Para que el rastro de la espina se confunda con la estela de un pájaro,

hace falta ver rodar a las cometas.

Nunca un beso me supo tan extraño.

Sus uñas eran dardos amonestando la fragilidad de una piel de oruga.

Sobre mi vientre sentí la lágrima de un ángel sórdido.

El insecto no tenía dientes,

sino semillas que habrían de infringir los códigos de la tierra.

Hubo un instante de resurrección y miré a la pared,

por si era verdad que detrás había un bosque.

Y entonces me vi bajo el vidrio sepultada,

como una mariposa que ya ha dejado el aleteo en la memoria de las flores.

Elevé el peso de mis ojos para para ver su rostro almidonado,

pero ya era tarde.

El insecto comenzó a introducirse entre mis fauces,

con su talento de uña de cuchillo.

No le hizo falta sondar el suelo para encontrar el origen del grito.

Intenté frenar el gozo primigenio,

pero fui apuntalada en la cruz de mi lecho.

Mis muñecas se asfixiaban con la hostilidad de los grilletes.

Las piernas presas de un yunque candente imprimían un sudario de roces amarillos sobre las sábanas.

El pecho desafinándose con un sonar de cigarra malherida a la que niegan la extremaunción.

Hubo entonces un forcejeo entre esteroides.

Un duelo a lágrima viva al sur de mi cuerpo avisado de costuras.

La alquimia de un ácido rumiante sobre los estandartes cosidos a media piel.

Venció el galán de alcantarilla con el alfa de su esperma.

Y yo apreté los ojos una vez más hasta desaparecerle.

Cuando los abrí,

el insecto yacía bajo una estaca clavada en el barro.

 

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VIII

 

La niña tendida sobre la hierba siente un furor temprano. Llegarán los primeros amores con sus vestidos aún medio hilvanados. Los pájaros anidarán en la estrategia de los árboles sin otro permiso que la humedad. Se hartarán sus brazos de sostener tanta belleza y la infinitud de sus manos tornarán las pieles de la aurora irreversibles.

 

Así pudo haber sido y sin embargo…

 

La mujer dormita en un lecho de huevas de amapola. Lo efímero se sustenta en el brote de una flor. Amanecer en la inconstancia para no despertarse en la desidia. Ya no hay tiempo de rellenar las hojas con sus rutas. El incendio llegará tarde o temprano a despejar el camino. Arrojarse a la hierba espesa y retozarse en ella para hacerla pasto que alimente a la madrugada.

 

Y después colmarse de aire, para erigir el soplo que ahuyente a las cenizas.

 

 

 

XIII

 

Escarabajos que venís de lejos, dejad el fardo de los años y sumergíos en este manantial indecoroso. Rasgad la tela asfáltica que envuelve vuestros hombros y desnudaos ante el vergel en que me hallo. Habréis de arrojar las piedras una a una, como cantos de alivio sobre la superficie blindada de estas aguas. Dejad que los guijarros sigan su curso, que salten sobre el agua como batracios por fin liberados. Y no los frenéis, no amortigüéis su descenso en el agua, porque han de fraguar su silencio en el fondo imperturbable del sueño. Resurgiréis de nuevo entre la bruma para ver un nuevo pasaje de esquirlas azuladas.

 

Y después, los pájaros custodios harán el cielo añicos para posarlo a vuestros pies.

 

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La niña cedió su alma a la conjetura de la seda. Pudo haber sido larva en el brote de una lanza, pero en su cuerpo ya se aglutinaba el suave plumaje de las aves. La tempestad en la sangre viva. El temblor de los caparazones resquebrajándose frente al sol. El pecho supo entonces de su herida y se abrió como una ventana ofreciéndose al crepúsculo.

 

Entonces emergieron dos alas que brillaban como escamas de algodón de arce y se desplegaron con la inmediatez de su propia luz. Amanecía tras un telón de sombras anticipándose el auspicio de la tarde.

 

Su resplandor resurgió en mis venas para confundirlas con el alabastro de las sacerdotisas. Yo me quedé inmóvil, como quien atiende a la primera voz tras el silencio. Y la niña me miró con la misericordia de los ángeles redentores.

 

Le tendí mi mano, consciente de la despedida, y me arrodillé con la misma devoción de las vestales cuando ven las llamas complacidas.

 

La niña búho se despidió con el canto de una Sirin que ha de sobrevolar la Estepa.

 

Y desapareció entre la vertiente del único árbol que desembocaba en el cielo.

 

 

 

 

 

*(Madrid-España, 1971). Estudió filología hispánica y una maestría en la enseñanza del español como lengua extranjera. A su vez, es traductora del italiano, inglés y francés. Ha publicado en poesía En la salud y en la enfermedad (2004), La prisión delicada (2007), Universos Paralelos (2009), Aprendizaje (2010), Los huecos de la lluvia (2010) y Nocturno insecto (2014); y en narrativa ha escrito las novelas La versión de Eva y La montaña rusa.

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